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Gema Polanco no solamente es fotógrafa; es una artista multidisciplinar que se atreve con distintas técnicas como el collage o la instalación para promover la imagen invisible de la mujer o los debates sociales, y así estudiar su propio entorno. Hoy hablamos con ella para que nos cuente su trabajo, sus inspiraciones y las futuras exposiciones que tiene preparadas: este 9 de marzo la podremos ver en Museo de la Universidad de Alicante, y en mayo será la imagen del Art Photo Barcelona.
Por si hay algún lector que no te conozca, ¿podrías presentarte?
Tengo veinticinco años. Soy una chica de Valencia que a los dieciocho se fue de casa a Londres para perseguir sus sueños, la música y queriendo ser la rebelde de pelo rosa de las películas británicas de entonces y de hoy. Allí empezó todo. Viví cinco maravillosos años, estudié fotografía en The University of the Arts, conocí a personas mágicas, fui asistente de artistas, me involucré en el mundo de la música psicodélica y grunge pero, sobre todo –y sin escapatoria–, me convertí en artista.
Hace tres años que volví a España, primero pasando por Madrid y ahora en Barcelona. Estos años he realizado dos masters, he creado una editorial que, más que una editorial, es una ideología; se llama Navaja Automática. He empezado a hacer ropa, me he hecho vegetariana, he adoptado a una perrita y lucho por un mundo mejor en el cual la diferencia sea una potencia.
Antes de entrar en materia, ¿cuándo y cómo decides dedicar tu vida a la fotografía y al arte?
Desde siempre; es toda mi vida, es lo que me salva. Llevo haciendo autorretratos desde mucho antes que me regalaran mi primera cámara por mi comunión. Ya de pequeña me sacaba fotos con una polaroid que tenía mi padre. Siempre me ha costado encajar con lo que me rodea, por lo que vestirme y maquillarme de manera transgresora a menudo me producía una sensación de adrenalina enorme. Al estar mis padres separados, ir a casa de él suponía libertad absoluta: me vestía con su ropa, hacía collages con revistas que encontraba y pintaba encima con pintauñas, y veía millones de películas que luego inconscientemente influenciaron mis fotografías.
Fui a un colegio bastante hippie, en cuarto de la ESO ya podías elegir la especialidad que más te interesaba, y yo elegí arte y moda. Allí me pasaba los días diseñando moda, haciendo collages y autorretratándome proyectando fotografías de Helmut Newton encima de una compañera –algo que generó bastante escándalo. Hasta que no salí de casa de mis padres el escándalo siempre ha ido de mi mano.
Todo ese tiempo de mi adolescencia anduve buscando mi lugar como artista hasta que llegué a Londres y conocí a la maravillosa artista, madre, cantante y activista Melody Holliday, que fue mi tutora durante mi primer año. Ella me hizo ver que lo que llevaba haciendo hasta entonces era arte. Tenía mensajes muy fuertes de género y de una búsqueda vital de identidad. Me dijo que tenía que hacer más, ser yo misma y descubrir qué era lo que yo hacía y por qué. El porqué no lo empecé a descubrir hasta hace un par de años. Pero sí supe que la fotografía iba a ser uno de mis lenguajes, y así mismo el autorretrato, el video y el collage.
Además, una de las características principales del arte es la de generar un espacio para abordar, profundizar e investigar temas conflictivos, difíciles de comunicar eficazmente en otros ámbitos como el laboral, el familiar o los medios informativos. Tiene el poder de dar luz a temas que son tabú y a los que difícilmente se puede llegar de otra manera. De aquí mi interés, admiración y devoción por este trabajo y por la gente que con su arte intenta denunciar, visibilizar, enseñar, sanar, conocer, hacer soñar, explorar y (re)educar.

Veo que, efectivamente, eres una artista polifacética y multidisciplinar. ¿Cuál de las distintas técnicas –collage, vídeo, instalación, etc.– es más fácil para ti y de qué manera se diferencian de la fotografía? ¿Has probado de unir unas cuantas a la vez?
El collage y el video me resultan muchísimo más fáciles que la fotografía. Para realizar una foto puedo estar meses con la idea en la cabeza. Soy muy perfeccionista y se tienen que dar muchos elementos, es como un ritual. A veces puede llegar a ser bastante doloroso y frustrante, ya que, a pesar de vivir en un mundo en el que la gente puede tomar fotos en cualquier momento –ya sea con el teléfono móvil o con una cámara–, conseguir una imagen que transmita es más difícil que nunca, pues hay tantísimas que ya estamos saturados.
Para mí el collage y el video son una forma de liberación y experimentación, algo inmediato que sale de mis adentros mucho más salvaje, lo cual no quiero y no intento controlar. De esta forma lo disfruto más, entro en trance. Sin embargo, la fotografía me toca pensarla y repensarla, domarla, sujetar las ideas y luego, simplemente, sale. Es como saltar un obstáculo a caballo: en los metros previos al salto tienes que apretar, sujetarte, echarte para atrás y aguantarlo, retenerlo hasta que llegas al obstáculo, lo liberas, y todo explota.
El collage, la fotografía y la pintura se intercalan constantemente en el trabajo. En mi proyecto Sin rencor mezclo fotografías mías con collages que luego unifico solarizándolos. También en Érase una vez un país y en Dispárame. Además, en mi editorial, tanto los libros como la ropa que hago son una combinación de ilustración y pintura con estas tres disciplinas.
Al mirar tus fotografías y collages se percibe un cierto aire de nostalgia y, a la vez, de inocencia, pero también una profunda denuncia. ¿Es usar algo como la ingenuidad una manera más pura de afrontar aquello terrible de la sociedad?
No sé si es más puro pero no es racional de entrada. Normalmente me suelo adentrar en proyectos de manera intuitiva a partir algo cercano o que llevo viendo mucho tiempo. Es más tarde cuando doy cuenta de la problemática que estoy mostrando y ya me sumerjo. No sé hablar de lo que desconozco por lo que siempre suelo partir desde mí misma, de un sentimiento, vivencia o trauma que acaba siendo universal. Pienso que muchas de las cosas más implantadas y más difíciles de cambiar han sido impuestas de forma sutil, normalizadas poco a poco.
Nunca he sabido cuál es la mejor forma de cambiar las cosas y siempre he dudado entre actuar desde una forma más outsider, DIY, punk, ilegal (necesaria, legítima) que siempre acaba siendo censurada y estigmatizada. Si no sales del pensamiento hegemónico y establecido no ves; a no ser que estés dentro o actuando desde dentro, con lo que eso conlleva.He dado con una respuesta que, de momento, me sirve; pero no es final, y es que si transgredes y no estás de acuerdo con lo establecido es muy difícil. Sin embargo, si te camuflas un poco y coges las técnicas del punk, DIY y lo underground, y lo haces sutil desde dentro, puedes crear una bomba atómica.
Uno de los temas que tocas en tu último trabajo, Como dios manda, es la opresión escondida de las mujeres de clase media-alta. ¿Cómo llegaste a la conclusión que querías hablar de esto y de qué manera querías abordarlo?
Desde un primer momento supe que quería abordarlo desde una forma sutil, elegante, lo más respetuosa posible y con la que pudiese lidiar. En el proyecto anterior, que es el paso previo a este, me costaba mucho hablar de él y explicarlo, pues exponía temas que yo no tenía superados o gestionados. Quizá por eso lo titulé Sólo de pensarlo duele.
En Como dios manda hablo de las relaciones de opresión y poder que se producen entre mujeres dentro de un mismo ámbito familiar, del papel de la mujer como reproductora, víctima y cómplice de un sistema opresivo, así como de las tácticas y herramientas que emplea este último. Exploro no las formas agresivas de opresión que todos conocemos sino las más ingeniosas visual y conceptualmente, y cómo te moldean a través del cariño, consejos, cuidado o chantaje emocional –como ‘el qué dirán’, ‘es por tu bien’, ‘hacerlo como dios manda’, etc.
Este proyecto surge de mi experiencia y reflexión personal, de algo que he vivido y veo constantemente. Llevaba ya varios años retratándome en casa con mi familia y en casa de mis abuelos. Pronto se acostumbraron a verme de aquí para allá con la cámara y pasó a ser algo normal –tanto que al final no eran conscientes de cuándo fotografiaba. Un día mi abuela empezó a meterse en las fotografías, a veces tan solo para colocar un elemento, y fue ahí donde todo empezó a materializarse. Al ver esas fotos entré en una catarsis personal porque entendí que lo que mostraban era algo ‘secreto’ que nunca había contando a nadie, y que una parte de mi llevaba años negando. Verlo fue entenderlo. Entender con la mirada.
Creo que este proyecto ha sido una pulsión, una necesidad y una forma de comprender por qué actuaba de la forma que lo hacía, de conocer mi pasado, liberarme, coger aire y seguir. Durante todo el proceso de realización, y sin darme cuenta, me refugiaba detrás de la cámara, lo cual hizo que creara una distancia y que empezara a ver a mi familia de una forma que no había visto antes. Fue el paso de la intrahistoria a la historia de las mujeres en mi arte y visión creativa. Después he podido constatar que este proyecto ha servido para dar voz a muchas mujeres que pasaban por lo mismo pero no podían o querían hablar de ello –como ha sido el caso de mi madre.

Siguiendo con la misma serie, la combinación de fotografías de archivo y otras actuales nos crea la impresión de que el tiempo no ha pasado, ¿es por la estética general de las fotografías? ¿O es una metáfora de que el problema que sufren estas mujeres no ha avanzado hacia una resolución?
Exacto. Además, no solo mezclo fotografías y juego con la estética de archivo, también juego con los tamaños: a veces son más grandes las de archivo y otras veces las mías. De esta forma se les da la misma importancia y crea una sensación de estancado, es decir, aunque el tiempo pase los patrones se repiten.
También tienes otros trabajos con los que usas más la técnica del collage: Dispárame y Érase un país son ejemplos de ello, y en ambos lo utilizas como herramienta de denuncia. ¿Cómo puede ser el collage un arma de acusación igual de poderosa que la fotografía?
El collage es una increíble arma de acusación desde sus inicios por su potente fuerza visual, su ruptura y conexión con la actualidad. Es probablemente la disciplina más utilizada y popular del arte político más inconformista. Desde su invención, su función ha sido romper con lo establecido para hacer crítica social y política. Además, su característica DIY (hazlo tu mismo) hace que puedas subvertir cualquier imagen con mucha facilidad.
No hay más que ver el uso que le han dado muchísimos artistas: desde una crítica de la sociedad de consumo con Richard Hamilton hasta herramienta política de la mano del gran Peter Kennard con sus collages anti-nucleares. O el polémico y brillante selfie del ex primer ministro Tony Blair, la increíble y potente propaganda política de John Heartfield, el feminismo de la icónica pieza Your body is a battle ground de la magnífica Barbara Kruger o las portadas punk de Crass records.
Aparte de tus propios proyectos, también eres fundadora de Navaja Automática, ¿cómo surge este proyecto y en qué se basa?
Navaja Automatica es una editorial artesanal de libros ‘especiales’, hechos a mano y de muy cuidada manufactura, de edición muy limitada –casi exclusivos–, que hacemos mi cómplice e icono underground, Industrias Doc, y yo. Creo que el nombre deja claro lo que significa para nosotros este proyecto y sus intenciones. Hacemos artefactos artísticos para protegerte y luchar contra lo establecido sin miedo, sin censuras, con mucho coraje y asumiendo mucho riesgo.

Navaja Automática es, como vosotros definís, un colega con buenos puños, el cuello roto de una botella, un fajo de billetes enrollados, un escondite secreto, una mirada de complicidad, un viejo truco, una salida trasera o un buga encendido esperando en la puerta. ¿Qué más es Navaja Automática?
¿Qué más quieres?
Dentro de Navaja Automática tenemos proyectos como Pulsion y Bike Wars, y aunque son muy diferentes en contenido, creo que se juntan a la hora de ilustrar lo más underground de ciudades como Londres o Barcelona. ¿En qué puntos se complementan y en qué otros se diferencian?
Los lugares retratados en ambos libros son lugares en común; son lo que William Boroughs menciona en sus libros, “interzonas”. Son grietas de este mundo, son zonas temporalmente autónomas. Quizá se diferencian en el concepto de cada uno: en Pulsion nos centramos en el estudio del trance y en Bikewars en la investigación de la destrucción creadora.
En Bike Wars, lo primero que leemos es el statement “usar la bici en sí ya es la guerra”. ¿Contra qué o quién? ¿Qué otras formas de luchar existen?
Usar la bici es la guerra al ruido, al consumo, al humo, a la enfermedad, al ir a toda velocidad y no ver nada, a la insensibilidad. Hoy en día que todo va muy rápido y es muy duro, y todo el mundo va en coche sin disfrutar ni apreciar nada, sin contacto directo con el entorno. Moverte en bici ya es una forma de vida, una forma de política de no destrozar ni contaminar el mundo.
Existen muchas formas de luchar, pero las que están presentes para mí, actualmente, son utilizar la diferencia como potencia, respetar, serme fiel a mí misma, amar, y aliarme con todo aquel que quiere un mundo mejor donde no nos tengamos que esconder para hacer el amor o ejercer nuestros derechos de expresión y pensamiento.

Me he fijado que en los proyectos de Navaja Automática utilizas la fotografía en blanco y negro, mientras que en los otros más personales usas el color, ¿a qué se debe?
La elección del color es según la necesidad de proyecto, la estética y lo que se quiera comunicar. Hay proyectos que me han pedido fotografía a color porque para mí va vinculada inmediatamente con la realidad, la crudeza y la verdad. Aunque, normalmente, en la fotografía más personal suelo mezclar color y blanco y negro por igual.
Con Navaja Automática sí que tengo claro que todo es blanco y negro, ya que su uso le da atemporalidad a lo que se muestra. Mucha gente, cuando ve nuestros libros, piensa que son cosas que pasaron hace muchos años. También creo que la fotografía en blanco y negro tiene esa magia de poner los sucesos en un limbo. Muchas texturas se evaporan y se alisan, algo que pone difícil poder situar la acción en el tiempo o el reconocimiento de los colores. ¡Eso sí, te hace soñar más!
Finalmente, ¿hay algún proyecto en el que estés trabajando ahora mismo? ¿Podrías adelantarnos algo?
Muchísimos, estoy preparando varias exposiciones de este año. Entre ellas, soy la imagen del festival de fotografía Art Photo Barcelona. También estoy trabajando en un nuevo proyecto que quiero sacar con Navaja Automática y, adelanto, que la cosa va de plantas y la vuelta a la naturaleza, con un documental de una casa en unas circunstancias especiales en la que viví hace un año. Además, estoy preparando varias acciones artísticas bajo el lema Exhausta.

Texto
Sandra Iglesias

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