Durante años, Ezequiel Pini, director del estudio de diseño Six N. Five, construyó sus mundos desde la pantalla. A través del 3D desarrolló una estética en la que naturaleza, arquitectura y tecnología se mezclan hasta volverse casi imposibles de distinguir. Ahora, por primera vez, esas formas empiezan a salir del mundo digital y a ocupar un espacio físico.
Un movimiento que abre una nueva etapa en su práctica y, también, nuevas preguntas: qué pasa cuando una imagen se vuelve materia, cuando una superficie digital se transforma en piedra, o cuando lo artificial empieza a sentirse vivo. Hablamos con el artista argentino sobre este cambio de escala, su nuevo estudio en Barcelona y la Casa Semienterrada de Javier Barba que es ahora su hogar y que, poco a poco, también empieza a formar parte de su particular universo creativo.
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Ezequiel Pini y Six N. Five llevan más de diez años creciendo juntos. ¿Dónde acaba uno y empieza el otro?
Empezó todo como una forma de expresión. De cara a la industria necesitaba un proyecto y un espacio donde llevar a cabo mi trabajo y al principio creo que me escondía un poco detrás del nombre de Six N. Five porque prefería crecer con el nombre de un estudio. Ha sido un viaje muy largo; antes no se concebía ser artista si hacías cosas desde un ordenador, pero con el tiempo y las nuevas generaciones empecé a ganar presencia y fui considerado como un artista. Ahí fue cuando me sentí valorado y tuve la confianza suficiente como para mostrar quién era. Ha sido un proceso de evolución bastante natural en el que Six N. Five y toda la gente que forma parte me ayuda a materializar las ideas que tengo.
Hace más de una década que fundaste Six N. Five. Mirando hacia atrás, ¿qué ha cambiado más: el estudio o tú?
Los dos. Yo soy muy curioso, me aburro rápido y me encanta explorar cosas nuevas siempre. El estudio ha ido evolucionando a la vez que lo han hecho mis inquietudes. Los chicos me ayudan en todo y desde hace unos años hemos convertido el estudio en un espacio multidisciplinar y que se va adaptando a nosotros.
Algo que parece haberse mantenido este tiempo es la voluntad de crear mundos que no sabes muy bien si son reales o imaginarios. ¿Qué te sigue interesando de esa frontera?
Siempre me ha gustado el 3D. Creo que es una herramienta muy especial y me permite visualizar y dar forma a mis ideas. A mí me gusta abrir ese canvas infinito y empezar a crear nuevos mundos y espacios sin necesidad de que sean como en la vida real. Me interesan todas las oportunidades que me da de crear y mostrar algo distinto: el realismo mágico, las ideas imaginarias y todas aquellas exploraciones con las que juego.
Durante mucho tiempo tu herramienta principal fue el 3D. Ahora aparecen cada vez más esculturas, instalaciones y objetos físicos. ¿En qué momento sentiste que ya no te bastaba con imaginar las cosas en una pantalla y necesitabas construirlas?
Me interesaba mucho la idea de convertir estos mundos imaginarios en objetos y espacios físicos. Además, siempre tuve esta pregunta interna sobre qué es arte y qué no, qué es diseño y qué no. Incluso me he preguntado muchas veces quién soy yo como artista. A lo largo de mi carrera me he dado cuenta de que siempre he querido materializar cosas, aunque al principio todas las ideas fueran digitales. Cuando mis imágenes empezaron a circular, hay gente que me preguntaba: ¿Dónde está ese espacio? ¿Dónde puedo conseguir esa silla? Entonces quise probar de llevarlos a la realidad y ver qué pasaba en ese proceso. Mi propósito nunca ha sido ponerlo a la venta, simplemente explorar mi curiosidad para crecer y aprender. Con mi primera pieza ya surgieron muchas posibilidades, entonces vi que esta era la evolución natural para mi proyecto tras todas las exploraciones pasadas.
Porque desde fuera podría parecer que pasar del 3D a la piedra es pasar de la tecnología a la artesanía, pero probablemente la realidad sea más compleja. ¿Cuánto de artesanal hay hoy en tu trabajo y cuánta tecnología sigue escondida detrás de lo físico?
He recuperado mucho el proceso artesanal. Antes solo trabajábamos con el ordenador y ahora entre todos nos dedicamos a apilar, cortar los materiales, construir maquetas, atornillar, etc. El estudio se ha convertido en una especie de laboratorio artesanal donde la tecnología, pese a que el software haya cambiado, sigue estando muy presente, pero la parte manual ha ganado bastante peso.
“Antes no se concebía ser artista si hacías cosas desde un ordenador, pero con el tiempo y las nuevas generaciones empecé a ganar presencia y fui considerado como un artista.”
Tu última presentación ha sido Earth & Signal, un encuentro entre naturaleza, materia y mundo digital. ¿De dónde nace este proyecto?
Nace de la combinación entre lo natural y lo digital. Lo físico y lo creado. Quería ver qué pasa cuando los unes y creas una conversación en la que un elemento existe gracias al otro. Cuando uno cambia, el otro también. La naturaleza nos aporta algo imposible de imitar, ya que lleva años existiendo, y me gusta ponerlo al lado de algo nuevo y creado por medios digitales. Tenía ganas de unir dos mundos que suelen estar desconectados, uno más frío y otro más cálido. Uno tecnológico y otro humano. Intentar conectarlos en nuestras mentes para generar nuevas conversaciones a partir de ahí.
En tu trabajo aparecen constantemente el cielo, el agua, el sol, los paisajes, y ahora la piedra adquiere un protagonismo especial. ¿Qué encuentras en la naturaleza que sigues sin encontrar en el mundo digital?
Para crear necesito la naturaleza: necesito salir a correr, ir a pisar el césped descalzo y respirar al aire libre. También me encantan el paisajismo y la jardinería, y todo esto siempre me ha gustado involucrarlo en mis procesos creativos para encontrar nuevas ideas. La naturaleza nos humaniza, nos conecta y genera algo muy real. Por eso me gusta explorar nuevas sensaciones a través de ella.
Hay algo curioso en tu obra: muchas veces la imagen parece sencilla, pero detrás hay una idea bastante más compleja. ¿Cuándo sabes que una obra ya está terminada?
Es difícil porque para mí todas mis obras siempre necesitan más evolución. Creo que es algo que pasa en todas las disciplinas y a casi todos los artistas. Estoy en conversación constante con las obras y, a veces, hay que darles tiempo para que generen nuevos pensamientos. Cuando pasa este tiempo es cuando empiezo a ver que ya no le queda mucho más por decir y entonces llega el momento en que me doy cuenta de que ya está perfecta como está y que refleja bien el momento de mi vida en que la he hecho. Eso es lo que me hace pensar que una obra ya está terminada.
Además, tus piezas suelen dejar espacio para que el espectador complete la historia y le encuentre su propio significado. ¿Qué es lo que te interesa realmente en esta interacción del espectador con lo que está viendo?
Me interesa generar nuevas conversaciones y debates entre estos dos elementos: la tecnología y la naturaleza. Por ejemplo, con las piedras que puedes mover por la pantalla, creo que cuando alguien lo ve, la conexión es muy visual y se percibe una ilusión detrás. Para mí, el papel del humano es poner estos dos personajes en acción y a partir de ahí creo que es cuando a cada uno le surgen nuevas sensaciones. Es como lo que me pasa a mí cuando voy al río y observo cómo el agua fluye. Es algo tan bonito que lo quiero capturar y poner en mis obras. Me interesan los espacios donde extraer la naturaleza, añadirle un toque propio de tecnología y abrir la puerta a que los demás sean partícipes de esta nueva escenografía. Llega un momento en que yo ya no lo controlo pero el espectador sí, y cada uno se lo lleva a su terreno personal.
Has pasado por grandes proyectos y muy diferentes entre sí, desde Microsoft hasta Cartier, pero también has desarrollado una obra mucho más personal. ¿Cambia mucho tu proceso creativo cuando trabajas para un cliente que cuando haces una obra que nace exclusivamente de ti?
Creo que llevar a cabo las ideas de otro puede tener un punto de esclavizante y necesitas una estructura muy grande para hacerlo. Yo siempre he intentado tirar adelante con mi pequeño equipo para obligarme a no tener que involucrarme en encargos a los que siento que no les puedo dar mi voz o que es algo que cualquier estudio 3D puede llevar a cabo. Por eso me siento muy bendecido cuando siento que la gente valora mi creatividad y mi estilo propio. Eso me hace pensar que hay alguien que aprecia mi trabajo y le quiere dar un lugar.
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¿Hay algún encargo que, sin esperarlo, haya terminado cambiando tu manera de trabajar?
He estado en proyectos muy interesantes. Los cortometrajes de Cartier, por ejemplo, fueron una extensión de un proyecto que yo había hecho. Con los mismos elementos de la naturaleza y la misma sensibilidad de realismo mágico. En ese proyecto sentí un respeto hacia una visión y un lenguaje que ya había empezado a explorar y vi la posibilidad de expandirlo. Me gusta cuando puedo llevar a cabo proyectos donde, pese a ser encargos, se valoran mis exploraciones y me puedo expresar.
Después de tantos años haciendo imágenes que han circulado por todo el mundo, ¿qué significa hoy para ti que una obra tenga éxito? ¿Cuándo sientes que has conseguido lo que querías?
Para mí el éxito hoy en día es poder hacer lo que me gusta y seguir creando. Me pasa ahora cuando puedo finalizar un proyecto y ver físicamente el resultado. Hay muchas ideas que se me ocurrieron a lo mejor hace diez años y he estado esperando para hacerlas realidad. Entonces llega un punto en que me da igual lo que generen en el resto porque encuentro ese éxito en mi satisfacción personal. A todos nos gusta crear algo que guste, pero cuando veo que me genera algo a mí y luego al resto y veo que mi visión se ha podido cumplir, es cuando siento que he logrado lo que quería.
En algún momento de una carrera tan larga, ¿te has sentido perdido?
Muchas veces me ha pasado por querer pertenecer a un mundo y una sociedad donde hay muchas cosas que ya están definidas y parece que hay que encasillarse. Creo que eso marca tu identidad y te pone etiquetas que a veces no te pertenecen. Lo que más me ayuda es ser constante y perseverante. Seguramente esto me viene de que he hecho taekwondo desde los cuatro años y he llegado a competir profesionalmente. Además, mi padre es instructor, así que me he criado con una disciplina bastante marcial. Eso me ha permitido luego encontrar mi voz, ir al estudio aunque no tuviera claro lo que quería crear y no hacer tanto caso a las opiniones externas. Me ha ayudado también abrazar lo que es mío, mi identidad, para estar más seguro de lo que hago y de cuál es mi camino. Lo importante es estar contento y motivado con lo que haces, hacer algo que te cambie el pulso al hacerlo y la voz al contarlo.
Hace unos meses te mudaste a la Casa Semienterrada de Javier Barba, una pieza muy singular de arquitectura bioclimática diseñada en 1986. Has comentado alguna vez que tu primera impresión fue estar ante una obra de arte. ¿Qué viste en esa casa para decidir que querías vivir allí?
La casa es algo muy mágico y por lo que estoy realmente agradecido. Yo he vivido toda mi vida en un piso y desde hacía tiempo tenía la idea de mudarme a vivir a las afueras como un proyecto familiar. Encontrar un sitio, sobre todo con naturaleza, donde los niños pudieran correr y jugar. Como me encanta el diseño y la arquitectura, cuando empezamos la búsqueda la vi y enseguida me la guardé en favoritos.
Después de un tiempo y visitar varias casas, un día fuimos a verla sin muchas expectativas y ahí fue cuando conocí a la familia Riera, que nos enseñó toda la casa. Ellos la han vivido cuarenta años y han formado su familia ahí. Ellos sentían que la casa necesitaba ser habitada por alguien con un estilo de vida y unos valores parecidos, que continúe con su historia y su legado. Fue una conexión muy natural y mágica con ellos y esto hizo que se diera la oportunidad de mudarme ahí con mi familia.
“He recuperado mucho el proceso artesanal. Antes solo trabajábamos con el ordenador y ahora entre todos nos dedicamos a apilar, cortar los materiales, construir maquetas, atornillar. El estudio se ha convertido en una especie de laboratorio artesanal.”
La casa se volvió muy viral. ¿Cómo viviste que, de repente, tanta gente estuviera hablando de un espacio que para ti es tu hogar?
Fue un poco raro porque en realidad empezó todo como un proyecto familiar y personal. Pero sentía que era muy especial y por eso la compartí. Quería enaltecer la casa y el gran trabajo de Javier Barba, darle ese momento de reconocimiento y homenaje que se merece. Ahora está en una etapa más introspectiva, en un momento de vivirla para ver cómo la podemos adaptar a nuestro estilo de vida, pero respetando siempre su espacio y la visión original de Javier.
Has hablado de convertirla en una especie de laboratorio donde convivan lo natural y lo digital: desde elementos de tecnología integrados de manera casi invisible hasta la idea de hacer convivir un árbol digital con uno físico. ¿Hasta dónde quieres llevar esa idea? ¿La casa va a acabar siendo también una nueva pieza de Six N. Five?
La casa tiene muchísimas posibilidades y me motiva mucho que el estudio se pueda conectar con este espacio. Ya tengo algunas ideas pero quiero ver con el tiempo qué es lo que necesita la casa. Es una conversación constante entre pasado, presente y futuro. Me imagino árboles digitales conviviendo con naturaleza real, llevar esta dualidad a mi casa y ver cómo puede ir evolucionando. Además tiene una parcela anexa que está vacía y que quizá acabe convirtiendo en estudio. Ya iré viendo qué sucede con este espacio y explorando cómo lo privado y lo público se pueden ir mezclando y conviviendo.
Todo esto llega en un momento especialmente interesante, porque Six N. Five está a punto de empezar una nueva etapa y dejáis atrás el estudio del Poblenou. ¿Qué supone para ti cerrar esa etapa?
Me da nostalgia por el espacio en sí. Ha sido un espacio de coworking, que es una mezcla entre casa y estudio, donde hemos pasado muchas horas. Es bastante sentimental. Pero lo nuevo es algo muy único y que me encuentra muy alineado con el futuro. El estudio antiguo corresponde al Ezequiel del pasado y a las prácticas que hacía antes. No quería reformar este espacio y adaptarlo a mis nuevas necesidades. Para mí, buscar un nuevo espacio como una nave industrial para abrir esta nueva etapa tiene mucho más sentido.
Para terminar, si miramos al Six N. Five que viene, ¿qué te apetece hacer ahora que hace años quizá ni te habrías planteado?
Ahora mismo quiero seguir evolucionando y desarrollando mis ideas. Algunas que llevo años guardando y otras más nuevas. Quiero seguir enfocado en la disciplina que estoy haciendo ahora, darle tiempo para madurar y afianzarla. También me apetece buscar nuevas formas de seguir explorando la naturaleza, ver cómo puedo seguir integrando cada vez más la parte digital y empezar nuevos proyectos. Por ejemplo, estoy trabajando en un proyecto en Abu Dabi, reconstruyendo una escultura para que sea exhibición permanente. El futuro es espectacular, tengo muchas ideas y ganas de seguir desarrollando mis curiosidades.
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