En el pequeño rectángulo que Zoom nos permite habitar a cada una, observo a Sofía servirse agua caliente en el mate. La tetera es plateada, su cuerpo es larguísimo; nos reímos porque las dos pensamos lo mismo: parece la lámpara de Aladino. Desde los primeros segundos de la entrevista queda claro que tiene un ojo especial para los objetos, y también muy buen gusto. Al escuchar el oximorónico título de la nueva exposición individual de Sofía Alazraki, Ruido sordo, presentada en la galería Doble Erre de Madrid hasta el 7 de noviembre de la mano de Ventana Project, pensamos en un imposible.
No existen ruidos sordos. Pero, si nos detenemos a reflexionar un segundo, nos damos cuenta de que sí, efectivamente existen. Por ejemplo: cuando uno grita en sueños y la voz no sale, cuando pasa una moto ruidosa por nuestra calle y para cuando queremos decir algo, la moto ya no está pero la vibración sigue en el aire. En este silencio donde sigue sonando algo que no logramos identificar del todo podemos encontrarnos con todo lo que aún no sucedió, con el abanico de posibilidades que se despliega en el vacío. Como un choque automovilístico donde todo queda paralizado después de un impacto poderoso, Ruido sordo ocupa estos espacios de incertidumbre para trastocar con cierto humor e ironía cómo vivimos en estos tiempos de aceleración constante. Conversamos con Sofía para hablar de la curaduría, de la exposición, de la psicología deleuziana, de su infancia y de su inventario de objetos.
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En el texto curatorial de tu nueva expo se define este concepto como: “Ruido sordo es lo que queda después, una evidencia de una velocidad ya abandonada”. ¿Qué es para ti? ¿Nos darías un ejemplo de un ruido sordo?
Un ruido sordo es como uno de esos gritos en sueños en los que gritás y no sale nada. Un sonido disfuncional. Es una cosa que suena de una manera que no coincide con su forma.
¿Y de dónde surge esta idea para la nueva exposición?
No sé si es una idea en sí misma, más bien es un cuerpo de trabajo. Las obras tienen cinco años, o cuatro, o incluso dos meses. Es una combinación de cosas que crean algo nuevo cuando las juntás. No es que surja esta idea para la expo, sino que es agarrar de un cuerpo de obra, hacer una selección y hacerla hablar de esto.
Entre la dirección de arte, tu estudio, el trabajo freelance, la fotografía, etc., nos preguntamos: ¿cómo hace?, pero en vez de preguntarte eso, pasemos a ¿cuál es tu rutina para conjugar todas estas cosas?
Pensaba en esto de la rutina, y la verdad es que este estilo de vida no te lo permite. La rutina tiene que ser una cosa que pueda ser lo suficientemente flexible como para que, si una semana tenés un rodaje y estás trabajando un millón de horas al día, puedas disponer de ese tiempo y que, a la vez, en la semana siguiente, si no tenés nada, puedas disponer de ese tiempo de otra forma. Yo creo que todas las semanas cambian según los proyectos que hay y las cosas que hay que entregar y las cosas que están sucediendo, y a mí me sirve mucho porque me aburro muy fácil de hacer todas las semanas lo mismo.
A veces me frustra porque realmente me gustaría tener un poco más de estructura y saber que todos los lunes van a ser iguales, pero también entiendo que es parte de lo que elegí. También me mantiene inspirada y en movimiento por el hecho de que todo el tiempo las cosas cambian. Lo único que trato de mantener siempre como una rutina es entrenar: hago Muay Thai tres veces por semana, y yoga, dos. Esas son las cosas que trato de que, sin importar lo que sea que esté haciendo, no falten. También sé que en mi rutina mensual no puede faltar tiempo para pasarme algunas noches en el taller hasta tarde, sin nada específico que hacer, para poder perderme un poco. Quizás lo tengo como parte de mi rutina pero no tiene un día asignado.
¿Qué importancia le das a tener unas horas para simplemente estar en tu taller y hacer cosas sin ningún rumbo específico?
Es jugar, ¿no? Si no, ¿para qué hacés esto? Si todo el tiempo que estás haciendo algo, estás esperando que ese algo sea bueno y además sea para mostrar, entonces también se vuelve un trabajo. Siento que el punto de todo esto es tener un espacio donde podés hacer cosas que no sabés si van a estar buenas o no y que nadie te las está pidiendo, entonces no importa. Ese espacio para la prueba, para pelotudear, para perderte o para hacer las cosas de la forma menos funcional posible es el espacio donde más aparecen las cosas interesantes.
Si Ruido sordo tuviese banda sonora, ¿qué sonaría?
Tendría que ser de 528 hercios con audiolibros, podcasts de geopolítica, memes del peor presidente de la historia argentina… Siento que sería un sonido un poco enloquecedor. Estaría compuesto de muchas partes que son totalmente contradictorias. Sonaría a caos, a noise industrial que a la vez es ambient.
Hay algo de enloquecedor en el sonido de la exposición porque es repetitivo, está loopeado al infinito, pero en realidad también son notas que están sacadas de los fondos de guías de autoayuda y de guías de meditación. Encuentro a mucha gente que me dice que le parece muy relajante. De hecho, me encanta porque a veces está la puerta de la galería abierta y pasa gente que está paseando por Usera, y de repente se recuelga en un estado medio contemplativo, escuchando este loop infinito. Tampoco sé qué sería exactamente un ruido molesto para alguien. Creo que el soundtrack de Ruido sordo sí o sí sería algo enloquecedor y contradictorio.
Tu madre es psicóloga y mencionaste en otras entrevistas que buscás inspiración en la psicología, en tu propia terapia o preguntándole a tu madre por referencias, textos, etc. ¿Qué técnicas asociadas a la psicología podemos ver más en tu arte? Es decir, tanto negativas como positivas: sublimación, mindfulness, represión, asociación, desplazamiento, relajación, etc.
Trabajo con una rama de la psicología que es deleuziana, que lo que intenta es romper con la idea lineal de la causa y el efecto, del razonamiento. Busca desarmar eso y plantear que de un punto se va a desatar todo un rizoma infinito, toda una red, como si fuesen las raíces de un árbol que crecen para arriba y para abajo, donde no hay arriba, abajo, izquierda, derecha, centro. Son historias sin centro, y siento que ahí es desde donde trato de agarrarlo y relacionarlo con el análisis y con la forma de analizar de mi madre.
También son pequeños momentos de síntesis. A veces, después de sesiones de terapia en las que pensás: ah, ok, acabo de ver esto, muchas veces no es un ‘esto’ muy claro. No es una cosa tan obvia. La línea de terapia que hago yo te deja miles de preguntas abiertas y simplemente te plantea líneas de fuga por donde vos tirás un punto y desde ahí pueden salir mil líneas. Muchas veces el momento de sacar las fotos después de las sesiones de terapia tiene que ver con darle una imagen a eso de lo que acabas de hablar, como si fuese hacer la tapa de un libro.
“Ese espacio para la prueba, para pelotudear, para perderte o para hacer las cosas de la forma menos funcional posible es el espacio donde más aparecen las cosas interesantes.”
Estaba pensando en lo que hablamos al principio, sobre cómo describías tu terapia (esta manera de pensar una cosa y decidir verla del otro lado), me recordaba lo que mencionamos de cómo hacer arte con objetos. El decir: tengo esto y voy a darle otro significado o ponerlo en otro contexto, ¿creés que hay un paralelismo en eso?
No intento buscarle ese tipo de vuelta. Intento, siempre que pueda, evitar cerrar demasiado la interpretación. Siento que está bueno ponerle palabras pero a la vez también tengo cuidado con este tipo de pensamiento tan lineal. Siento que a veces es más un automatismo; no intento buscarle ese tipo de sentido.
Una de tus mayores inspiraciones fue tu madrina, Vicky Belloq, quien era artista y escenógrafa y te daba carta blanca para crear desde muy chica. ¿Cuál es tu primer recuerdo de estos acercamientos al arte?
Ella falleció a mis veintitrés años. Yo de chica era un poco extraña con mis amistades, era una especie de tomboy rarísimo. No me llevaba mucho con la gente de mi edad y tenía amigas de cuarenta años. Era amiga de mi tío también, por ejemplo, que es mecánico de motos y de autos, esa era la gente con la que me gustaba janguear.
Con ella me acuerdo de que me iba a dormir a su casa para pasar el fin de semana y era como una pijamada de dos veinteañeras, pero ella tenía cuarenta y yo tenía siete. Nos encontrábamos ahí en ese lugar, en el medio. Ella tenía un taller espectacular lleno de cosas y materiales. Me acuerdo de que a veces entraba y le preguntaba si podía tocar algo, si podía usar un material, y ella me miraba y me decía: vos podés tocar todo lo que quieras porque vos sos artista, estás en tu elemento y podés agarrar lo que quieras.
A veces pienso en la importancia de que alguien te vea y te dé permiso para encarnar cierto personaje. Si desde muy chica una persona te dice, vos sos esto, ya no tenés que pedir permiso para hacer eso, ya no tenés que explicarle a nadie que sos eso, porque hay una persona que para vos es un adulto, una figura de autoridad, que te dio permiso para ser ese personaje.
Qué importantes estas figuras que les permiten a las infancias pensarse desde esos lugares, sobre todo sin la exigencia de pedir permiso, ¿no?
Sí, después también asumirlo como una responsabilidad de hacerlo vos también con otra gente, de dar ese lugar, generar ese espacio, de hacer que alguien se sienta visto.
¿Cómo elegís generar esos lugares? O quizás no los elegís, quizás es algo que pasa naturalmente.
Creo que es una forma de estar. O sea, sí, doy clases en universidades, doy talleres en Boisbuchet, hago mis cosas para tratar también de invitar a la gente para que haga algo de esto que vos hacés, que aplique algo de esto que investigaste y que lo compartiste. Pero siento que es más como meter gente en tu taller e invitar a colaborar a personas que capaz no habían hecho eso antes o hacer obras en conjunto con gente, como también invitar gente a que juegue con lo que vos estás haciendo.
Has dicho en algún momento que “lo tuyo son los objetos”, ¿tenés alguno favorito?
Colecciono cualquier cosa, en verdad. Tengo un inventario, un archivo gigante de cosas. Me gustan mucho los cuchillos y las tijeras porque le agregan una capa de complejidad al coleccionismo, que es que no te los podés llevar de viaje en un bolso de mano. Hace que te lo tengas que pensar dos veces cuando lo querés. Y después junto cosas random a las que les tengo cariño: latas aplastadas por autos en la calle, tengo un táper lleno de cigarrillos con rouge que encuentro de gente por la calle. Desde cosas muy sofisticadas hasta insectos.
Colecciono miles de insectos que me encuentro muertos. Es divertido porque me gusta sacarles fotos pero no me gusta ni traer un insecto vivo para cagarlo a flashazos ni matarlo para sacarle fotos. Entonces hay una temporada en la que hay pajaritos que se caen de los árboles y se mueren, o insectos que te encontrás por ahí muertos. De Uruguay me traigo muchos en el paquete de yerba (risas). Hay algo de la acción de juntar, de decir: esto que para el mundo es basura para mí es algo que va a estar en mi inventario y lo voy a usar para algo.
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Tu trabajo tiene mucho de curaduría. Hoy por hoy vivimos en una sociedad más curada que nunca, donde lo denominado vagamente como ‘aesthetics’ y las redes sociales permiten crear identidades fijas basadas en, precisamente, cómo nos manejamos con los objetos. ¿Cómo es ser curador en este momento?
No sé, es un término tan amplio y a la vez tan específico… Soy historiadora del arte, técnicamente soy curadora. Por profesión estoy formada en eso. Sin embargo, la primera vez que me invitaron a hacer de curadora fue este año en un museo en Francia, en Beaujolais. Y me acuerdo de la reacción de la persona que me invitó a hacerlo. Yo le dije: mirá, yo lo hago, pero no tengo ni idea. Si todos estamos de acuerdo con que yo no sé muy bien lo que estoy haciendo y voy a improvisar, bien. Y él se reía, me decía: no puedo creer que pienses que no sos curadora.
Me dijo que tenía que hacer exactamente lo mismo que había hecho siempre, que es elegir cosas. Pensar de qué querés hablar, elegir cosas y armar una composición. Y básicamente era eso. Era entender cuál era el relato, cuáles eran los personajes y de qué forma decidías presentarlos. Volviendo a la idea de un objeto en relación con otro; una montura de caballo con una espada no es lo mismo que una montura de caballo con un dildo. Inevitablemente te va a llevar a lugares distintos.
Siento que quizás hay muchas palabras que están bastardeadas. Pero que a la vez también son palabras que fueron desarmadas para que más gente se anime a hacer eso, supongo. Que todo el mundo pueda ser un curador no quiere decir que vayas a ser un buen curador. Siento que mi rol ahí era de curador-artista, que es totalmente distinto al de curador con C mayúscula. Cualquiera puede ser un curador de la misma forma que cualquiera puede ser un jugador de fútbol. Ahora, que seas un buen jugador de fútbol va a depender de un montón de cosas.
Además de historia del arte, estudiaste diseño de muebles, lo cual no se te dio tan bien y te llevó al mundo de la dirección creativa. ¿Cómo te hace sentir trabajar con los objetos?
Para mí los objetos son como unos personajes. No sé, es como si vos vas a montar una obra de teatro y tenés que contratar unos actores. No sé si lo llevaría a un lugar tan espiritual. Es más como: primero saber de qué estás hablando, de qué querés hablar. Y después buscar de qué forma lo vas a decir.
¿Cómo te imaginás que envejecerá tu obra?
Espero que bien, no sé, espero que como un buen vino o como Tilda Swinton. Está bueno guardar las cosas mucho tiempo antes de mostrarlas.
Que es un poco asegurarte de que vaya a ser algo que en un par de años te siga gustando.
Para la mayoría de las exposiciones trato de sacar las fotos años antes, tener las ideas tiempo antes. Tenerlas ahí y verlas y revisarlas y revisitarlas. Y entender qué es lo que te va a gustar a largo plazo.
Te mudaste a Barcelona a hacer un posgrado y luego a Madrid, pensando que te ibas a quedar solo seis meses y pasaron seis años. ¿Qué te hizo quedarte?
No sé si fue una decisión, fue como ir quedándose. Madrid fue una ciudad muy generosa conmigo. Es muy parecida a Buenos Aires en algunas cosas.
¿En qué estás trabajando, ahora que la exposición ya está montada?
Estoy trabajando en varias cosas en paralelo pero hay una que me tiene muy entusiasmada, que es con Marina Otero, que es una amiga y bailarina a la que quiero y admiro mucho, con quien estoy trabajando en una obra.
Genial, estaremos atentos.
Muchas gracias.
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