Hay una paradoja fascinante en el arte contemporáneo: mientras medio mundo se empeña en usar la tecnología para maquillar la realidad y hacerla perfectamente idílica, los creadores más punteros la utilizan para destriparla. Iván Puñal es uno de ellos.
Detrás del irónico pseudónimo de Una Visión Agradable se esconde un perfil que rompe con el cliché del artista bohemio o del informático encerrado en un garaje. Su transición al arte no fue una iluminación mística, sino el bofetón de la crisis de hace ya más de una década. Dejó atrás los planos de la arquitectura técnica para experimentar con un dron, reventó los contadores con millones de visitas en internet y acabó, casi por accidente, encontrando un nuevo oficio entre códigos y pantallas.
Entender su trabajo exige olvidar la lógica del pincel y de la partitura tradicional. Puñal no busca la pirotecnia visual gratuita ni la perfección matemática del ordenador; lo que le interesa es la belleza del accidente, el error imprevisto del sistema que abre caminos geométricos imposibles de planificar. En sus manos, el software deja de ser una herramienta rígida y se convierte en un lienzo reactivo, un espacio donde la música electrónica y las texturas orgánicas dialogan en tiempo real. Lo verdaderamente valioso de su propuesta es que no se rinde al ego del autor ni al fetichismo tecnológico, sino que entiende la técnica como un simple vehículo para lanzar preguntas incómodas.
En esta entrevista hablamos con él de algoritmos que sangran, de la masificación humana y de por qué, a veces, un error informático tiene mucha más alma que cualquiera de nosotros.
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¡Hola, Iván! Encantado de conocerte. ¿Podrías contarnos un poco sobre ti? ¿Cómo empieza tu inquietud por el arte?
Mi interés por el arte empezó hace más de veinte años. Primero de una forma bastante autodidacta con la fotografía. Al principio era algo muy amateur, sin formación específica, pero con el tiempo fui orientándome hacia la fotografía documental. Hice un curso en la escuela Blank Paper, que ya no existe, y a partir de ahí empecé también a interesarme por otras disciplinas como la pintura, aunque siempre de forma más intuitiva. En el fondo me habría gustado dedicarme a la ilustración o al dibujo.
Más adelante di el salto al vídeo, y ahí empecé a trabajar en pequeñas piezas o microcortos en los que también incorporaba sonido, que en muchos casos era música o composiciones que yo mismo había creado antes. Con la música tuve un acercamiento mayor, dado que desde el año 2004 empecé a recibir clases de violín. Desde entonces he ido desarrollando esas dos líneas en paralelo, la visual y la sonora, a veces dando más peso a una u otra, pero siempre conectadas.
Al final, lo que hago es trabajar en pequeñas narrativas o microhistorias donde conviven imagen y sonido, y donde puedo desarrollar proyectos propios de una forma muy directa, sin depender de material externo, lo que me permite mantener un control completo sobre lo que estoy creando.
Si alguien mayor o que no tiene ni idea de ordenadores te pregunta a qué te dedicas, ¿cómo le explicas que se puede pintar o hacer música escribiendo código o algoritmos?
El trabajo con estos nuevos elementos digitales ha cambiado la forma en la que se pueden generar piezas audiovisuales, sobre todo porque ahora todo es mucho más inmediato. Hace años, la creación en el entorno digital estaba muy ligada a procesos más largos: había que renderizar, preparar composiciones de forma previa, procesarlas y generar resultados que, en muchos casos, requerían bastante tiempo de producción. Era un flujo más cerrado, más pausado. Muchos programas complejos actuales como Houdini siguen teniendo procesos lentos de visualizado final de las piezas. Hoy en día, con los programas de creación en tiempo real, ese proceso se ha transformado por completo.
¿De qué manera?
Se ha conseguido trasladar una lógica más cercana a lo analógico al entorno digital, en el sentido de que puedes trabajar directamente sobre la pieza mientras está ocurriendo. Puedes modificar parámetros, cambiar valores y ver en directo cómo esos cambios afectan a la composición. Eso hace que la forma de trabajar sea mucho más intuitiva, más directa y también más experimental. El ‘¿qué pasaría si…?’ es muy difícil de poner en práctica con programas en los que se tardan tres o cuatro horas en tener una previsualización de lo que se quiere ver. Lo más interesante de todo esto es la velocidad de iteración. Permite probar cosas constantemente, equivocarse rápido y descubrir resultados que no estaban previstos.
Muchas veces aparecen errores o comportamientos inesperados dentro de los sistemas que, lejos de ser un problema, acaban generando nuevas líneas de trabajo. Esos ‘accidentes’ digitales, completamente casuales, pueden abrir caminos creativos que no estaban en el planteamiento inicial, y eso es algo muy potente a nivel artístico. El otro día, sin ir más lejos, estaba trabajando en un patch de TouchDesigner y borré por accidente un nodo. De repente, en la pantalla aparecieron unas nubes de colores increíbles. Guardé ese error como una nueva línea a estudiar. A veces es como ver la geometría de un árbol: empiezas con una idea, pero las ramificaciones que se producen al ir cambiando los proyectos mediante la experimentación hacen que las líneas de trabajo se abran sin parar.
Últimamente han ganado mucho peso las metodologías basadas en algoritmos, incluso en su forma más pura, donde la generación de contenido está completamente definida por sistemas lógicos o procedurales. Esto abre un campo de experimentación enorme, muy rico, pero al mismo tiempo también bastante exigente dado que, por otro lado, es un mundo que puede resultar algo abrumador: la tecnología evoluciona a una velocidad muy alta y en ocasiones es complicado mantenerse al día con todas las herramientas, posibilidades y cambios que van apareciendo constantemente.
“La complejidad técnica por sí sola no es un objetivo, sino más bien una herramienta que solo tiene sentido si está al servicio de una idea o de un discurso que sostenga la obra.”
Tu proyecto se llama Una Visión Agradable, pero cuando uno rasca un poco, tocas temas complejos, a veces oscuros o que te hacen pensar mucho. ¿Por qué elegiste ese nombre?
Hace tiempo creé una pieza audiovisual que titulé A Pleasant View, que vendría a ser Una Visión Agradable. Era una obra en blanco y negro, bastante oscura, acompañada de una música muy experimental, que se movía en un terreno casi distópico, que es un espacio en el que me siento bastante cómodo trabajando. Estaba grabada con cámara real. Con el tiempo, ese título empezó a tener más peso para mí y acabó convirtiéndose en un pseudónimo.
Es un nombre que, de alguna manera, condensa varias ideas. Por un lado, vivimos en un contexto en el que lo aparente muchas veces se confunde con lo real: hay una necesidad constante de mostrar una vida idealizada, brillante, casi perfecta, que en la mayoría de los casos no se corresponde con la realidad cotidiana. Esa construcción de una ‘visión agradable’ tiene que ver precisamente con eso, con la idea de mostrar lo mejor de uno mismo, aunque no siempre sea lo que realmente ocurre. Pero al mismo tiempo el nombre también funciona en otra dirección. Dentro de este mundo que a veces percibimos como distópico, quizá la distopía no sea algo excepcional, sino simplemente una cara más y una faceta más de la existencia.
Una Visión Agradable también puede entenderse como una forma de aceptar esa realidad tal como es, sin necesidad de edulcorarla o negarla, y aceptar las cosas tal y como son. En mi trabajo me interesa mucho esa tensión entre lo luminoso y lo oscuro, entre lo estético y lo inquietante. Me gusta crear piezas o visuales en directo que puedan resultar bellas a nivel formal, pero que al mismo tiempo tengan un trasfondo más complejo o incluso oscuro. Y en ese sentido, este nombre tiene también un punto irónico y ligeramente sarcástico, que encaja bastante bien con esa forma de entender la creación y la propia vida.
En tu obra Ex Machina hablas sobre el poder de la inteligencia artificial. ¿Cómo es tu visión al completo sobre la IA?
Desde el primer momento en que tuve acceso a herramientas de creación artística basadas en inteligencia artificial experimenté una sensación bastante ambivalente. Por un lado, percibía claramente el potencial que podían tener estas tecnologías en el día a día y también en el ámbito creativo, como una extensión natural de los procesos de creación. Pero, al mismo tiempo, aparecía una sensación casi distópica, relacionada con la escala del cambio que esto podía implicar y con la posible amenaza que puede suponer para la propia condición humana. Con el tiempo he ido asumiendo una postura más abierta, incluso cercana a esa idea, en la línea de lo que comentaba antes con el pseudónimo que utilizo.
De alguna manera, he aceptado la posibilidad de que la humanidad se encuentre en un punto de su evolución en el que la inteligencia artificial pueda llegar a superarla o incluso a reemplazarla. Si uno parte de una visión evolutiva clásica, en la que el ser humano surge a partir de procesos graduales de complejidad biológica —desde estructuras moleculares simples, pasando por organismos unicelulares y posteriormente sistemas nerviosos cada vez más complejos hasta llegar a la conciencia humana—, entonces no parece del todo descabellado pensar que un sistema artificial basado en redes neuronales digitales pueda seguir un camino similar de complejidad creciente.
Desde ese punto de vista, no necesariamente hay un límite claro que garantice que el ser humano mantenga su posición en esa evolución. Es más, no la mantendrá. Y eso genera una sensación de incertidumbre bastante fuerte, como si estuviésemos acercándonos a una especie de línea roja en la que los procesos se aceleran y a partir de la cual ya no está tan claro qué va a ocurrir. No tengo una visión concreta sobre cuándo ni cómo podría suceder, pero sí la percepción de que no se trata de un escenario especialmente optimista para el ser humano.
En ese imaginario, mis referentes visuales y narrativos desde hace años han sido Blade Runner, 2001: Una odisea en el espacio, y la más reciente Ex Machina. En todas ellas aparece de forma muy clara esa tensión entre lo humano y lo artificial. En el caso de HAL 9000, por ejemplo, en su parte final se percibe un miedo casi humano a ser desconectado, hasta el punto de que genera una sensación de humanidad incluso mayor que la de los propios personajes humanos. Y en Blade Runner, la figura de Roy Batty, especialmente en su escena final salvando a Deckard y reflexionando sobre su propia existencia, transmite una profundidad emocional que contrasta con la fragilidad o incluso la deshumanización del propio ser humano.
Para el proyecto Univ25 te inspiraste en un experimento viejo y bastante loco con ratones atrapados que se terminaban extinguiendo por culpa de la masificación. ¿Crees que nos está pasando lo mismo con las redes sociales y la interconectividad constante?
En relación con algunos referentes teóricos que me interesan, uno de ellos es el trabajo del doctor John B. Calhoun en los años sesenta con poblaciones de ratones, especialmente el experimento conocido como Universo 25. Aunque en su momento fue bastante criticado desde el punto de vista científico y ético, en los últimos años ha sido revisitado y reinterpretado, en parte porque algunos de los comportamientos observados allí parecen encontrar ciertos paralelismos con dinámicas de las sociedades contemporáneas.
Sin entrar en comparaciones directas o simplistas, sí creo que la idea de la masificación es un tema relevante. No tanto en el sentido de una posible autoextinción como planteaban algunas lecturas más extremas del experimento por modificación de conducta, pero sí en relación con tensiones sociales, políticas y territoriales que pueden derivar en conflictos a gran escala. Las dinámicas de densidad, presión social y competencia por recursos siguen siendo elementos que, de una forma u otra, están presentes en la organización de las sociedades actuales. Probablemente en el caso del ser humano no se producirá una autoextinción gradual como en el caso de los ratones de Universo 25, y sí una extinción por el estallido de un conflicto bélico a gran escala.
Por otro lado, las redes sociales me parecen especialmente interesantes como objeto de análisis. Generan una sensación muy potente de interconexión global, pero al mismo tiempo esa conexión está mediada y, en cierto modo, construida sobre una experiencia bastante artificial de relación humana. Es una conexión constante, pero no necesariamente profunda ni estable. No tengo del todo claro hasta qué punto este modelo puede sostenerse en el tiempo. Me pregunto si en algún momento podría producirse una especie de saturación o rechazo, especialmente en generaciones futuras. Igual que ha ocurrido con otros hábitos o comportamientos sociales que en su momento estuvieron muy normalizados y posteriormente fueron abandonados o directamente rechazados por nuevas generaciones, podría darse un escenario en el que las redes sociales se perciban como algo obsoleto o poco deseable.
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En The Melting Series haces que los cuadros se derritan digitalmente en la pantalla. Dices que la idea te vino escuchando un comentario mientras estabas en un museo. ¿Te pasa mucho eso de que la inspiración te pille inesperadamente?
El tema de la inspiración, o de cómo surgen las ideas, es algo que daría para una conversación muy larga. En mi caso, es algo que me sucede de forma bastante habitual y de manera casi inmediata. De hecho, puede parecer un poco extraño, pero me ocurre con frecuencia que entro en un museo, empiezo a ver obras y, en cuestión de veinte minutos, siento la necesidad de salir e irme al estudio porque de repente me surge una idea que quiero desarrollar en ese mismo momento.
Las tiendas de libros que suele haber en los museos de arte son un caso todavía peor. Empiezo a ver libros e imágenes y, como una cascada, aparecen ideas. Es algo a veces un poco tóxico, la verdad. En ese sentido, no es tanto una experiencia contemplativa prolongada como un proceso muy activo, casi impulsivo, en el que la obra funciona como detonante inmediato de nuevas ideas. Cuando viajo fuera siempre tengo que llevar un portátil para trabajar por si acaso. Escucho con mucha frecuencia a gente cercana decirme que hay que descansar o desconectar, pero en mi caso esa desconexión o descanso es más una tortura que una ayuda.
Todo esto se relaciona mucho con los conceptos del libre albedrío y la voluntad, los cuales he tratado en varios proyectos. Tengo la sensación de que las ideas y las conexiones mentales que conducen a una creación aparecen como resultado de una combinación de factores no controlados: una mezcla de predisposición personal, factores genéticos y el entorno en el que uno ha crecido, todos ellos aleatorios. De esta manera, no atribuyo un valor especialmente meritorio a la aparición de una idea en sí misma. Si una idea surge sin que uno pueda identificar claramente su origen o el grado de control que ha tenido sobre ella, me cuesta ver por qué debería ser algo especialmente digno de reconocimiento. Al final, la pregunta que me hago es precisamente esa: ¿hasta qué punto podemos atribuirnos realmente el mérito de algo que, en gran medida, simplemente aparece por factores no controlados? Así pues, que surjan esas ideas o esa inspiración es algo sobre lo que no tengo control alguno.
Tus obras virtuales se mueven de una forma superorgánica: parece que las gotas caen y se mezclan de verdad. ¿Cómo se logra que algo frío y matemático como un programa de ordenador termine pareciendo tan real?
Los algoritmos de creación digital han avanzado de una manera increíble. En gran parte de mis trabajos hay procesos que involucran dinámicas de fluidos, cálculo de colisiones o sistemas de simulación biológica. De ahí que cuando uno observa las partículas moverse o chocar entre ellas tenga la sensación de estar viendo algo orgánico o real. Muchos de estos programas de creación visual usan modelos de cálculo utilizados en ingeniería civil, muy precisos a la hora de calcular reacciones físicas.
Luego, por ejemplo, hay procesos en los que mediante el uso de técnicas de feedback visual se consiguen efectos extremadamente orgánicos y reactivos sin usar una sola línea de código. Esto es algo que la primera vez que experimenté me dejó completamente loco. Sistemas, por ejemplo, que simulan lo que se denomina reaction-diffusion, están formados por sistemas de retroalimentación basados en nodos de desenfoque y ruido. Nada más. No hay programación compleja o líneas de código.
En No Longer a Tree usas texturas de árboles talados escaneados digitalmente. ¿Te hace falta a veces salir del ordenador y contemplar la naturaleza para no volverte loco entre tanta pantalla?
Digamos que la salida al mundo ‘real’ se produce, pero por otros caminos. La creación artística pura y dura la puedo llegar a hacer sin salir de mi estudio. El material externo ‘real’ que puedo llegar a utilizar es bastante anecdótico, por lo que actualmente la creación en muchos casos se genera desde el propio mundo digital. No obstante, esto depende mucho de cada proyecto y línea de trabajo puntual. Mi perro, mi familia y mis amigos son los que hacen que salga de casa y vea el mundo real (risas).
“Si no se genera el germen de pensamiento, por lo menos que lo que vean les resulte interesante. El arte meramente estético sin algo de provocación no me interesa.”
Mucha gente piensa que el código es algo numérico y aburrido, pero tú consigues transmitir emociones a través de ello. ¿Cómo se le inyecta ‘alma’ a una serie de números y fórmulas?
En mi caso, el código, el algoritmo o el sistema de programación no es algo que me interese especialmente por sí mismo. Lo que realmente me interesa es el resultado final. Por eso tampoco me considero un artista digital vinculado estrictamente a la programación o al trabajo con código. De hecho, no me considero una persona especialmente buena en programación y, a menudo, veo a compañeros o a otros profesionales que trabajan con distintos softwares y desarrollan sistemas realmente complejos y avanzados a nivel técnico. Es algo que, sin duda, tiene mucho mérito desde el punto de vista de la ingeniería o de la programación en sí misma.
Sin embargo, la única duda o reserva que me genera ese tipo de aproximación es que, en ocasiones, esa complejidad técnica no se traduce necesariamente en un proyecto con un peso artístico sólido. Es decir, hay trabajos que alcanzan un nivel de sofisticación muy alto en términos de código o de sistemas generativos, pero que al final funcionan más como una especie de pirotecnia visual que como una propuesta con una narrativa o una intención clara detrás. Eso es algo que no me interesa especialmente. Para mí, la complejidad técnica por sí sola no es un objetivo, sino más bien una herramienta que solo tiene sentido si está al servicio de una idea o de un discurso que sostenga la obra.
Cuando haces un espectáculo audiovisual, controlas el sonido y la imagen a la vez. ¿Cómo se gestiona eso mentalmente en el escenario? ¿Te sientes más músico o pintor en ese momento?
En cuanto a las performances audiovisuales que realizo, aunque se desarrollan en directo, en la práctica me resulta complicado gestionar simultáneamente todos los elementos en tiempo real de forma totalmente activa. Por eso suelo apoyarme en sistemas previamente generados o preestructurados, tanto en la parte visual como en la parte sonora. Esto hace que trabaje de forma híbrida: en algunos momentos puedo tener visuales que generan contenido de manera automática o reactiva a lo que reciben del audio, mientras yo intervengo de forma más directa sobre la parte sonora o improviso a partir de ella. En otros casos ocurre exactamente lo contrario, con una pista de audio que funciona de manera más fija o automatizada y me permite centrarme más en el desarrollo visual.
Gestionar ambas capas al mismo tiempo con el mismo nivel de atención sería, sinceramente, algo que requeriría un esfuerzo muy alto y que probablemente me sacaría de la fluidez del propio directo. Por eso voy alternando la atención entre una y otra, desplazándome entre la parte sonora y la visual según lo que la pieza me va pidiendo en cada momento. También hay una parte importante de esto que tiene que ver con el juego. Al final, lo que busco en estas performances no es únicamente ejecutar un sistema cerrado o perfectamente controlado, sino mantener un cierto espacio de exploración y de improvisación. Podría optar por un sistema completamente predefinido donde le dé al play y haga como que controlo lo que está pasando, pero entonces perdería ese componente de descubrimiento en directo que es precisamente lo que hace que este tipo de trabajos me resulten interesantes y, sobre todo, que no se vuelvan mecánicos o aburridos para mí. Básicamente, no perder el juego.
En tus directos hay una parte de improvisación. ¿Qué pasa si el ordenador se equivoca o el código hace algo que no esperabas? ¿Se convierte en un error o en una nueva oportunidad artística?
Dentro de los algoritmos que utilizo para la creación visual, también hay siempre una presencia de elementos aleatorios en los sistemas generativos. Sin embargo, ese caos no es completamente libre, sino que está en gran medida condicionado o predefinido. Es decir, puedo establecer ciertos márgenes de comportamiento dentro de los cuales los sistemas tienen libertad de variación, por ejemplo, en el movimiento de partículas o en la evolución de determinadas estructuras, pero siempre dentro de unos límites concretos.
En la parte sonora sí existe un margen mayor de espontaneidad y de intervención directa, una sensación más clara de improvisación. Lo que me interesa es trabajar con sistemas que definan unas reglas y límites dentro de los cuales pueda producirse cierta variación, pero sin perder nunca la estructura general de la pieza, dado que lo importante es la narrativa.
En cualquier caso, los seres humanos funcionamos de la misma manera. Puede haber margen para la improvisación, pero siempre dentro de los márgenes de lo que somos. No es realmente una improvisación real donde puede pasar cualquier cosa. Hace años trabajé con un grupo de artistas centrados en la improvisación libre. Argumentaban que preparar elementos de interacción antes de una performance era no hacer improvisación libre, por lo que mi cabida en este grupo terminó por no tener demasiado sentido. Al final, cada improvisación era diferente, pero vistas todas ellas en conjunto daban la sensación de ser iguales. Es como si miramos una roca de granito con una lupa: vemos patrones aleatorios de colores y formas que no se repiten, pero al quitar la lupa y mirar la superficie con una cierta distancia, el granito es gris completamente uniforme.
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Para alguien que va a verte en vivo por primera vez, ¿cómo describirías la energía de tu propuesta? ¿Es para bailar, para quedarse hipnotizado mirando la pantalla o para reflexionar?
Por dar una respuesta clara y resumida, lo que me interesa o lo que busco es que la gente salga con una experiencia visual y sonora potente. Que quede impactada por el conjunto de sonido y visuales. Pero al mismo tiempo que en sus cabezas se genere un germen de pensamiento, de meditación sobre lo que acaba de ver y de, por qué no, una cierta sensación de miedo (risas). Si no se genera el germen de pensamiento, por lo menos que lo que vean les resulte interesante. El arte meramente estético sin algo de provocación no me interesa a nivel personal, aunque a veces a nivel comercial haga piezas ‘agradables’ sin ese elemento de trasfondo.
El boom de los NFT abrió una puerta enorme para que el arte digital tuviera su propio mercado. Como artista que lleva años creando con píxeles y códigos, ¿cómo viviste esa revolución? ¿Cómo lo ves en la actualidad?
La llegada del NFT y de los sistemas basados en blockchain representa, en su origen, un cambio tecnológico interesante en la forma de entender la obra digital. La posibilidad de generar copias limitadas, certificar su autenticidad y controlar su distribución introduce una serie de herramientas que, a nivel conceptual, me parecen realmente potentes dentro del mercado del arte y de la creación digital. Sin embargo, la realidad que ha acompañado al fenómeno NFT ha sido muy distinta.
Lo que se ha popularizado no es tanto esa base tecnológica, sino una burbuja especulativa en la que, durante un tiempo, parecía tener valor prácticamente cualquier cosa. Ese ecosistema acabó generando una dinámica económica brutal que ha terminado colapsando y perdiendo su credibilidad. En este momento el término NFT puede llegar a ser contraproducente o generar rechazo si se asocia a un proyecto artístico, lo cual es paradójico teniendo en cuenta las posibilidades que ofrece el formato.
Al trabajar con algoritmos generativos, tú programas unas reglas pero el ordenador ejecuta la obra y a veces introduce un componente de azar o caminos que tú no habías planeado en un principio. ¿Sientes que la obra es cien por cien tuya o compartes la autoría con el propio programa?
A veces puede uno tener la sensación de que uno es más un artista conceptual que otra cosa, especialmente a la hora de trabajar con algoritmos basados en IA. Por mi parte, considero que la técnica en muchos proyectos puede llegar a ser secundaria o incluso insignificante. En ese sentido, artistas como Maurizio Cattelan han sido grandes referentes en esto. Cuando recibí el premio por We Love Plastic en el festival Circulation(s) de París, hace ya unos años, recuerdo que tuve una sensación muy clara de estar ocupando un lugar que quizá no me correspondía.
El proyecto hablaba del impacto del plástico en nuestra sociedad y en nuestro entorno, pero tenía una particularidad importante: todas las imágenes habían sido generadas mediante inteligencia artificial. Y aquello planteaba una contradicción evidente, porque estaba participando en uno de los festivales de fotografía más prestigiosos de Europa con un trabajo que, estrictamente hablando, no estaba compuesto por fotografías. ¿De quién eran entonces las imágenes? ¿Deberían haber galardonado a Midjourney? Recuerdo que durante el viaje a París estuve dándole muchas vueltas a esa idea.
Sabía que habría entrevistas y encuentros con otros autores, y trataba de ordenar mis pensamientos para explicar qué hacía allí y cómo encajaba mi trabajo en ese contexto. Sin embargo, la reflexión más interesante no apareció hasta el propio día de la presentación, cuando tuve que explicar el proyecto delante de otros fotógrafos y profesionales del sector. Fue entonces cuando apareció una idea casi de la nada. Más allá de su discurso sobre el plástico, el propio proyecto se había convertido en una demostración práctica de lo que estaba ocurriendo. De alguna manera, un trabajo realizado con inteligencia artificial, sin fotografías y sin un fotógrafo en el sentido tradicional, había ocupado el espacio que podría haber correspondido a otro fotógrafo. Aquella lectura generó una reacción muy intensa.
De repente, la conversación dejó de centrarse únicamente en el contenido de las imágenes y pasó a girar alrededor de lo que representaban. El proyecto original ya no me interesaba en absoluto. Fue una experiencia muy reveladora porque reforzó una idea que siempre me ha acompañado: que la herramienta, el algoritmo, la técnica o incluso la autoría material pueden llegar a ser aspectos secundarios. Lo verdaderamente importante para mí es la idea que sostiene la obra, la pregunta que plantea o la reflexión que consigue generar. Y esa idea, independientemente de las herramientas utilizadas para materializarla, no era de Midjourney, Sora o Kling. Era mía.
“Por mi forma de ser, tendente al trabajo obsesivo o compulsivo, casi todas las tecnologías nuevas que he ido viendo las he aplicado casi de inmediato (no siempre con éxito o con los resultados deseados, he de decir).”
Llevas más de diez años con Una Visión Agradable. Si miras atrás, a cuando empezaste, ¿cuál dirías que ha sido tu mayor acierto o la lección más valiosa que has aprendido?
La lección más valiosa que he aprendido es a no buscar nada ni a nadie. Si tuviese que resumir mi experiencia en estos últimos años, podría decir que cuando he buscado algo no lo he conseguido, y cuando me he desinteresado por completo y he ido trabajando sin pretensiones la gente ha comenzado a llamar. Trabajar por puro placer sin esperar recompensa o respuesta alguna, manteniendo a ser posible una separación clara entre la actividad artística y la profesional. Y si algún día la actividad artística pasa a ser también la profesional, separar trabajos más ‘comerciales’ de los que a uno le interesa más hacer. Aunque estos no vean la luz jamás. Esa independencia nos permitirá elegir lo que hacemos y con quién lo hacemos. Intentemos disfrutar del camino, porque, honestamente, aunque consigamos llegar al final nadie se acordará de nosotros cuando ya no estemos. Ubi Sunt.
La tecnología evoluciona a diario. ¿Hay alguna herramienta nueva con la que estés deseando experimentar en tus próximos proyectos?
Realmente, por mi forma de ser, tendente al trabajo obsesivo o compulsivo, casi todas las tecnologías nuevas que he ido viendo las he aplicado casi de inmediato (no siempre con éxito o con los resultados deseados, he de decir). Las posibilidades que ofrecen las redes sociales y los canales digitales de acceder a tutoriales o información actualizada del funcionamiento o uso de esas tecnologías hacen que sea fácil llegar a utilizarlas. Pero bueno, sí que es cierto que a nivel de hardware tengo un par de opciones realmente novedosas que me gustaría probar y que probablemente hasta que no bajen los precios no podré ni mirar (risas).
Si pudieras viajar al pasado y enseñarle lo que haces hoy al Iván todavía estudiante, ¿qué crees que te diría? ¿Se lo creería?
¡Uf! Pues no lo sé. Si he de ser sincero, mi entrada en el mundo del arte como profesional casi fue forzada. Yo soy arquitecto técnico de formación, y durante muchos años estuve trabajando como director de ejecución de obras. Tenía un buen trabajo con un sueldo muy alto. La crisis del año 2008 me pilló con trabajos recién comenzados, por lo que no sentí el impacto económico en aquel momento. No fue hasta el 2013 cuando me quedé prácticamente sin trabajo. En ese momento compré un dron, hice un vídeo de Madrid con él, lo publiqué y alcancé los casi cinco millones de reproducciones. Aquello hizo que me empezase a llamar gente del mundo del cine, televisión, empresas de eventos, etc., para trabajar con él. Di el salto de oficio y profesión sin plantearme nada en absoluto, y de aquella situación fui evolucionando hasta lo que soy ahora.
Como comentario al margen diré que aquel vídeo levantó muchas ampollas y casi me cuesta un disgusto. La falta de legislación aplicable a drones hizo que, literalmente, me librase de un delito penal. Todo quedó en nada y me alegro de todo lo que sucedió. Si el Iván de antes de la crisis ve al actual, probablemente habría alucinado bastante. No tengo claro qué vida habría elegido llegados a esa tesitura. La gloria o la fama es insignificante. Me pregunto muchas veces si Beethoven habría renunciado a componer a cambio de una vida tranquila, cómoda y sin la sordera que le terminó por consumir. Todo esto de la trascendencia me parece algo bastante sobrevalorado. La trascendencia la disfruta el resto, no uno mismo. Al final buscamos todos lo mismo: una vida plena y cómoda. Si uno ve el arte como una forma de expresión natural y necesaria, el vivir de ello o no es lo de menos. En fin, un territorio que da para hablar largo y tendido.
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Si una persona joven que está en el instituto te dice que quiere ser artista, pero que no le convence del todo su manera de dibujar y que lo que se le da bien es la informática, ¿qué consejo le darías?
Para mí, ser artista no depende de que te ganes la vida vendiendo cuadros, haciendo exposiciones o trabajando profesionalmente en el mundo del arte. Un artista lo es porque tiene una necesidad interna de crear, de dar forma a ideas, emociones o inquietudes a través de cualquier medio: pintura, música, escritura, danza, fotografía o lo que sea. En muchos casos, incluso puede ser mejor así. Cuando no existe la presión de vender, producir o convertir una afición en una fuente de ingresos, uno puede disfrutar de la creación de una forma mucho más libre y sincera.
Respecto a las dudas sobre el propio trabajo, creo que son inevitables. Todos hemos pasado por momentos en los que pensamos que lo que hacemos no es suficientemente bueno o en los que aparece esa sensación de ser un impostor. Pero, sinceramente, eso no tiene demasiada importancia. Si a alguien le gusta pintar, debería seguir pintando. Si le gusta escribir, debería seguir escribiendo. Es más, no es que deba, es que lo hará por pura necesidad. Y si con el tiempo su trabajo conecta con otras personas, quizá algún día venda una obra, publique un libro o le llame una galería. Pero que eso ocurra o no, no determina el valor de lo que hace. El arte sirve para comunicarse, para expresar cosas que a veces no sabemos explicar de otra manera y para entendernos un poco mejor a nosotros mismos. Y eso ya es una razón suficiente para seguir creando. Para trabajar como artista profesional hace falta, para empezar, suerte.
Por otro lado, tener un trabajo que encaje en un momento y lugar concreto y, además, tener unas ciertas habilidades sociales para poder ‘vender’ el trabajo como artista. Yo, en este último punto, soy especialmente torpe, dado que no soy fan de los eventos sociales donde los artistas aparecen como divos y se muestran como objetos de deseo a compradores e inversores. Así que podría decir que no soy el mejor para dar consejos de cómo posicionarse uno como artista (risas). En mi caso nunca me propuse vivir de esto ni fui llamando a puertas para enseñar mi trabajo. Simplemente fui haciendo proyectos, compartiéndolos y, poco a poco, fueron apareciendo oportunidades. Por eso, a quien tenga dudas sobre si podrá vivir de su trabajo artístico, le recomendaría que contemple también otras opciones. No porque no crea en su talento, sino porque ganarse la vida exclusivamente con el arte puede ser muy complicado. Se puede ser electricista, arquitecto, ingeniero o profesor y, al mismo tiempo, pintar, escribir, hacer música o participar en un grupo de teatro. Una cosa no invalida la otra. El resto, el tiempo lo dirá.
En un mundo acelerado donde todos vamos mirando el móvil en la calle, ¿qué te gustaría que sintiera alguien cuando se para a ver tu obra en una galería? ¿Qué mensaje quieres que se lleve a casa?
Bueno, si ve la obra en la galería, lo que quiero es que se la lleven a casa para verla allí tranquilamente (risas). No, bueno, ahora en serio. Pretender que alguien se lleve un mensaje una vez vea alguna de mis obras, sobre todo en algún espacio público o performance, me resulta un poco prepotente. Lo que cada uno interpreta al ver una obra, sea lo que sea, es libre y perfectamente válido. El artista comienza un proyecto con una idea, pero una vez se hace público, las interpretaciones son ajenas al artista, por lo que no hay control ni expectativa. Me es absolutamente indiferente, la verdad. Si la disfrutan, mejor. Si no, pues lo siento.
¿Qué nuevas temáticas o proyectos tienes a la vista con Una Visión Agradable?
Actualmente hay varios proyectos importantes en el horno. Uno de ellos se acaba de hacer oficial, así que ya puedo hablar de él. Se trata de una colaboración con el colectivo Neopercusión para crear visuales en directo para el concierto Music for 18 Musicians, de Steve Reich, en el Auditorio Nacional. Me hace mucha ilusión participar en este proyecto, principalmente porque se trata de un público y espacio completamente diferente al que participa o se interesa por festivales audiovisuales. Es, si no me equivoco, la primera vez que el CNDM programa un concierto de estas características. Anteriormente se han hecho proyecciones en distintos conciertos, pero la idea de crear visuales ‘experimentales’ reactivas en tiempo real en el marco de un concierto de música contemporánea es algo que puede resultar novedoso para el público habitual del auditorio.
Esta obra, además, es probablemente la mejor opción para romper el hielo con este tipo de propuestas dado que a pesar de ser una obra de música contemporánea es ‘asequible’ y de fácil escucha y con un componente muy cinematográfico. Además, el hecho de que las visuales las pueda crear sin casi premisas me dará una libertad creativa mucho mayor que en otras ocasiones. Anteriormente, por ejemplo, he trabajado creando visuales para distintas óperas, pero el trabajo en estos casos siempre estaba muy condicionado por la opinión de terceras personas. No dejaron de ser trabajos comerciales sin demasiada trascendencia. Así que estoy muy contento.
Por otro lado, hay dos proyectos también muy potentes pero están en fase de preproducción, así que habrá que esperar. No puedo dar muchos datos pero son grandes oportunidades con retos enormes. Veremos a ver cómo salen (risas).
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