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Julia Solomonoff vivió en Nueva York mientras estudiaba en la universidad y regresó a Argentina, su país natal, en un momento de crisis. Y sin embargo, no se arrepiente de nada. Ahora reside otra vez en la ciudad norteamericana, y su experiencia personal la ha llevado a escribir y dirigir Nadie nos mira, un film que se estrenará en España el 8 de junio pero del que ya hemos podido disfrutar en el D’A Film Festival.

¿Y de qué trata exactamente? La película gira en torno a Nico, un actor de éxito en Argentina que abandona Buenos Aires para escapar de una relación tóxica. Pero en Nueva York, donde se refugia, las cosas no le van bien: sobrevive a base de trabajos irregulares mal pagados y de pequeños hurtos. Y sin embargo, sigue proyectando una imagen de éxito a su alrededor para autoengañarse y conseguir que sus más allegados no se preocupen.

Pero tranquilos, no se trata de un melodrama que os dejará secos de tanto llorar. Julia ha conseguido tratar el tema con toques de humor, con un aire de familiaridad y cotidianeidad que convierten el film en una crítica mordaz, sutil e inteligente del sueño –o pesadilla– americano. A su paso por Barcelona aprovechamos para sentarnos con ella y profundizar más en la trama, hablar sobre los prejuicios en la industria cinematográfica, y de cómo ha vivido como mujer e inmigrante latina la victoria electoral de Trump.

Empezaste haciendo cortos, luego llegaron los largometrajes. Y entre tu último film, El último verano de la Boyita (2009), y tu obra más reciente, Nadie nos mira (2017), han pasado ocho años. ¿En qué has estado metida durante este tiempo?
Es una pregunta un poco difícil. Me mudé de Buenos Aries a Nueva York nuevamente, he estado criando dos hijos, hice una serie de documentales sobre el río Paraná para el canal televisivo Encuentro, di clases, escribí esta película y, sobre todo, busqué la financiación para hacerla –que fue muy complicado porque es mi primer film fuera de Argentina.
Nadie nos mira tiene lugar en Nueva York, donde tú misma resides desde hace algunos años. ¿Hay algo de autobiográfico en la película?
¡Hay mucho! (risas) En realidad tiene más que ver con mi primera etapa en Nueva York, que fue cuando me fui a estudiar y, de alguna manera, también estaba escapando de una relación tóxica. Trabajé de niñera, de camarera, etc.; básicamente hice casi todas las mismas cosas que Nico. En 2001 regresé a Argentina. Era un momento muy crítico y todo el mundo me decía que era una mala idea, pero nunca me arrepentí de hacerlo. Para mí fue un momento de mucho crecimiento, y gracias a eso pude hacer mis dos largometrajes –Hermanas y El último verano de la Boyita– y encontrar una comunidad creativa de pares que fue muy estimulante a pesar de vivir un momento difícil.
Luego me convocaron para dar clases en la Columbia University, que es donde había estudiado, y después también en la New York University, así que volví a la ciudad como profesora y como madre. A la vuelta empecé a observar, justamente en los parques –donde muchas escenas de la película tienen lugar–, las cosas desde un ángulo un poco distinto. Esa perspectiva me ayudó a reconectarme con la historia del film. Sin embargo, te diré que hasta hace muy poco no se me ha ido ese malestar en la cultura, que es el motor que me llevó a hacer Nadie nos mira. 
La historia se centra en Nico, un actor argentino que huye de Buenos Aires para acabar con una relación tóxica con su productor y decide probar suerte en Nueva York. Y las cosas le van mal: sobrevive de pequeños hurtos y trabajos esporádicos como canguro, camarero, host de apartamentos, etc. La temática se aleja bastante de tus primeros dos largometrajes. Cuéntame un poco más sobre cómo surgió el guión y cómo se ha ido desarrollando hasta el resultado que vemos en pantalla.
En las primeras versiones la relación tóxica era mucho menos visible, creo que porque me costaba más relacionarme con esa parte. Había muchas más escenas de Nico haciendo de niñero del bebé, en el parque con las otras niñeras, etc. Todo eso era más preeminente; casi te diría que era una peli de comparación cultural entre el mundo latino y el anglosajón, el sentirse un poco de fuera. Pero eso no tensionaba nada. Hacía muchas observaciones reales, interesantes e inteligentes, pero emocionalmente estaba esquivando el bulto de la película. Empezó a ser mucho más fuerte cuando el compromiso fue el de contar las verdaderas razones de la huida de Nico.
También creo que algo se formó mientras hacíamos la película. Nico busca el reconocimiento, el éxito, ser una celebridad, más que encontrar una comunidad de iguales. Eso se me apareció muy hacia el final, ya casi con todo filmado. Empecé a ver cuáles eran las opciones que él tenía, y eso me llevó a entender por qué la película no es una historia norteamericana, en qué se diferencia mi mirada, y por qué había ciertos productores que nunca la producirían: Nico nunca acabaría en Hollywood triunfando –que es lo que mucha gente, tras leer el guión, me pidió que hiciera–, ni tampoco deportado.
Para mí, la oportunidad que me brindaba un personaje como Nico –que no es un refugiado político, ni un exiliado económico, ni alguien que viene de una situación extrema, sino que tiene una casa a la que siempre puede volver– es que me permitía hablar del desarraigo y de la pertenencia de una manera menos urgente, menos dramática, incluso con ciertos toques de humor. Podía ser más existencialista en la manera de aproximarme al tema, no como otras historias sobre inmigración en las que al concederle la Green Card se resuelve todo –que me parece un reduccionismo muy fuerte.
Cuando me di cuenta que mi mirada era tan distinta fue una liberación. Mi película no era norteamericana; ahora tampoco sé si es argentina o latina, pero definitivamente extranjera en Estados Unidos. Y es así porque no iba a seguir ninguna de las dos corrientes, ni el de la deportación ni el de la asimilación del éxito individual y el gran sueño americano. Eso me ayudó mucho pero tardé en darme cuenta.

“Hay algo en la narrativa de la inmigración que reduce la gente a su función, y hay algo muy colonialista en negarlos como personas. Sí, necesitan trabajo, papeles y comida, pero también cultura, lenguaje, amor, pertenencia, libertad.”
A pesar de las circunstancias del protagonista, el enfoque que le has dado a la película no es trágico o melodramático. ¿Por qué decidiste hacerlo así?
Para mí eso es súper importante porque hay historias muy dramáticas, muy reales, que están sucediendo hoy, y me parecía casi una falta de respeto tomar a un chico rubio, actor, de clase media y ponerlo como si fuera un caso dramático como el de alguna familia que va a ser separada o deportada. Obviamente soy muy consciente de la realidad. También pienso que es una cuestión política el poner a alguien que tiene donde ir y poder tratar el tema con cierto humor y liviandad.
Mientras buscaba una cita para otra cosa encontré una de Max Frisch que me gustó mucho y dice, “Buscábamos trabajadores pero nos mandaron gente”. Hay algo en la narrativa de la inmigración que reduce la gente a su función, y hay algo muy colonialista en negarlos como personas. Sí, necesitan trabajo, papeles y comida, pero también cultura, lenguaje, amor, pertenencia, libertad. El drama y la riqueza de la inmigración es que uno viaja con toda la mochila. No se trata solamente de cubrir las necesidades básicas, se necesita más que eso.
Nico no quiere que nadie de su alrededor se entere de la mala situación en la que se encuentra y por eso miente sin parar. Lo hace para que no se preocupen, pero también consigue autoengañarse. Y es solo hasta que choca con la realidad de frente –cuando una de sus amigas le dice lo que piensa– que abre los ojos. ¿Qué papel juegan la verdad y la mentira en la vida del protagonista? ¿Hay alguna moraleja u objetivo detrás?
Para mí Nico no miente, se miente. Teóricamente miente pero no lo juzgo porque lo veo como una estrategia de supervivencia. Lo hace para no preocupar a su madre, por ejemplo, pero también para proyectar una imagen de éxito. Con tantas mentiras se autoengaña y acaba por no reconocerse, no sabe cuál de todas esas máscaras es. Está muy pendiente de la mirada de los demás –pero eso uno ve que es buen actor también, por cómo sabe jugar los roles que cada uno espera.
Algo en lo que yo no había caído hasta que alguien me lo dijo es que es un seductor, y eso es un problema porque está mucho más pendiente de cómo gustar al otro que de lo que él necesita. Así que creo que la relación con el bebé es justamente la más auténtica porque no le tiene que mentir, ni siquiera hablan. Hasta que no toca fondo y no se reconoce en esa imagen de pérdida, no encuentra su libertad. Por suerte este momento llega, y para mí es clave en una persona que siempre está pendiente de ser vista.

A la hora de presentarse en audiciones para ser actor, se encuentra con un mismo problema en varias ocasiones: para poder darle un papel (de personaje latino) le piden cambiar su apariencia, ya que no encaja en el perfil arquetípico de piel oscura y pelo moreno. Tú que trabajas en la industria, ¿de qué manera vives esos prejuicios? ¿Te los encuentras también en producciones latinoamericanas?
Sí, ese prejuicio está súper presente. Pasa con muchos actores latinos que son de clase media y descendientes de europeos. Es genial que vayan a Nueva York a estudiar y a probar la experiencia, pero personalmente creo que va a ser muy difícil que consigan los roles a los que aspiran porque no les van a poner ni de narcotraficante ni de niñera –los roles típicos para los latinos–, ni tampoco van a estar en otro papel, generalmente salvo que consigan un éxito muy grande en su país.
Pero como directora también veo qué tipo de historias esperan que un director latino dirija. Ahora empieza a haber una apertura, pero en general hay una expectativa de cuáles son las historias que debemos contar. La norteamericana es una sociedad que todavía piensa muy en nichos cerrados donde las identidades no se superponen. Las películas son o bien latinas, o gays, o negras, o de mujeres. Y yo me pregunto, ¿no puede ser que tengan todo? Para ellos no. Todo es tan cuadrado porque mucha de la gente que maneja la industria viene del marketing y del derecho, no son precisamente las personas más creativas.
Al final siempre pasa que una película en particular les hace cambiar, pero hasta que no ven el éxito en números cuantificables y cifras todo sigue igual. Por ejemplo, Sebastián Lelio con su película Disobedience; gracias a esto estoy segura que otros directores latinos pueden ser considerados para hacer otras cosas que no sean ‘historias de latinos’. Ese tipo de cosas sucede, pero la tendencia de la industria es que todo entre en una cajita. Y eso lleva a una cierta pobreza creativa, la verdad.
Bueno, más que pobreza, lo que muchos de los norteamericanos no reconocen es lo predecible que se vuelven las historias, lo prefabricadas que son. Lo que he ido descubriendo al hablar con gente que solo ve ese tipo de pelis hollywoodienses que siguen las mismas fórmulas es que les da seguridad saber cómo va acabar. A mí eso me aburre profundamente, pero a mucha gente le gusta.
¿Qué relevancia crees que tiene Nadie nos mira en los tiempos que corren, y más en los Estados Unidos de Trump? ¿Querías presentar la otra cara de la moneda del American dream, la más oscura y que menos se enseña?
Absolutamente sí. La verdad es que no podía calcular que iba a ganar Trump cuando empecé la película pero eso le dio más relevancia. También le dio más visibilidad en el sentido que en este momento la imagen del inmigrante está muy demonizada y centrada en un solo tipo de persona. Los créditos del final de la película terminan con las banderas de los países a los que pertenece el equipo, y no me di cuenta hasta casi el final del acto político que suponía. Las personas implicadas no somos ni siquiera inmigrantes, estamos en constante movimiento. Es una película migrante no solo en su tema sino también en la manera de ser hecha; tiene más de una nacionalidad y varias pertenencias.
Así que sí, la relevancia es algo que no pude calcular aunque sí quería poner en juego lo que queda del sueño americano. Todos sabemos que es muy cruel, muy falso y muy excluyente. Es un sueño para determinada gente, ya que no todo el mundo puede aspirar a la casita con dos coches y jardín. Además, esto tiene un coste muy alto a nivel ecológico y racial porque está basado en la explotación tanto del planeta como de la gente.
Sin embargo, ¿qué hago yo en los Estados Unidos? La película también tiene que ver con por qué estoy allí. Yo no fui buscando la casa con el perro; para mí Nueva York sí es un sitio de encuentro, de libertad, de diálogo, de pensamiento. En este momento me siento muy conectada con mis colegas y alumnos, y me están pasando cosas interesantes creativamente. Pero en su momento no me pasaron, y me alegro mucho de haberme ido.
Ya hace años que vives en Nueva York, así que has podido ver de primera mano cómo han ido evolucionando las cosas. ¿Cuál es tu reflexión o punto de vista sobre las elecciones de 2016 y todo lo que ha venido después? ¿Cómo lo has sentido/vivido como inmigrante latina y como mujer?
La verdad es que hoy me siento mucho más feminista que hace tres años. Creo que todas las mujeres que nos sentíamos algo feministas hemos ido ganando consciencia de la necesidad de visibilizar y hablar de ciertas cosas. Siento que el nivel de atropello ha sido muy fuerte. También me pasa una cosa: como buena argentina estoy muy acostumbrada a hacer oposición.
Aunque si bien estoy muy molesta en los Estados Unidos de Trump, me parece que hoy hay un nivel de debate que con Obama no existía. Él intentó hacer cambios pero no profundizó –también es cierto que tuvo el gobierno muy paralizado. Hay que recordar que fueron años de gran brutalidad policial también. Creo que con Obama se perdió una oportunidad importante de cambio.
Además, Trump es solo una palabra, una persona. Si se muere mañana todo seguirá igual. Le votó muchísima gente –aunque no la mayoría. En lo que llevo de vida en los Estados Unidos me han tocado Bush y Trump, ninguno de ellos votado por mayoría pero sostenidos por un sistema electoral que debería cambiar. Los demócratas no han hecho nada con respecto a esto institucionalmente, así que la victoria de Trump también habla mucho de la crisis de los demócratas y de lo mal que lo han hecho. No hay que caer en la ilusión que él es el problema; el verdadero problema es mucho más grande y profundo.
También noto mucho cansancio. Yo creía que no llegaría al año en el gobierno, que a estas alturas ya hubiese sido ‘impeached’; pero habiendo llegado hasta aquí, siento que se va a quedar. Aunque sé que el impeachment no es la solución. Lo que se ha demostrado durante este tiempo es que tiene muchos seguidores y muy siniestros, y están aquí para quedarse. Trump es como una peli mala de terror: cada cinco minutos tiene que haber un susto. Los coreanos, ¡buh! Los rusos, ¡buh! Tiene que amenazarnos con algo para que no nos demos cuenta que detrás hay un argumento o una trama mucho más complicada y oscura.
Lo que sí veo es una oportunidad real de resistencia, y lo estoy viendo, por ejemplo, con que mis hijos hagan una marcha en contra de las armas. Este es un tema que casi nunca se discutía en las escuelas y hoy son los adolescentes los que están llevando esa conversación. También siento que hay más visibilidad de género y étnica. Pero creo que lo que todavía está pendiente en los Estados Unidos es el tema de la interseccionalidad/transversalidad: todos estos discursos –feminismo, etnicidad, género, etc.– están atravesados por el discurso de clases, que es el que menos se facilita.
La mentira del sueño americano hace parecer que todo el mundo tenga la capacidad o la oportunidad de conseguirlo. Pero todo, desde el acceso a la salud hasta la educación, viene marcado desde la infancia. Me parece muy cruel decirle a la gente que siga sus sueños cuando en realidad no existen oportunidades para que los cumplan. Es una falacia muy alimentada, sobre todo desde Hollywood.

“La mentira del sueño americano hace parecer que todo el mundo tenga la capacidad de conseguirlo. Me parece muy cruel decirle a la gente que siga sus sueños cuando en realidad no existen oportunidades para que los cumplan.”
Tus trabajos, desde los cortometrajes hasta los largometrajes, han rodado por muchos festivales y acumulas un palmarés envidiable. Nadie nos mira ya ha ganado el premio al Mejor Actor en Tribeca, fue el film de clausura del Festival de Gijón, y ahora ha llegado al D’A, donde aspira al Premio del Público. ¿Sientes que el reconocimiento tanto por parte de profesionales de la industria como del público te ayuda a tirar adelante?
Totalmente, sí, es muy importante. Uno no quiere trabajar para eso. Pero cuando escribo sí que pienso no en el público en cuanto a cifras pero sí en el otro, en quién está al otro lado. Juego mucho con cómo pasar la información, cómo ir descubriendo el personaje, cómo jugar con la identificación, dónde uno se siente cerca o lejos. No es algo que voy midiendo, pero sí me divierte cuando miro una película y veo cómo se construyen los personajes, por ejemplo. Es parte de entender el oficio y de disfrutarlo.
Hacer una película es un acto de comunicación que solamente se completa cuando hay gente que la ve. Ves si el público se emociona, se enfada, etc. y eso es bueno. Esta película me ha dado muchas alegrías en cuanto a cómo ha sido leída e interpretada. El último verano de la Boyita recibió muchos premios y me llama la atención porque hizo un eco, fue creciendo con el tiempo. En Nadie nos mira siento que debo haber hablado más claro porque se ha transmitido tal cual, la gente responde al tema del que quería hablar. Siento que he conseguido tener una cierta claridad pero sin ser obvia, y eso me hace mucho bien como persona que trabaja en un aspecto del arte y de la comunicación. La película no es un objeto bello que se queda proyectado en un una pantalla en el vacío; siempre tiene que haber gente.
Supongo que los próximos meses se presentan moviditos. ¿Qué le depara el futuro próximo a Nadie nos mira? ¿Y a ti?
Ya estoy terminando mi tour con Nadie nos mira, que me ha llevado a pasear por el mundo y se lo agradezco mucho. Y estoy escribiendo mi próxima película. Es la primera vez que se me ocurre una historia más norteamericana –de forma crítica, obviamente. Quiero salir del lugar del inmigrante porque siento que la crítica que tengo que hacer debe de ser desde dentro y no desde fuera. Por eso he elegido a una chica blanca y a otra puertorriqueña, ya que me parece que se encuentra en ese lugar raro donde por un lado se supone que es ciudadana pero por el otro no los tratan como a tal. La historia tiene que ver con algo muy fuerte que está sucediendo en todo el mundo: la gentrificación y los desahucios, la destrucción de comunidades urbanas por la especulación inmobiliaria.

Texto
Arnau Salvadó

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