El director mallorquín Joan Porcel presenta en el D’A Film Festival su nuevo largometraje, La carn, ganador de dos premios en el Festival de Málaga (Zonazine): Biznaga de Plata a la mejor película española y a mejor actor. La película, que se adentra en el universo de las webcams y las conversaciones sexuales online, supone un punto de inflexión en su trayectoria al alejarse del documental creativo y adentrarse en un terreno entre la ficción y lo experimental.
Partiendo de una performance del actor y bailarín Lluís Garau, el film construye un relato íntimo sobre el cuerpo, la identidad y el deseo en el mundo digital, donde la exposición y la búsqueda de conexión emocional conviven con la obsesión. Porcel invita a cuestionar la relación entre lo físico y lo virtual y el impacto de estos espacios en la percepción de uno mismo. Apuesta por una experiencia sensorial y emocional con una mirada crítica hacia la soledad contemporánea y la hiperconectividad.
Hola, Joan, ¿qué tal? Para quienes no te conozcan, ¿cómo te describirías a ti y a tu trabajo?
Me gusta pensar que soy una especie de navaja suiza del cine: escribo, dirijo, produzco o pongo imágenes a las cosas según lo que pida cada proyecto. Vengo de un bagaje más cercano al documental creativo pero en el fondo lo que me interesa es contar historias. El cómo es más bien una consecuencia, no un punto de partida.
La carn forma parte de la programación del D’A Film Festival y se proyectará en el CCCB y en el Zumzeig. ¿Qué significa para ti el estreno de esta película en Barcelona tras su paso por Málaga?
Volver a Barcelona, ciudad donde viví casi diez años, es siempre una alegría. El D’A, además, siempre ha sido para mí el festival de la ciudad; no recuerdo una primavera sin acudir a ver alguna película. Pero más allá de eso, lo que realmente me apetece es poder compartir La carn con amigos y familia. Hay algo muy especial en ver la película en ese contexto, casi como estar en casa.
La carn nace de una performance previa del actor y bailarín Lluís Garau, basada en sus propias experiencias como usuario de la aplicación Chatroulette. Imagino que sí, pero, ¿viste su obra? ¿Qué pensaste tras verla?
Efectivamente, fui al estreno en el Institut del Teatre, donde Lluís presentó la pieza como trabajo final de grado. Recuerdo salir del pase bastante removido, dándole vueltas a la sensación de que todo lo que había visto desde la grada me resonaba con experiencias propias, sobre todo de mi adolescencia. En mayor o menor medida, sentía que también había algo de mí en esa historia.
¿En qué momento decides trabajar con él?
Poco después de ese pase, Lluís me propuso rodar unas piezas para promocionar la obra en distintos teatros. Fue durante el montaje de esa pieza cuando empecé a detectar texturas, acciones y gestos que ya apuntaban a algo más cercano al lenguaje cinematográfico. Ahí es donde vi que el proyecto podía expandirse hacia otro formato.
“Hoy en día, los chavales están solo a un par de clics de encontrarse con cosas mucho más perturbadoras y violentas de lo que mostramos en la película.”
¿Cómo fue el proceso de trasladar esa experiencia escénica al cine?
Fue un proceso bastante orgánico. Al principio partíamos de una mirada muy documental sobre su proceso creativo, en línea con lo que venía haciendo en trabajos anteriores. Pero pronto entendimos que la película necesitaba abrirse a otros lenguajes más cercanos a la ficción y a lo experimental. Ahí decidimos no ponernos límites y movernos en una zona híbrida para poder contar todo aquello que la obra dejaba fuera de campo. En ese sentido, fue también un ejercicio de reescritura: construir un guion que incorporara los espacios, físicos y emocionales, que el teatro no podía abarcar. Ciertamente, la escritura colectiva (junto a Lluís y a Pere Antoni Sastre) hizo ese trabajo mucho más fácil.
¿Las conversaciones que Lluís tiene con los usuarios son reales o existe algún tipo de construcción o puesta en escena?
En el cine siempre hay una puesta en escena, igual que también la hay en la propia obra. Pero las conversaciones parten de experiencias reales dentro de la plataforma. Para nosotros era fundamental que el espectador percibiera esa verdad, esa sensación de estar asistiendo a algo no construido. Casi como si fuera él mismo quien decide adentrarse en esa zona más de internet.
¿Cómo gestionaste las cuestiones legales y éticas a la hora de respetar la privacidad de las personas que aparecen en pantalla dentro de Chatroulette?
Nuestra intención desde el principio fue mantener el anonimato de todos los usuarios del chat: el viaje se debía hacer con Lluís pero siempre respetando la intimidad del resto sin perder la frescura que creíamos que necesitaba la película. Hubo un gran trabajo jurídico y de postproducción detrás para que esto fuera posible: se modificaron los rostros reemplazándolos por otros, se distorsionaron voces, se difuminaron fondos e incluso se recrearon algunas conversaciones con actores. Seguramente habría sido más fácil pixelar caras, pero de alguna manera eso ‘criminalizaba’ a los usuarios y la sensación era muy diferente.
Durante el largometraje hay muchos momentos incómodos, silencios vacíos e imágenes explícitas. ¿Crees que el cine debe ser provocador? ¿O al menos, el tuyo?
Creo que el cine debe ser lo que el creador quiera que sea. En este caso, no tenía sentido hacer una película censurando la vivencia de lo que uno puede encontrar en el internet profundo, ni las relaciones, con sus luces y sombras, que se dan en la red. Hoy en día, los chavales están solo a un par de clics de encontrarse con cosas mucho más perturbadoras y violentas de lo que mostramos en la película.
“En internet cada uno puede ser quien quiera: decides qué mostrar de ti, qué plano te favorece más, qué información das y quién quieres aparentar ser. A priori suena maravilloso. El problema aparece cuando esta vida virtual se convierte en la única.”
En la película, los cuerpos aparecen fragmentados, muchos sin rostro. ¿Crees que la anonimidad digital libera o, por el contrario, convierte el cuerpo en un objeto más consumible?
En internet cada uno puede ser quien quiera: decides qué mostrar de ti, qué plano te favorece más, qué información das y quién quieres aparentar ser. A priori suena maravilloso, y en cierta manera lo es. El problema aparece cuando esta vida virtual se convierte en la única o monopoliza tus relaciones e inquietudes. Entonces puedes obsesionarte con algo que no es real ni tangible. En la película quisimos llevar esto al límite con el personaje de Lluís, y si sirve para que el espectador replantee su relación con la tecnología y lo que le provoca, creo que hemos dado con la tecla adecuada.
¿Cómo crees que afecta a la autoestima y a la percepción del propio cuerpo participar en este tipo de intercambios y conversaciones sexuales con desconocidos?
Como decía antes, no es algo blanco o negro: todo depende de la mesura y de ser conscientes de lo que hacemos y cómo lo hacemos. Los encuentros online pueden ser un espacio para explorar, conocerse y descubrirse a uno mismo, experimentar deseos o identidades que quizá en la vida cotidiana no nos atreveríamos a mostrar. Pero, como todo, también conllevan riesgos. Los cánones de belleza, los roles y la normatividad de los cuerpos pueden generar ansiedad, comparaciones constantes o sensación de insuficiencia. En este contexto, el cuerpo puede convertirse en un objeto que se mide y se juzga, y no siempre es fácil separar esa percepción digital de cómo nos sentimos en la vida real.
Muchos de los usuarios parecen buscar algo más que sexo: validación, atención y compañía. ¿Qué crees que dice esto de la sociedad contemporánea?
Seguramente dice que, aunque vivimos en la era de la hiperconexión, la sociedad nunca ha estado tan sola o tan triste. Quiero pensar que hay algo más y que esto es solo una fase, una crisis pasajera en la historia de la humanidad. Desde luego, no recuerdo mi adolescencia con la misma sensación de aislamiento que veo hoy en muchos jóvenes.
La película retrata, sin filtros, el cuerpo humano como un lugar de búsqueda, y el espacio digital como un territorio donde el alma se pierde y la obsesión toma poder. ¿Qué te interesaba explorar en ese paralelismo entre los dos mundos?
Desde que hago cine siempre me rondaba la idea de hacer una película ambientada en internet. Ver la obra de Lluís y cómo trabaja todo su arte desde el cuerpo me llevó a querer sumergirme en esos universos y explorar ese paralelismo entre el cuerpo físico y el espacio digital. Insisto: si tenéis la oportunidad de ver la performance, no deberíais perdérosla. Ya lo entenderéis todo.
“No es una película redonda ni académicamente perfecta, y no buscábamos que lo fuera. Hay algo de autobiografía, algo experimental, algo que busca incomodar y abrir preguntas sobre la intimidad y la obsesión.”
Me llamó mucho la atención una escena en la que Lluís se graba explicando una agresión sexual que le ha ocurrido en un autobús con un tono, para mí, demasiado ligero. ¿Por qué decidiste tratarlo desde ese lugar?
Ese momento en que Lluís bromea y miente sobre una agresión sexual funciona como llamada de atención sobre dos cosas. Primero, la ligereza con la que algunos hombres que tienen sexo con otros hombres tratan estos temas: aún no existe una conciencia sobre las agresiones sexuales o la violencia dentro del colectivo. Y segundo, llevando esta mentira de manera cómica a canales como TikTok, se evidencia la banalización y el basurero digital en que se están convirtiendo los algoritmos, donde solo triunfa quien genera contenido polémico, controvertido o éticamente reprochable. De alguna manera, se premia lo que, en el fondo, es obsceno.
Tu filmografía suele explorar identidades contemporáneas y procesos creativos. ¿Sientes que este proyecto es un paso más radical en la investigación sobre el cuerpo y el deseo?
Siento que La carn habla mucho más de mí que mis trabajos anteriores. Romper con el cine de no-ficción me ha permitido lanzarme a explorar mis intereses y referentes sin filtros y jugar con formas de narrar que antes no me habría planteado. No es una película redonda ni académicamente perfecta, y no buscábamos que lo fuera. Lo que primó siempre fue la sensación, la emoción, la veracidad de lo que se siente frente a la webcam. Hay algo de autobiografía, algo experimental, algo que busca incomodar y abrir preguntas sobre la intimidad y la obsesión. Esa mezcla es la que le da a la película algo que te hace, espero, reflexionar.
Al final escuchamos a Lluís decir: “Gracias por quedarte, es importante para mí”, un gesto de vulnerabilidad que a veces cuesta decir en voz alta. ¿Crees que todavía existe una empatía real dentro de estos espacios digitales?
Quiero pensar que sí, que siempre queda algo de humanidad detrás de la pantalla aunque vista un pasamontañas y no quiera decirte cómo se llama. Son gestos pequeños que recuerdan que la vulnerabilidad todavía puede existir, incluso en estos espacios tan anónimos.

