Anselm Kiefer no hace exposiciones pequeñas, ni siquiera cuando caben en un piso. Por primera vez en Barcelona, el artista alemán ocupa el antiguo piso principal de La Pedrera con La vida secreta de las plantas. Anselm Kiefer en la Colección Grothe, hasta el 24 de enero de 2027, un no tan breve resumen de su extensísima obra, comisariado por Walter Smerling a partir de la colección privada de Hans Grothe, una de las más importantes del mundo dedicadas al artista. Entre las piezas destacan las enigmáticas vitrinas de Opus Magnum, que se ven por primera vez en España. Plomo, paja, ceniza y girasoles secos en la casa que Gaudí diseñó para una familia burguesa: una combinación que no debería funcionar. Sin embargo, funciona.
Escrito en la pared por el pulso del propio Kiefer, leemos el nombre de la exposición: The Secret Life of Plants. La sala de La Pedrera, antigua residencia del matrimonio Pere Milà y Roser Segimon, interactúa con la obra como si Gaudí la hubiese diseñado para alojarla. No es ninguna sorpresa: la obra de ambos gira en torno a la espiritualidad, al acercamiento entre la tierra y el cielo a través de la naturaleza y la humanidad. Los dos dedicaron una vida entera a la misma búsqueda, algo mayor que uno mismo. Resumido por Marga Viza, directora del área de cultura de la Fundación La Pedrera, “un retorno al humanismo y a la espiritualidad”. La definición le queda corta a la exposición, pero no se equivoca.
Esa búsqueda tiene una pregunta de fondo, la que define el concepto mismo de humanidad: ¿quiénes somos? Desde las primeras fotografías y los primeros happenings, la obra de Kiefer ha bebido de la cúspide del humanismo: la historia. Kiefer nació en 1945, y la abismal crisis moral que el Holocausto dejó en su Alemania natal lo movilizó hasta convertir la historia en motor y motivo de su obra. La cábala judía también ha sido una constante. Al fin y al cabo, la historia es el mayor sinónimo de humanidad. El día que deje de existir, nosotros tampoco existiremos.
La clave para recorrer la muestra está en su título. Robert Fludd, médico y hermetista inglés del siglo XVII, sostenía que cada planta de la tierra tiene una estrella correspondiente en el firmamento. La planta es, entonces, la mediadora: brota de la tierra, gira buscando la luz, se seca y cae cargada de semillas. En ella conviven la muerte y la regeneración, lo diminuto y lo infinito. Como en el cielo, así en la tierra.
El recorrido arranca con una serie de composiciones sobre religión y mitología, y el comisariado parece avanzar de lo más literal a lo más abstracto. The Secret Life of Plants titula la muestra, pero quienes realmente la coronan son las vitrinas de Opus Magnum. Cada una es un pedazo de historia, un pequeño museo en sí misma, hecho de superposiciones de significados. En Opus Magnum - Athanor, el horno alude al proceso alquímico con el que se buscaba convertir metales simples en oro, y con él a una cierta purificación espiritual. Dada la trayectoria de Kiefer, la imagen también evoca la patológica idea de purificación de la raza que predicaba el nazismo. La figura del horno no deja de ser polémica, pero cada vitrina funciona como una cápsula del tiempo, y este horno recuerda también las bases materiales que generan y alimentan la historia. Preservar la memoria de manera palpable resulta especialmente pertinente en un presente en el que la memoria se ha vuelto volátil: doscientas contraseñas, miles de TikToks al día y una nube que amenaza con borrar tus recuerdos si no pagas la suscripción mensual.
Además de en Opus Magnum, la memoria aparece en uno de los objetos más apreciados por el artista: los libros. Ocupan un espacio consistente e importante de la sala, aunque no se parecen a ningún libro que podamos sostener entre las manos. Kiefer los fabrica con materiales como el plomo (el metal que la alquimia asociaba a Saturno y a la melancolía) o la madera, y los combina con materia orgánica: plantas secas, arena, fotografías, ceniza. Dentro de las vitrinas de Opus Magnum, algunos aparecen directamente quemados, quizás como un recordatorio de los numerosos intentos de borrar las partes difíciles de tragar de la historia. Para Kiefer, el libro guarda la memoria frente al olvido y la destrucción, y el plomo lo convierte en algo menos metafórico, más literal: lo que guarda, pesa. Es una memoria demasiado pesada para levantarla y, quizás por eso, imposible de borrar. La exposición entera se lee como uno de ellos, con su comienzo y su desarrollo.
Del mundo material y extremadamente tangible de Opus Magnum pasamos al plato fuerte: The Secret Life of Plants, for Robert Fludd. Tanto por el tamaño de las piezas como por su tema, el cosmos, una no puede evitar sentirse diminuta. Es el recordatorio de que, a pesar del enorme peso de la historia y del agobio del día a día, seguimos siendo una mota de polvo. La serie trabaja a la vez el macrocosmos, lo infinito, y el microcosmos, el ser humano y los animales, como la pobre oca que Kiefer extrae gráficamente de la teoría de Fludd. Como en la alquimia, vuelve la idea de que la creación y la destrucción conviven en un mismo universo. Son sus dos únicas constantes.
Quizás la forma en que estas obras llegaron a manos de Grothe resume la exposición. El coleccionista compró las catorce piezas que componen la serie ante un Kiefer confundido, que le sugería conformarse con un par. Grothe no cedió: ¿cómo no tener un cosmos propio dentro de su museo? Es un acto de celebración de lo infinito, sí, pero también una paradoja. Una obra que nos recuerda lo pequeños que somos existe completa porque alguien quiso poseer el firmamento entero. Nada de esto le resta fuerza a la sala, ni a la obra de Kiefer, claro, aunque sí recuerda algo incómodo. Hasta el infinito puede comprarse.
Smerling sostiene que Kiefer aporta el sesenta por ciento de la comprensión de su obra y que el cuarenta por ciento restante le toca al visitante. Es un reparto generoso para un artista que, según sus propias palabras, “solo tiene fe en el arte, ya que sin él estaría perdido” (Over Your Cities Grass Will Grow, Sophie Fiennes). La vida secreta de las plantas deja ese cuarenta por ciento en manos de quien la recorre. Y vale la pena hacerlo: explorar ese cuarenta por ciento, romperse la cabeza en busca de significado. ¿O acaso no lo hacemos ya todos los días?
La exposición La vida secreta de las plantas. Anselm Kiefer en la Colección Grothe puede visitarse hasta el 24 de enero de 2027 en La Pedrera, Barcelona.
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