Ibiza es quizá uno de los lugares más míticos para salir de fiesta; no cabe duda. Pero, aparte de ser la meca del house y los after-hours, es una isla con una naturaleza inmensa y una riqueza cultural difícil de igualar. Y aunque en los últimos años se ha ido distorsionando hacia algo pensado únicamente para guiris, hay proyectos como SDL The Rocky Desert que pretenden romper esa dinámica y ofrecer una alternativa pensada para los locales. Con todas las entradas agotadas y un cartel que lo justifica, hemos podido disfrutar de nombres como Paul Kalkbrenner, Carista, Taylah Elaine y Lovefoxy, entre muchos otros.
Esta propuesta surgió en 2024 de la mano del promotor ibicenco Adrián Rodríguez. Desde su creación, The Rocky Desert ha ido creciendo junto a Sueños de Libertad (SDL), festival cultural que el propio Adrián impulsó en 2015 y que, en enero de este año, anunció el cierre de esa etapa para dar paso a un proyecto más creativo y amplio.
Alejándose de los típicos macroclubs, este acontecimiento se ubica en la antigua cantera de Can Coix, en Sant Antoni, y utiliza la localización como parte de la experiencia. La idea funciona a la perfección: nada más entrar, la arena rojiza y el paisaje rocoso te envuelven mientras empiezas a escuchar algunos beats de fondo. Cada vez estamos más cerca…
El primer escenario que encontramos es el Mad Max, con una vibra más underground y postapocalíptica. Las sesiones de Mayou Picchu B2B Zoë, que abrieron el escenario, y Mike Gannu, que lo cerró, marcaron un groove más cercano al house y al techno. En cambio, Taylah Elaine, Camila Ramírez y Marcelo Burlon llevaron la pista hacia una electrónica más experimental y de club. Para quienes prefirieron escabullirse hacia algo más íntimo y concentrado, el Hot Club fue su cueva perfecta: un espacio mucho más pequeño y situado justo en la entrada del escenario principal. A pesar de estar en una zona de paso, funcionó como un pequeño refugio donde sonidos más alternativos y una luz roja invadieron por completo el lugar.
Ahora sí: solo queda mencionar el último escenario, el que da nombre al propio festival: The Rocky Desert Stage. Ya con la puesta de sol lanzando sus últimos rayos dorados apareció Lovefoxy con un set marcado por su reconocible rollo noventero y una vertiente más eufórica y sexy. Con la noche ya encima, Paul Kalkbrenner tomó el relevo, llevando la pista hacia una electrónica más melódica y atmosférica, antes de dejar paso a Carista, encargada de cerrar el escenario con una sesión ecléctica en la que se cruzaron el broken beat, el house, el disco y sonidos más bass-heavy.
Con SDL The Rocky Desert queda la sensación de haber descubierto otra cara de la isla. Una donde la noche no necesita cuatro paredes ni precios desorbitados para hacerse notar, sino aire fresco, buen rollo y, sobre todo, ganas de bailar. Quizá ahí esté la verdadera esencia de la propuesta: recuperar el espíritu libre de la fiesta y llevarlo a un lugar que parece hecho para perderse hasta que salga el sol.
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