La cercanía física no garantiza la intimidad. En las fotografías de Yolanda del Amo, dos personas pueden compartir una habitación, una mesa o incluso una cama y, aun así, parecer separadas por una distancia difícil de medir. La artista madrileña, afincada en Nueva York, lleva años observando esa tensión: lo que une, lo que se calla y lo que se proyecta sobre los otros cuando convivimos. Su nuevo libro, Archipélago, publicado a principios de año por Kehrer Verlag, reúne imágenes realizadas entre 2004 y 2014, escenas cuidadosamente dirigidas en las que amigos y familiares de la fotógrafa encarnan personajes construidos a partir de experiencias, relatos y gestos reales.
Pero no te confundas, no son retratos en sentido estricto ni documentos de una comunidad concreta. En todo caso, son ficciones ancladas en lo cotidiano, donde los interiores domésticos, el color y la disposición de los cuerpos funcionan como extensiones psicológicas de sus habitantes. “Me interesa mucho esa zona ambigua entre el documento y la ficción”, confiesa Yolanda en esta entrevista. “Me interesa la idea de Brecht del distanciamiento: si al espectador le queda claro que lo que está viendo es un artificio, se implica menos emocionalmente y tiene una actitud más crítica al respecto”.
El libro condensa algunas de las preguntas que atraviesan su trabajo desde Lo primero es la niña, dedicado a su abuela, hasta Refugio y Encuentro: cómo nos relacionamos, qué negocia cada vínculo y qué sucede cuando la presencia deja de equivaler a conexión. Influida por el teatro-danza de Pina Bausch y atenta a la ambigüedad de toda imagen, Del Amo habla aquí de fotografía, convivencia, memoria y de esa necesidad contemporánea de recuperar un tiempo más lento para mirar.
metal-yolanda-del-amo-01.webp
Archipélago reúne imágenes realizadas entre 2004 y 2014, pero el libro llega en 2026. ¿Qué ha cambiado en tu relación con este trabajo durante ese tiempo y qué ha hecho posible que encuentre su forma definitiva como fotolibro?
El proyecto del fotolibro empezó en 2018, pero hubo algún impasse a raíz de la pandemia. Finalmente encontré el equipo ideal con la diseñadora y la editorial. Tener la perspectiva de un cierto tiempo transcurrido me ha dado un criterio para decidir las imágenes que tenían que estar en el libro y las que no. Las personas retratadas son amigos y familiares, algunos ya no están o las relaciones con algunos de ellos han cambiado, lo cual me hace ver las imágenes con una cierta nostalgia.
El título propone pensar las relaciones como islas: cercanas dentro de un mismo mapa, pero inevitablemente separadas. ¿Cuándo apareció esa imagen del archipiélago y qué te permite decir que no dirían palabras como ‘familia’, ‘pareja’ o ‘comunidad’?
El término ‘archipiélago’ me parecía una metáfora bonita porque se refiere a islas independientes, pero que pertenecen todas a un mismo grupo. Así entiendo yo las fotografías del proyecto, y también a las personas dentro de cada una de las imágenes. En Archipiélago aparecen relaciones de familia y de pareja, pero ni las unas ni las otras exclusivamente. El hilo que une el conjunto de las imágenes es algo psicológico, no una comunidad en particular.
En las fotografías hay intimidad, pero también una distancia muy concreta entre los cuerpos. ¿Cómo construyes esa coreografía: partes de una situación observada, de una conversación, de una imagen mental o de algo que sucede durante la sesión?
Construyo la fotografía a partir de un poco de todo eso que mencionas. Como trabajé con personas que yo conocía, estaba lo que ellas me sugerían. Como cuando un escritor construye el personaje de una novela a partir de personas que conoce en la vida real. Después, y en cada caso de una forma diferente, podía tratarse de una experiencia, una historia que ellos y ellas habían compartido conmigo. Y por último, como tú bien dices, está lo que sucede en la sesión: está lo que funciona o lo que no funciona, y esa disposición final de elementos se decide in situ.
Trabajas con escenas meticulosamente construidas, aunque en espacios reales. ¿Qué te interesa de esa zona ambigua entre el documento y la ficción? ¿Crees que una escena dirigida puede revelar una verdad emocional que una fotografía espontánea no alcanza?
Efectivamente me interesa mucho esa zona ambigua entre el documento y la ficción. A la fotografía se le ha asignado durante muchos años el papel de documentar la verdad, pero en realidad muchas de las fotografías en sus comienzos no eran espontáneas porque los tiempos de exposición eran largos y los modelos tenían que mantenerse quietos. Me interesa la idea de Brecht del distanciamiento: si al espectador le queda claro que lo que está viendo es un artificio, se implica menos emocionalmente y tiene una actitud más crítica al respecto.
Yo trabajo con un nivel de producción relativamente bajo: no construyo decorados ni invento situaciones que requieran un vestuario complicado. Pero sí me interesa crear esa tensión entre lo real y lo que no es, por ejemplo despejando los ambientes y dejándolos impecables, como si fueran decorados. Creo que una imagen espontánea también puede revelar una verdad emocional, pero es un lenguaje distinto. Un proyecto como este, sin embargo, tendría otras connotaciones si fuera completamente espontáneo: se leería como una verdad anclada en la realidad, como si documentara a una o a varias comunidades. Al dirigir las escenas, dejo claro que no es ese tipo de verdad la que busco.
metal-yolanda-del-amo-10.webp
En el proyecto aparecen amigos y familiares como modelos. ¿Qué cambia cuando diriges a personas con las que ya existe una relación de confianza? ¿Hay algo de su vida real que inevitablemente se filtra en la imagen?
Mucha gente se siente incómoda frente a la cámara al principio, eso es bastante universal. Pero cuando dirijo a alguien con quien ya existe una relación de confianza, puedo hacerla sentir más cómoda con más rapidez porque sé qué decirle, cómo hacerla reír o relajarse.
En cuanto a si algo de su vida real se filtra en la imagen, no diría que mis fotografías son retratos, porque no buscan representar a la persona tal como es en la vida real al cien por cien. Más bien construyo un personaje inspirado en quiénes son las personas retratadas, y en ese sentido, sí, me interesa que algo de lo real se filtre, pero como punto de partida creativo, no como documento fiel.
¿Has trabajado también con desconocidos o mediante casting?
He trabajado con desconocidos o mediante casting para otros proyectos, pero no para Archipiélago.
Vicki Goldberg señala la precisión de los gestos y las posturas, y se ha relacionado el libro con el teatro-danza de Pina Bausch. ¿Qué has tomado del teatro y de la danza, más allá de la composición visual?
Para mí Pina Bausch fue una gran influencia. Estudié en la universidad en Alemania y tuve la suerte de ver muchas de sus obras en el teatro, antes de que ella tuviera un reconocimiento tan global. Ella siempre decía que le interesaba “lo que mueve a la gente, no cómo se mueve”, y el tema central de sus obras era esa tensión entre las personas, lo que nos une y nos separa, en particular en las relaciones de pareja. Sus obras eran de gran intensidad emocional, pero todo eso estaba tratado con mucha delicadeza y belleza visual.
Los interiores (casas, habitaciones, pasillos) parecen prolongar el estado psicológico de quienes los habitan, no son meros decorados. ¿Cómo localizas esos espacios y cuándo sabes que un lugar puede sostener una imagen?
Encontrar interiores que puedan funcionar es algo que me encanta. Con el tiempo, la intuición y la experiencia, esto sucede naturalmente. Me interesa cómo los espacios se transforman a través de una cámara. Como decía
Garry Winogrand: “Yo saco fotos para ver cómo son las cosas fotografiadas”.
En Archipiélago, trabajé con una cámara de gran formato, que es el tipo de cámara que se solía utilizar para las fotografías de arquitectura porque permite enderezar líneas y corregir distorsiones. Era la cámara perfecta para mí porque me permitía ‘dibujar el espacio’ y colocar a las personas en el lugar adecuado. Empecé trabajando con una cámara de 10x12 cm y después me pasé a un formato 13x18 cm, que es más parecido al formato del cine y que me daba más espacio entre las personas.
“El término ‘archipiélago’ me parecía una metáfora bonita porque se refiere a islas independientes, pero que pertenecen todas a un mismo grupo. Así entiendo yo las fotografías del proyecto, y también a las personas dentro de cada una de las imágenes.”
El color tiene un papel muy emocional en Archipélago. ¿Lo decides desde el inicio de cada fotografía o también dejas que la luz y las particularidades del lugar modifiquen la escena que habías imaginado?
El color de los espacios es fundamental y este cambia con la luz, por eso trato de tener una idea muy clara del momento idóneo para sacar la foto y voy a la localización varias veces, en diferentes momentos del día. Después decido el vestuario para que contraste y/o armonice con el color del espacio.
Antes de Archipélago, en Lo primero es la niña ya abordaste el álbum familiar, la relación entre generaciones y el diálogo con tu abuela. ¿Sientes que las relaciones familiares han sido una línea persistente en tu trabajo, o aquel proyecto y este libro parten de preguntas distintas?
Lo primero es la niña es el primer trabajo en el que traté las relaciones personales. Me permitió usar la fotografía para colaborar con mi abuela, una persona a la que yo adoraba y que ya tenía una edad muy avanzada. Su generación y la mía habían vivido en España pero en contextos muy distintos, lo que había influido de manera decisiva en nuestra experiencia como mujeres: la relación con la sexualidad, la pareja, el matrimonio, etc. Me interesaba tratar este contraste con cariño y con humor. Ahora estoy trabajando en ampliar este trabajo con un archivo de fotos que me dejó mi madre cuando falleció. Los trabajos posteriores a Lo primero es la niña mantienen un interés en las relaciones personales, pero el foco está en otros aspectos.
En Refugio fotografiaste convivencias entre personas migrantes y alemanas que compartían casa, poniendo en juego pertenencia, cultura y negociación cotidiana. ¿Qué continuidad ves entre ese proyecto y Archipélago, y qué cambió al pasar de vínculos íntimos a una dimensión social y política más explícita?
La metodología de trabajo cambió completamente porque en Refugio partía de una situación real y extraordinaria. Yo no conocía de antemano a mis modelos y tenía que entender primero quiénes eran y cuáles eran sus circunstancias. Teníamos varias reuniones previas y ellos me contaban su historia, cómo se habían conocido y cómo habían accedido a convivir juntos. Los relatos de los migrantes eran muy duros. Yo tenía interés en hacer otro tipo de imagen, distinta a la que se ve frecuentemente en los medios de comunicación, en la que los refugiados aparecen en masa y no como individuos.
A partir de todo eso me hacía una composición de lugar y construía mis imágenes en función de lo que me habían contado. Mi margen de maniobra era más pequeño que en Archipiélago, pero me resultó un desafío interesante trabajar con los elementos que se me ofrecían. Sin embargo, hay una continuidad de fondo: en ambos proyectos me interesó cómo la convivencia y la proximidad física revelan algo sobre la relación entre las personas, sea esta de pareja, familia o entre desconocidos que comparten un espacio.
metal-yolanda-del-amo-03.webp
En Encuentro te ocupas de la relación entre personas que se conocen por primera vez, en un contexto marcado por la mediación digital. ¿Cómo ha transformado internet nuestra manera de leer la cercanía, la vulnerabilidad o el silencio frente a otra persona?
La forma de relacionarnos ha cambiado radicalmente, y esto es más agudo en las personas más jóvenes que han crecido en un ambiente mediado por la comunicación digital. Muchas veces el contacto empieza en la pantalla, a través de una imagen o un perfil, antes de que exista un encuentro físico real. Esto cambia la forma en que experimentamos la vulnerabilidad frente al otro: el silencio y la presencia física en persona pueden resultar más intensos, precisamente porque hemos aprendido a relacionarnos primero a distancia, con cierto control sobre lo que mostramos y cómo nos mostramos.
En Encuentro, cuyas fotografías realicé entre los años 2011 y 2015, cuando internet y las redes sociales empezaban a transformar rápidamente el primer contacto entre las personas, me interesaba justamente ese momento anterior a que el vínculo se defina, cuando todavía todo está abierto y las posibilidades son muchas.
Tu obra suele hablar de clase, género, familia e identidad sin reducir a los personajes a una tesis. ¿Cómo mantienes esa complejidad para que una imagen abra preguntas en vez de ilustrar una idea ya cerrada?
Trato de mantener una ambigüedad en mis imágenes, ¡pero no sabría decirte exactamente cómo lo consigo o si lo consigo siempre! Quizás tiene que ver con buscar que la imagen admita varias lecturas; prefiero dejar espacio para que sea el espectador quien construya la suya.
Eres profesora de Fotografía y Medios Digitales. ¿Qué conversaciones o preocupaciones de tus estudiantes te están haciendo reconsiderar tu propia práctica, especialmente en un momento de imágenes instantáneas, IA y circulación constante?
En mis clases, frente a la velocidad y la circulación constante de imágenes, noto que algunos estudiantes valoran cada vez más la lentitud: el proceso, la cámara analógica, el tiempo de espera. Eso me ha hecho apreciar de nuevo mi propia manera de trabajar, más pausada, y pensar en cómo transmitirla sin que parezca simplemente nostálgica.
metal-yolanda-del-amo-05.webp
metal-yolanda-del-amo-13.webp
metal-yolanda-del-amo-08.webp
metal-yolanda-del-amo-06.webp
metal-yolanda-del-amo-02.webp
metal-yolanda-del-amo-07.webp
metal-yolanda-del-amo-11.webp
metal-yolanda-del-amo-12.webp
metal-yolanda-del-amo-04.webp