La última edición de Mercedes-Benz Fashion Week Madrid ha dejado una sensación distinta, difícil de encasillar, pero bastante clara: algo se está recolocando. No es una ruptura total con lo anterior ni un giro radical, pero sí un ajuste que llevaba años gestándose y que, por fin, empieza a materializarse.
Durante mucho tiempo, la conversación sobre la pasarela madrileña ha girado en torno a su desconexión con la ciudad. Ifema ha sido un espacio funcional, incluso necesario en determinados momentos, pero también ha contribuido a esa idea de burbuja. Esta última edición, celebrada del 17 al 22 de marzo, no renuncia a ese formato pero introduce un cambio importante: la convivencia real entre ese recinto y otras localizaciones repartidas por el centro.
No es la primera vez que se intenta. El recuerdo del Palacio de Cibeles como sede de algunos desfiles en las últimas temporadas sigue ahí, como aquel primer gesto por acercar la moda al corazón de Madrid. Aquello fue más un experimento que un modelo consolidado, pero abrió una vía que ahora parece retomarse con más fuerza. Ha costado, más de lo que debería, pero esta vez da la sensación de que no es algo puntual, y el fenómeno de deslocalizar los desfiles empieza a expandirse y a incorporar nuevos escenarios con espacios como el Palacio de Fernán Núñez sumándose a esta dinámica.
Esta vez, además, parece estar mejor pensada. Las localizaciones ya no se sienten arbitrarias; hay una intención detrás, una lectura de la ciudad que va más allá de los circuitos habituales del lujo o de los espacios comerciales. La moda empieza a ocupar otros lugares y a dialogar con la arquitectura y con los barrios de Madrid. Se nota que había ganas de algo así, y también que el público lo agradece. Ese equilibrio no es fácil y precisamente por eso resulta interesante cuando funciona, porque no se trata solo de mover desfiles de un punto a otro, sino de construir una narrativa más amplia donde la ciudad también forma parte del discurso.
En paralelo, hay otro cambio que no depende tanto de la organización como de quienes están dentro de ella: la sensación de comunidad. Una sensación que trasciende el discurso y se percibe en acciones reales, en ver a los diseñadores apoyar a sus compañeros desde el front row, en cómo se alegran cuando a otro le va bien, en esa sensación compartida de que lo importante es que la moda española, en su conjunto, avance.
En torno a nombres como Ernesto Naranjo, ManéMané, Acromatyx o Juan Vidal se está articulando algo que va más allá de las colecciones. Ninguno responde ya a la etiqueta de emergente pero tampoco se han instalado en una comodidad previsible. Cada uno avanza desde una identidad muy clara pero también con la conciencia de formar parte de un mismo momento. Una generación de diseñadores que, desde lenguajes distintos, parece entender que está empujando en la misma dirección, participando, cada uno a su manera, en una pequeña revolución compartida.
La forma de trabajar de Ernesto Naranjo pasa por volver una y otra vez sobre sus propios códigos, afinarlos, desplazarlos ligeramente, introducir nuevas referencias sin romper la estructura. No hay una necesidad de empezar de cero cada temporada, sino de profundizar. En un contexto donde muchas veces se premia el impacto inmediato, esa insistencia resulta casi contracultural. Y, sin embargo, funciona porque construye identidad.



Juan Vidal se mueve en otro registro pero comparte esa claridad. Su trabajo parte de una base más clásica, sí, pero no se queda ahí. Lo interesante es cómo introduce pequeños cambios de enfoque que hacen que las prendas respiren de otra manera. Hay algo muy medido en su propuesta, una forma de actualizar sin necesidad de forzar, de demostrar que lo contemporáneo no siempre pasa por romper con todo lo anterior.



Esa idea de equilibrio también aparece en otros perfiles. Pablo Erroz, por ejemplo, lleva más de una década afinando una manera de hacer que combina discurso creativo y viabilidad real. En un espacio como Ifema, que muchas veces juega en contra de lo estético, consigue generar un universo propio. No ignora las limitaciones del entorno pero tampoco se somete a ellas, y demuestra saber utilizarlas con precisión cada temporada. Él es de los pocos creadores capaces de convertir ese espacio neutro en un punto de encuentro entre distintas disciplinas, colaboraciones y referencias que, lejos de dispersarse, construyen algo coherente.



La evolución de Mans, por su parte, confirma que hay una generación que no solo tiene ideas sino también dirección. Su trabajo ha sabido introducir en la sastrería masculina un enfoque contemporáneo especialmente atractivo, afinando temporada tras temporada un lenguaje propio que conecta con un público que quiere seguir encontrando nuevas propuestas dentro de la moda de hombre. Cada vez que alguien dice estar cansado de ver siempre los mismos trajes y los mismos códigos repetidos, Mans aparece como una respuesta clara: una forma de demostrar que todavía hay margen para reinterpretar y actualizar ese territorio sin perder su esencia.



ManéMané es, en ese sentido, otro ejemplo perfecto de hasta dónde puede llegar esa voluntad de reinterpretar, reimaginar y recontextualizar. Su propuesta se mueve con soltura entre referencias al pasado y una mirada radicalmente contemporánea, utilizando códigos reconocibles para transformarlos. Una forma de experimentación que demuestra que la innovación no siempre pasa por romper con todo, sino por saber leer la historia de la moda y traerla de vuelta al presente con inteligencia.



En otro registro, Acromatyx se ha consolidado como una de las propuestas más interesantes dentro del panorama español. Para cerrar la jornada de desfiles, el dúo creativo pidió a sus invitados que acudieran vestidos de negro, convirtiendo el front row en una extensión natural de su propio universo estético. Un gesto que hablaba de comunidad, de identidad compartida y de una marca que ha sabido construir un lenguaje propio donde caben la belleza diversa y una visión muy clara de lo que quiere ser.



Y mientras algunos nombres siguen explorando nuevos territorios, otros demuestran que la constancia también es una forma de construir escena. Esta temporada, Juan Carlos Pajares celebraba el décimo aniversario de su firma con una colección convertida en una auténtica oda al azul. Un ejercicio de madurez creativa que confirma el lugar que ha sabido ganarse a lo largo de los años gracias a un trabajo constante y a un profundo respeto por el oficio.



Juntos, y con otros nombres de su generación, dibujan el retrato de una escena que crece desde la personalidad y la convicción. Una generación de creadores que, vista en conjunto, tiene muy poco que envidiar a muchos de los talentos internacionales que hoy dominan el discurso de la moda. Más allá de los nombres concretos, lo que se percibe hoy en día en la antigua Pasarela Cibeles es una forma distinta de entender la moda española. Menos preocupada por definirse desde fuera, desde esa idea recurrente de ‘marca país’, y más centrada en construir desde dentro.
También hay cambios en la estructura. La reorganización del calendario, por ejemplo, responde a una lógica más cercana a la realidad de quienes asisten. Agrupar desfiles pensando en el tipo de público facilita los recorridos, ordena agendas complicadas y, en general, mejora la experiencia. Y, aunque no es un cambio espectacular, funciona.
A eso se suma un aumento en la presencia de prensa internacional, algo que se llevaba tiempo buscando. Madrid quiere estar en esa conversación global, y empieza a dar pasos en esa dirección. La referencia de 080 Barcelona Fashion está ahí como ejemplo de cómo construir un relato atractivo hacia fuera pero también como competencia directa.
Eso sí, no todo está cerrado. Esta ha sido una edición de transición en muchos sentidos: nuevos patrocinadores, premios que se incorporan, ajustes que todavía tienen que encontrar su lugar… Todo apunta a que habrá cosas que se consoliden y otras que desaparezcan. Es parte del proceso cuando se intenta reconfigurar un sistema que llevaba tiempo funcionando de una manera concreta. Lo importante, en cualquier caso, es que el movimiento existe. Que hay intención de revisar, de probar, de corregir y que, en paralelo, hay una generación de diseñadores preparada para sostener ese cambio.
Porque si algo ha quedado claro es que el talento nunca ha sido el problema. Está ahí y además con una madurez que permite pensar en algo más que en el impacto inmediato. Lo que ahora empieza a construirse, y todavía necesita tiempo, es el contexto adecuado para que ese talento no solo se vea, sino que también se traduzca en estructura y en industria.
