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Durante los años 70, Argentina se vio envuelta en una oleada de robos y crímenes. Con un rostro angelical y una mirada maliciosa, Carlos Robledo Puch se convirtió, con tan solo 20 años, en el asesino en serie más famoso a nivel nacional. Producida por El Deseo, la película El Ángel, que está en las salas de cine españolas desde el 31 de octubre, ahonda en las contradicciones que plantea el hecho de que exista un homicida con apariencia de querubín. Hablamos con Luis Ortega, su director, quien se cuestiona el sentido o sinsentido de la vida con una película en la que se entrelaza su historia personal con la del criminal que sacudió la historia de todo un país.
La idea de realizar esta película viene tras la lectura del libro El ángel negro, de Rodolfo Palacios. A la hora de construir tanto el personaje principal como los demás, ¿te basaste únicamente en las conclusiones extraídas del libro para reinterpretar la historia, o recurriste a otras fuentes para acercarte aún más a la realidad del momento?
El libro es maravilloso, no se puede dejar de leer, pero la verdad es que no tiene mucho que ver con la película. Esto es una versión completamente libre de un caso que salió en los diarios hace cincuenta años. Hicimos toda la investigación correspondiente, como hablar con los amigos de la infancia y vecinos, pero para mí siempre fue una película de ficción. No tengo ningún interés en retratar a nadie en particular. Es solo como me lo imaginé.
Entonces, ¿no consideras esta película un biopic?
No, odio las biopics. Son artificiales y condescendientes. Es un género horrible.
No cabe ninguna duda de que Lorenzo Ferro, el actor protagonista, guarda un asombroso parecido con el asesino original, Carlos Robledo Puch. ¿Cómo descubriste esta nueva cara que acaba de debutar? Por lo que sé, es hijo de un actor pero no se había planteado trabajar en el mundo de la interpretación.
No quería trabajar con nadie conocido para este papel. Quería una cara completamente nueva, y si no había actuado nunca, mejor. Me interesaba crear una manera de ser, de existir, que no tenía que ver con la interpretación de un actor. Esto solo se pudo dar porque Lorenzo tenía 16 años cuando lo conocí y todavía no estaba formado como persona. Y también porque él, aparte de talento, demostró mucho coraje para afrontar la rigurosidad de los ensayos. Fue el primero de mil chicos que vinieron. Yo supe que era él, pero tuve que ver los otros novecientos noventa y nueve solo para tener las pruebas sobre la mesa.

¿De qué forma le transmitiste el personaje a Lorenzo? ¿Cómo fue el proceso de inmersión en el papel del asesino más famoso de Argentina?
Sobre todo, hablamos y bailamos mucho, porque más que un asesino en serie lo pensamos como un ladrón bailarín. Fue un entrenamiento de seis meses. Lorenzo entraba a robar a mi casa como si yo no estuviera ahí, y yo lo filmaba y lo iba guiando. Así se acostumbró a actuar con mi voz encima. Después salíamos a la calle a ver el espectáculo triste de la humanidad, y cómo las personas actúan y sobreactúan el personaje que les toca, lo que ellos creen que está bien. En Buenos Aires, vas al teatro a ver una obra ‘seria’ y los espectadores sobreactúan, se auto inducen al llanto o a la risa. Es realmente patético. Una especie de psicosis colectiva.
Disparar contra esa locura sería casi un acto de sensatez porque parecería que la realidad está montada sobre una farsa diabólica, y el personaje de Carlitos percibe todo eso como una burla, como si estuvieran poniendo a prueba su inteligencia. Pero ahí ya entra a jugar el fantasma de la libertad –o la interpretación que uno hace de la libertad, que puede ser peligrosa. En el caso de Carlos, es como un mono con navaja. Para todo este proceso de ensayos también trabajamos mucho con Alejandro Catalán, que es un gran maestro de actores y con quien compartimos puntos de vista.
En El ángel, la muerte queda representada  de forma naif, como el deseo de un adolescente en cuyo mundo no existen ni el bien ni el mal. ¿Cuáles fueron los retos de llevar este sentimiento a la pantalla?
Para Carlitos, el mundo es una película, con lo cual, el bien y el mal son juguetes de ese artificio. La muerte es parte de ese artificio. No cree que exista realmente algo como ‘morir’. Partiendo de esa base, la pureza de su propia percepción hace que uno termine por ver todo como lo ve él.
Como he podido leer, el asesino original está molesto con esta película porque se pone en duda su sexualidad. ¿Qué opinas al respecto? ¿Por qué decidiste retratarlo de esta forma?
Por lo que sé, tuvo varios maridos en la cárcel –pero también es homofóbico. Yo lo que quise es, por encima de todo, retratar una historia de amor. Si es entre dos hombres me da igual.

El filme está producido por El Deseo, y es imposible no asociar algunos momentos de la película a la estética almodovariana. ¿A nivel visual, cuáles han sido tus referencias además de las películas de Almodóvar?
Creo que eso sucede porque ya sabes que la produjo El Deseo, pero es una estética bien distinta. Por supuesto que hay películas geniales que se te meten en el sistema y van a afectar la tuya, aunque sea involuntariamente. Visualmente trabajamos mas con la idea del cine de los 70 y el Kodak Chrome, las diapositivas y algunas pinturas.
Sin duda, la selección de referencias musicales de la banda sonora en determinados momentos de la película es acertadísima a la hora de acompañar la narración. ¿Te encargaste también de esta cuidada selección? ¿Cómo fue el proceso?
Sí, claro. Es el rock argentino que a mí me gusta. Casi todas son canciones favoritas mías que escuché durante toda mi adolescencia. Pero el mayor hallazgo fue Moondog, un músico de los años 50 que era un vagabundo ciego y vivía en la calle. De él usé diez instrumentales, uno mejor que el otro. Entre ellos está Bird’s Lament, que es una canción para Charlie Parker.
El ángel se encuentra entre las dieciséis candidatas a la mejor película Iberoamericana en los Goya, ¿qué supondría para ti ganar este premio?
Sería hermoso porque Goya es lo máximo.
Después de tantísimo éxito, ¿cuál es el próximo reto de Luis Ortega?
No suicidarme y hacer otra película que ya estoy escribiendo.

Texto
Cristina Címbora

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