Hay algo deliciosamente inquietante en los cuadros de Ewa Juszkiewicz: parecen haber escapado de una sala de pintura europea del siglo XVIII para atravesar, sin pedir permiso, un sueño surrealista. Vestidos de seda, peinados imposibles, fondos sobrios y una factura casi hipnótica; todo remite al retrato clásico. Pero, justo donde esperamos encontrar una cara, aparece una cascada de pelo, un ramo exuberante, una tela que se retuerce o una masa vegetal. La mirada se queda sin destino y el cuadro, de pronto, empieza a mirarnos a nosotros. Hasta el 6 de septiembre, el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza reúne veinticuatro pinturas de la artista polaca (Gdańsk, 1984) en su primera exposición individual en un museo.
Comisariada por Guillermo Solana en colaboración con Juszkiewicz, la muestra recorre trabajos realizados entre 2013 y 2026, incluidos varios concebidos para esta ocasión. No es una retrospectiva en el sentido enciclopédico, sino una inmersión muy afinada en una obsesión: qué ocurre cuando el retrato pierde aquello que, en teoría, lo sostiene.
Juszkiewicz trabaja a partir de una tradición que conoce bien y que no trata con condescendencia. Sus referencias, sobre todo los retratos femeninos de los siglos XVIII y XIX, conservan su elegancia, su precisión de pieles, encajes y volúmenes, incluso su aire de distinción. Sin embargo, la artista interviene ese legado en el punto más sensible. Aquellas mujeres pintadas para ser vistas, clasificadas y admiradas ya no ofrecen su rostro al espectador. Se sustraen. O quizá se defienden.
La operación tiene algo de juego y algo de reparación histórica. Las flores, las frutas y los tejidos no funcionan como una simple rareza visual: desplazan el foco hacia los elementos decorativos con los que la pintura también ha codificado a las mujeres durante siglos. En Juszkiewicz, el adorno deja de acompañar al cuerpo y toma el control de la imagen. Lo ornamental se vuelve monstruoso, sensual, cómico o amenazante; nunca inocente.
Ahí está la fuerza de esta exposición: no necesita subrayar su discurso para hacerlo legible. Sus cuadros son técnicamente seductores, casi lujosos, y precisamente por eso la incomodidad entra mejor. El rostro oculto no es una ausencia vacía, sino un espacio de resistencia contra la fantasía de que una persona puede reducirse a su apariencia. En las salas Postpop del Thyssen, Juszkiewicz abre una conversación con la colección histórica del museo y la tuerce con inteligencia.
La exposición de Ewa Juszkiewicz se puede visitar hasta el 6 de septiembre en el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, Paseo del Prado, 8, Madrid.
metal-ewa-juszkiewicz-edit-03.webp
metal-ewa-juszkiewicz-edit-02.webp