Una alegría para todas las madres que asistan a la nueva exposición de
Arts Santa Mònica de Barcelona: se puede jugar al
Candy Crush en una de las instalaciones. Una mala noticia para todos los que asistan: es muy probable que juegos como el
Candy Crush estén jugando con nosotros, provocándonos problemas relacionados con la dopamina y con la percepción y, de paso, robando nuestros datos para utilizarlos con fines un poco… oscuros. De todas formas, no temáis.
Boom Crash Candy Crush, que acaba de inaugurarse y se puede visitar hasta el 31 de enero de 2027, es un soplo de aire fresco que nos invita a reflexionar sobre lo que se esconde detrás de los algoritmos, las cookies y otras cuestiones ocultas bajo las luces azules de las pantallas.
El título ya es una trampa, no por nada la imagen gráfica contiene una granada. ‘Boom’ y ‘crash’ son el estruendo de la explosión y del choque, pero suenan casi igual que crush: aplastar, triturar, y también ese flechazo adolescente que no podemos dejar de mirar. Con una identidad visual que busca reapropiarse de la estética de las chuches aparentemente inofensivas del Candy Crush, la exposición se presenta con una granada de gominola en colores atractivos y, alrededor, aviones e indumentaria de guerra que parecen sacados de un Miniso por lo adorables que son.
Estamos jugando con armas aunque no lo parezca. Entre el crash de las bombas y el dulce crush de los caramelos hay una sola vocal de diferencia. Comisariada por Joana Moll y Enric Puig Punyet, director del centro, la exposición reúne cerca de una veintena de artistas tanto locales como internacionales. Entre ellos destacan Hito Steyerl, Shona Illingworth, Aram Bartholl, Mario Santamaría o laSADCUM. La muestra se completa con un programa de actividades en el que destacan conferencias con los artistas, el concierto de Ars Movens y la performance sonora de Meritxell de Soto.
La exposición se reparte en tres espacios, y cada uno podría entenderse como un nivel de un juego. Con la instalación sonora encargada especialmente para la exposición a Jessica Ekomane (titulada Dark Patterns, como se denomina desde el diseño UX/UI a aquellos diseños creados para convencernos de hacer alguna cosa como suscribirnos, comprar, aceptar algo, etc.) persiguiéndonos constantemente, nos adentramos en cada espacio. Nada más entrar a la primera sala nos inunda el aroma a chicle de fresa, un aroma que irá cambiando en el recorrido pero que siempre será dulce y despertará nuestras papilas gustativas, buscando generar esa disonancia cognitiva. La dopamina, sus efectos, los trucos del algoritmo y lo que aparece oculto dominan este nivel.
En la segunda sala podemos observar un poco de lo que la curadora denomina como “optimismo tecnopatriarcal”, con obras como Total Prediction de César Escudero y Martin Nadal, en la que ambos buscan recuperar el tecnooptimismo de otras épocas y trasladarlo al hipercontrol y al culto a la productividad de hoy con técnicas que remiten al hacktivism. La tercera sala se tiñe de verde: por un lado, busca hacer referencia a la temática de la militarización, y por otro lado, replicar el verde que se usa para generar código al programar. A pesar de estas diferencias, hay cosas que se mantienen; según Moll, la militarización del cuerpo, la vigilancia y el control son constantes en todas las salas y, por ende, en toda la exposición. El propio Puig Punyet comenta que no es una exposición de tesis. Así, podemos entender que no hay un recorrido que nos lleve de la mano hacia una única conclusión.
Dentro de las piezas que más destacan, en la primera planta nos encontramos con Detumescence, de la norteamericana Faith Holland. Una especie de naturaleza muerta compuesta por elementos naturales como flores, frutas frescas, verduras, así como móviles rotos, cables y lo que la artista denomina ‘soft computing’ (una especie de juego con el verdadero Soft Computing, una rama de la IA, mientras que para la artista es una serie de ordenadores, teclados y afines hechos de peluche, quitándoles su poder).
La gracia tras esta maravillosa obra que recuerda a las ofrendas del día de los muertos en México es que, a medida que pase el tiempo, la obra se irá descomponiendo, y quién sabe qué quedará allí cuando la exposición acabe. ¿Una predicción de un futuro como el de Wall-E, donde la chatarra digital ha arrasado con todo?, ¿una reflexión sobre lo que provoca la tecnología en los seres vivos?, ¿un guiño al brain rot, con tanta fruta podrida? Lo que podemos asegurar es que, como fue concebida durante la pandemia, la pieza busca honrar las vidas perdidas por la misma en medio de tanta separación física, cuando solo nos quedaban las pantallas. Pero, igualmente, nos permite ir más allá y plantearnos todas estas hipótesis y más.
Annihilation Core Inherited Lore, de Noura Tafeche, recurre a los peluches y a la estética adolescente de las habitaciones de las gamer girls y los otakus a través de un setup con varias pantallas que recuerda a las sedes tecnológicas de los malos de las películas. Mil pantallas controlándolo todo. Mil pantallas para lanzar una bomba. Mil pantallas para encontrar al enemigo y poder dispararle sin que se dé cuenta. La estetización de estos espacios incluye figuras kawaii como Kuromi y personajes como Hatsune Miku, mezclados con pegatinas que abogan por Trump y almohadas de waifus, tan misóginas como suenan. Detrás de lo adorable asoman el racismo y la misoginia, la propaganda militar israelí y estadounidense escondida en un entorno aparentemente inofensivo. Tafeche nos invita a mirar más allá de los suaves almohadones y los simpáticos peluches, y a reflexionar sobre esta alianza (no tan oculta) entre la militarización, el entretenimiento y la propaganda, y sobre cómo todo esto le llega a la juventud.
En la misma planta nos encontramos con Cook-OFF, un ejercicio de lectura deformativa diseñado por Mar Medina, Roc Jiménez de Cisneros y la propia Joana Moll, curadora de la exposición. Es una locura, algo que podemos decir con propiedad, ya que nos hemos metido en la instalación. La cosa va así: te dan un móvil y entras a una carpa con otros desconocidos, eliges tu idioma y, antes de que puedas decir ‘ay’, se apagan las luces y el aparato comienza a contarte una breve historia del rol de la tecnología en la creciente militarización actual. Tú vas leyendo como si de un reel se tratase. A medida que el texto avanza, la lectura se deforma: aparecen en diferentes pantallas, sin ton ni son, vídeos virales, audios, juegos como el Candy Crush (¡puedes jugar!), entre otros, hasta que la distracción es tal que resulta imposible seguir el texto como deberías. Un ejercicio de disonancia cognitiva y de saturación dopamínica que no deja a nadie indiferente.
Una planta más arriba, entre otras piezas igual de interesantes, hay un tríptico que llama la atención. Probablemente se trate de la única pieza pictórica clásica de la exposición: tres cuadros de acrílico sobre tela. En Les nuits d’attente, la artista palestina May Murad nos muestra a una mujer que, a medida que observamos los diferentes lienzos, va fusionándose con el mundo digital. Murad ideó esta pieza a partir de su propia experiencia buscando constantemente noticias sobre su Gaza natal mientras vivía en París. En este ejercicio, la falta de contacto humano y el aislamiento toman forma en lo que parece una transformación a lo Videodrome de Cronenberg: la figura, pantalla de ‘please wait, loading’ de por medio, parece pasar a habitar enteramente el mundo digital. La obra reflexiona sobre la soledad y la falsa conexión con el resto del mundo que el entorno digital nos promete cuando en realidad nos aísla.
Según Moll, también critica que la forma de acceder a las noticias de su querida Palestina alimentaba, a la vez, a la máquina que está matando a sus compatriotas. Cada búsqueda, cada clic y cada cookie aceptada sin leer se convierten en datos, y esos datos no se quedan en la publicidad. La exposición señala las conexiones entre la vigilancia digital, los intereses de las grandes corporaciones y las infraestructuras de inteligencia y militares. Como insistió, es importante pensar sobre estas cuestiones y sobre las políticas públicas en torno a ellas.
Salimos con el olor a chicle de fresa pegado a la ropa y, casi por reflejo, desbloqueamos el móvil. Cuidado. Boom Crash Candy Crush no pretende que tiremos el teléfono al mar, ni tampoco busca ser una especie de nuevo Jesús y otorgarnos la salvación ante estos peligros. La realidad es que nos da herramientas para aprender a ver mejor, para obligarnos a preguntar con quién estamos jugando y, quizás, entender que no se trata de ganar el juego, ni mucho menos de subir de nivel, sino que lo ideal quizás sería buscar otros juegos y dejar este de lado.
La exposición Boom Crash Candy Crush se puede visitar hasta el 31 de enero de 2027 en el Arts Santa Mònica, Barcelona.