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Si bien es cierto que Ibiza es mundialmente conocida por sus fiestas desenfrenadas y las celebrities en yates durante el verano, también tuvo una época dorada donde los hippies campaban a sus anchas, desnudos y libres. Y, aunque no lo parezca, todavía hay familias y personas que siguen un estilo de vida fuera del sistema convencional. La fotógrafa Valentine Riccardi lleva viviendo con ellos desde los dieciocho años, cuando se mudó desde su natal Bélgica para quedarse en la isla que le robó el corazón. Hoy hablamos con ella sobre sus primeros años desnuda en la playa, las relaciones que ha forjado a lo largo de estos años, y por qué cada vez le llama más la atención vivir en una gran ciudad.
¿Cuándo viniste a Ibiza por primera vez?
La primera vez que vine fue en 2004, con dieciséis años, de vacaciones con cuatro amigas. Vinimos a la casa de los padres de una de ellas, una casita sin electricidad en medio del campo en el sur de la isla. Nos tiramos dos semanas en pelotas y haciendo autostop. Éramos jóvenes y guapas, libres; nos lo pasábamos súper bien. Vi una parte de la isla, un estilo de vida, que me encantó; cierta libertad que me llamó la atención. Enseguida supe que volvería.
Conocimos a un grupo de chicos que hacía temporada aquí. Tenían como dieciocho o veinte años y nos llevaron a los sitios más increíbles de la isla. Era subirse a un coche y sin saber adónde íbamos, acabábamos en un lugar mejor que el anterior. Yo todavía estaba estudiando en Bruselas, así que volví para acabar el bachillerato artístico. Pero regresé al año siguiente, también con una amiga. Nos quedamos un mes en un camping. La isla para mí seguía siendo un mundo nuevo, una puerta que me apetecía cruzar para ver qué había detrás; vivirla un poco más. A los dieciocho mi madre me dijo: “Haz lo que quieras en la vida, pero haz algo y hazlo de verdad”, así que en cuanto acabé secundaria me vine para aquí, en un principio, para estar un año como mucho para aprender español y estar en el campo. Pero aquí sigo…
¿Qué pasó, por qué te quedaste?
Porque me enamoré primero de la isla y luego de un madrileño, y eso hizo que me quedara. Pero también mi llegada fue bastante buena. Estaba con una amiga belga que en un principio se iba a venir conmigo dos semanas de vacaciones y al final se quedó seis meses. Al principio vivíamos en una playa, vendíamos zumos de naranja y dormíamos en una hamaca. Íbamos conociendo gente poco a poco.
Un día conocimos a un grupo de chicos que estaban okupando una casa en San Miguel, y al mes de estar en la playa nos dijeron que si nos queríamos mudar con ellos. Nos invitaron a esa casa y ahí nos quedamos. Era una comunidad en la que vivían veinticinco personas. Había un tipi, una yurta, caravanas, furgonetas. Lo que me llamó mucho la atención es que vivíamos con lo mínimo y nos apañábamos muy bien con lo poquito que teníamos. Yo trabajaba poco pero también gastaba poco, así que no me hacía falta mucho. Lo que hacíamos en general era reciclar de los contenedores de los supermercados: recogíamos suficiente comida para cocinar para los veinticinco de la casa.
Vivíamos de trabajos pequeños. Había muchos clowns, payasos que hacían animaciones por la calle. Había un sentido de comunidad que era algo nuevo para mí. Yo acababa de salir de casa de mi madre y me vi sola enfrentada a otra cultura, a otro idioma, a otro estilo de vida; y eso me gustó mucho. Y desde entonces me quedé. Ha habido cambios, evolución, pero sigo percibiendo ese sentido de comunidad en la isla de alguna manera.

¿Cuándo te empezaste a interesar por la fotografía?
Empecé cuando estudiaba Bellas Artes en secundaria. Me inscribí en un concurso de fotografía organizado por el Ministerio de Cultura belga sobre los cementerios de Bruselas. Mi madre, que siempre tenía cámaras analógicas que usaba por placer, me dejó la suya y me explicó vagamente cómo funcionaba. Ese fue mi primer carrete, y desde entonces no he dejado de hacer fotos.
Acabé convenciendo a mi madre de que me regalara su cámara y en Bélgica hacía muchas fotos de mis amigos, la llevaba a todos lados. Y luego, cuando vine a España, me la traje. Y aquí empecé a fotografiar lo que me rodeaba. Hacía retratos de mis amigos y me interesaba capturar lo que hacíamos, así que tengo fotos de nosotros de hace más de diez años. Pero entonces no pensaba que algún día iba a vivir de la fotografía, siempre lo he hecho por placer.
¿Qué te inspira o qué historias te interesa contar?
A mí en general me gusta hacer retratos, es lo que más disfruto. También siento que la foto, de alguna manera, me permite relacionarme y crear un puente con las personas, un cierto tipo de relación. Lo que me interesa en el retrato es la intimidad que se genera a la hora de fotografiar a la gente. Y bueno, de alguna manera aprendo más sobre el otro. Siento que me está prestando su imagen pero que también se está abriendo personalmente, porque a la hora de retratar compartimos, hablamos. Esto es algo que me hace sentir más cercana con lo que fotografío. Necesito esa cercanía para yo también sentirme a gusto.
Has vivido también en Nueva York.
Sí, me fui en 2007 a hacer un curso de fotografía porque mi padre vivía ahí. Hice un curso intensivo de tres meses y aprendí a revelar en blanco y negro y a usar Photoshop de manera muy básica, pero ahí me di cuenta de que quería aprender más. Y al volver seguí haciendo fotos. Luego, en 2009, volví a estudiar en Nueva York, pero esta vez me quedé dos años. Allí hice un trabajo bastante conceptual que también estaba basado en el retrato.
Trabajaba con gente que llevaba gomas de pollo y jugaba un poco con la tensión, el cuerpo, y les pedía que se desnudaran. A raíz de eso tuve una revisión de mi portfolio con una fotógrafa que se llamaba Mary Ellen Mark pocos años antes de su muerte. Era una de las pocas mujeres reporteras en los años 60 y le presenté ese proyecto de las gomas. Me reventó y me dijo: "Esto es inútil, es absurdo. No entiendo lo que estás contando, y además está mal hecho.” Me machacó, pero entonces le enseñé las pocas fotos que había traído de Ibiza y me dijo que ese material era una mina de oro. “Son tus amigos, tienes acceso a ellos, vives con ellos. Es un estilo de vida diferente, es una isla famosa pero que no conocemos así.” Y me iluminó. De repente me dije, claro, lo que tengo aquí es brutal.

Estas fotos son de tu serie Tales of an Island: la visión de alguien que vive allí, que está dentro. Son bastante únicas. No sé si hay otros fotógrafos en Ibiza que hayan hecho un trabajo parecido en otra época que tú conozcas. 
Yo sé que hay mucha gente que ha fotografiado a los hippies de Ibiza, pero no sé hasta qué punto vivían con ellos y era algo que conocían o si era gente de fuera que venía a fotografiar esto. A mí siempre me ha interesado la gente. Siempre me han impresionado los fotógrafos que tienen la capacidad de ser sinceros y personales a través de las imágenes que crean. Es una manera de poder valorar simplemente lo que te rodea, tu intimidad, tu historia personal y lo que mejor conoces, porque es tu vida.
Muchos reporteros buscan historias ajenas a ellos y documentan lo que ven sin tener la necesidad de compartir una historia personal con lo que ven. Para mí es importante sentirme parte de lo que fotografío, porque en el fondo es una manera de recordar. Creo que al documentar lo que sea, por muy objetivo y honesto que quieras ser, siempre hay un punto de subjetividad, un toque personal. En ese momento decisivo en el que haces la toma puede cambiar toda la historia según el ángulo y el segundo en el que la has tomado. Me interesa mucho que la línea entre la ficción y el documental sea muy fina.
Llama la atención de tus fotos lo naturales que son, no pretenden estilizar el estilo de vida hippie.
A mí me gusta intentar dejar las cosas lo más naturales posible. No busco una belleza estética de código marcado por la sociedad; busco lo que es. Pero no quiero decir que yo no intervenga a la hora de fotografiar. Es decir, la escena está, pero yo me voy a implicar de alguna manera. Igual digo, "a ver, aquí hay una luz bonita, ven aquí". Pero la escena ya existía, así que no sé hasta qué punto es foto-documental. Creo que hay un punto de ficción, qué me interesa contar o qué busco en esto.
También hay una parte estética. Me inspira mucho la pintura. Por ejemplo, Caravaggio me encanta, tiene mucho juego de luces y sombras y un punto bastante dramático (a mí el drama me gusta). Siempre hay mucha soledad en mis fotos, y es curioso porque luego no estoy nunca sola. Al final lo que veo es que lo que estoy haciendo me sirve de alguna manera de diario. Me permite recordar. Nos lo permite a todos, recordar una época que igual a veces entrañamos. Las fotos están ahí, tenemos algo que apoya esos recuerdos.
También haces retratos con una minutera, ¿cómo surgió la idea de fabricar una cámara minutera afgana?
Cuando volví de Nueva York seguí haciendo fotos, pero aún no vivía de la fotografía, sino que lo hacía de la hostelería y seguía con mis proyectos. Vivir plenamente de la foto es complicado y hay meses en los que ganas dinero y otros en los que tienes que sustentarte, así que buscas otras maneras de sacar pasta. Un día vi por internet, en Kickstarter, a un chico que hablaba de cómo fabricar las afgan box, minuteras afganas, porque decía que estaban desapareciendo. Explicaba que en Kabul en los años 60 igual había trescientas personas haciéndolo, pero que hoy en día quedaban unas diez. Él quiso hacer que renaciera esa técnica porque es muy interesante y, además, a nivel histórico también tiene peso.
Enseguida pensé que eso era para mí porque yo siempre he trabajado con foto analógica, con retratos, y revelaba en blanco y negro, así que era como una extensión de lo que hacía. Pero no lo puse en marcha hasta unos años después, cuando me propusieron montar un puesto de fotografía en el mercado de Las Dalias en San Carlos. Necesitaban un fotógrafo y querían que, a cambio, ese fotógrafo tuviera un puesto. Y ahí fue cuando les propuse fabricar una minutera y montar un puesto vendiendo retratos hechos en el momento. Les encantó la idea y fue para adelante. La minutera me ha permitido vivir de la fotografía y hacer lo que amo con una entrada de dinero más o menos constante. Digo más o menos porque trabajo aquí seis meses al año.

¿Cómo es el invierno en Ibiza?
Cada invierno es un mundo. He estado emparejada nueve años y éramos muy caseros, nos quedábamos siempre en la isla. Pero desde que se acabó mi relación tengo el culo un poco inquieto y necesito viajar un poco más y ver mundo. Hacer cosas que igual ya he hecho, porque estando en pareja también viajábamos, pero cambia algo, no sé. Me escucho más, hay menos compromiso; soy más independiente, vaya.
El invierno en Ibiza es lo opuesto al verano: es tranquilidad absoluta. Y esta tranquilidad es muy valiosa pero la tienes que querer. Si no te apetece vivir un invierno o tener una vida así no hay nada que hacer. Es mucha vida de campo. Estás cerca de la tierra, te lees un buen libro, enciendes la chimenea, ves películas, dedicas tiempo a cocinar (que en su momento me encantó), etc. Pero ahora siento que necesito más estímulos. Creo que, ahora mismo, la ciudad es la que más me aporta. Así que no sé si hay un invierno estándar porque al trabajar de temporera lo que sucede es que cada seis meses más o menos te tienes que reformular o poner en cuestión; tienes que ver un poco qué es lo que quieres. Si quieres viajar o quedarte en la isla, instalarte en otro sitio, etc.
Ahora que estás en un punto en el que ya has conseguido vivir de lo que te apasiona, ¿qué planes tienes de aquí a unos años en relación a la fotografía?
Quiero seguir avanzando con mis proyectos. Me gusta la idea de trabajar más en editorial, de tener encargos. Y seguir haciendo proyectos también con la minutera, pero con un concepto. Los temas que me interesan siguen siendo la gente de la isla, gente que vive de manera alternativa: familias que tienen hijos que no van al cole, por ejemplo, o que tienen una educación que está fuera del sistema tradicional, que hacen home schooling, que están también más cerca del campo, o mujeres que igual quieren parir en casa.
Ahora te digo todo esto porque estoy con el proyecto de hacer retratos de familias que valoro mucho por el estilo de vida que llevan y las decisiones que toman acerca de la educación que quieren dar a sus hijos. Parejas jóvenes que tienen ya tres criaturas, que viven en una caravana, etc. La idea es hacer retratos muy clásicos en blanco y negro con la minutera. Es documental porque es gente que de verdad vive así, pero tiene un punto de ficción porque quiero que sea muy atemporal y que no se sepa ni dónde ni cuándo se les ha fotografiado. Que el espectador pueda interpretar como quiera la foto sin que yo dé ninguna información práctica, a nivel de tiempo y geolocalización.
¿Qué perspectivas tienes de trabajo?
El verano pasado conocí a un galerista de Arles, en el sur de Francia, con quien estoy trabajando. Estoy encantada porque se me está presentando la oportunidad de preparar exposiciones y que se muevan. La última fue en un festival que tiene lugar cada año en Arles, La rencontre de la Photographie, donde expuse mi proyecto No rent, que luego viajó a Le Pouligan, otra ciudad de Francia. Luego estoy con una agencia en Estados Unidos que también me está moviendo proyectos. A veces, revistas u otras agencias compran el proyecto y se va moviendo. Aunque de momento es algo esporádico, solo un extra. De vez en cuando también tengo encargos. Ven mi trabajo, les interesa y me salen reportajes.
El invierno que viene me gustaría mudarme a Madrid porque mi plan ahora es seguir con estos proyectos que tengo pero también trabajar menos en verano. Madrid creo que es un sitio con posibilidades. Es una ciudad muy divertida, la siento muy mía porque también viví allí un año de mi vida. En un momento dado me voy con la minutera y me pongo en la calle. Me buscaré la vida, eso no me preocupa mucho. Confío en el destino.

Texto
María S. Torregrosa

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