¿Y si el problema de la belleza fuera que nunca es suficiente? Unos labios más voluminosos, una piel más lisa, unos rasgos más definidos. Siempre hay algo que retocar, una nueva versión que alcanzar, una imperfección que corregir. Mientras nuestros cuerpos intentan parecerse cada vez más a las imágenes que consumimos, la inteligencia artificial aprende a imitar hasta aquello que nos hace humanos. La perfección se convierte así en una meta inalcanzable: cuanto más nos acercamos a ella, más lejos parece quedar.
Teresa Díez Izco trabaja en esa frontera difusa entre lo real y lo virtual, donde los cuerpos se convierten en imágenes, los deseos se confunden con los algoritmos y la belleza adquiere formas tan fascinantes como inquietantes.
A través de la tecnología, la fabricación y los imaginarios de internet, la artista explora las contradicciones de una cultura obsesionada con optimizarse. Con motivo de su participación en el festival
Puwerty de Madrid, hablamos con ella sobre los ideales estéticos que moldean nuestros cuerpos, la identidad digital y nuestra fascinación por una perfección que nunca termina de llegar. Porque, en un mundo donde todo puede retocarse, quizá lo más inquietante no sea lo que queremos cambiar de nosotros mismos, sino haber aprendido a verlo como algo que necesita cambiar.
Hola, Teresa. Para empezar, ¿qué tal?
¡Hola! Muy bien, muchas gracias.
Si tuvieras que explicar qué te mueve a crear, ¿cuál dirías que es el impulso que hay detrás de tu trabajo?
No hay una única razón. Por un lado, existe una parte más vocacional o pasional; por otro, siento la necesidad de explorar diferentes cuestiones que me rondan la cabeza sobre la imagen, la estética o lo virtual, y que no puedo dejar únicamente en pensamientos o palabras. Y, siendo sincera, también está el deseo de convertir mi práctica artística en una profesión porque es lo que he estudiado y lo que sé hacer, y solo de pasión no se vive. Si no existiera esa dimensión profesional seguiría creando, pero probablemente de una manera algo diferente.
En tu obra hay una mezcla muy particular entre tecnología, fabricación, cuerpo, imagen y fantasía. ¿Cómo llegaste a trabajar precisamente en ese cruce entre lo material y lo digital?
Siempre digo que me es imposible no hablar de tecnología, o precisamente de esa intersección entre lo material y lo virtual, cuando paso casi la mitad de mi tiempo en entornos virtuales. Y no me refiero a llevar unas gafas de realidad virtual, sino a estar ‘existiendo’ o ‘interactuando’ en una red social, ‘navegando’ por internet o incluso trabajando en una interfaz como la de Word o Photoshop.
A veces el cuerpo puede estar haciendo un trayecto de una hora en autobús mientras la mente está completamente inmersa en un espacio de algoritmos, métricas, interacciones e hipervínculos, donde esa hora se convierte en quince minutos: no has mirado por la ventana pero sí has visto veinte reels. Creo que esto nos obliga inevitablemente a preguntarnos si esa persona ha estado en un autobús, en un lugar virtual o en un estado intermedio entre ambos. Si no trabajase sobre estos estados intermedios, estaría dejando fuera la mitad de la realidad.
Si pensamos en cómo han cambiado los cánones de belleza en la última década, es difícil no pensar en las Kardashian y en esa estética de labios voluminosos, piel perfecta y rasgos muy definidos que se popularizó como la famosa Instagram face. ¿Qué papel crees que han tenido la cultura de las celebrities y las redes sociales en la construcción de ese rostro ideal?
Aunque es cierto que siempre han existido cánones y estéticas imperantes, nunca había habido una hiperexposición tan constante. Primero con la televisión y ahora con las redes sociales, rostro y cuerpo se exponen 24/7. Hemos desarrollado un enorme culto al cuerpo y la cara en el que nada es suficiente y necesitamos actualizaciones, optimizaciones, reconfiguraciones y retoques constantes, como si fuéramos una máquina que hay que poner a punto o una interfaz siempre susceptible de mejora.
Mi teoría es que el cuerpo físico está empezando a imitar las lógicas de la virtualidad y de las economías digitales. Es un proceso que podríamos considerar casi como ‘natural’, teniendo en cuenta que lo virtual constituye ahora una parte muy importante de nuestra experiencia perceptiva y estética, y que el ser humano y su entorno se retroalimentan constantemente, fundiendo sus límites. Por eso aspiramos a una piel sin poros, como la digital, y unos pómulos que nunca están lo suficientemente elevados, o unos labios que podrían estar un poco más rellenos, porque la lógica de la optimización, como en un software, puede ser infinita.
No creo que las celebrities sean necesariamente el origen de este canon sintético y homogeneizador, sino que son más bien su síntoma y altavoz. Al ser rostros tan mediáticos son los más ‘presionados’ para seguir estas tendencias, y eso a su vez las refuerza. Empezamos a verlos constantemente en los medios, los normalizamos a la vez que los idealizamos y acabamos convirtiéndolos en nuestro objeto de deseo. Es una pescadilla que se muerde la cola.
“Hemos desarrollado un enorme culto al cuerpo y la cara en el que nada es suficiente y necesitamos actualizaciones, optimizaciones, reconfiguraciones y retoques constantes, como si fuéramos una máquina que hay que poner a punto.”
En Ever Dream this Face? construyes un rostro a partir de veinte mujeres diferentes hasta crear una cara que no pertenece a ninguna en concreto, pero que nos resulta familiar. ¿Qué te interesaba explorar con la creación de ese rostro que, en cierto modo, podría ser el de cualquiera y el de nadie al mismo tiempo?
Ever Dream this Face? parte de un meme viral de hace varios años en el que aparecía el rostro de un hombre junto a la frase “Ever dream this man? EVERY NIGHT THROUGHOUT THE WORLD HUNDREDS OF PEOPLE DREAM ABOUT THIS FACE”. Se convirtió en una especie de fenómeno en internet: gente de diferentes partes del mundo aseguraba haber soñado misteriosamente con la cara de ese mismo hombre. Funcionaba como una imagen arquetípica, igual que la máscara sintética y homogénea de la Instagram face, un rostro ya muy presente en el imaginario colectivo como ideal de perfección, con el que todos hemos podido soñar y que hemos llegado a desear alguna vez.
Para este trabajo asumo el papel de la IA generativa y construyo un rostro promediado a partir de veinte celebrities, mediante un vídeo que hace morphing entre todas sus caras. Como se suceden rápidamente, dejan en nuestro cerebro una imagen fantasmagórica de un único rostro imposible pero extrañamente familiar, un ideal sintético que reconocemos en las pantallas pero que nunca vemos de carne y hueso. Me interesaba mucho la idea de la artista y teórica Hito Steyerl de que las imágenes promedio ya no representan una realidad concreta, sino una media estadística de muchas realidades cuyo resultado no es algo neutro, sino un ideal extremo e inalcanzable que acaba imponiéndose como norma.
Hay algo curioso en que pasemos tanto tiempo editando nuestras fotos, buscando nuestros mejores ángulos y construyendo una imagen de nosotros mismos para internet. ¿Crees que cada vez nos preocupa más parecernos a la versión idealizada que proyectamos en redes que a quienes somos fuera de la pantalla?
En realidad, no tenemos que esforzarnos en parecernos a quienes somos fuera de la pantalla porque ya lo somos. Y quienes somos en la pantalla también constituyen una parte de nuestro ser ‘verdadero’ o performático, como quieras llamarlo. En las redes sociales, o en cualquier entorno virtual, es más fácil construir una identidad a medida, y eso puede ser muy liberador porque te permite explorar quién quieres ser. El problema es que, la mayoría de las veces, esa identidad responde a cánones impuestos y a una búsqueda de aprobación externa. Entonces, el personaje virtual perfeccionado acaba devorándote porque siempre parece un poco más interesante y luce un poco más delgado que tu versión física.
En Retráctiles trabajas con la neotenia, es decir, con la asociación entre determinados rasgos juveniles y la belleza. ¿Por qué asociamos la juventud con la belleza? ¿Crees que las redes están haciendo cada vez más difícil aceptar el paso del tiempo?
Es una pregunta compleja que daría para un estudio entero, pero supongo que, en la base, existe un factor biológico y evolutivo que nos lleva a asociar la juventud con la salud. Por otro lado están la publicidad, el cine o industrias como la de la moda o la belleza, que se llenan los bolsillos a costa de dejar claro que envejecer es lo peor que te puede pasar. Parece que no soportamos la idea de la decadencia ni del paso del tiempo. Y ya no solo respecto al cuerpo, sino en general: todo cuanto más nuevo, mejor, quizá para no pensar en que tarde o temprano todos vamos a morirnos.
Y los rasgos neoténicos (ojos grandes, nariz pequeña y redondeada, piel lisa y sin poros, etc.) son justo los que exageran muchos filtros y la estética que vemos en redes. Las redes sociales desempeñan un papel fundamental en esto. En ellas publicamos fotos de nuestros ‘yoes’ pasados que quedan congeladas en el tiempo para siempre y nos recuerdan lo que una vez fuimos. Además, están el retoque y los filtros: acabamos olvidando cómo es una piel real y la sustituimos por la idealización de un píxel perfecto.
Los algoritmos llevan esta dinámica aún más lejos. En Retráctiles analizo cómo, cuanto más se itera una búsqueda a partir de un rostro en plataformas como Pinterest, más te arrastran hacia espirales de neotenia y perfección sintética. Lo que puede llegar a verse por ahí es inquietante… Por eso creo que es importante revisar qué es lo que deseamos, qué deseos nos imponen y qué puede haber detrás de ellos. Y también qué imágenes estamos generando y depositando en internet, porque son las que construyen las estéticas del futuro.
La inteligencia artificial aprende de las imágenes que generamos y consumimos, pero después también influye en las imágenes que vemos y en las que deseamos. ¿Te parece que estamos entrando en un bucle en el que la tecnología acaba enseñándonos a desear aquello que ella misma reproduce?
Sí, y creo que incluso hay otro bucle que va más allá: mientras lo matérico trata de imitar lo sintético y esa ‘belleza virtual’, la IA cada vez se esfuerza más en imitar las ‘imperfecciones’ de lo físico y humano. Las primeras IAs eran incapaces de hacer una piel realista con textura, granos o vello, todas eran pulidas y brillantes. Ahora lo logran mucho mejor, y ese realismo pasa por reproducir arrugas, líneas de expresión, incluso respiraciones entrecortadas y carraspeos en los modelos de voz. Los roles se invierten y lo sintético busca imitar o fingir esa naturaleza de lo imperfecto porque es la única forma que tiene de conectar con nuestra humanidad, aunque esa imperfección siempre será sintética, controlada y estetizada.
Estamos acostumbrados a que la tecnología sea cada vez más ligera, cómoda y discreta. Tú, en cambio, a veces parece que quieres devolverle peso y materialidad. ¿Es una manera de obligarnos a ser conscientes de nuestra relación con ella?
Sí, hay una intención de devolver presencia a los dispositivos que reproducen esos entornos virtuales. El diseño de los aparatos tecnológicos tiende a hacer desaparecer su marco físico e integrarlos en nuestro cuerpo y nuestro entorno: las pantallas son cada vez más planas, los bordes negros desaparecen, la tecnología se esconde en unas gafas de aspecto normal, e incluso el diseño Liquid Glass de iOS pretende que los propios elementos de la interfaz se vuelvan invisibles, como si emergieran directa y naturalmente de la virtualidad. Todo esto está perfectamente diseñado para que olvidemos que, cuando miramos una pantalla, no estamos más que mirando una pequeña caja de la que salen luces y colores.
Visto así resultaría algo ridículo, pero al estar todo tan integrado se convierte en una parte muy natural de nuestro mundo. Dejamos de ver el hardware para fundirnos en lo etéreo del software. El problema es que lo que no vemos, no lo cuestionamos, y eso nos resta agencia y capacidad de decisión sobre nuestra propia atención, que es un bien muy valioso.
En Sueños virtuales de una flor muerta, una flor cuyo cuerpo físico se deteriora imagina una versión digital de sí misma, perfecta y eterna. Me parece una imagen muy bonita pero también inquietante porque me hace pensar en la presión estética que todavía existe sobre las mujeres y en esa búsqueda de una imagen en la que parece que el tiempo nunca pasa. ¿Te interesaba explorar esa contradicción entre el deterioro físico y el deseo de alcanzar una belleza eterna?
Sí, me interesaba explorar ese deseo latente de permanencia, de convertirnos en una imagen virtual, de escapar de un cuerpo que nos encierra, duele, suda y pesa. Creo que en internet existe una gran idealización de la idea de ser un avatar, un ente virtual, un ser de luz etéreo y sin cuerpo que fluye y adopta formas fantásticas y anheladas. Tras estas ideas tan angelicales no deja de existir un fuerte rechazo al cuerpo, casi un horror a todo lo orgánico, aunque muchas veces se nos presente de forma enmascarada y sutil.
En la instalación, la flor está congelada en una especie de intento de criogenización mientras sueña con una versión de sí misma eterna y perfecta. En sus sueños adopta cuerpos virtuales imposibles que se asemejan a palacios de hielo, joyas brillantes, letras cursivas o unicornios blancos alados, toda esa estética de internet en torno a lo angelical y lo puro. Sin embargo, el hielo termina derritiéndose sin que nada pueda frenar el paso del tiempo, mientras el vídeo de la flor perfecta sigue reproduciéndose en bucle.
¿Crees que esa exigencia de perfección que encontramos en internet afecta de manera diferente a las mujeres y a los hombres?
Sin duda. La presión sigue siendo mucho mayor para las mujeres: nuestros cuerpos aún se ven como el objeto de consumo sobre el que imponer todas las nuevas estéticas y exigencias, y somos a quienes más se nos vende la idea de que debemos mejorarnos constantemente, ya sea para ser deseables o ‘por nosotras mismas’. Aun así, creo que también está creciendo mucho entre los hombres y se está volviendo algo cada vez más generalizado. Vemos tanto a hombres como a mujeres haciéndose cirugías estéticas u obsesionados con el skincare o el gimnasio. Quizá cambia el tipo de exigencia: a las mujeres se nos pide juventud, suavidad y delicadeza, y a los hombres, por lo general, fuerza y rasgos marcados. Pero la lógica de fondo es la misma, lo que en internet se ha bautizado como looksmaxxing: la optimización infinita del físico.
En muchas de tus obras conviven lo bello y lo grotesco, lo delicado y lo inquietante. ¿Qué te interesa de esa mezcla? ¿Sientes que hay cosas que solo puedes expresar cuando trabajas desde esa tensión entre los opuestos?
Lo que siempre me atrae es lo que ocurre entre los opuestos. Tendemos a reducirlo todo a binarismos porque es lo más fácil y cómodo pero creo que lo interesante está en los umbrales, cuando se ponen en tensión opuestos aparentemente irreconciliables y se generan espacios de reconciliación donde, en lugar de X o Y, vemos todo un espectro.
En el caso de lo bello y lo grotesco, la belleza funciona como un anzuelo que te seduce y hace que te quedes mirando, y es entonces cuando lo inquietante puede mostrarte lo que hay detrás. Creo que ambos polos se necesitan y coexisten en muchos ámbitos. Por ejemplo, un cuerpo es increíblemente bello y grotesco a la vez, y no podemos pretender quedarnos solo con una de las dos partes.
“Es importante revisar qué es lo que deseamos, qué deseos nos imponen y qué puede haber detrás de ellos. Y también qué imágenes estamos generando y depositando en internet, porque son las que construyen las estéticas del futuro.”
Has participado en Puwerty con un taller de joyería digital en el que imágenes y elementos procedentes de internet terminan convertidos en objetos físicos. ¿Qué te interesa de coger algo tan intangible como una imagen digital y convertirlo en una joya que puedes tocar y llevar contigo?
Creo que es casi como una forma de devolverle cuerpo a lo que no lo tiene y de continuar ese flujo y transición constante entre estados que vive la imagen contemporánea. Hoy en día es lo más normal del mundo, todo es susceptible de convertirse en imagen virtual, de perder su soporte y su referente físico y después volver a adquirir otro. Las imágenes de internet se consumen en segundos y desaparecen con el scroll, mientras que una joya es algo que se guarda, que se lleva encima, que perdura. Así que me parece bonito y divertido poder adornarte con JPGs o símbolos ASCII. Me gusta hacer pequeños chistes visuales, como un anillo con la imagen de stock de un diamante impresa en lugar de un diamante de verdad.
Y, en general, ¿qué importancia crees que tienen espacios como Puwerty para artistas jóvenes que están experimentando precisamente con estos nuevos lenguajes?
Muchísima. Necesitamos espacios que nos den oportunidades, en los que podamos abrir conversaciones y experimentar sin la presión de que todo tenga que ser una pieza cerrada. Creo que muchas instituciones todavía van un paso por detrás con estos lenguajes, y trabajar con memes, con IA o con la estética de internet a veces se sigue viendo como algo menor o poco serio cuando es la realidad de nuestro día a día. Por eso espacios como Puwerty son tan necesarios.
¿Hay alguna imagen, tendencia de internet, objeto o fenómeno de la cultura popular que últimamente no te puedas quitar de la cabeza y que te gustaría convertir en una obra?
Hay un meme muy concreto que lleva varios años siendo un poco mi santo grial, es uno en el que pone “un filtro más y te conviertes en un ser de luz” o su otra versión, “un filtro más y purificas el agua”. Es todo un género de memes con rostros completamente blancos de tantos filtros que se han puesto, y para mí lo resume casi todo. De momento no va a ser una obra concreta pero es la inspiración de muchas.