Ion de Sosa lleva años trazando un camino propio y único dentro del cine español, al margen de normas y convenciones. No solo dirige, también ejerce como director de fotografía y se formó de manera autodidacta. A base de experimentación, ha construido una filmografía donde conviven el humor, la fábula y la reflexión social. Con Balearic, nominada a los Goya a Mejor Dirección Novel, se sumerge en un relato con forma de fábula y sátira social. Una historia dividida entre la idealización de la juventud en pleno verano y el ensimismamiento burgués adulto, que utiliza la isla como espejo de las tensiones de clase y la incomunicación generacional. Entre villas con piscinas, personajes llenos de personalidad y secretos, de Sosa confirma que su fuerte es su forma personal de mirar y cuestionar el presente.
Tu última película ha sido nominada al Goya. ¿Cómo te enteraste y qué significa para ti esta nominación?
Me enteré porque estaba en casa con mi novia y con dos buenos amigos viéndolo online. Había dos números y los vimos en directo, porque tanto nosotros como otros compañeros teníamos posibles candidaturas y posibles nominaciones, y queríamos estar presentes los unos para los otros. Lo viví con mucha emoción. Siempre cuento que era muy deseado pero no nos veíamos con posibilidades porque la película se había estrenado tarde, el 12 de diciembre, que suele ser una mala fecha para las nominaciones; pilla todo muy seguido y a la gente no le da tiempo a verla. Total, que ha resultado que sí, y lo hemos vivido con sorpresa y con mucha alegría.
El guion lo coescribes con Chema García Ibarra, Juan González Gutiérrez, Julián Génisson y Lorena Iglesias. ¿Cómo funciona ese trabajo colectivo?
La idea la aporté yo y se la presenté a Juan González, con el que escribí las setenta u ochenta páginas del guion. Luego me llamó Chema García Ibarra, que nos hizo una revisión y, además, llevo colaborando con él desde hace mucho tiempo. Me interesaba que parte de nuestro humor característico se introdujera en la película.
Cuando Chema empezó a trabajar en el guion de Aro Berria, de Irati Gorostidi, entraron Julián y Lorena. En el momento en que queríamos cerrarlo todo para rodar, Chema no estaba disponible, así que llamé a Julián y a Lorena, que además iban a ser actores en la película. De este modo podía contar con ellos tanto en la última fase del guion así como de apoyo por si las cosas cambiaban durante el rodaje.
Balearic se divide en dos partes: una primera más lineal, de causa y efecto, y una segunda mucho más sensorial. ¿Por qué decidiste romper la película de esta manera?
Para mí es una película que habla mucho de la incomunicación entre generaciones y quería mostrar que una y la otra nunca llegaron a cruzarse. También me emocionaba el reto cinematográfico que suponía representarlo. Por un lado, los viejos no viven el peligro de los jóvenes ni escuchan sus gritos, y por el otro, nos hemos perdido toda la lucha de los jóvenes con los perros. Eso me hacía gracia porque, desde mi punto de vista adulto, no soy capaz de imaginar cuáles serán las herramientas de los jóvenes para salir de sus propios escollos, de los problemas sociales que les estamos dejando. Me pareció una película que tenía su gracia y que era optimista.
Parece que las dos historias ocurren en tiempos distintos, hasta que al final entendemos que están pasando a la vez, en villas diferentes. ¿Qué te interesaba provocar en el espectador con este juego temporal?
Al principio se planteó que fueran los jóvenes en el futuro, y está bien que lo hayas percibido así porque lo hemos planteado como manera de espejo, pero una cosa que ayuda a cerrar la película es la chica que aparece al final. La película también es una reflexión de cuando eras pequeño y te podías colar en sitios y tenías una inocencia, a cuando ya eres mayor y tienes una piscina y no te metes en ella porque la asocias con cosas de clase y piensas que no es para disfrutarla, sino para representar tu estatus.
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En la primera parte, la juventud aparece muy idealizada; cuerpos en bañador, energía, humor y un verano eterno. ¿Crees que es una representación fiel de la juventud actual?
Me gusta mucho trabajar con el cliché de género. En cuanto a la idealización, quería saber qué pasaría si intentara hacer una peli como Scream. No son unos jóvenes retratados desde la juventud actual, aunque ellos me decían que los diálogos les gustaban mucho y que se parecían a cómo eran ellos en la realidad. Abordé la juventud desde cómo son representados en las películas que yo veo. Quería enseñar cómo se divertían, cómo veían la casa con piscina, que la sociedad te dice que puedes aspirar a ella pero va a ser muy difícil.
En contraste, en la villa de los adultos hay un ambiente burgués donde, detrás de la risa y la perfección, se esconden problemas. ¿Por qué te interesaba mostrar este mundo que parece tan idílico?
Me fijé en películas que me gustaban y, a la hora de escribir el guion, he visto El ángel exterminador de Buñuel, El discreto encanto de la burguesía, he visto Mamá cumple cien años de Carlos Saura, que también plantea una familia en la que la persona mayor, la matriarca, no sabes si va a cumplir cien años o si va a morir. También he visto Las truchas, El triángulo de la tristeza, La zona de interés, historias de gente ensimismada que no puede ver más allá de sus muros ni más allá de lo que pasa de su propiedad privada.
A raíz de esos clichés, me planteaba cuántos son los mínimos personajes que necesitamos para que la película se considere coral y pueda moverse de unos a otros sin profundizar en los dramas de los adultos. Me interesaba sugerir pequeños dramas o roces entre ellos pero no entrar del todo porque la película no iba de eso. Quería enseñar que se aman pero se odian, que llevan muchos años juntos pero en realidad va de esa transformación del joven idealista y generoso al adulto ensimismado y egoísta.
Los personajes son muy distintos entre sí. ¿Cómo trabajaste su construcción?
Creamos una pareja, una hermana, el patriarca, los dos camareros, un artista, y fuimos tirando de características del ecosistema balear, de lo que se le presupone a la isla de Ibiza y a los grupos de gente que la habitan.
Hay una serie de escenas en las que se ve a gente conversando donde la imagen se distorsiona y tiene diferentes colores. ¿Qué buscas transmitir con este tratamiento visual?
Es una de las partes más improvisadas de la película. En Melancolía de Lars Von Trier, hay fragmentos de conversaciones, planos muy cortos y fragmentados: un brindis, una sonrisa o un comentario suelto, y nosotros teníamos planeado hacer algo parecido. Rodar tres o cuatro conversaciones para ir mezclándolas entre ellas e ir descubriendo la atmósfera en la que acabamos de entrar. Estas imágenes nos servían como presentación del segundo grupo de personas, y como teníamos poco tiempo y recursos, decidimos que había una manera muy bonita de fragmentarlas, que era fragmentando la imagen y no el tiempo, sino el espacio en la imagen.
Hicimos la primera prueba en amarillo y, en vez de hacer doce o trece planos para ilustrar una secuencia de arranque, lo hicimos en tres. Eso nos ayudó a concretar esas secuencias en el plan de rodaje y nos dio un recurso muy bonito: presentar una cristalera desde la que después aparecerá la protagonista. No quería hacer nada más que enseñar a las personas distorsionadas; parecían pinturas de Francis Bacon y se mostraba a las personas de una manera, no sé si monstruosa, pero sí distorsionada, y eso también nos ayudaba a construir ese tono de fábula. 
“No soy capaz de imaginar cuáles serán las herramientas de los jóvenes para salir de sus propios escollos, de los problemas sociales que les estamos dejando.”
Sueles trabajar fuera de las convenciones del mercado y tus películas tienen una esencia muy única. ¿Es una postura consciente?
No es una postura consciente, es lo que he podido hacer en mi carrera profesional. Empecé a hacer cine cuando acabé de estudiar, pero en ese momento el mundo del cine era muy hermético, se rodaba mucho en treinta y cinco milímetros y, si querías hacer una película, tenías que llevarla a ese formato para que se pudiera proyectar, y eso ya hacía una criba enorme de quién podía considerarse cineasta. Los festivales exigían una película en treinta y cinco milímetros para poder proyectarla, y ese formato era una barrera que separaba a los amateurs de los profesionales, además de una barrera económica.
En 2007 me fui de emigrante a Berlín y, trabajando de camarero, me compré una cámara de dieciséis milímetros y empecé a indagar el camino por mí mismo. Ahí es donde empieza mi aprendizaje y aproximación al cine que, al haber sido tan solitaria, no ha seguido las normas habituales. Para mí la prueba son las películas de Mamántula o Balearic, con las que busco conectar con el público, pero en las primeras como autor, que son True Love o Sueñan los androides, estaba buscándome y mi objetivo era hacer una película. He disfrutado mucho del camino, considero que siempre tengo muchas cosas que aprender. La semana que viene me siento con Chema García Ibarra a darle vueltas a una idea que tenemos para una película. 
Has trabajado como director de fotografía en películas como Ariel (Lois Patiño), La parra (Alberto Garcia) y El futuro (Luis López Carrasco). ¿Qué te ha aportado este rol a la hora de hacer tus propios largometrajes?
Me encanta ser director de fotografía porque, junto al director o directora, vas imaginando la película: el espacio, el tiempo, la pausa, la atmósfera. Soy muy meticuloso, me gusta discutir sobre lo que estamos haciendo y estas conversaciones me nutren y, además de disfrutarlo, cada película que hago es como un máster.
Siempre surgen preguntas: ¿dónde poner la cámara y por qué?, ¿qué otros significados tiene la imagen más allá del que imaginamos?, ¿por qué dejar la cámara fija o por qué moverla? Y después se hablan las cosas técnicas y logísticas. Me encanta pasar tiempo y conversar con Luis López Carrasco, Lois Patiño y María Herrera, con la que he hecho el corto El cuento de una noche de verano, nominado a los Goya, porque además se van convirtiendo en relaciones de amistad.
Cada vez es más difícil vivir del cine y aún más de un cine no normativo. ¿Qué te empuja a seguir en la industria y seguir haciendo películas?
A mí me gusta que no estoy satisfecho; siempre busco contar una nueva historia, aprender cosas nuevas e investigar en un nuevo género. Balearic me ha despertado curiosidad por el terror y ahora quiero hacer una película lineal en la que los protagonistas viven un viaje interior y exterior y descubren algo a través de la experiencia que vemos con ellos en la película. Tengo ganas de intentar llegar a más público, me quedan muchos retos por hacer y, al final, el cine es mi pasión, por lo tanto no me planteo dejar de hacerlo. Ahora voy a seguir escribiendo porque me lo paso muy bien, y la posibilidad de desarrollar tu modo de vida y tu imaginación es un privilegio.
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