Sería un pecado intentar clausurar la película de Diego Luna bajo una sola temática. A través de los lentes de Lucila, una joven de veintiún años emigrada de México a España, Ceniza en la boca explora territorios que muchos directores no se atreverían a representar con semejante crudeza: la migración, el perdón, la memoria, la familia, entre muchos otros.
El filme, que se estrenará mundialmente en el Festival de Cannes (Sección Oficial Fuera de Concurso), establece su dureza narrativa desde los primeros frames, avisando que no es una película para débiles. Isabel (Adriana Paz), la madre de Lucila, marcha sin billete de vuelta a España, dejando a sus hijos atrás. Años después, Lucila y su hermano menor, Diego (catorce años) se reúnen con su madre en Madrid. Los paisajes urbanos grisáceos y los movimientos inestables de cámara reflejan el mundo interior de Lucila durante sus años madrileños, marcados por un constante malestar. Es esa tormenta incesante la que la empuja a intentarlo de nuevo en Barcelona, aunque la precariedad y la violencia cotidiana funcionan como vestigio para recordarle que por mucho que huya, el dolor sigue punzando por dentro.
“Aquí o donde sea puedo sobrevivir”, comenta Diego en una de las escenas más reveladoras de la película. Seis palabras que no podían representar mejor la resiliencia de Lucila, acostumbrada a acarrear con todo lo que se le ha puesto por delante. Pero ante un hecho trágico, Lucila vuelve a sus raíces mexicanas, ya idealizadas por la distancia y las quiebras de la memoria. Solo allí logra comprender en parte las razones que desembocaron en la partida de su madre, quien buscaba un refugio en Europa años atrás.
Diego Luna construye una obra sostenida por el subtexto, el simbolismo y una brillante dirección de fotografía tan áspera como íntima, donde hasta el silencio está cargado de significado. Resulta imposible no empatizar con Lucila. Ceniza en la boca obliga a la audiencia a dejar de desviar la mirada de aquello que pasamos tanto por alto: la culpa familiar, la sensación de no pertenecer a ningún lugar, la realidad de la migración. Sobre todo, lejos de los sentimentalismos y más allá de la migración, Luna retrata, como poca gente ha hecho, el desgaste invisible que queda después de sobrevivirla.
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