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No son pocos los creativos de nuestro país que han nacido en una generación, como poco, complicada. Revolución tecnológica, crisis económica, inestabilidad… Sin embargo, este cambio de paradigma no necesariamente supone un paso hacia atrás o un giro a peor. Muchas son las mentes que demuestran que, frente a las dificultades, la creatividad puede verse estimulada y los resultados son frescos, modernos, y muy especiales. Marta Cerdà es una diseñadora y artista gráfica de su tiempo, y a través de sus obras –y, ahora, de sus propias palabras–, descubrimos más sobre su oficio, tanto los altibajos como las maravillas que esconde.
Eres diseñadora gráfica, directora de arte, ilustradora… ¿Cómo empezó todo?
Empezó con mucha curiosidad por el mundo del arte. De adolescente disfrutaba yendo a exposiciones, pero también consumía muchas películas indie, música underground, todo lo que estuviera fuera del circuito comercial más evidente y que tuviera un componente de expresión personal fuerte. A partir de ahí, la curiosidad por el arte plástico fue creciendo hasta que me planteé dedicarme a algo relacionado con este universo. Decidí ir por un camino activo, no teórico, por un tema de personalidad, por un deseo de hacer algo con lo que yo también me pudiera expresar. El diseño me pareció la opción más segura, porque no sabía si tendría habilidades plásticas cuando empecé; hoy en día no hace falta tenerlas para dedicarte a esto, así que me pareció la opción más sensata. Al final, el resto de disciplinas siempre han entrado dentro del paraguas del diseño gráfico. Hoy en día, nos especializamos tanto que parece que solo puedas trabajar con una de las especialidades del diseño, cuando esto es relativamente nuevo. 
Ese deseo de expresar, que ya de entrada se decantó por un camino más activo que teórico, probablemente tendría algunas influencias. ¿Algún evento en especial? ¿Algún artista en el que te inspiraras?
Recuerdo que la exposición que más me impactó fue la de Egon Schiele en el ‘98 en el Museu Picasso, a la que me llevó mi tía. Recuerdo que lloré por primera vez delante de una obra de arte. El cuadro parecía representar una madre muerta con un bebé entre sus manos, era estremecedor. Empecé a dibujar con más intensidad a raíz de esa exposición. Intentaba imitar su estilo, pero era muy mala (risas).
Y, en cuanto a cine, ¿qué película te impactó más?
Solía ir los viernes al cineclub de mi pueblo, donde proyectaban pelis de autor. Las que recuerdo con más impacto, en el sentido literal, fueron las de Lars Von Trier, en concreto la incómoda Los idiotas. Me costó comprenderla, hasta que mi hermana tuvo un derrame cerebral, también en el ‘98, y estuvo unos meses mal, muy mal. No podía hablar con fluidez ni caminar bien, pero se reía de todo y decía lo que se le pasaba por la cabeza, sin filtro, a saco. Cuando salíamos a la calle o íbamos a una consulta y había gente al lado muy estirada que se incomodaba con su presencia, nos reíamos un montón. Vi cosas que no habría imaginado ver con mis ojos.

En 2008 ganaste el premio ADC Young Guns. ¿Qué supuso para ti, personal y profesionalmente, este reconocimiento internacional?
Fue el respaldo psicológico que necesitaba justo en el momento en el que estaba a punto de ponerme a trabajar 100 % por mi cuenta. También me ayudó a abrir algunas puertas en Estados Unidos, y me permitió enseñar el book aquel año.
Por desgracia, la crisis se instaló entre nosotros y, sin duda, nos ha hecho cambiar muchas cosas. ¿Cuánto pesó esta realidad económica en tu decisión de convertirte en freelance?
Después de estar seis años trabajando en diferentes equipos entre Alemania y Barcelona, empecé a tener ganas de empezar un proyecto propio, me sentía con la energía y la motivación para luchar por ello. Eso fue a finales del 2008, y la crisis ya empezaba a sacar cabeza. En parte, pienso que fue positivo empezar en ese momento porque no me pilló por sorpresa, digamos que nací en ella.
¿En qué aspectos crees que fue positiva aquella decisión?
Supongo que, si hubiera empezado cinco años antes, cuando había mucho más trabajo y mejor pagado, hubiera notado el cambio. Pero aparte de esto, también me obligó a mirar hacia fuera; en enero de 2009 hice mi primer viaje a Estados Unidos con el book bajo el brazo, busqué agente en el Reino Unido e hice la web en inglés; todo con la idea de una internacionalización y de tener algo de visibilidad fuera del mercado español.
Has dado conferencias en Pekín, Nueva York, México y Barcelona. ¿Qué es lo que más te gusta de ellas? ¿Cuál destacarías?
Es un momento en el que puedes explicarte, en el que puedes enseñar todo el proceso y pensamiento que hay detrás de cada proyecto. Es también una gran oportunidad para compartir, tanto con el público como con otros conferenciantes. Siempre son muy diferentes. Por ejemplo, el público en cada país reacciona de manera diferente, y cada tipo de público, según si es más estudiantil o profesional, también es distinto, por lo que debes modular un poco el discurso. Quizás destacaría México, ya que la primera vez que fui allí a dar un workshop fue hace al menos siete años, y la última fue hace dos. Cada vez que voy me sorprende lo mucho que están avanzando a nivel de diseño, hay propuestas muy interesantes, como la de los chicos de Futura.

También llevas a cabo diversos proyectos tipográficos. ¿Cómo es el proceso? ¿Sigues algún sistema o método en especial? 
Sí, en general son proyectos de lettering que consisten en dibujar letras que convivan en un contexto específico. Por lo general empiezo investigando, buscando referencias históricas que me puedan servir como chispa para empezar. Cuando tengo ya varias referencias, hago un mapa visual y a partir de ahí empiezo. A veces a mano, a veces directamente a ordenador. El proceso casi siempre se produce a base de ensayo y error. Pruebo, guardo, cambio y sigo. Suelo tener documentos repletos de pruebas, en las que van cambiando detalles hasta que llego a la imagen final.
¿Crees que el diseño gráfico ha cambiado la concepción del producto artesanal?
Hoy en día se está hibridando lo artesanal y lo digital. Han sido muchos años de un gran auge de lo digital, lo tecnológico y creo que, desde ya hace unos años, hay una necesidad de volver a la tradición. La calidad de lo artesanal es imposible de igualar con un ordenador, sobre todo la calidez. De ahí la vuelta a los orígenes, pero desde el presente, desde la tecnología.
¿Cómo describirías la relación que estableces con el receptor de tu trabajo?
Bajo mi punto de vista, lo primero y lo más importante es llamar la atención del receptor. Hoy en día, con tantos estímulos, es difícil, pero ese sería mi primer objetivo. Una vez captada la atención, hay que contar algo, la pieza tiene que narrar alguna cosa. Me gusta que sean piezas que puedas mirar varias veces e ir descubriendo detalles nuevos, que tengan algo de profundidad. Intento buscar siempre un equilibrio entre forma y contenido para estimular al receptor.
¿Qué encargos, workshops o proyectos personales han supuesto un reto para ti?
¡Todos son un reto! Este es un tema importante, quizás lo más difícil de mantener durante el paso de los años: la motivación. Sin reto, no hay motivación. Si un proyecto me es fácil y rápido de resolver, es porque o bien he tenido mucha suerte y ha venido la idea y ejecución, o bien porque no me he esforzado lo suficiente para ir más allá. Hubo una época en la que empecé a desmotivarme, y lo que hice fue aprender nuevas técnicas, entré en el mundo del 3D y cinema4D. Ahora también estoy aprendiendo a hacer pequeñas animaciones poco a poco. De esta manera, puedo solucionar proyectos nuevos con ejecuciones que requerían un esfuerzo mayor por mi parte, pero que también suponían un reto y me proporcionaban mayor motivación.


Texto
Paula Rodríguez

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