Lucas Parra está dando la vuelta a España y parte del mundo con Ser un hombre, su cortometraje más personal hasta la fecha y, sin duda, uno de los títulos más destacados de la temporada, y que puedes ver en Movistar Plus+ y VeoForqué. Inspirado en su propia infancia y en el entorno de la caza en el que creció, cuenta la historia de Miguelito, un niño de siete años que acompaña a su padre y a su abuelo en una jornada que cambiará su vida para siempre.
Del primer cigarro al primer disparo con un arma de caza, esta es una historia íntima sobre la infancia, la masculinidad y la violencia heredada que ha conquistado festivales estatales e internacionales, sumando premios en su camino hacia los Goya. Hablamos con el director sobre el proceso de dar forma a una historia tan personal y sobre cómo está viviendo su gran acogida.
Para quien no te conozca, ¿quién es Lucas Parra?
Un apasionado del cine. Un dibujante aficionado. Un recopilador de anécdotas. Y, a veces, un contador de historias.
Empezaste haciendo cortometrajes con Lego cuando eras muy pequeño. ¿Siempre supiste que querías dedicarte a esto?
Desde muy pequeño me ha chiflado el dibujo, la escultura, la historia y los cuentos. Primero quise ser ilustrador de cómics; más adelante, por mi afición a los Lego, quise ser diseñador de Lego. No fue hasta los once años cuando decidí que mi camino sería la dirección de cine. Fue como una revelación: me di cuenta de que todo lo que había hecho desde niño me abocaba a esto. Y simplemente me dejé llevar y lo seguí.
Mirando atrás, ¿qué relación tienes con aquel niño que empezó a hacer cine jugando? ¿Qué inquietudes siguen presentes en el cineasta que eres hoy?
Mi primer corto fue un stop-motion de Star Wars con Lego. Y fue una pasada hacerlo. Lo que más me apasiona del cine es la artesanía que hay detrás: la atención al detalle, los trucos. Aún hoy, como mejor me lo paso en un rodaje es rompiéndome la cabeza para solucionar con un truquito visual cosas que se tenderían a hacer por ordenador o que, según cómo, no se podrían hacer. Me sigue moviendo el mismo juego que cuando era crío. Y con el dibujo me pasa igual: el storyboard para mí es esencial, y es la parte donde me quito el gusanillo de mi vocación frustrada de ilustrador.
Ser un hombre parte de tu propia infancia. ¿Cómo ha sido el proceso de volver a ese momento de tu vida y reconstruirlo desde una mirada adulta?
He llegado a un punto en el que me cuesta diferenciar el recuerdo real de mi infancia de lo que se ve en el corto. Recreamos todo: vestuario, casting, ropa, frases, hasta las posiciones exactas en las que estábamos mi padre y yo cazando. De pequeño esa experiencia me impresionó muchísimo. Cuando volví de Jaén al colegio en Barcelona, era el único (quizá del colegio entero) que había vivido algo así. Siempre fui un niño un poco diferente, nunca me adapté al cien por cien, y en gran parte era porque tenía una vida fuera de la escuela muy distinta a la de los demás.
“Lo que intentamos retratar en el corto es la sensación del niño que está entrando en terreno de mayores. Sabes que ahí hay peligro, que no puedes andarte con tonterías.”
La caza tiene una presencia muy potente en el cortometraje, casi como un personaje más. ¿Qué lugar ocupó en tu infancia y cómo recuerdas tu relación con ella?
Lo que intentamos retratar en el corto es la sensación del niño que está entrando en terreno de mayores. Sabes que ahí hay peligro, que no puedes andarte con tonterías y que tienes que estar a la altura. Recuerdo que de pequeño me sentía superorgulloso de tener el ‘privilegio’ de que me llevasen a cazar. Luego, con los años, te echas atrás y te planteas: ¿qué aprendí realmente en ese viaje?
Crecer rodeado de determinados referentes masculinos implica aprender, a veces sin ser consciente de ello, cómo debe comportarse un hombre. ¿Cómo influyó ese entorno en la construcción de tu identidad?
El final de Ser un hombre recrea mi primer cigarro, con siete años. ¿Por qué un niño quiere fumar? ¿Por qué quiere probarlo? ¿Cómo le hace sentirse? Siempre fui un niño que quería ser mayor, nunca me acabó de gustar la condición de ser pequeño. Me crié muy pegado a mis abuelos, escuchando las conversaciones de las cenas de los mayores. Nunca me sentí del todo cómodo con los de mi edad; yo quería saber más, y los que sabían eran los mayores.
¿Ha sido el cine una forma de revisar tu propia historia y cuestionar algunas de esas ideas?
Totalmente. Siempre que escribo parto de anécdotas familiares o de amigos. Esas historias ya llevan dentro, de forma natural, los temas o preguntas que me interesa explorar. Aun así, esta es la primera vez que me baso de lleno en mi propia vida. Tengo algunas anécdotas más guardadas por ahí; igual con el tiempo me da por escribir Ser un adolescente…
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El tema que atraviesa el corto es, precisamente, qué significa ser un hombre. Así que la pregunta es inevitable, ¿qué significa para ti?
Creo que el corto expone una situación pero en ningún momento he querido dar un mensaje masticado. Hemos intentado mostrar con verosimilitud una cacería con un niño y todo lo que aprende por el camino. A partir de ahí, que cada espectador decida si Miguelito sale ganando o perdiendo. Te aseguro que hay público que acaba el corto diciendo ‘al final se convierte en un monstruo’ y otros que dicen ‘al final el chaval es el puto amo’.
Desde pequeños, muchos chicos aprendemos a comportarnos de determinadas maneras asociadas a la masculinidad. ¿Cómo crees que eso condiciona nuestra relación con nosotros mismos, con las emociones y con los demás?
Es un tema complejísimo que da para una disertación filosófica entera. Simplificándolo mucho, creo que la masculinidad tradicional tiene cosas buenas y cosas malas, y en el corto intentamos mostrar ambas. Hay tres hombres de tres generaciones: el abuelo, el padre y el hijo. Todos se mueven con la mejor de las intenciones pero las cosas salen como salen. El abuelo quiere endurecer al nieto de ciudad para que no sea blando y no se metan con él en el colegio; el padre intenta protegerlo para que no le pase nada, pero al hacerlo le enseña una lección implícita de cómo comportarse; y el niño solo quiere que su padre esté orgulloso de él.
La masculinidad también se transmite a través de patrones de conducta que pasan de una generación a otra. ¿Cómo podemos reconocer esa herencia emocional y romper con aquello que no queremos?
Creo que hoy en día tendemos a creernos mucho más modernos de lo que realmente somos. A la hora de la verdad caemos una y otra vez en patrones que llevan siglos repitiéndose. Nos queda muchísimo camino por mejorar.
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Hablando de referentes, ¿qué modelos masculinos te han acompañado a lo largo de tu vida? ¿Qué referentes crees que están empezando a aparecer ahora?
Mis referentes masculinos han sido bastante variopintos. Muchos vienen de películas y cómics: de muy pequeño mi héroe favorito era Hellboy, un outsider, un héroe en las sombras con unos complejos y una personalidad muy concreta. Más adelante, personajes como el Padrino me marcaron muchísimo. De niño me quedé fascinado por la elegancia, la presencia y la templanza de Vito Corleone. Por suerte no me dio por hacerme gángster y me dediqué al cine.
La caza, el paisaje y las tradiciones rurales construyen en el corto un universo reconocible ligado a cierta idea de la España profunda. ¿Qué te interesa realmente de ese imaginario más allá de su dimensión folclórica?
Me interesan nuestras historias, nuestra cultura y nuestro cine. Las anécdotas de mi familia, esas vivencias que, si no las cuentas o las ruedas, terminan perdiéndose para siempre.
Últimamente parece que la tradición, el mundo rural y ciertas expresiones estéticas de la identidad española están de moda. ¿Cómo conviven en tu película la fascinación visual por ese mundo y la necesidad de cuestionar sus códigos?
Conviven desde el cariño y el respeto. Me fascina visualmente todo ese mundo, me parece un escenario cinematográfico potentísimo. Pero creo que para cuestionar algo no hace falta destruirlo ni tratarlo con altivez. La mejor forma de cuestionar esos códigos es retratándolos tal cual son, con su belleza y con su crudeza, y dejar que sea la propia historia la que ponga las contradicciones sobre la mesa.
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¿Sientes que Ser un hombre es el proyecto más personal que has hecho hasta ahora? ¿Qué has descubierto sobre ti mismo en el proceso?
Sin duda. Si no hubiese vivido esa cacería de pequeño y me hubiese lanzado a escribir este corto desde fuera habría prejuzgado a los personajes; los habría hecho más duros, crueles y planos sin darme cuenta. El hecho de que mientras escribía estaba visualizando a mi abuelo y a mi padre hacía que les tuviera cariño. Para mí es fundamental no juzgar a tus personajes.
Rodar una historia con un protagonista infantil, perros y armas no debe ser sencillo. ¿Cuál fue la mayor dificultad del rodaje y qué es lo que más disfrutaste?
Niño, animales, alcohol, tabaco y armas; teníamos todo lo que te dicen que evites en un rodaje pero era lo que pedía la historia. Hay que darle todo el mérito al equipo de producción, que hizo un trabajo increíble para que todo fuera seguro para el niño, los animales y para los que estábamos allí. Lo más divertido para mí fue pensar todos los truquillos cinematográficos para que la violencia pareciese real sin que nadie corriese el menor peligro.
El rodaje tuvo lugar en 2024 y, desde entonces, el cortometraje ha seguido su propio recorrido hasta llegar al público. ¿Cómo se vive ese proceso como creador?
La verdad es que es un gozo enorme ver que el corto llega a tanta gente y viaja por tantos países. Lo que más me impresiona es cuando me escribe gente de Irán, Egipto, Estados Unidos, Dinamarca o México contándome sus vivencias de pequeños con la caza y diciéndome que sintieron exactamente lo mismo que yo.
“Tendemos a creernos mucho más modernos de lo que realmente somos. A la hora de la verdad caemos una y otra vez en patrones que llevan siglos repitiéndose.”
Tu familia también se implicó en el rodaje. ¿Qué significó para ti compartir una historia tan personal con ellos y cómo influyó su presencia en la película?
Mi familia ha estado en mis rodajes desde que empecé a hacer cortos con once años. En Ser un hombre estaba mi padre actuando, mi madre en el diseño de vestuario y mi hermana en producción. No solo son grandes profesionales, sino que además me permiten sentirme como en casa, comer con ellos como un día cualquiera, cuando en verdad estamos en un rodaje con sesenta personas en set.
El cortometraje ha sido seleccionado en más de ochenta festivales y ha obtenido más de cuarenta galardones, además de optar a la candidatura a mejor cortometraje en los Premios Forqué. ¿Cómo has vivido esta gran acogida?
Estoy profundamente agradecido por todo el recorrido y el cariño que le está dando la gente. Está siendo un viaje increíble. Ahora a ver qué tal se da la temporada de los Forqué, Goya y Gaudí. ¡A cruzar los dedos y a ver si hay suerte!
¿Te plantearías ampliar Ser un hombre a un largometraje o sientes que el formato corto era el adecuado para contar esta historia?
Para mí la historia de Miguelito se cierra con ese primer cigarro. Eso sí, no he terminado ni mucho menos con el mundo de la caza. De hecho, ahora mismo estoy escribiendo el guion de un thriller rural sobre cazadores.
Después de una película tan ligada a tu propia memoria, ¿hacia dónde te apetece ir como cineasta? ¿Qué nuevos proyectos o preguntas te gustaría abordar en un futuro?
Tengo varios proyectos en marcha. Por un lado está Brucólacos con Filmax, una historia de terror en unas minas españolas del siglo XIX. También estamos con La cuadrilla, junto a Sumendi y La Claqueta, sobre un taxista que se convierte en ladrón. Y por último Working Woman, inspirada en mi madre cuando tenía diecisiete años. Todas nacen de anécdotas familiares y personales aunque cada una se mete en géneros y temas completamente distintos.
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