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Puede que Quinqui Stars sea excesivamente larga, pero sin duda, es intensa, interesante y vale la pena verla. El largometraje hace un recorrido por el cine quinqui, sus personajes, sus temáticas, sus valores, y su música. Y es justo en este último punto en el que su director, Juan Vicente Córdoba, se dio cuenta de que podía relacionarlo con algo muy actual: la escena trap. Sus cantantes no quieren jefes ni una jornada laboral de ocho horas para luego morirse de hambre; no, ellos (¡y ellas!) quieren hacer lo que les gusta. Y es justo en eso –aunque no solamente– en lo que se asemejan a los quinqui stars de los 80. Ellos también eran chicos de barrio y, algunos, se convirtieron en estrellas.
El protagonista de esta obra a caballo entre la ficción y el documental es El Coleta, un conocido rapero de la escena quinqui y macarra de la periferia de Madrid. Cuando Juan Vicente lo conoció y se enteró de que era todo un entendido del cine quinqui y que había estado intentando hacer un documental, decidió que debía convertirse en el hilo conductor de toda su historia. Así, El Coleta se convirtió en el alter ego de Juan Vicente en la película, en la que hace de director. A mi juicio, forman un buen tándem. Pero no hay que olvidar a todos los demás: José Sacristán, Daniel Guzmán, El Torete, Agnès Varda, Bea Pelea o Ira Rap son algunos de los nombres que también aparecen o resuenan en este largometraje.

El resultado es una mezcla explosiva, además de por sus temáticas, por todas las texturas formales que contiene. Las cámaras interactúan constantemente y vemos entrevistas, momentos más dramáticos o guionizados, y material de archivo. El propio director nos lo cuenta en esta entrevista: “Quería hacer algo que tuviera cierto riesgo”. Y definitivamente, lo ha conseguido. Así que, a partir del 30 de noviembre, ve al cine más cercano porque no te la puedes perder.

Si hacemos un viaje por tu filmografía, vemos que el tema social, crítico, y marginal ha sido una constante. Es algo que te suele llamar bastante la atención, ¿verdad?
Juan Vicente: Creo que tiene que ver con la procedencia. Jean Renoir explicaba en su autobiografía que hay cosas que no dependen de ti mismo ni de tu formación, sino de quién es tu familia, en qué lugar naces y cómo es tu entorno (amigos, profesores, etc.). Esa suma de cosas que, de algún modo, no puedes modificar, te marca de una manera increíble. Siempre estará dentro de ti. Luego puedes pulir muchas cosas, claro está. Por ejemplo, el cine de Martin Scorsese nace también de esa manera –todas esas calles del Bronx donde él crece están presentes en sus films.
Un chico nacido en el barrio de Vallecas en el proceso de inmigración de finales de los 50 y 60, con todo ese campo –no era como ahora, que ya no hay ni una pizca de verde–, donde todos mis amigos salíamos a la calle y estábamos entre la hierba, los pájaros… Era otra manera de vivir el mundo. Eso siempre me ha quedado tan marcado que lo he convertido en el fundamento de todas mis películas.
Se establece un paralelismo entre el quinqui de los 80 y el rapero o trapero actual. Realmente, el quinqui era un delincuente y, aunque algunos raperos y traperos pueden estar relacionados con algo turbio, no está tan generalizado –aunque, sobre todo, y no nos engañemos, venden esta imagen de peligrosos que es más comercial que real. ¿Por qué esa comparación?
Juan Vicente: Creo que hay muchas concomitancias entre los personajes del cine quinqui y los protagonistas de mis películas de las barriadas periféricas de Madrid y Barcelona. Uno de los puntos que a mí me interesa mucho y que se convierte en el origen y el principio de la película es la denuncia del sistema educativo. Yo me preguntaba, ¿quiénes son esos chicos jóvenes en la periferia de las ciudades que quieren convertirse en estrellas?
Muchos de los quinqui stars se lo encontraron de repente porque les buscaron para hacer las pelis, acabaron pasando de ser una mera reseña por haber delinquido o robado, a convertirse en estrellas que aparecían en las portadas de Fotogramas, Interviú, en los telediarios, etc. Entonces, buscando esas concomitancias, me inicio en la búsqueda en barriadas como la Mina, el Raval, San Blas, Vallecas, Moratalaz, para ver con qué chicos podía relacionar eso.
¿Y qué te encuentras?
Juan Vicente: Al final me di cuenta de que, sobre todo, eran chicos y chicas que hacen rap y trap, y que viven una vida normal. Para sobrevivir, muchos trabajan de camareros o en tiendas de ropa durante el día. Por las noches hacen canciones y videoclips con sus grupos de amigos, y luego suben el material a YouTube, Soundcloud, etc. Después, cuando ya me enfoco en sus propias vidas, empiezo a encontrar más concomitancias con esos personajes en un tipo de delincuencia que es verdad que es más light.
Háblanos un poco más de esa delincuencia.
Juan Vicente: Hay que decir que el origen de la delincuencia en los personajes del cine quinqui comienza con tirones de bolsos de señoras en la calle o entrando en una cabina telefónica y sacando las monedas con un destornillador. De ahí pasan a entrar en bancos –la cosa ya se vuelve más salvaje. En los personajes de la actualidad no llega a ese calibre, pero sí que es verdad que algunos, para sobrevivir, hacen trapicheos con drogas y demás. Una actuación en Razzmatazz no te sirve ni para pagar el alquiler de un mes, en realidad. Y luego hay una cuestión que tiene que ver con robar música de otros, por ejemplo, con los samples. Cuando los descubren tienen que sacar las canciones de las plataformas.
El Coleta: También hay que decir que quinqui stars como el Piri, Manzano, o Torete no robaban bancos, ¿sabes? También eran chavales de barrio que habían delinquido y que entraban en el cine de jóvenes. Pero no eran criminales. Luego, el Vaquilla sí que era un criminal, pero él no era un quinqui star.
Juan Vicente: Sí, por eso digo que empiezan robando bolsos o monedas, y luego ya en otras películas se ve cómo los personajes acaban atracando bancos. Hay un perfil muy amplio. Es en lo más pequeño donde yo hago ese paralelismo con hoy en día.
El Coleta: También hay quinquis ahora que son delincuentes pero que no se dedican a hacer canciones. Quizás escuchen un determinado tipo de música, pero no se dedican a ello.
Juan Vicente: Yo me los llevo por ser estrellas, por aparecer en un círculo artístico, pero al final no quita que el hecho de ser rapero o trapero ya supone un pequeño hurto en algunos casos.
También, algo que escucho mucho de los jóvenes traperos y raperos de hoy en día es que no quieren tener a nadie por encima que les dé órdenes, ser esclavos del sistema, y luego llegar a casa y no tener para comer; quieren ser sus propios jefes. De hecho, lo dice Blondie en la película.
El Coleta: Sí. Quizás te sale mejor vender porros y hacer música que estar trabajando por seiscientos euros en un Mcdonald’s. Eso si encuentras trabajo, claro. Hay peña que no quiere eso, se busca la vida por aquí y por allá: unos porros, música, venden cosas en Wallapop. Prefieren eso que estar en una rutina de vida de ocho horas trabajando, metro, volver a casa, y al final, ser un desgraciado.
¿Por qué El Coleta era la mejor opción para protagonizar el documental y hacer de hilo conductor entre todos los nexos?
El Coleta: Porque soy muy guapo. (Risas)
Juan Vicente: Bueno, el auténtico icono del cine quinqui es El Torete. Él es muy chulo, se gana a la gente enseguida, y yo necesitaba un personaje así. El Coleta no estaba en el origen de la película. Lo que sí había era todo ese contenido más social. Mi investigación previa al rodaje consistió en saber cómo llevar a cabo todo lo que tenía en mente, de qué herramientas iba a disponer. La música era un elemento muy importante en el cine quinqui, así que empecé a investigar sobre la gente de las barriadas, de la periferia que te comentaba antes, y por cosas del destino, conocí a El Coleta en un festival de rumba que se viene organizando desde hace varios años en Madrid.
Me invitaron a un concierto de los Achilipú, y con ellos cantaba él. Me lo presentaron, me dio su teléfono, y cuando empecé a investigar me di cuenta de que, además, era una referencia del cine quinqui –sabe más que nadie sobre el tema. También vi que se grababa sus propios videoclips. Cuando quedé con él me empezó a contar que tenía pensado rodar una película documental sobre Música para pegar tirones. Volví a casa, empecé a darle vueltas, y creí que podía ser un hilo conductor increíble para todo ese trasfondo al que quería llegar.
A partir de ahí, mi misión fue convencerlo: había que reconstruir momentos de su vida cotidiana (obviamente, dentro de la ficción), pero de la forma más cercana posible a cómo sucedieron: poder entrar en su casa con la cámara y grabar a sus familiares y amigos era clave. Y bueno, por suerte, los dos tuvimos feeling y pudimos seguir adelante. Él, además, es un super actor. Seguro que en los próximos años va a avanzar mucho.

Tú, Coleta, estás muy interesado en el cine, pero creo que esta ha sido tu primera incursión en la gran pantalla, ¿verdad? ¿Cómo ha sido la experiencia de protagonizar este documental?
El Coleta: Había hecho mucho audiovisual con un resultado más o menos profesional. Pero al final, la forma de trabajar aquí ha sido muy diferente. La verdad es que la experiencia ha sido muy guay, he aprendido mucho, pero también ha sido duro. Cuando acepté esto, realmente no quería sacar mi trastienda, el patio de atrás; yo quería actuar. Y por supuesto, quiero seguir. Mi objetivo es dirigir, pero también me gusta actuar y puede ser algo que se complemente: lo que puedas aprender actuando lo puedes aplicar posteriormente para dirigir a un actor. Tienes una ventaja porque puedes saber lo que se piensa en el otro rol.
En la película podemos ver cómo te tienes que enfrentar a problemas con un bolo (tardan mucho en pagarte). ¿Has tenido que enfrentarse a muchas situaciones de este tipo a lo largo de tu carrera? ¿Crees que tu origen o tu estética han podido suponer que no te tomaran tan enserio en algunos círculos?
El Coleta: Como casi todo en la película, son cosas que yo le cuento a Juan Vicente y él las adapta al cine, al discurso que tiene que dar la película, para que tenga un poco más de chicha. Yo no he tenido problemas con promotores que no me paguen. Sí que justo en esa época hubo un tema con una sala en la que habíamos hecho un concierto y que me tenía que pagar una parte de las entradas, y tardaron bastante en hacerlo. Pero, no, que no me lleguen a pagar no me ha pasado. Lo que sale en la peli está basado en un hecho real, pero ya está. No tuve que matarlos ni nada. Ni siquiera tuve que tener un cabreo chungo. No me ha ocurrido eso por suerte, pero si me pasa, pues habrá que resolverlo como en la peli o más allá… (risas).
También hay un componente feminista importante en la película. En lo que a representación de la escena urbana actual se refiere, has elegido a mujeres, a las que llamas ‘trap queens’. ¿Por qué crees que era importante darles esa visibilidad?
Juan Vicente: El tema del feminismo y el machismo va surgiendo poco a poco. Como te he ido diciendo, primero nace una idea muy concreta de hacer una película que tiene que ver con contenido de denuncia social, que no deja de ser una extensión de un documental anterior mío que se llama Flores de luna, que fue muy popular en su momento –incluso fue seleccionado en el Festival de Cine de San Sebastián.
Llego al cine quinqui por el interés que me suscita el hecho de que sea tan especial, que solo se dé en nuestro país... Me sirve para establecer un paralelismo entre lo que estaba sucediendo en España a nivel sociopolítico en la época de la transición, sobre todo para buscar con qué argumentos, ahora que han pasado cuarenta años, siguen estando ahí. Ha habido muy pocos avances en temas como la educación. Esa era la idea originaria.
¿Y cómo evoluciona esa primera idea original?
Después encuentro a estos personajes, como El Coleta, que me sirve como hilo conductor para, utilizando metalenguaje cinematográfico, hacer cine dentro del cine. Él se convierte un poco en mi alter ego, de cómo me inicio en el cine, cómo voy aprendiendo. A lo largo de este proceso, conozco a unas chicas raperas que además son de mi barrio, de Vallecas, las Ira Rap. En ese momento todavía no eran tan populares como ahora, que ya han dejado sus trabajos anteriores –una era enfermera y la otra, peluquera.
Entonces, descubro este enfoque que está en sus canciones: “Metralleta para el que te someta” es un mensaje fuertísimo. De repente, le hablo a El Coleta sobre ellas y me cuenta que tuvieron un problema con Jarfaiter. Todo lo que sale en la película es real, de verdad. Yo hablé con él, pero no quiso participar en la película porque entre ellos hay muchas rencillas. El Coleta no quería hablar con las chicas en un principio, pero quedé con todos en un bar y les conté lo que quería hacer y a ver si podíamos reproducir esa situación real. Todos me dijeron que sí. Toda esa argumentación que hay en la película se provoca a través de un hecho real.
Eso después me lleva a hablar con la madre de El Coleta, que me da una charla sobre el machismo –aunque surgen muchas más temáticas. Como he dicho, él es un alter ego mío en la película, y pensé: ¿cómo me cambió a mí la mirada como cineasta a lo largo de los años? ¿Cómo empiezas con un enfoque que tiene que ver con un cine determinado y acabas con otro? Todo eso lo plasmé a través de su figura.
Explícanos un poco cómo reflejaste ese cambio precisamente.
Él empieza enamorado del cine quinqui pero no deja de ser un cineasta que, embebido por todo lo que le ocurre alrededor (con las Ira Rap y su madre), un día entra en un cine, ve un corto documental de Agnès Varda (que tiene que ver también con ese enfoque tan feminista), y acaba con una óptica muy distinta. Esta es una de las cosas de las que más orgulloso me siento de la película.
A nivel formal se mezclan muchas texturas: entrevistas, partes más dramáticas/guionizadas, y material de archivo. Incluso juegas con el blanco y negro. ¿Qué quieres conseguir con todo esto?
Juan Vicente: Sí. La cosa es que quería convertir esta película en un reto para mí, quería arriesgar. Y me cabía todo. Lo que quería era hacer algo que tuviera cierto riesgo, no irme a lo fácil ni encaminarme hacia el formalismo documental o hacia el ahora denominado ‘documental de no ficción’ –de planos muy largos, etc. Es interesante, pero quería huir de eso. Buscaba algo que tuviera que ver con el cine dentro del cine, cámara en mano; momentos con entrevistas pero con una segunda cámara rodando la entrevista. La cámara está interactuando constantemente, un poco al estilo del cinéma verité, por ejemplo, de Jean Rouch en Crónica de un verano –ha sido mi máxima referencia como cineasta. Tú provocas que pasen las cosas. Al final, te vale tanto el meter un extracto de una película directamente en pantalla como en un móvil o en un ordenador. Que haya voz en off pero que no sea todo discursivo en voz en off; que haya fotografías o que de repente ficcione o me pase al documental. Para mí todo era un juego, quería divertirme y hacer algo distinto. Pero siempre con una reflexión final.

Texto
Jesús S Ferrera
Retratos
Viridiana Morandini

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