La película Hombres de acero (Wasteman), de Cal McMau, estrenada en los cines españoles el 17 de julio, arranca con una pelea que no da tiempo al espectador a acomodarse. La tensión asciende, se cuece a fuego lento y amenaza con desbordar. David Jonsson interpreta a Taylor, que recibe la noticia de su liberación anticipada tras trece años encarcelado en Londres. McMau se resiste a presentarlo de forma convencional: lo seguimos en su rutina antes de que el relato termine de fijar quién es. La exposición nunca se impone ni se repite, y Taylor se convierte en una figura cotidiana atravesada por la deshumanización del sistema penitenciario.
El escenario acentúa ese encierro al limitarse casi por completo al espacio de la prisión. La frontera entre ‘fuera’ y ‘dentro’ se difumina: el exterior aparece en planos aéreos, fríos y clínicos, o en grabaciones de móvil de un mundo que continúa sin ellos. Como la composición de un plano vertical en una pantalla panorámica, la historia queda confinada a un espacio reducido, con apenas miradas tímidas hacia lo que podría haber fuera. Incluso cuando la película abre esa posibilidad, la experiencia carcelaria se mantiene como una forma de cautiverio que no termina al cruzar una puerta.
La claustrofobia visual tiene su equivalente sonoro. La banda sonora se acumula, crece hasta los momentos de máxima presión y vuelve a un ritmo que golpea de forma constante. Frente a la iluminación plana que domina buena parte del cine contemporáneo, Hombres de acero se distingue por unas sombras dramáticas que adelantan el desgaste de sus personajes. La luz se vuelve cálida cuando el vínculo entre Taylor y su nuevo compañero de celda, Dee (Tom Blyth), parece ofrecer una tregua; cuando ese vínculo se tensa, el encuadre y la temperatura de la imagen se enfrían con él.
El metal, el cristal y los espejos son motivos recurrentes que subrayan la violencia fría del lugar. Las rejillas, los barrotes o la cuchilla con la que Taylor trabaja como barbero convierten la vulnerabilidad en una presencia física. Entre Taylor y Dee hay una cercanía forzada y una tensión que la puesta en escena traduce con precisión: son contrapuntos, pero también dos hombres obligados a compartir un mundo que normaliza la amenaza y exige pasar por alto sus consecuencias. La violencia nunca se siente gratuita ni performativa; nace de una dinámica social en la que los presos intentan rehumanizarse, construyendo sus propios códigos allí donde se les han negado casi todos los demás derechos.
La película aborda la raza sin reducirla a una explicación didáctica de la desigualdad. Su conciencia racial es sutil pero contundente: la violencia contra los presos negros permanece en el horizonte, a veces institucional, a veces contenida fuera de campo, y modela la forma en que cada personaje se mueve dentro de la prisión. Mientras Dee se permite desafiar abiertamente a los guardias, Taylor parece sostenerse a sí mismo en un control doloroso, algo que Jonsson expresa con una contención facial extraordinaria. En paralelo, la relación entre ambos se convierte en una negociación de masculinidad, autenticidad y actuación. Dee arrastra a Taylor a un mundo cuyas reglas nunca terminan de estar claras; el afecto y la amenaza conviven en el mismo gesto, y el espectador entiende que esa conexión es tan intensa como inestable.
El debut de McMau aprovecha cada recurso —dirección, fotografía, sonido y composición— para encontrar empatía dentro de un género asociado a la violencia sin sentido. Hombres de acero dota de humanidad a quienes la sociedad suele desechar y evita tratar la cárcel como un paréntesis fácilmente recuperable. El resultado es un drama carcelario de presión constante, consciente socialmente y preciso en lo artístico, que confía en la mirada del espectador sin darle una salida sencilla.
