Kepa Garraza lo tiene todo controlado. El artista bilbaíno se consagra con más de veinte años de carrera, lo cual, en el acelerado y precario mundo en el que vivimos, es toda una proeza. No sorprende, sin embargo, teniendo en cuenta su enorme talento y su perspicaz forma de leer la realidad y reinventarla a su gusto. ¿Cómo se crean los relatos?, ¿desde cuántos lugares se puede narrar una historia? Esto es lo que uno se pregunta frente a cualquiera de las imponentes piezas de Garraza. Cuando creemos que tenemos la respuesta final, otra hipótesis sobre lo que se nos quiere decir aparece. Los ecos de la caverna que creímos dejar atrás nos recuerdan que la luz no siempre ilumina de verdad.
Utilizando técnicas pictóricas propias del pasado, la obra de Kepa se debate entre la constante aceleración del mundo y unos modos de crear que no pueden abarcar el flujo de información actual. Esto no es un problema sino una reacción: a la hiperproducción, a la hipercomunicación, a la velocidad de fórmula uno a la que estamos suscritos. En su última exposición,
La arquitectura del poder, en la
Galería Victor Lope de Barcelona hasta el 7 de noviembre, Garraza se vuelve sobre las dinámicas de poder para cuestionar desde dónde se disputan las mismas en la actualidad y cómo, con algunas variantes, la historia suele repetirse. Conversamos con él sobre sus rutinas, los medios de comunicación, las ficciones, la IA y una de sus grandes pasiones: la historia.
¿Cómo es un día normal en tu estudio?
Es bastante rutinario. Soy amigo de los horarios y de las rutinas, mi jornada normal empieza dejando a mi chaval en el colegio. Luego me vengo al estudio y normalmente me lo suelo tomar con calma. Empiezo despacito mirando alguna cosa que siempre tengo que hacer en el ordenador, básicamente cuestiones logísticas y ajenas a la producción de la obra. Luego me pongo a trabajar en la pieza o las piezas que estoy haciendo. Rara vez trabajo en más de una pieza a la vez y mi jornada de trabajo no se suele extender más allá de siete horas, por lo menos las que dedico a la producción física de la obra, ya que me he dado cuenta de que pintar o dibujar más de siete horas acaba siendo contraproducente. Luego viene el tema de organización, logística, gestión y demás, ahí se puede alargar bastante, pero ese es mi día a día.
¿Cómo eliges qué acontecimientos retratar cuando la información circula a tanta velocidad?
Es una muy buena pregunta porque es uno de los grandes desafíos. Siempre digo que la realidad me está constantemente pasando por encima; aunque intento desarrollar series de obras con un tema o con un concepto suficientemente amplio para que esto no pase, a veces es inevitable. Los tiempos en los que vivimos son hiperacelerados y es inevitable que suceda.
Hay una cosa que he notado en los últimos diez o quince años y es que antes desarrollaba las series de obras durante más tiempo porque esta sensación de urgencia no era tan apremiante. En cambio, en la última década estoy constantemente pisando mis propios talones porque las ideas se me acumulan y lo que me falta es tiempo físico para realizarlas. Básicamente estoy reflexionando acerca de una realidad hiperacelerada, que es la realidad del siglo XXI, con herramientas del siglo XVII.
¿Qué tipo de medios eliges para informarte en el día a día?
Eso ha cambiado drásticamente también en los últimos años. Es una transformación que mi generación ha vivido en primera persona, ya que hace quince o veinte años nos informábamos a través de periódicos y televisión, y empezábamos a informarnos por redes sociales, pero ahora ya, por ejemplo, obtengo la información primordialmente de podcasts de todo tipo, que es algo que consumo mientras estoy trabajando y de donde obtengo gran parte de la información. Luego están las redes sociales. Sigo siendo un usuario muy vestigial de la televisión.
¿Qué tipo de podcasts te gusta escuchar?
Es muy variado ya que paso muchas horas en el estudio. La mayoría están relacionados con la historia, la economía y el análisis de actualidad. Algunos de ellos tratan varios temas, algunos son más de fondo. Lo que me gusta de los podcasts es que muchos de ellos están realizados por creadores muy pequeños que siguen manteniendo un grado propio de libertad creativa y de formato, que es lo que creo que les falta a los grandes medios de comunicación, los tradicionales, que se han quedado anclados en el pasado, y si bien me sigue gustando recurrir a ellos para informarme, siento la necesidad de contrastar con los podcasts. Creo que obtienes una mirada más amplia y personal.
“Mi obra siempre ha tratado sobre esa delgada línea que diferencia lo real de lo falso.”
Has mencionado en otras entrevistas que te fascina la historia, muchas de tus referencias pictóricas son maestros consagrados en la historia del arte. Situándonos en el presente, ¿hay algún/a artista contemporáneo/a que te inspire o te guste particularmente?
Sí, un montón. Vivo dentro del ecosistema del mundo del arte y es lógico, hay muchísimos artistas que me llaman la atención. Me interesa muchísimo la obra de
Maurizio Cattelan, la de un dúo de escultores danés y noruego que se llaman Elmgreen & Dragset. Me interesa algún pintor internacional, aunque no suelo encontrar tampoco unos grandísimos referentes actuales en pintura. Me interesan mucho los dibujos de Robert Longo. Estoy muy influenciado por mis contemporáneos, y aunque mis referencias, las que se pueden ver en mis obras, muchas de ellas son clásicas, lógicamente soy alguien que vive en el siglo XXI y estoy influenciado y disfruto de la obra de mis coetáneos.
¿Cómo definirías tu proyecto Nuevo monumentalismo?
El nuevo monumentalismo es un ejercicio de ficción. Es un proyecto al que estuve mucho tiempo dándole vueltas antes de comenzar a trabajar en él. Me ha interesado mucho la figura del monumento público, su funcionalidad dentro del espacio urbano y su potencial representativo. Es un elemento con el que, los que vivimos en grandes ciudades y medianas, convivimos constantemente. Aunque a veces pasamos sin darle más importancia por una plaza o por una calle donde hay un gran monumento y no somos conscientes de su potencial estético y de lo útil que es como un elemento de legitimación de poder.
Frente a esas presencias constantes de lo monumental dentro del espacio urbano me planteé un ejercicio casi de contraposición de conceptos, donde algunos de los monumentos más famosos de todo el mundo, por lo menos en el ámbito occidental, son modificados y el retratado es sustituido por una especie de héroe anónimo que puede verse como una figura antisistema. Lo que pasa es que al final la alternativa de ficción que ofrezco no es ni mucho menos esperanzadora, ya que estas figuras siguen utilizando los mismos cánones de representación, es decir, un poder autoritario, vertical, violento y represivo. Con lo cual sería una lectura bastante irónica de la funcionalidad de este tipo de monumentos en el espacio público, que siempre ha sido la misma, la de delimitar y representar el poder.
Y en este ejercicio de ficción que mencionas, si pudieras, ¿qué monumento retirarías y cuál levantarías?
Retiraría muchísimos. No se me ocurre ninguno en particular pero de cualquier gran ciudad eliminaría unos cuantos. Eliminaría, seguramente, sobre todo si están fuera de un espacio de culto, la mayoría que tengan un uso religioso, ya que creo fervientemente en que el hecho religioso, aunque lo respeto, debe estar completamente fuera del ámbito social y se debe circunscribir al ámbito privado de organizaciones. Es decir, un monumento religioso debe estar dentro de una iglesia y ya está, o de una mezquita o de donde sea, del lugar de culto. Lo que pasa es que una gran parte de la población no estaría conmigo. Y lo mismo hablando de un montón de líderes políticos.
Tampoco soy de los que piensan que hay que echar abajo todos los monumentos. Son vestigios históricos pero también ocupan espacio público, con lo cual, cuando se generan estos debates, como pasó con el movimiento Black Lives Matter, que echaron abajo un montón de monumentos, fue muy legítimo. ¿Por qué vas a tener el monumento de un general confederado o de un esclavista? Especialmente en el caso de Estados Unidos o de Inglaterra, que tuvieron un pasado muy oscuro. Creo que echar monumentos abajo es algo que ha estado presente en toda la historia de la humanidad, desde los asirios o desde el Antiguo Egipto hasta la actualidad, y va a seguir pasando. Cuando hay un gran cataclismo político o un proceso revolucionario, una de las primeras cosas que se hace es echar un monumento público abajo.
Sí, es cierto. El ejemplo de Black Lives Matter es de los más claros en los últimos años.
Sí, y encuentro muy legítimo ese ejercicio de reestructurar el espacio público. Y que se haga de una forma espontánea y por parte de la ciudadanía. ¿Por qué vas a tener que convivir con un elemento que tiene una capacidad retórica y simbólica poderosa que te hace daño? Como ciudadanos tenemos la potestad de hacerlo. Otra cosa es que tomes la justicia por tu mano y luego te caiga todo el peso de la ley. Pero bueno, siempre han sido las mismas reglas del juego.
En tu última exposición, La arquitectura del poder, aparecen muchas figuras de civiles y de agentes de policía. ¿Crees que hoy el poder se disputa entre los propios ciudadanos?
Si lo vemos desde la perspectiva del materialismo histórico, toda la historia de la humanidad ha sido esa. Poder contra contrapoder y una pelea constante por los medios de producción y por la legitimidad política. Ahora mismo estamos en un momento complicado en el que quizás no se percibe tanto esa especie de lucha sistémica, pero yo creo que acabará llegando pronto. Digamos que el último conato de rebelión ha sido lo que se ha denominado como la rebelión de los Z, que ha sido un movimiento social muy interesante, además de una especie de despertar ante el autoritarismo a escala global. Antes las revoluciones estaban circunscritas a un ámbito geográfico o nacional muy concreto y luego se iban extendiendo, pero ahora parece ser que estos nuevos conatos revolucionarios, los del siglo XXI, van a ser globales. Otra cosa es que consigan cambiar el sistema de forma profunda.
Son fricciones que están siempre presentes en la sociedad. Nos encaminamos hacia sistemas de gobiernos cada vez más autoritarios, no solo los que todos conocemos, como China o Rusia, sino en los países occidentales. Por ejemplo Estados Unidos, que ha dado un giro autoritario dramático en los últimos años. Entonces creo que está en la voluntad de los ciudadanos el permitirlo.
En B.I.D.A, en el año 2009, imaginaste a un grupo que atacaba obras maestras en grandes museos y años después, activistas climáticos de diferentes partes del mundo hicieron algo parecido. ¿Qué sientes cuando, de alguna manera, tu obra cobra vida?
Esos ejercicios de iconoclastia han estado siempre presentes en la historia del arte. Siempre me ha fascinado el atacar símbolos estéticos de esa capacidad evocadora, grandes obras maestras y todo lo que simbolizan. Siempre me ha fascinado. Aunque por un lado me genera una profunda… podríamos definirlo como pena, pero por otro lado, normalmente estos ataques, a no ser que sean los ataques más graves que se han dado a lo largo de la historia del arte, han sido obra normalmente de perturbados que han dañado. No había detrás una intención. Pero en el mundo moderno sí que podemos encontrar ahora estos casos. Por ejemplo, los manifestantes con una agenda climática. Y creo que son ejercicios muy interesantes de iconoclastia.
Además, creo que en la mayoría de los casos son muy respetuosos, agreden obras, quizás obras maestras, pero que están protegidas por cristal, realmente rara vez se daña una obra maestra, con lo cual creo que son estrategias muy interesantes para llamar la atención. Consiguen lo que pretenden y son ejercicios de iconoclastia muy poderosos porque están atentando contra uno de los símbolos más importantes de la cultura occidental, pero también están poniendo en discusión temas que quizás sean bastante más importantes como la supervivencia de todos nosotros. Con lo cual los encuentro interesantes y muy legítimos.
Aunque no siempre, porque en todos los casos puede haber gente que no mira bien, o que realmente sus convicciones sean erróneas, o que tú simplemente no coincidas con ellas, pero en general me parecen movimientos muy interesantes. Sobre todo porque no se trata de destruir obras per se, se han dado otros ejemplos de iconoclastia mucho más terribles, como cuando el Estado Islámico entró en Irak y arrasó con algunos de los vestigios arqueológicos más importantes del mundo en un museo cerca de Bagdad, y eso quedó ceniza sobre ceniza, eso sí que fue una especie de borrado de memoria, similar a lo que se puede leer en la novela de George Orwell, 1984. Lo que pasa es que normalmente ese tipo de casos son anecdóticos.
Ahora hablemos un poco del hot topic de los últimos años, que me imagino que te lo deben estar preguntando un montón: inteligencia artificial. ¿Cómo ha influido en tu trabajo? ¿Ha sido una especie de fuente de inspiración por la cantidad de deepfakes y de noticias falsas que genera? ¿O todo lo contrario?
Fundamental, sobre todo con esa idea de la noticia falsa, con la que vengo fantaseando y trabajando antes de la eclosión de la inteligencia artificial. Básicamente porque las noticias falsas no son nuevas, ya existían en la Roma antigua. Lo único que ha cambiado ha sido el medio, pero esta explosión de los deepfakes con la IA ayudó a democratizar la información, o por lo menos el intercambio de información. La IA ha servido para democratizar las herramientas para generar noticias falsas, con lo cual digamos que tenemos ese reverso negativo, que es que vivimos en un entorno digital, no en el físico. En el físico es raro que te engañen, pero en el digital vivimos en un mar de falsedad.
Igualmente creo que los humanos, quizás no todos, pero por lo menos un número importante, seguimos siendo capaces de distinguir lo falso de lo real, solo hay que contrastar. Tampoco es un ejercicio tan complicado, el problema es que ese ejercicio requiere tiempo y ahora a la gente lo que le falta es paciencia y tiempo.
Volviendo a la pregunta, sí, tiene muchísima influencia en mi obra. Si ya me obsesionaba el tema antes de la llegada, o por lo menos de la popularización de la IA, ahora mucho más. Mi obra siempre ha tratado sobre esa delgada línea que diferencia lo real de lo falso. Hay una serie que desarrollé hace años en torno a la ejecución y el funeral de Osama Bin Laden, y cuestionaba lo que es real y lo que es falso, incluso ahí generaba yo unos escenarios que eran esas escenas que todo el mundo quería ver pero que nadie había mostrado. De la misma manera que pudo hacer Kathryn Bigelow con su película sobre la caza de Osama Bin Laden.
Siempre ha estado ahí solo que ahora es todavía más acuciante y más presente porque las herramientas son muy poderosas, pero soy un firme creyente en que contrastar la información sigue siendo posible porque los medios están ahí. Cada vez es más fácil, era mucho más complicado en el Moscú de 1960 que ahora, lo que pasa es que tienes que tomarte el tiempo para hacerlo. Y el problema es que la gente no lo hace.
Y siguiendo en esta línea, ¿crees que la ficción sigue siendo una herramienta crítica o que corre el riesgo de confundirse con la desinformación?
Ahí está el gran desafío, pero es la única herramienta crítica ahora mismo. El periodismo, aunque ha sufrido un gran proceso de decadencia, sigue siendo fundamental, y está en nuestras manos preservarlo como un elemento de validación y de contraste de información, lo que pasa es que los últimos años han sido nefastos, ha sido casi una revolución en negativo. Me imagino que dentro de unos años, de todas estas cabeceras digitales y demás, sobrevivirán los grandes medios como The Guardian o The Economist; van a seguir siendo grandes referentes del periodismo pero muchos otros van a desaparecer por su propia culpa, por no saber adaptarse a los tiempos y por jugar a un juego que era muy peligroso, que es el de perder la objetividad y tener una línea editorial marcada y sesgada. Creo que muchos medios se han cavado sus propias tumbas y es muy merecido.
La ficción se sigue antojando como una vía muy interesante para la crítica siempre que no te contentes con esa ficción meramente contemplativa y espectacular, que es lo que cada día tenemos más presente. Las herramientas para generar ficción también se han democratizado con la IA, estamos a un paso de que cualquiera desde su ordenador pueda generar una película a demanda, pero también tenemos que ser conscientes de la peligrosidad que tiene eso. Cuando se puedan generar películas a demanda, lo único que va a ser es una película que va a funcionar de la misma forma que una red social, como una herramienta de autovalidación, cuando creo que la ficción y su potencial crítico está en mostrarte situaciones incómodas y hacerte dudar. Si vamos a un mundo donde la ficción solo es autocomplaciente, estamos jodidos.
“Creo que la ficción y su potencial crítico está en mostrarte situaciones incómodas y hacerte dudar. Si vamos a un mundo donde la ficción solo es autocomplaciente, estamos jodidos.”
En otras entrevistas has dicho que un artista debe ser buen comunicador y ocuparse de muchas tareas administrativas. ¿Cómo encajan las redes sociales en esa idea?
En mi caso, las redes sociales ya me cogieron de adulto y he visto toda su evolución. Al principio surgieron como una curiosidad, una forma interesante de compartir información, de estar en contacto, no influía para nada en el ámbito profesional, pero paulatinamente han ido acaparando cada vez más interés y ahora son una herramienta fundamental de comunicación, aunque a muchos nos pese y nos moleste la importancia que tienen. Son las reglas del juego, es algo contra lo que no se puede pelear.
Las reglas del juego han cambiado y es una cuestión de adaptarte. También son herramientas de comunicación muy versátiles y útiles pero tremendamente sesgadas, cualquiera de nosotros enseguida distinguimos si producimos para el algoritmo o somos unos meros usuarios. Cuando empiezas a producir para el algoritmo obtienes una recompensa, una recompensa vacía, que son likes y gente que te sigue, pero que jamás o rara vez se transforma en un beneficio económico o en otro tipo de recompensas. Luego hay usuarios, como puedo ser yo, que simplemente lo utilizamos como un medio pero intentamos no trabajar para el algoritmo, intentamos no utilizar esos códigos que sabemos que funcionan, pero que no encajan con tu forma ni de presentarte ni de presentar tus obras.
Igualmente, no nos vamos a engañar, son unas herramientas terriblemente potentes. Hasta el punto de que yo, por ejemplo, ahora ni siquiera tengo una página web sino que mi obra se puede encontrar digitalmente en redes sociales, cuando hace diez años la existencia de una página web era algo vital, prácticamente fundamental para un artista, y ahora están desapareciendo.
Ahora mismo quiero volver a hacerme una página web porque es una especie de ejercicio no solo de nostalgia sino un intento de ordenar mejor las cosas, tener mayor capacidad de decisión y no siempre estar esclavizado por esta tiranía del algoritmo.
Y con respecto a las obras que creas, ¿alguna vez te has autocensurado o has renunciado a una imagen por miedo a la reacción?
Sí, si soy sincero he de decir que sí. Quizás no una censura explícita pero he modulado la intensidad de cierta imagen. Seguramente haya sido por miedo o precaución, porque se leyese mal o fuese excesivamente polémica. Me gusta trabajar en territorios grises y no dejar las cosas muy obvias, entonces cuando hay una imagen que se acerca a lo panfletario, intento huir de ella. Es algo buscado pero a veces es inevitable caer en un acto de autocensura, aunque normalmente como trabajo en territorios bastante grises, mis obras se leen desde puntos de vista a veces opuestos.
Me ha pasado de tener gente que está en espectros políticos e ideológicos prácticamente enfrentados a quienes les gusta la misma obra. Para mí es muy divertido, es muy estimulante. Y además soy una persona bastante tímida, entonces es una especie de estrategia de ocultación, para ocultar al Kepa real tras el Kepa artista, es como una especie de máscara.
Después de más de veinte años dedicado al arte, ¿qué consejos le darías a alguien que empieza en este mundo?
Que sea paciente. Creo que el mundo del arte, al igual que el mundo en general en los últimos años, ha cambiado para mal. Todo se ha acelerado en exceso. Ahora se crean carreras artísticas muy pronto, quizás la gestión de los egos y de las carreras se ha acelerado tanto que a veces esto puede producir resultados muy indeseados. Cuando yo empecé, sobre todo en un país periférico como es España si hablamos del sistema global del arte, tú tenías tu tiempo para desarrollar tu carrera y buscabas poder vivir de ello y convertirte en un artista profesional. Ibas paso a paso y tenías tiempo para madurar, que es algo muy importante. Y en ser consciente de lo que cuesta conseguir las cosas y sobre todo lo que cuesta mantenerte ahí, pasados veinte años, que es el gran desafío.
Pegar un pelotazo o de repente convertirte en lo más de lo más no es tan complicado. Tiene más que ver con azares del destino y con el hambre que tenga el mercado de un cierto tipo de objeto que de otra cosa, por lo menos ahora mismo. Lo complicado es mantenerse ahí. Entonces mi consejo, si tengo que elegir un consejo para alguien que está empezando, es que se lo tome con calma, intente pisar el freno de su proceso tanto creativo como de su carrera como artista y que relativice mucho el éxito en el caso de que lo tenga. Y que también relativice el fracaso, si en su caso su carrera es un fracaso. El proceso creativo va mucho más allá del mercado y de lo económico. Los que nos dedicamos a esto no nos dedicamos por una cuestión económica. Lo económico es puramente intentar hacer de tu pasión una forma de vida, pero tiene que ir más allá.
¿Estás trabajando en algo nuevo?
Estoy ultimando las últimas series. Las quiero cerrar, generar las últimas obras de cada serie. Aunque bueno, antes siempre las suelo dejar un poco abiertas. Son screenshots de YouTube, Instagram, X y Facebook. Y por otro lado, War, que es una serie de dibujos más retrospectiva en torno al concepto de la guerra.
Estoy ideando una nueva serie, que está todavía en fase de idea. Ni siquiera tengo bocetos que me convenzan. Pero básicamente se trata de una serie de retratos inspirados en las grandes pinturas de la gran retratística del siglo XIX, pero los sujetos retratados son los grandes plutócratas y los tecnovillanos del siglo XXI. Van a ser retratos de historia pero con unas pequeñas pistas metidas en los cuadros acerca de los aspectos más oscuros de estos plutócratas. Y hasta ahí puedo leer, la verdad es que todavía estoy en fase de idea, pero ese es el proyecto que estoy madurando ahora mismo en mi cabeza.