Ignacio Nevado, más conocido como
Ampparito, es uno de esos artistas que disfruta con los imposibles. Con la recién inaugurada exposición
uːː ɡʊɾːuː uːː ɡʊɾːuː, que se puede visitar en la galería
Bowman Hal de Madrid hasta el 21 de noviembre, demuestra que su arte va más allá de la propia obra física. El artista convierte un espacio expositivo en un parque de juegos donde invita a los visitantes a interactuar con los objetos y formar parte de la obra, sin que sean conscientes. Esa es la obra del madrileño: a través de la ironía y el humor cuestiona la ergonomía y cómo los espacios urbanos y los objetos que utilizamos cotidianamente influyen en nuestros cuerpos.
Hola, Nacho, ¿qué tal todo? Para la gente que no te conozca, ¿nos podrías aclarar quién es Ampparito? ¿Qué significa para ti este nombre artístico?
Es como tantas cosas en mi vida que no he elegido, simplemente las hago y luego con el tiempo se van asentando. En este caso fue cuando era más joven, en la adolescencia, cuando pintábamos graffiti. Que yo tampoco he pintado muchísimo graffiti, pero bueno, me molaba cómo quedaba el nombre de Ampparito con los otros que había en la calle, que normalmente eran agresivos como Stump, Spunk, cosas así. Lo que me gustaba, que luego me he dado cuenta de que tiene mucho sentido con mi obra o con lo que hago, es jugar con el contexto. Tenía mucho sentido ver toda una pared llena de nombres provocadores y que de repente pusiera Ampparito. Llamaba mucho la atención.
Me puede representar pero puede ser que me esté pasando de gracioso, o incluso puede ser raro en algunos momentos. Pero me molaba esa cosa conceptual, contextual, de cómo el nombre queda con otros nombres en una pared, y ahora mismo pues ya es como me llama la gente. Es como una mancha de nacimiento que tienes y dices, bueno, pues ya está.
Me gustaría preguntarte por tu nueva exposición y su… particular título. Yo, como muchos, no he podido decirlo bien ni una sola vez. ¿Qué es lo que intentabas con este nombre?
El nombre fue de las últimas cosas que se pusieron. Yo normalmente soy muy malo poniendo nombres. Fue complicadísimo porque no queríamos pasarnos de pretenciosos ni de graciosos: había que encontrar el tono exacto. Entonces pensé: como todo lo que hago es buscarle tres pies al gato, tocar las narices y complicar un poco las cosas, molaría que el título fuese un sonido.
La exposición habla mucho de trampantojos, de traducción y sobre cómo, en el momento en que intentas recrear algo, nunca jamás vas a poder hacerlo perfecto. Siempre vas a tener que hacer un apaño, no es la realidad. Así que pensé que molaría que el título fuese un sonido y, ya que estábamos hablando tanto de palomas y de imitar, que fuese un sonido de la naturaleza, de un animal. Me gustaba que el título fuese un imposible, una especie de ejemplo de lo que iba a ser el resto de la exposición. No es ‘ugurgú’, es [imita el ruido de una paloma]; vamos, el sonido que hace una paloma. Cada uno lo pronuncia de una manera pero al final es una imposibilidad. Es como un andamiaje, como el propio AFI, creado por los humanos para intentar reproducir el sonido de un animal.
La verdad es que merece la pena haber puesto ese nombre solo por ver a gente adulta intentando imitarlo.
Total, para mí es una pieza más. El hecho de tener que transcribir un sonido y que la gente se ponga a imitar una paloma me parece una acción muy performativa. Tener a adultos haciendo las cosas que les propone la exposición, que tienen mucho de juego y de ponerse en el papel de un niño, también forma parte de la obra.
¿Y ha habido algún comportamiento de los visitantes en la instalación que te haya sorprendido especialmente? ¿Alguien se ha tumbado en el suelo para mirar alguna obra, por ejemplo?
La verdad es que yo tampoco paso todo el tiempo aquí, así que no sé exactamente qué hace la gente cuando no estoy. Pero lo que más he visto es a la gente jugando con las veletas, que funcionan con el aire que tú mismo haces. Si corres, haces más aire. El viento que hay en la sala es el que hace la gente al caminar, así que no es lo mismo una persona que diez moviéndose juntas: diez personas hacen un vendaval y una persona hace una brisita.
También me ha pasado ver a alguien con un abanico abanicando para hacer aire, y me imagino al dios del viento así: una persona con un abanico haciendo que todo se mueva. Luego está la gente que se tumba para bajar a ver las palomas, o que tiene que mirar hacia arriba para ver las fotos de las esculturas que están en el techo, en una postura bastante incómoda. Me gusta mucho eso, que sea algo muy corporal.
Vamos, que la gente no sabe lo que le espera cuando entra, ¿no?
Totalmente. Además, lo bonito es que la sala está pretendidamente vacía. No quería que hubiese nada en las paredes. Normalmente, en una sala de exposiciones, las paredes son el elemento principal porque la mayoría de las cosas se cuelgan de ellas. Me gustaba que, igual que la exposición retrata los márgenes de la visión en la ciudad (lo que hay en el cielo y lo que hay en el suelo, anulando todo lo del medio), aquí entres y por un momento pienses: bueno, no hay nada. Pero luego te dicen: mira, hay un rodapié de granito que está hecho de palomas, cada una distinta, y en el momento en que las ves ya no puedes dejar de verlas. Me gustaba mucho esa sensación de que está vacío, por así decirlo. De entrar y pensar: wow, qué vago. Este sitio es enorme, es precioso y no hay nada aquí.
Cuando creas una obra, ¿sueles pensar primero en cómo quieres que se coloque el cuerpo de quien la vea? Es decir, ¿tienes algún proceso creativo o fluyes con lo que tengas?
Yo creo que las cosas que verdaderamente me gustan, o que con el tiempo envejecen bien, suelen surgir de ideas que no tienen un fin concreto. No me pongo a pensar: tengo que hacer una obra para esto y tiene que ser así. De hecho, en esta exposición he tenido que luchar bastante contra eso porque no quería hacer algo teledirigido como una ilustración, donde tienes la solución antes de tener el problema.
Normalmente trabajo en la calle, y ahí tienes un contexto muy marcado y rico que te va dando muchas cosas. En cambio, una sala de exposiciones es un sitio mucho más en blanco, como embalsamado, con una luz controlada. Para mí es más complicado trabajar así. Cuando me propusieron esta exposición, de hecho, no tenía un proyecto que pensase: esto tiene sentido hacerlo en una sala. Así que empecé de cero y fui tirando de ideas que ya tenía. Por ejemplo, con las veletas, de pequeño, en el pueblo, tenía una escopeta de perdigones y jugaba a dispararles. Las movías y eso me hacía pensar que, de alguna manera, estabas moviendo el viento. Me parecía muy poético darle al humano esa capacidad. Pero la idea no nace porque necesite hacer una pieza para llenar un espacio. Primero aparece la idea y después ya encuentras dónde ponerla y cómo hacer que encaje con el resto.
¿Y nunca te presionan para poder sacar arte en esta era del consumismo y la producción masiva? ¿A ti, como artista, te pasa que estás notando ese peso encima?
Lo notaba más hace cinco o seis años, cuando me dedicaba al cien por cien a esto. Era una vida muy precaria porque dependes de una cosa que se basa mucho en la apetencia. Para que te hagas una idea, ¿qué probabilidad hay de que algo que tú consideras interesante, que dices, ‘mira, el sol entra por aquí, golpea en este cristal y lo chocas así’, le interese también a otra persona que tenga dinero y quiera comprártelo? Es como tirar un balón al cielo y darle a un pájaro. Es una carambola brutal. Si quieres tener estabilidad no puedes depender de eso. Tendrías que hacer un estudio de mercado y preguntarte, ¿qué compra la gente? ¿Cuadros? Pues voy a hacer cuadros. Pero entonces ya es otra cosa y a mí no me resulta interesante.
Desde que no tengo que vivir al cien por cien de esto es mucho más relajado. Sobre todo porque puedes decir que no. Y para mí esa es la mayor de las libertades: que te propongan cosas y puedas decir: no, no la hago, o, no me interesa.
Te tengo que hacer esta pregunta obligatoriamente. ¿De dónde viene tu fascinación por las palomas?
Creo que hay una cosa generacional o una moda ahora mismo con el tema de las palomas. A mí me gustan sin saber muy bien por qué, pero sí tengo un chiste que probablemente sea de donde empieza toda esta movida. Es imaginarte una paloma hecha una mierda, en un charco, comiendo, y decirle: tía, ¿por qué vives en la ciudad? Tienes alas, te puedes ir al campo, tener una vida, no eres miserable. Y entonces se levanta y te dice: yo vivo aquí por la oferta cultural. Es un chiste pero creo que resume bastante bien lo que me gusta de las palomas.
Las ciudades son unos elementos ultrasofisticados para producir y consumir. Y las palomas están completamente al margen de todo eso. Son de lo poco que no le pide permiso a nada. Están hechas una mierda, van por ahí, comen, sobreviven y son incontrolables. La ciudad está preparada para los humanos pero las palomas no están preparadas para los humanos. Son lo único que se nos escapa de esa ecuación. Me encanta lo punkis que son, lo libres que son y que les dé todo tan igual.
Además, en la exposición hay una relación que me parece muy bonita. Las palomas están abajo, son probablemente de las cosas más denostadas de la ciudad, y de tanto tiempo estar en el suelo se han vuelto casi del color de la guarrería. Pero, al mismo tiempo, toda la exposición habla de sitios a los que no se alcanza, y las palomas son de los pocos animales que pueden llegar a esos sitios a los que yo también anhelo llegar. Por eso me gusta ensalzarlas. En la exposición están impresas en granito, que es donde habitan ellas, en el suelo. Me gustaba esa idea de petrificarlas, de jugar con eso de alcanzar y no alcanzar. Las palomas se te escapan, no te dejan acercarte, así que yo les hago una foto y las convierto en piedra.
“Tener a adultos haciendo las cosas que les propone la exposición, que tienen mucho de juego y de ponerse en el papel de un niño, también forma parte de la obra.”
En Anónimo haces desaparecer el rostro de unas estatuas para que volvamos a mirarlas. ¿Qué crees que tiene que ocurrir para que un monumento que vemos a diario vuelva a parecernos extraño?
Me di cuenta de que las palomas son prácticamente invisibles y las veletas también. Lo de arriba no lo vemos y lo de abajo tampoco porque normalmente miramos al centro. Y con las estatuas me pasa algo parecido: las de tu ciudad no te llaman la atención porque convives con ellas. Me di cuenta de que empiezas a fijarte en las estatuas cuando viajas a una ciudad que no es la tuya. Pero para mí lo importante de este proyecto no son tanto las estatuas como el artilugio en sí. Esa bicicleta con los espejos me permite, con luz, tocar cosas. No de una manera material, pero sí utilizar la luz como una forma de tocar.
En este caso apuntaba a las cabezas de las estatuas, pero no era tanto hacerlas desaparecer como poner tanta luz que no pudieses mirarlas. Y lo más bonito que pasa con este proyecto es que, en esos sitios superturísticos, la gente se hace fotos con las estatuas mientras yo estoy haciendo lo de la luz. Entonces se llevan una foto con una estatua que no tiene rostro, que podría ser cualquier persona. Aunque solo sea durante medio minuto, esa estatua pierde una parte de lo que, en teoría, hace que sea lo que es: el rostro.
Has llegado a perseguir el sol con una placa de espejos, una bicicleta y mucha paciencia. ¿Cuánto hay de artista, cuánto de técnico, de científico o ingeniero en tu manera de trabajar?
Es como siempre lo he intentado hacer. Puede parecer algo bueno pero en el fondo es algo malo porque te limitas a lo que sabes hacer tú. Hay gente que no tiene límite en cuanto que se le ocurre una idea y luego encuentra una persona. Yo me limito mucho a lo que soy capaz de hacer, que es verdad que son bastantes cosas.
Lo veo como parte del proyecto. Para mí es muy importante hacer las cosas por mí mismo. Me encanta construirlo. Si eso no me gustase, lo encargaría. Pero es que genuinamente es algo que me divierte y, lo que te diría, me hace que se me ocurran otras cosas. Antes me preguntabas cuál es el proceso, pues mira, el proceso probablemente es hacer muchas veces cosas mecánicas, complejas en las que mientras tanto estás pensando. Ese aburrimiento o esa cosa tan mecánica es lo que te da pie a que se te ocurran cosas. Es un punto importante, es como un buen balance entre unas cosas más de mono entrenado y otras más de pensar.
El concepto de ‘verde memoria’ que mencionas en tu obra de la puerta de la fábrica me interesa mucho porque partes de algo que sabes que es subjetivo. ¿Hasta qué punto te puedes fiar de la memoria cuando estás intentando reconstruir algo que ocurrió realmente?
Esta es justo la clave, creo que es la parte poética de la pieza. Esta obra es una colaboración con otra artista, Irene Luna, y la hacemos basándonos en la memoria porque es la cosa más torticera y más cambiante. Nos parecía bonito trabajar desde ahí. Preguntamos a ocho o nueve personas que habían pasado por delante de esa puerta durante mucho tiempo qué color recordaban y, claro, nadie nos iba a decir el mismo verde. Por eso, en lugar de buscar documentación e intentar ser lo más precisos posible, queríamos ser lo más precisos a la memoria, que es lo más impreciso.
Además estaba esto de darle cariño a algo que estaba hecho mierda: lijarlo y pulirlo sin que nadie nos lo pidiera, y hacernos pasar por operarios. Que la gente no lo viera como una cosa artística sino que pensara: hostia, van a abrir esta fábrica, ¿qué va a pasar aquí? Era generar un rumor a partir de esa mezcla de recuerdos, hacer un ‘verde recuerdo’, un ‘verde memoria’. Porque, además, los colores son de las cosas que peor se recuerdan: depende del sol, del día… nadie sabe recordar bien un color. Justo por eso nos interesaba hacerlo de memoria, porque sabemos que es una fantasía.
¿Puede una memoria colectiva ser más verdadera que la memoria individual, aunque ninguna de las dos acabe de ser del todo cierta?
Me gustaba esa cosa de que la realidad, lo más parecido a la realidad, es cuando tienes diferentes puntos de vista. O sea, un mismo objeto visto desde un punto de vista es plano, en el momento en el que lo ves desde dos ya alcanza como un 3D. Eso era lo que molaba de buscar mucha gente: que le añadía distorsión. Si tú coges a una persona y le dices ‘un verde’, es la memoria de una persona, pero en el momento en el que coges a diez personas puede haber una que te diga azul y eso te cambia por completo los recuerdos de los otros. Eso también nos parecía poético: fomentar la distorsión, fomentar que pasen cosas. Preguntarle a mucha gente para que precisamente cada uno nos diga una cosa.
¿Te sigue interesando que te llamen artista urbano o sientes que esa etiqueta se ha quedado pequeña para lo que haces ahora?
Me da igual. En un principio sí que podría serlo, pero es una denominación. Sigo haciendo muchas cosas en la calle pero hago muchas otras en el pueblo, entonces debería ser artista rural, por sacarle puntilla a la cosa. Pero no me molesta. Creo que es más por asociación, porque si digo ‘artista urbano’ se entiende que hago murales o cosas que ya no hago prácticamente. Tiene unos rasgos asociados de tipo de obra, de color, de temática y de lenguaje que no me definen mucho. Trabajo en la calle porque me parece estimulante pero no tengo un muñeco que vaya repitiendo todo el rato ni hago murales de colores y cosas locas. Si la gente entiende con eso que soy artista urbano, pues muy bien, no me importa. Lo que no sé es si, para un nivel de precisión mayor, es útil, porque hay mejores denominaciones. Aunque a lo mejor tampoco hay que ser tan preciso porque en esa búsqueda de precisión se acaba emborronando todo.
Si la obra no es el objeto sino lo que sucede alrededor de él, ¿cuándo termina realmente una obra de Ampparito?
Pues fíjate, no lo sé. Muchas de las obras que puedo crear no las veo ni sé lo que ha ocurrido, y eso también me gusta. Me mola hacer lo que me gustaría ver, y normalmente lo que me mola ver son cosas que no entiendo, que tengo que activar a través de mi cuerpo, o que no está claro y puedo ponerle el significado que me dé la gana. Me gusta hacer cosas que tengan mucho sustrato, que sean un terreno fértil para hacer metáforas, alegorías o construir cosas muy simbólicas, para que de repente puedas construir castillos en el aire.
Y luego está la cuestión del mercado del arte, que necesita objetos, vídeos, cosas tangibles para poder hacer un intercambio. Pero la experiencia que ocurre en el lugar no es mercancía. Para mí, genuinamente, lo que me gusta es alterar algo, camuflarse dentro de la realidad, hacerlo completamente sin sentido o con un sentido distinto, y que la gente, por el hecho de interactuar con ese elemento, tenga que buscar. Me interesa mucho cuando la gente no lo trata como arte sino que lo trata como la vida. Me gusta cuando no es arte, cuando no se ve como arte, porque en el momento en el que es arte ya lo ves como una cosa que no se puede tocar, que tiene que gustarte o tienes que odiarlo. No, me mola más esa cosa de andar por casa, de cómo tú te relacionas con eso. La imagen más bonita que puedo tener es la gente corriendo alrededor de estos chismes o un adulto soplando a un cacharro de hierro. Me parece precioso eso.