La belleza siempre ha necesitado un cuerpo donde grabarse. Un cuerpo que obedecer, que esculpir, que corregir. Un cuerpo que, si se niega, se convierte en problema.
Hay un cuerpo inmóvil en el centro de la primera sala. Cubierto de yeso blanco, encarna la Venus de Milo. El ideal. El mármol cobra vida. Lorenza Böttner tenía ocho años cuando trepó a un poste eléctrico para ver un nido de pájaros. Le amputaron los dos brazos. Décadas después bailaba y actuaba en las calles de Kassel y Nueva York, pintaba con los pies y la boca, y se cubría de blanco para preguntarnos, con el cuerpo entero, sin palabras, por qué una escultura mutilada es sublime y un cuerpo humano con la misma condición resulta incómodo. Cuando el público ya no sabía distinguir si lo que tenía delante era mármol o carne, bajaba del escenario y preguntaba: ¿Qué haríais si el arte cobrara vida? La comisaria blanca arias dice que esa pregunta esconde otra, más densa: ¿Por qué aquellos cuerpos que consideramos bellos dentro de un museo no nos lo parecen cuando salimos a la calle?
La exposición El culto a la belleza, que puede visitarse en el CCCB de Barcelona hasta el 8 de noviembre, funciona como un palimpsesto: capas y capas de bellezas superpuestas, las oficiales y las que nunca tuvieron acceso a la representación. La muestra, nacida en la Wellcome Collection y adaptada para Barcelona por las comisarias blanca arias y Júlia Llull, confronta cerca de cuatrocientas obras (pinturas, fotografías, instalaciones, documentos históricos y objetos) para trazar una historia de la belleza que es, ante todo, una historia del poder. De quién nombra. De quién excluye. De qué cuerpos se desean dentro de un museo y cuáles se rechazan en la calle.
La belleza, nos recuerda la exposición, nunca ha sido inocente. Desde la Antigua Grecia, los ideales estéticos han funcionado como instrumentos de control: la piel, el cabello y los contornos del cuerpo como campos de batalla donde se libran guerras que tienen poco que ver con la estética y mucho con la moral, la raza, el género y el mercado. “Bajo la bandera de la belleza se ha producido mucha fealdad”, dice Júlia Llull. Y tiene razón. La historia del canon es también la historia de todo lo que el canon aplastó.
Hay algo en esta exposición que no moraliza ni explica, y eso es exactamente su virtud. Hay una copia casi idéntica de La maja desnuda de Goya a la que el colectivo feminista Peliagudas le ha dibujado los pelos que Goya decidió omitir. Hay una instalación de Xcessive Aesthetics que reproduce los lavabos femeninos de una discoteca, con espejos que son vídeos de TikTok: el mismo espacio que es a la vez sororidad y jaula estética. Hay un Pantone de retratos humanos de Angélica Dass, Humanae, que desmonta el racismo con la sencillez brutal de un sistema de clasificación de colores.
Y hay una dimensión que pocas exposiciones se atreven a explorar: la belleza que se huele. La Fundació Ernesto Ventós ha recreado los perfumes de Tutankamón, Nerón y Napoleón –tres arquetipos del poder masculino reducidos a una esencia, a un rastro en el aire– porque la belleza siempre ha olido a algo, y ese algo siempre ha sido una declaración de estatus. Más radical todavía es Beauty Sensorium, la instalación de Renaissance Goo x Baum & Leahy: imágenes de apotecarios de la Edad Moderna conviven con luces globulares y pociones dispuestas sobre mármol, en una invitación a activar los sentidos y recordar que la alquimia de la belleza lleva siglos siendo un ritual colectivo, casi sagrado.
Pero si hay una obra que pone el cuerpo en el centro sin adornos es The Disobedient Nose, de Shirin Fathi. La artista usa su propio rostro como escenario para explorar el significado político de una nariz que se niega a ser domesticada: Irán es el país con mayor número de rinoplastias del mundo, un procedimiento que ha dejado de ser médico para convertirse en herramienta de identidad social, de desafío al código de vestimenta y de negociación con el poder. Fathi experimenta con prótesis, maquillaje y juego de roles –en un retrato imita a un paciente masculino de las ilustraciones médicas del Renacimiento– para preguntarnos quién decide cuál es la forma correcta de un rostro. La respuesta, como siempre, es política.
Lo que desconcierta –y fascina– de El culto a la belleza es que no tiene cronología. Una técnica india de injertos de piel del siglo XVIII convive con una clínica de Teherán de 2025. Los perfumes de Nerón ocupan el mismo aire que los tutoriales de TikTok. Tutankamón convive con los nuevos iconos de la cultura visual contemporánea. La exposición dice, sin decirlo, que el culto a la belleza no evoluciona: se repite, se disfraza, encuentra nuevos mercados. Hace cien años, las ficciones futuristas ya giraban alrededor de la juventud eterna. Hoy la tecnoaristocracia de Silicon Valley financia la inmortalidad. El disfraz cambia. La obsesión, no.
Lo que hace extraordinaria a esta exposición es precisamente lo que no hace: no propone un nuevo canon más inclusivo para sustituir al anterior. No ofrece la comodidad de una conclusión. Janice Li, comisaria de la versión londinense, lo deja claro: “Si alguien busca un sí o un no, no hay respuesta en la exposición. Lo que es fascinante es la búsqueda, el culto.” La belleza como adicción, como las drogas o como el azúcar, según explicaron los científicos al equipo curatorial. Un deseo que el mercado aprendió hace siglos a explotar y que las redes sociales han convertido en una industria de extracción permanente. TikTok no ha inventado la presión estética; la ha acelerado hasta el vértigo.
Pero la exposición también sabe que los mismos canales que reproducen el canon pueden subvertirlo. Las Barbies de todos los colores y con diversidad funcional, fagocitadas por el capitalismo que vio negocio en la inclusión. La autorrepresentación como herramienta de resistencia que el mercado convierte en tendencia. La paradoja no se resuelve, se habita. Y habitarla, mirarla de frente, es ya un acto político.
Salir del CCCB es salir con los ojos distintos. No mejores, no más sabios: distintos. Pero quizá lo más honesto que puede decirse de esta exposición es lo que propone blanca arias desde el principio: que el verdadero objetivo no es cambiar cómo vemos la belleza, sino ampliar las siluetas de los cuerpos que deseamos, que queremos cuidar, que queremos que nos acompañen en la vida. No es una propuesta pequeña. En un momento en que los cánones se generan por algoritmo y la presión estética empieza antes de la adolescencia, decidir qué cuerpos merecen ser deseados es uno de los actos más políticos que existen. El culto a la belleza lo sabe. Y por eso es, como dice blanca arias, “la propuesta más amable y más radicalmente política que podemos hacer en estos momentos.”
La exposición El culto a la belleza se puede visitar hasta el 8 de noviembre en el CCCB, carrer Montalegre 5, Barcelona.


















