Arrels, la nueva intervención de Katharina Grosse en La Llotja de Palma, presentada por el Govern de les Illes Balears y Es Baluard Museu d’Art, propone un paisaje al que entrar y que recorrer con el cuerpo. Una montaña de tierra, un árbol enorme arrancado de raíz y una explosión de color ocupan el espacio gótico del siglo XV como si siempre hubieran estado esperando ahí.
Grosse lleva más de tres décadas haciendo que la pintura se salga del marco, literalmente. Su trabajo ha convertido el espray en una herramienta capaz de atravesar categorías bastante rígidas: ¿dónde termina la pintura si se posa sobre una pared, el suelo, una tela, una roca o un árbol? ¿Qué es escultura cuando el volumen está construido por el color? En su universo no parece haber mucha utilidad en separar las cosas. Todo puede ser superficie y todo puede convertirse en pintura.
En Palma de Mallorca, esa intuición encuentra un interlocutor especialmente interesante. La Llotja no es una sala blanca ni un contenedor neutral: es un edificio con una presencia física e histórica enorme, abierto, permeable y cargado de memoria. Nació como lugar de intercambio comercial y hoy conserva esa condición de espacio atravesable, casi público, que hace difícil pensar en él como una simple arquitectura de fondo. Grosse no puede modificarlo físicamente, pero tampoco parece necesitar hacerlo. En vez de competir con sus columnas y sus bóvedas, introduce dentro una escena que altera la manera de leerlas.
El gesto central de Arrels tiene algo de catástrofe detenida. El árbol tumbado, parcialmente enterrado, trae consigo una imagen muy concreta de desarraigo, de fuerza natural desplazada. Sus raíces, expuestas y manipuladas, no hablan solo de origen o pertenencia; también de fragilidad, de aquello que queda a la vista cuando algo se mueve de su sitio. La tierra es materia viva, una presencia que ensucia la solemnidad de la piedra y devuelve al edificio una sensación de exterior.
Y entonces está el color, que es donde Grosse vuelve a desordenarlo todo. Pintar la tierra, el árbol y el suelo transforma la naturaleza en una especie de ficción visual y, al mismo tiempo, convierte la pintura en algo casi orgánico. El resultado no es exactamente un paisaje natural, sino uno que sabe que ha sido construido. Una naturaleza artificial que intenta activar nuestra forma de percibir. Hay algo muy liberador en esa operación. Frente a la idea de la pintura como objeto valioso, separado del mundo y protegido por una distancia, Grosse la vuelve expansiva, incómoda y contaminante. El color deja de ser una capa final para convertirse en una fuerza que ocupa, conecta y modifica.
Comisariada por David Barro, Arrels llega a La Llotja como uno de esos proyectos que hacen que un espacio conocido parezca, de pronto, otro. No porque borre su identidad, sino porque la pone en tensión. Entre la piedra histórica, la tierra removida y el árbol sin suelo, la exposición plantea una pregunta sencilla y enorme: qué ocurre cuando la pintura deja de representar el mundo y decide instalarse dentro de él.
Arrels, de Katharina Grosse, podrá visitarse en La Llotja de Palma hasta el 31 de enero de 2027.
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