Han pasado cuatro años desde la primera vez que nos sentamos frente a una pasarela de Calafat en Madrid. Anteayer, tras una jornada especialmente intensa en el Campus de Comunicación y Artes de la Universidad Nebrija, pusimos rumbo al Hotel Palace. Allí nos esperaba Burnt Rose Garden, una colección que confirma la madurez de la marca y abre una nueva etapa en una historia que hemos seguido prácticamente desde sus comienzos.
Ya hemos hablado bastante estos días del cambio de estrategia de Mercedes-Benz Fashion Week Madrid, de acercar los desfiles al centro y apostar por una mayor proyección internacional, y cada día que pasa parece más claro que está funcionando. Se nota en el ambiente y en una ciudad mucho más conectada con lo que sucede, por lo que confiamos en que este cambio haya venido para quedarse. Lo curioso es que Calafat lleva años entendiendo sus desfiles precisamente de esta manera.
En 2022 asistimos a su debut madrileño con 3LeMorte y concluimos que aquel pabellón de Ifema no terminaba de hacerle ningún favor. Había talento, trabajo y unos códigos que ya empezaban a reconocerse, pero también demasiadas ganas de demostrarlo todo al mismo tiempo. Un año después pusimos rumbo al Puente Cáscara de Matadero para ver Fiamma y la sensación fue completamente distinta. Entonces hablamos de libertad y seguridad, de haber superado ciertos miedos y de una firma que parecía saber mucho mejor qué quería y cómo conseguirlo. En 2024 llegó Oddities Odyssey y, curiosamente, la vuelta a Ifema, aunque esta vez el espacio importó bastante menos. Aquello que echábamos en falta dos años antes había dado paso a una propuesta más depurada y tremendamente reconocible.
Y llegamos a 2026. Burnt Rose Garden vuelve a marcar un punto de inflexión, aunque esta vez lo interesante no está únicamente sobre la pasarela. Atrás queda definitivamente aquella idea de una marca construida alrededor de Álvaro Calafat para dar paso a Calafat, un proyecto creativo y empresarial que hoy se entiende junto a Ana Ponf. Lo que comenzó con un diseñador intentando abrirse camino se ha convertido en algo bastante más grande, con nuevas voces, nuevas categorías de producto y una estructura preparada para mirar más lejos.
Hablábamos precisamente de este movimiento esta misma semana con Ernesto Naranjo, quien nos contaba cómo la marca deja atrás el ‘Ernesto’ para convertirse simplemente en Naranjo y empezar a construir una identidad capaz de crecer más allá de su propia figura. Aquí sucede algo parecido. Llega un momento en el que una marca necesita crecer más allá de quien la puso en marcha e incorporar otras miradas; el origen sigue estando ahí, pero el proyecto ya es mucho más amplio.
La ropa también refleja esa evolución. Los códigos de Calafat siguen siendo fácilmente reconocibles, desde las construcciones escultóricas y el trabajo artesanal hasta ese encuentro entre lo urbano y lo sofisticado tan presente en su universo. La diferencia es que ahora todo parece más medido. Si al principio había cierta necesidad de demostrar qué hacía especial a la marca, el mensaje se ha ido afinando y ya no necesita gritar tan alto para hacerse entender.
Pero que nadie confunda eso con bajar el volumen. Burnt Rose Garden está cargada de bordados, tejidos impresos, pedrería y detalles desarrollados específicamente para la colección, pero también de esa intensidad que Calafat lleva años trasladando a sus presentaciones. Álvaro y Ana creen en el desfile como espectáculo y en la música y la performance como herramientas para terminar de contar una historia. En el Palace volvió a quedar claro: cuando tienes un universo tan particular, una sala blanca y aséptica simplemente no basta.
Y si ponemos la mirada en las novedades, es imposible no hablar de Le Ponf Bag, presentado durante el desfile como uno de los nuevos iconos de la casa y una primera pista de hacia dónde puede crecer Calafat. Junto a esta novedad, una firma que ya conocíamos: UNOde50 volvía a acompañar a Calafat después de haber colaborado con ella en el pasado. Una relación que se mantiene en el tiempo y que dice bastante de cómo entiende la marca su crecimiento.
Porque alrededor de la marca se ha formado una comunidad especialmente fiel. Anteayer volvimos a comprobarlo en un front row donde estaban Álvaro de Luna o Inés Hernand, entre muchas caras que llevan tiempo cerca del proyecto. Hay poco artificio en todo ello y mucho de la forma de ser de Álvaro, Ana y su equipo, que han sabido trasladar esa cercanía a Calafat.
Quizá mantener cierta distancia con el circuito madrileño y seguir mirando a Málaga también haya ayudado a conservar una identidad tan propia. Burnt Rose Garden confirma que la personalidad de Calafat sigue intacta, pero también que su proyecto continúa creciendo sin perder aquello que lo hace reconocible.





















