Hay esculturas que se miran; las de Ruth Asawa, en cambio, parecen mirar de vuelta. Suspendidas en el aire, sus redes de cobre, latón y acero dibujan volúmenes que nunca terminan de cerrarse: bolsas, capullos, campanas, constelaciones domésticas. A poco que una se mueva, la pieza cambia; su sombra también. En ese juego entre presencia y vacío está el nervio de Ruth Asawa: Retrospectiva, la gran muestra que el Guggenheim Bilbao acoge hasta el 13 de septiembre.
La exposición llega en el centenario del nacimiento de Asawa (1926-2013) y recorre seis décadas de trabajo en diez secciones. Más de trescientas obras (esculturas, dibujos, grabados, pinturas, cuadernos, moldes de arcilla y bronce, además de papiroflexias) sirven para desmontar la idea, todavía bastante extendida, de que Asawa fue solamente la autora de unas esculturas muy fotogénicas. Aquí aparece una creadora total: atenta a una rama, a una flor, a una conversación familiar o a la posibilidad de que una fuente pública se convierta en lugar de reunión.
Su biografía importa, pero no como pie de foto dramático. Hija de agricultores japoneses emigrados a California, fue encerrada junto a su familia en campos de internamiento durante la Segunda Guerra Mundial. Tras sufrir también la discriminación que le impedía obtener una acreditación para enseñar arte, entró en el Black Mountain College, donde Josef Albers le enseñó, según ella misma recordaba, a ver. Allí entendió que la observación, el trabajo manual y la experimentación podían ser la misma cosa.
El viaje a México de 1947 le descubrió las cestas de alambre y puso en marcha una investigación que no dejaría de expandirse. En sus formas continuas, una estructura contiene a otra y convierte el interior en exterior; en las piezas de alambre atado, la geometría se ramifica como una planta. Asawa no imitaba la naturaleza: estudiaba sus reglas de crecimiento. De ahí que sus obras parezcan tan ligeras y, a la vez, tan obstinadas. Cada bucle es una decisión, cada repetición abre una desviación.
También hay una lección muy actual en su negativa a separar la vida del arte. Asawa trabajó desde su casa de Noe Valley, crió a seis hijos, defendió la educación artística y realizó fuentes y monumentos concebidos para disfrutarse sin pedir permiso. Frente a la épica del artista aislado, propuso algo más generoso: hacer, enseñar, cuidar y construir comunidad como partes de una misma práctica. En Bilbao, su alambre vuelve a decirlo sin grandilocuencia: todo está conectado.
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