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Desde que era pequeño Nicolás Romero ya mostraba interés por el arte. Sus padres le instauraron esa pasión, que más tarde se convirtió en entusiasmo por el graffiti y volvió a resurgir como pasión por los retratos. Más conocido como Ever, el artista argentino empezó a experimentar con rostros de personajes políticos y objetos y símbolos del imaginario colectivo. Gatitos, naranjas, botellas de plástico, berenjenas… y mucho color. El artista se vale de esos elementos para dejar su huella política y representar la ausencia y la presencia humana en las calles.

La cuarentena le pilló en Barcelona, en medio de la realización del proyecto colectivo de arte urbano Change is a Team Sport. El proyecto, comisariado por Urvanity Projects y B.Murals, nació para conmemorar el cincuenta aniversario de las zapatillas Superstar de adidas. Nicolás Romero y Octavi Serra realizaron la primera parte del proyecto en la Nau Bostik, con el objetivo de transformar colectivamente el barrio de la Sagrera. Hablamos con Ever para que nos cuente más sobre él, su arte y sobre cómo vivió el proyecto en la cuarentena.

Háblanos de tu nombre artístico, Ever. ¿Tiene alguna relación directa con tu arte? ¿Es un modo de decir que quieres que tu obra perdure para siempre?
El nombre Ever fue una mera casualidad. Empecé haciendo graffiti en Buenos Aires, y para estilizar las letras me parecían lindas la E para empezar la pieza y la R para terminarla. Entonces, mi trabajo fue buscar el relleno del medio. Es como cuando lxs musicxs hacen la melodía primero y después la letra. Fue algo así. Con el correr de los años le di más importancia al significado, pero al principio fue solo un recurso del graffiti. A medida que el apodo cobraba más fuerza con los años, también fui entendiendo que pintar en la calle es una acción efímera.
A finales de los 90 empezaste a experimentar con el graffiti en tu ciudad, Buenos Aires. ¿Qué te impulsó a empezar? ¿Qué dirías que tiene de único y especial la escena del graffiti de Buenos Aires? ¿En qué dirías que difiere de la escena europea o estadounidense?
Me impulsó el hecho de hacer algo diferente. Siempre dibujaba en la infancia, y el graffiti se transformó en una extensión más. Pasé de la hoja a una pared, del movimiento de la muñeca al movimiento de todo el cuerpo. También fue un paso lógico porque en Buenos Aires es algo natural estar siempre en la calle, vivimos afuera o porque hace calor, o porque hay una protesta. Yo vivía en el centro de la ciudad y por una de las avenidas cercanas a mi casa pasaban las manifestaciones. A medida que pasan los años me doy cuenta de que eso tuvo resonancia en mí, el impulso del afuera.
Buenos Aires es una ciudad muy especial, siento que hay una relación muy latente con Europa. Es una ciudad que trata de imitarla, pero que es latina al máximo. Cada día es diferente, así que se mueve entre la improvisación y el caos. Durante la crisis económica del 2001 eso se potenció más, existía una anarquía. Era como que la ciudad no le pertenecía a nadie, era de todxs. Eso motivó mucho la escena en Buenos Aires, el stencil y el graffiti se ramificaron mucho más. Era una escena pequeña pero muy consolidada, basada siempre en la amistad y en lo colectivo.
Creo que la gran diferencia con Europa o Estados Unidos es que en estos últimos lugares existe un control institucional muy fuerte, una burocracia asfixiante para impedir que el graffiti exista. A través de estas entidades de control se propone un graffiti bueno y otro malo, que no puede participar en el paisaje urbano. En Buenos Aires existen muchos grises acerca de pintar en el espacio público. La policía no te para. Eso se debe, tal vez, a que durante la década de los 70 por pintar en la calle a uno lo desaparecían. Creo que lxs argentinxs encuentran en general la acción de pintar como un gesto de libertad.
Existe la opinión popular de que el graffiti es un acto vandálico. ¿Tú qué piensas al respecto?
El graffiti es la raíz de todo, por algo se comienza. La mayoría que empezó alguna vez hizo algo fuera de la ley, como cualquier ciudadano. El graffiti es el gesto más primitivo, y es algo que va a seguir existiendo como respuesta a la invasión publicitaria. El graffiti ya es parte del paisaje urbano. Como decía anteriormente, toda institución blanca que determine que algo es bueno o malo en el arte es peligrosa.

Actualmente tu arte se basa más en los retratos y tiene un estilo más pictórico. ¿Por qué este cambio? ¿Cómo dirías que ha influenciado el graffiti en tu arte actual?
El cambio se dio también a principios de 2000, después de la crisis económica. Los precios de los aerosoles se fueron por las nubes y nosotrxs queríamos seguir pintando. Encontramos que la pintura para pintar casas era más barata y que rendía mucho más que un aerosol. Este cambio en la materialidad hizo un cambio en el gesto de pintar, que se aproximó más a la pintura al óleo, por ejemplo.
Me animé más a introducir cosas que tenía del trabajo de estudio y a llevarlas al afuera. Me sentía mucho más cómodo que con los aerosoles. Creo que el graffiti siempre está presente en la manera en cómo contemplamos la ciudad, en cómo el concreto se transforma en una hoja fina y delgada en la que dibujar.
En una ocasión comentas que antes de 2009 eras apolítico, pero que después de vivir en París empezaste a pensar en el arte como una herramienta de cambio social. ¿Qué fue lo que te hizo cambiar de opinión? ¿Fue alguna obra artística en concreto? ¿Tal vez una experiencia personal?
Lo que me hizo cambiar de opinión fue ver que en ciudades del primer mundo también existían situaciones de desigualdad, marcadas por otros ámbitos que no tenía en cuenta en mi día a día, como por ejemplo la inmigración y el racismo. Creo que al transformarme en inmigrante y vivir en una ciudad ajena fui consciente de que estaba afectado por esferas institucionales que hasta ahora habían permanecido invisibles, por decirlo de alguna forma, pero que estaban en mi día a día. Al volver de París necesitaba tener una obra más contestataria y menos abstracta. Cuando la obra se fue transformando también entendí que hay una gran responsabilidad en intervenir en el espacio público. Tuve extrema curiosidad sobre la teoría comunista en Europa y sus oleadas. Me interesó mucho trabajar con los carteles comunistas, y el campo de investigación fue Buenos Aires.
También mencionas que “la revolución debe empezar aquí; en las paredes”. ¿Dirías que el hecho de presentar tu arte en el espacio público es más beneficioso para lograr tal cometido?
Creo que en las revoluciones las paredes siempre fueron testigos. Imaginemos por ejemplo las cosas que vivieron las paredes en Europa. Son los contenedores de esos caminos en donde hubo cambios históricos en la sociedad. Por eso creo que todo empieza en las paredes. Las instituciones de poder, para personificar su envergadura en el espacio, tienen edificios gigantes, altos, gordos, anchos, etc. ¿A nosotros qué nos queda? Yo creo que nos queda la parte más rica, la costra de la torta. Ahí es donde nos manifestamos porque sentimos que nos pertenece, y es lo único que nos dejaron.

¿Crees que el arte expuesto en galerías y museos tiene la misma fuerza revolucionaria?
Desde mi punto de vista, los museos cambiaron sus funciones con los años. Pasaron de su función educativa a un plano más comercial y turístico que hizo que se habilitara un espacio de verdad y se legitimara solamente un cierto tipo de arte. El arte en un espacio no habitual invita al observador a participar en un tipo de contemplación diferente. Lxs transeúntes, que no son habituales de los museos, ejercen una reapropiación y reinterpretación de la obra.
Recientemente, con el movimiento Black Lives Matter los artistas han respondido llenando las paredes de arte y reivindicación. Por otro lado, las redes sociales también han sido una herramienta esencial para dar voz al movimiento. ¿De qué manera crees que estos dos mundos –el físico y el digital– se complementan? ¿Cómo crees que coexisten en el mundo del arte?
El mundo digital hace mucho que llegó, es más, yo diría que el street art como movimiento se potenció gracias a internet. Ya son dos mundos que existen y se retroalimentan constantemente. A final el resultado se exhibe ahí. El registro final de un muro de 25 metros de alto está en un móvil de 25 centímetros. Actualmente es difícil diferenciar qué es real y qué no. El arte tiene el gran desafío por delante de hacer obras en un mundo hiper-estimulado, y movimientos como Black Lives Matter demuestran que existen caminos para conseguir que el ciudadano se vuelva más activo. Al final todos vimos ese vídeo desde nuestros móviles.
Vincent van Gogh, Gustav Klimt y Francis Bacon son algunas de tus fuentes de inspiración. Aparte de estos grandes referentes en el mundo del arte, ¿hay algún artista coetáneo que te inspire?
Sí, muchxs. Por su diferente manera de conversar con el espacio, te podría destacar Neo Rauch, Nina Kunan, Franco Fasoli, Elian Chali, Valentina Ansaldi, Amparito, Nina Chanel, Robert Nava, Zio Ziegler, Cristina BanBan o Mina Hamada entre muchos otros.

Still Life es la última serie en la que has estado trabajando durante los últimos años. En ella utilizas objetos y símbolos de la vida cotidiana y de la cultura popular, lo cual me remite al pop art. ¿Por qué usas esos elementos? ¿Buscas con ello popularizar tu arte del mismo modo que lo hacía el pop art?
Utilizo esos elementos porque creo que actualmente nos describimos políticamente a través del consumo, ya que vivimos en un mundo capitalista y lo que consumimos nos representa. Actualmente, mis obras las empiezo como investigaciones antropológicas. Trato de trabajar a través de las huellas que se encuentran en el espacio, que son el resultado de propiedades de la vida social, símbolos que representan a ese mismo contexto. Los símbolos son el resultado de la convivencia de diferentes factores económicos, sociales y culturales que definen prácticas y representaciones: desde una botella de plástico de una bebida que sale 50% más barata que una Coca-Cola, o una naranja que viene en las viandas que entregan en los colegios públicos a los niños, hasta la imagen de Jesús en las ventanas de las casas para transmitir buena suerte. Estos objetos, plasmados todos juntos, representan la ausencia humana, pero a su vez (en contradicción) representan enteramente al humano.
En tu proyecto más reciente para adidas, Change is a Team Sport, trabajaste con un colectivo de artistas de la Sagrera para dialogar sobre la identidad del barrio. En tu caso, estás constantemente viajando por el mundo. ¿Dirías que eso afecta a tu sentido de pertenencia? ¿Echas de menos Buenos Aires?
Sí, me afecta en varios sentidos. Por eso en mis obras trato de crear un modus operandi que me ayude a comprender los espacios que visito, a comprometerme a entenderlos y a involucrarme a través del arte. Siempre tuve una incapacidad de regirme bajo las normas comunicativas que tenemos. A veces, para afrontar ciertas dificultades personales, las tengo que ver a través de mi obra. De esa forma puedo participar, o mejor dicho, me siento más cómodo, y por eso me siento motivado a moverme constantemente. Extrañar Buenos Aires, siempre hago como que no, pero extraño a mis amigxs, los veranos húmedos asquerosos llenos de calor y sin escapatoria, el ruido de los buses, a mi familia, los olores del metro, los ceviches de mi barrio… Cada vez que me alejo de Buenos Aires me doy cuenta de lo que creó en mí y de cómo no me puedo escapar de mi idiosincrasia interna.
Este proyecto te pilló en plena cuarentena. Acostumbrado a pintar en el exterior, ¿cómo dirías que afectó a tu trabajo el hecho de no poder salir a la calle? ¿Ha cambiado tu manera de trabajar de cara al futuro?
En general, no me di cuenta de que me había afectado el confinamiento hasta que tuve que trabajar en la realización del mural, es decir, del boceto. Ahí me di cuenta de que el impedimento de salir había disminuido mi creatividad. Fue un poco chocante al principio, pero después abracé y consideré ese proceso como válido. La frustración fue una sensación que tuve que aceptar, pero en la medida que podíamos salir en los horarios permitidos, pude enfocarme en ver acerca de lo que quería hablar en el mural. Con esta actualidad, pintar en el espacio público asume un papel más relevante para la cultura, ya que no puede haber doscientas personas en un mismo recinto. Por otro lado, pienso que los cambios de paradigmas solo pueden ser descritos a través del arte. Por eso, en mi humilde punto de vista, tal vez en los próximos años vayamos a ver las mejores obras de arte de los últimos tiempos, dado que estas situaciones son semillas que están ahí, y nosotros somos lxs campesinxs que las sembramos.

Texto
Amani Chugri

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