Jacqueline Lentzou ha pasado por la
Seminci para estrenar en España
A Day in the Life of Jo: Chapter Phaedra, y ahí hemos estado. Aunque nos explicó que no cree en el realismo mágico como género, su nuevo largometraje entiende la realidad desde esa otra frecuencia. Además, nos aconsejó “verlo con el corazón y no con la mente”. Casi nada.
El inicio ya marca el espíritu simbólico y reflexivo de la película. Nos sitúa en una especie de sueño e introduce el viaje entre lo consciente y lo inconsciente que atraviesa todo el relato. Sobre un fondo abstracto flotan imágenes que todavía no significan nada, ni para el público ni para la protagonista, junto a una frase que bautiza el filme: “una película sobre el aliento, las manos y la soledad (y la falta de todas ellas)”. Tres conceptos que, progresivamente, dejarán verse y sentirse.
Tras esta introducción, la densidad conceptual cede el protagonismo a la historia de Jo. Durante este tramo, la película parece un coming-of-age algo rebuscado, pero que, poco a poco, va adquiriendo normalidad. Jo tiene quince años y está enfadada con el mundo. Su rabia toma forma en torno a referencias culturales: suena True Love Will Find You in the End, de Daniel Johnston, y, con él, aparecen otras muchas influencias que dibujan la melancolía de la adolescente. Hay discusiones con su madre, arrebatos, confusión existencial. Sin embargo, su camino parece enderezarse cuando queda fascinada al escuchar cantar a Phaedra, una compañera de clase con la que empieza a forjar una amistad.
Pero con la Trilogía de la Muerte de Gus Van Sant como referencia clave, era evidente que la trama no podía quedarse ahí. Tras conocer a la protagonista y a su entorno, la duda sobre si “chapter Phaedra” podría abrir la puerta a más capítulos se resuelve sin previo aviso. Y aquí viene el spoiler inevitable: un policía dispara a Jo y la mata. La historia dialoga con el asesinato de Alexandros Grigoropoulos, de quince años, a manos de un policía en Atenas. El crimen, que ocurrió en 2008 en el barrio donde vive la directora, desató protestas y disturbios por todo el país. A día de hoy, sigue siendo un trauma colectivo.
Impulsado por la frase “Fue asesinado, pero no está muerto”, que se canta en las calles de Atenas cada 6 de diciembre, lo que comienza como un relato adolescente se transforma en una profunda reflexión sobre el significado de la ausencia. Lentzou se distancia así de la forma en que Van Sant articula su narrativa: la muerte de Jo no delimita la trama, sino que abre un viaje místico, tanto para ella como para quien la mira. Atrapada en un espacio difuso, escucha una frase que consigue condensar todo lo anterior: “La arquitectura del olvido es la más precisa”.
Rodada en 16 mm, la película deja que la fotografía haga aflorar la magia en los detalles más sutiles. Por momentos, la cámara se concentra en una acción para después dejar que esta salga del encuadre, obligando al espectador a imaginar parte de la escena. De nuevo, la dualidad entre lo manifiesto y lo latente.
La historia de Jo consigue representar la ausencia, y la presencia de esta, de una manera íntima y acogedora. Jacqueline Lentzou reivindica así el cine como herramienta para expresar lo que parece irrepresentable, como herramienta para explorar lo que no se ve, pero está. Su llegada a las salas de España todavía está en el aire. Esperemos poder volver a verla muy pronto.