El silencio puede ser simbólico, real o, como en Hermanas, ambos al mismo tiempo. Con todo el peso apoyado en esa dualidad llega la ópera prima de Ione Hernández, que, tras su paso por el Festival de Toronto, ha tenido su estreno europeo en la Seminci. Con Emma Suárez y Elena Anaya al frente, el filme ofrece una experiencia más que incómoda en torno a los abusos sexuales dentro de la familia.
Chelo y Marta son hermanas, pero su relación se quiebra cuando el hijo de esta última es acusado de agredir sexualmente a su prima Sofía. La denuncia de Chelo abre una grieta en un hogar que ya presentaba fisuras. A partir de ahí, la película sigue la evolución de unos personajes que se ven empujados a posicionarse ante una situación que no da espacio a respuestas sencillas.
Marta, encarnada por Anaya, atraviesa la transformación más compleja. De la negación inicial y la búsqueda constante de justificaciones pasa a una rabia que dirige contra su hermana, hasta que le resulta imposible defender a su hijo. La hermana de Sofía también justifica inicialmente a su primo y llega a decir que la niña lo buscaba. Se construyen así unos personajes que, aunque su pasado apenas se insinúa, revelan progresivamente su complejidad y las heridas que arrastran.
Aunque los abusos sexuales aparecen de manera recurrente en la prensa, rara vez percibimos su crudeza con tanta cercanía. No obstante, la película evita cualquier gesto morboso: renuncia a mostrar los cuerpos y, sobre todo, se niega a convertir el dolor de la víctima en espectáculo. El agresor no acapara el relato, sino que el foco se desplaza hacia las consecuencias, hacia una familia que se descompone en cuestión de días.
La incertidumbre se mantiene con precisión hasta el final, condicionando la manera en que miramos a cada uno de los personajes. El espectador se ve obligado a construirlos a partir de fragmentos que se desprenden por el camino. En esta línea, el silencio atraviesa toda la película, de manera que lo que no se dice adquiere más peso que las propias palabras.
Elena Anaya brilla por la fragilidad con la que compone a su personaje, una interpretación que concentra buena parte de la tensión emocional del filme y que culmina cuando a Marta no le quedan palabras con las que defender a su hijo. Hermanas no busca la vía fácil, sino que decide mirar de frente cómo un abuso, y el silencio que lo rodea, pueden alterar para siempre los vínculos que creíamos más sólidos.