Llama la atención que, en un festival como LEV, bautizado como “de electrónica visual”, los momentos que más tiempo se quedaron pegados a la piel fueran los que menos necesitaban un cable. Un órgano de tubos grabado en el silencio de una iglesia. Un pincel japonés sobre papel de arroz. Una guitarra eléctrica sin un solo sintetizador de por medio. O coreografías tan hipnóticas que mantenían la atención clavada en los cuerpos. LEV Matadero lleva ocho ediciones insistiendo en algo que esta vez quedó más claro que nunca. La tecnología aquí no es la estrella: es la excusa para llegar a sitios que llevamos siglos intentando alcanzar sin ella. El éxtasis místico, el ritual, el trance… Del 17 al 20 de septiembre, Matadero Madrid volvió a demostrar que lo más avanzado, a veces, es lo más antiguo disfrazado de circuito.
El jueves lo dejó claro la primera instalación: Carles Castaño, que el año pasado ya diseccionaba el hiperconsumo con 2025/…, volvió con [“Á”1653 “gora” 23035], una pieza de realidad mixta tan absorbente que uno perdía la noción del tiempo dentro de ella y que dejaba una incómoda pregunta disfrazada de experiencia inmersiva: ¿y si los extraterrestres, en realidad, somos nosotros? Pero la gran apertura de la noche fue Last and First Men, el estreno en España de Neon Dance en el Centro de Danza Matadero. La pieza parte de la última película de Jóhann Jóhannsson, basada a su vez en la novela homónima de 1930 de Olaf Stapledon. El compositor islandés murió en 2018 sin terminar la partitura, que completó Yair Elazar Glotman como una suerte de testamento compartido.
Sobre un fondo de 16 mm en blanco y negro, tres bailarines (con coreografía de Adrienne Hart) se movían como electrones alrededor de un núcleo, en una danza casi especulativa que sonaba a Donna Haraway. La voz de Tilda Swinton narraba el mensaje que la última raza humana le daba a la primera a través de dos mil millones de años. Quedó flotando una frase mucho después de que se apagaran las luces: “Grandes son las estrellas y no les importa lo más mínimo la humanidad”. Pocas piezas resumen su propia filosofía con tanta elegancia: hacerte sentir insignificante, convertir la ciencia ficción en cuerpo y el cuerpo en pregunta filosófica.
El viernes se confirmó el patrón. Suso Saiz, fundador de Orquesta de las Nubes y Música Esporádica, hizo lo que solo saben hacer los que llevan décadas tocando: convertir una guitarra y unas texturas de sonido en un estado de calma colectiva sin necesidad de urgencia ni de espectáculo. A pocos metros, Drew McDowall, escocés, ex de Coil y Psychic TV, dialogaba con el cine analógico del portugués Pedro Maia, que lleva veinte años manipulando 16 y 8 mm a mano en directo, recordando que la electroacústica más oscura de los noventa sigue teniendo mucho que decir treinta años después.
Pero la pieza que mejor resumió la noche fue El arrobamiento, de Kyria Libia. Esta palabra la usaba santa Teresa de Jesús para describir la unión mística con lo divino, y la compositora madrileña la convierte aquí en liturgia sonora contemporánea. Abrió recitando la carta de San Pablo a los corintios sobre el amor, entre humo y luces, antes de que su órgano de tubos modular (el mismo instrumento con el que grabó su disco de debut, Visiones de lo sublime) entrara en diálogo con sintetizadores y voces líricas procesadas. No hacía falta ser creyente para entender lo que proponía: un ritual sin dogma, una forma de reconectar con lo sagrado a través de nuevos medios.
El sábado continuó el recorrido por las instalaciones. Puppet, de 1024 Architecture y Vitalic, convertía el gesto del público en música en tiempo real. H U M I, del físico italiano Riccardo Giovinetto, cruzaba imágenes satelitales con paisajes sonoros para pensar la frontera como algo que se mueve. Chronica V1, de Barbara Mydlak y Yann Deval, invitaba a fabricar papel a mano y convertirlo en archivo vivo: memoria hecha pulpa, literalmente.
Pero el título del día se lo llevó Calligraton. Schnitt, el dúo formado por Amelie Duchow y Marco Monfardini, colaboró con la calígrafa japonesa Aoi Yamaguchi, formada desde los seis años bajo el maestro Zuiho Sato. Cruzaron el shodō con la electrónica experimental. Cada trazo de tinta sobre papel de caligrafía —un gesto que no admite corrección, que se juega entero en un solo movimiento de muñeca— disparaba una respuesta electrónica. La sección Vortex aportó el contrapunto más emocional: A Long Goodbye, de los belgas Kate Voet y Victor Maes, premio Venice Immersive Achievement en la última Bienal, usaba la realidad virtual no para huir de la memoria, sino para poder volver a entrar en ella y convertía la demencia en un lugar que se puede visitar.
Y llegó el domingo, la resaca convertida en ceremonia de clausura. Kelly Moran regresó a LEV para presentar Don’t Trust Mirrors, un viaje introspectivo de piano y sintetizadores que suena a lo que pasaría si Erik Satie hubiera tenido wi-fi. Escenas de fondo acompañaban esta actuación, donde podíamos ver, por ejemplo, antiguas patinadoras realizando sus rutinas. El cierre lo puso el japonés NAO, que estrenó en España The Clusters: danza, robótica, sonido e imagen en diálogo. Pequeñas máquinas de seis patas se movían sobre un círculo de luz, gobernadas por un performer con sandalias geta tradicionales japonesas, aquí convertidas en mando a distancia mediante sensores. La pieza arranca con un verso de una canción de Awa Odori, el baile popular de Tokushima que lleva bailándose desde el siglo XVI: “Los que bailan son tontos, los que miran son tontos. Si ambos son tontos, ¿por qué no bailar?”.
Ocho ediciones después, LEV Matadero ya no necesita demostrar nada. Al salir de las naves, lo que queda no es un debate sobre tecnología, sino la sensación de haber estado en un lugar donde lo electrónico, lo visual y lo humano han aprendido a compartir el mismo aire sin anularse.
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DREW MCDOWALL & PEDRO MAIA
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DREW MCDOWALL & PEDRO MAIA
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KELLY MORAN
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MILIAN MORI
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KYRIA LIBIA
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NAO
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NEONDANCE
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NEONDANCE
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SCHNITT & AOI YAMAGUCHI
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SUSO SAIZ