Ruega por nosotras es la nueva película dirigida por Daniel Monzón. Una mirada al pasado del Patronato de Protección a la Mujer, una institución reorganizada por la dictadura franquista en 1941 que encerró a miles de mujeres jóvenes por no ajustarse al ideal femenino impuesto por el régimen. La película, con guion de Monzón y Jorge Guerricaechevarría, llega a los cines el próximo 6 de noviembre, exactamente ochenta y cinco años después de la recuperación franquista del Patronato.
La actividad del Patronato de Protección a la Mujer no terminó con la muerte de Franco, como recuerda, con una precisión incómoda, la cronología de la película. Ana (Zoe Bonafonte) es internada en 1974, pero la institución continuó funcionando durante los primeros años de la democracia. Los centros, muchos de ellos gestionados por órdenes religiosas, siguieron abiertos hasta 1985, casi una década después del final de la dictadura. Su objetivo era muy claro: redimir a las mujeres “caídas” o a aquellas que estaban en riesgo de caer. Así lo documenta Consuelo García del Cid Guerra, investigadora y superviviente del Patronato, autora del libro homónimo que da título a la película y cuya investigación ha sido fundamental para recuperar esta historia.
Tras una escapada nocturna, el padre de Ana, Rodrigo (Xavi Sáez), avergonzado por lo que pudiera decir la sociedad, encarnada en la figura del portero del edificio, decide tomar medidas más drásticas. Una mañana, la joven de diecinueve años se despierta en Madrid, después de haber sido catalogada como “incompleta” por el Centro de Clasificación y Observación. Este “colegio de formación”, como se lo describieron a la propia Consuelo, sería su casa hasta la mayoría de edad, entonces fijada en los veintiún años. Sus padres pagan para que permanezca allí, Ana es una interna “de pago”. Esto, según Consuelo, hacía todavía más difícil la convivencia con las monjas, que consideraban que aquellas jóvenes, por su procedencia y comportamiento, “no tenían perdón de Dios”.
Junto a Sole (Manuela Calle), con quien conecta casi de inmediato, conoce a muchas otras chicas cuyas circunstancias son muy diferentes a las suyas. Cada una representa una de las realidades que podían convertir a una mujer en “sospechosa” a ojos del Patronato. Sole, que había abandonado su casa; Marifé (María Gandiaga), que no conocía nada más que esas paredes; Pilar (Carla Domínguez), víctima del maltrato de su padre; y otras tantas cuyo único delito era “que nadie las quisiera”, como recogen los testimonios.
Para Daniel Monzón, esta institución era prácticamente desconocida hasta 2020, cuando entró en contacto con la investigación de Consuelo García del Cid. El director, que se sintió especialmente interpelado por la historia también desde su condición de padre, encontró en aquellas crónicas una responsabilidad que podía asumir solo desde su oficio: llevarlas a la pantalla. Y lo hace en un momento en el que los derechos de las mujeres vuelven a estar en el centro de un debate global.
La película plasma los maltratos físicos a los que las monjas sometían a las jóvenes desde la dignidad de las víctimas y con el cuidado de no caer en una representación excesivamente gore, según cuenta Monzón. En esta película de terror, Ana y sus compañeras limpian suelos, cosen muñecos, cocinan y hacen “talleres” de todo tipo. Ana incluso acaba encargándose de la contabilidad. Que Monzón no recurra a imágenes más explícitas, como las jóvenes obligadas a lamer el suelo, no resta crudeza a lo que vemos. Al contrario, con la fotografía de Carles Gusi, consigue que se estremezcan las carnes.
Lo realmente doloroso es el maltrato psicológico al que la hermana Socorro (Adelfa Calvo) somete a las jóvenes, en una interpretación tan dura como compleja. El adoctrinamiento, el aislamiento y la humillación terminan por quebrar incluso a aquellas chicas con las personalidades más arrolladoras. Tanto es así que algunas internas prefieren permanecer más tiempo del estipulado o llegan a considerar que casarse con un viudo que las ha elegido a dedo es lo mejor que podía ocurrirles. Incluso Sole, que al principio parece tener una fuerza y rebeldía inagotables, va empequeñeciendo a medida que avanzan los minutos. Su transformación hasta convertirse en alguien temeroso y sumiso es especialmente atroz.
A las puertas de su mayoría de edad, Ana aprende que el Patronato podía mantener su tutela hasta los veinticinco años. Pasada esta edad, quienes eran consideradas irrecuperables o presentaban comportamientos que las autoridades interpretaban como “tendencias homosexuales” podían acabar derivadas a otras instituciones, incluidos centros psiquiátricos. Tomar los hábitos y convertirse en monja será una de las pocas salidas dentro de ese universo asfixiante.
Presentada en el Festival de San Sebastián, Ruega por nosotras es una película en la que Daniel Monzón construye un relato que encuentra en la amistad, la sororidad y la resistencia uno de sus principales pilares. Lo más deleznable, y también lo más difícil de asimilar, es la veracidad de los hechos. Hay momentos que parecen sacados de un libro de ciencia ficción, pero no lo son. El auge de ciertos discursos que miran al pasado con nostalgia también ha sido uno de los impulsos que han llevado al director a poner esta historia en imágenes y darle voz.
“La Gestapo Española” fue el nombre que García del Cid quiso dar inicialmente a su investigación. Ruega por nosotras nace precisamente de ese espíritu “rebelde, indómito e irrecuperable” de las mujeres encerradas en esta institución. De un pequeño gesto de reivindicación y desobediencia frente al “ruega por nosotros” del rosario que debían aprender y recitar durante las misas, explica Consuelo. Un gesto que da nombre a la película y que, en una escena final cargada de significado, termina por darle también todo su sentido.
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