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Beatriz Janer es fotógrafa y realizadora audiovisual y desde bien pequeña lo ha tenido claro, quería una cámara entre sus manos. Suele aburrirse con facilidad y la curiosidad mueve su mente a la velocidad del rayo. Experimentar no le supone un problema y su atenta lente ya ha capturado el aquí y el ahora de ciudades como Barcelona, Madrid y Nueva York.

Le inspiran las personas y cree que posiblemente quien mejor hable de nosotros es alguien que no nos conoce así que no es casual que su última exposición en solitario se titule Hi Stranger, un proyecto que inmortaliza a extraños en las calles de Nueva York en 120mm y polaroid. Hablamos con ella sobre la exposición, su obra, su día a día y futuros proyectos.

Hola Beatriz, para los que aún no te conozcan, ¿podrías presentarte?
Me llamo Beatriz y tengo treinta y un años. Soy fotógrafa y realizadora audiovisual. Desde que tengo uso de razón, o si tuviera que pensar en mis primeros recuerdos de infancia, siempre aparece una cámara en ellos. Mi padre se dedicaba a grabar todo lo que sucedía en mi casa: películas en súper 8 y escenas del día a día con nosotros. Cuando recuerdo nuestros paseos por el campo o por la playa siempre es con el ojo pegado al visor. Creo que esa imagen hizo que mi curiosidad creciera y siempre deseara grabar.
La fotografía siempre ha formado parte de tu camino y con tan solo ocho años ya tenías una cámara entre tus manos. ¿Cuándo pasó de ser algo que te gustaba hacer a convertirse en tu forma de vida?
A mi hermano le habían regalado una Konika compacta de la época y a mí me parecía preciosa. Así que siempre se la pedía para hacer fotos por casa. Empezó como algo lúdico y con los años, después de pedirle a mis padres que me comprar una cámara propia, empecé a hacer sobre todo retratos de mi entorno. Con dieciséis años ya quería dirigir una película, no me interesaba ninguna carrera de las habituales. Yo quería hacer cine, sí o sí. Y en cierto modo lo hacía a mi manera escribiendo guiones para algún día dirigirlos. Con catorce años escribía cada día, era como una droga. Tengo libretas llenas de historias de esa época.
Barcelona, Madrid y Nueva York. ¿Qué te aporta cada una de las ciudades por las que te mueves? ¿Cómo afecta a tu forma de mirar?
Barcelona es casa, es comodidad y calma. Es mi refugio y la ciudad donde trabajo. Madrid es la ciudad donde he vivido durante cuatro años, donde he aprendido mucho de la vida, de las relaciones, del amor, donde me he hecho fuerte. Siempre digo que en Madrid ‘me hice mayor’. Tengo mucho que agradecerle. Y Nueva York… Nueva York es el amor de mi vida. Es mi motor. Es una ciudad eléctrica y la ciudad perfecta para que te pasen cosas –porque siempre sucede algo estando allí. Quizá es la ciudad que me ha educado la forma de mirar porque, por alguna razón, me inspiran muchas cosas de ella. Además, nunca tiene fin. Suelo aburrirme con mucha facilidad de todo y necesito estímulos constantes. Pasar una temporada allí es la mejor elección que he hecho en mi vida. El aprendizaje es tan intenso que creces a todos los niveles en un tiempo récord.

Tu fotografía es puro color, luz y esencia. Lugares, personas y costumbres cobran relevancia en un relato intenso y vibrante a través de tu lente. ¿Cómo definirías tu identidad como artista?
No soy muy partidaria de definir la identidad de nada. Depende de muchos factores, momentos vitales, búsquedas, e inspiración, al fin y al cabo. Creo que la curiosidad es lo que mueve todo lo que hago; investigar, trastear. Pero quizá mi cámara de medio formato ha sido la culpable de crear esa ‘identidad’ que hace que todas las fotos tengan un denominador común. En el caso de los vídeos que hago creo que la esencia es la búsqueda del origen de las cosas y de las personas. Ir al poso, al fondo, y a partir de ahí, empezar a contar las historias.
Recientemente has presentado Hi Stranger, una exposición que nos muestra fotografías en 120mm y polaroid en las que inmortalizas extraños en las calles de Nueva York, una de las ciudades más fotografiadas del mundo. ¿Cómo la ves tú? ¿Qué hace de esta serie un proyecto distinto al resto de imágenes que ya hemos visto de la ciudad norteamericana?
Sí, es cierto que Nueva York es una de las ciudades más fotografiadas del mundo. Yo creo que dentro de ella existen muchas y en muchos formatos. Es como un panal de abejas. Más que todo lo obvio fotografiable, yo creo que también es por la energía, la gente y los lugares. Sin quererlo estás en una coctelería a la que has accedido tras llamar desde una cabina telefónica de un frankfurt.
Esta serie es algo sincero, sin pretensión. Creo que son miradas muy honestas, no hay capas ni filtros. Es el encuentro fortuito con personas que probablemente jamás volveré a ver. Es una conexión cómoda con completos desconocidos que miran al objetivo de mi cámara y con quienes establezco una relación de aproximadamente cinco minutos. A mí eso me parece mágico.
El proyecto en sí se vehicula a través de retratos. Es normal ver retratos de lo conocido, de lo íntimo, pero en este caso fotografías a personas que no conoces (aunque no lo parece). ¿Cómo tomar la fotografía de un desconocido, cómo es el proceso?
Es un proceso muy natural y orgánico. Me nace y tengo la necesidad de hacerlo. Paro a alguien que me cruzo por la calle y le pregunto si puedo fotografiarlo. Lo veo como un acto casi inconsciente. Quiero a esa persona estampada en el negativo sí o sí.

¿Son realmente extraños, o en cierta manera son esas personas que nos rodean las que mejor pueden hablar de nosotros?
Creo que quien mejor habla de nosotros es alguien que no te conoce. No hay capas, no hay juicio. Existe la libertad de poder ser quien quieras y como quieras sin tener la necesidad de hacer un papel. Cuando estoy frente a alguien que no conozco salen todas mis herramientas, creo que las mejores; no tienes nada que perder. Eres tú frente al otro en una situación y un momento determinados, fugaces o para toda la vida, quién sabe. Lo que he aprendido últimamente es que lo desconocido me da una particular confianza. Es una manera de abrirse a la vida y la única de que te pasen cosas.
Esta no es la primera serie que realizas en 120mm. A través de tus redes sociales he dado con otras como Room series/120mm, un proyecto en el que capturas habitaciones de tus viajes a lugares como Londres o Copenhague. ¿Por qué 120mm? ¿Qué te lleva a utilizar este formato?
Esta serie empezó después de ver una exposición de Sophie Calle donde retrataba escenas de habitaciones de hotel. Me fascinó: el caos, los detalles, la estética. Yo había hecho ya algunas fotografías en habitaciones de hoteles y me pareció curiosa la conexión así que continué. El medio formato me gusta mucho, me parece muy interesante a nivel de composición. Además, utilizo diferentes tipos de película para conseguir colores y texturas inesperadas. Dejo que suceda.
¿Dirías que es un formato por el que sientes predilección o la forma en que tomas tus fotos depende del contexto, del sujeto y de lo que te inspire en cada momento?
Normalmente antes va la historia que el formato. Cuando quiero crear una serie decido qué formato enfatizará mejor lo que quiero contar. Lo que es cierto es que retratar en 120mm me da una fuerza que no me da otro formato. Tengo al personaje en el centro, mirándome, y al encuadrar desde arriba por el tipo de cámara siempre queda un poco contrapicado, de manera que lo elevo, lo realzo.

“Creo que quien mejor habla de nosotros es alguien que no te conoce. No hay capas, no hay juicio. Existe la libertad de poder ser quien quieras y como quieras sin tener la necesidad de hacer un papel.”
En el plano profesional tu obra destaca por la fotografía gastronómica con campañas para diversas publicaciones y plataformas de difusión del sector, y reportajes sobre chefs y restaurantes. ¿Qué te atrae de este mundo?
Me atrae observar los movimientos que ocurren en una cocina y en una sala, y también las manos. Me fascina fotografiar manos o contar historias de oficios que se hacen principalmente a mano o donde estas tengan mucho protagonismo.
¿Cuál es tu relación con la gastronomía?
Trabajo creando contenido de fotografía y video para diferentes publicaciones, marcas, restaurantes, hoteles, etc. enfatizando la parte humana que hay detrás de los proyectos y dando voz al artesano o al chef y remarcando la belleza de su obra.
¿Es una conexión que siempre ha estado ahí?
Para nada. Todo esto nació una mañana en Madrid cuando mi amiga Alba me llamó para decirme si quería hacer fotos de restaurantes para su recién estrenada página web Plateselector, junto a unos amigos. Me pareció una propuesta muy interesante porque siempre me ha gustado descubrir lugares donde ir a comer, y qué mejor manera de hacerlo que uniéndolo a mi profesión. De este modo empecé a fotografiar y escribir sobre mis lugares favoritos de Madrid y después de Barcelona. Con Alba hemos ido a cientos de restaurantes, bares, coctelerías, etc. ¡Y de eso hace ya casi cinco años!

La comida es gusto, es olfato, pero también color y textura. ¿Cómo transmites esos sentidos en una fotografía? ¿Cómo se consigue crear ese vínculo?
Creo que hay que dejarse llevar y mostrar las cosas como son, en su naturaleza. No me gustan las cosas demasiado producidas o tan minimalistas que parecen carecer de contenido. La comida es alimento y es pureza. Cuando no existe la manipulación, el canal de transmisión de emociones se libera y las cosas llegan, sin duda.
Tus proyectos no solo son de fotografía. Has estudiado dirección cinematográfica y fotografía entre Barcelona y Nueva York y, de hecho, muchos de tus proyectos son vídeos. ¿Cómo te planteas los diversos procesos creativos teniendo en cuenta la versatilidad de tus creaciones?
Con el video tengo la sensación de tener más libertad, de disponer de más herramientas. El movimiento para mí es emoción. El video me da la posibilidad de crear historias más completas y establezco una conexión más íntima porque hay un proceso más elaborado hasta el resultado final. La fotografía es el momento. Es el aquí y el ahora, el decidir llevar la cámara o no, el perderse cosas o dispararlas. Para mí es más solemne y más contemplativo. Al final todo es el mismo lenguaje, pero según el proyecto o el encargo, las herramientas cambian.
Aunque gran parte de tu obra se desarrolla en el plano profesional, la mayor parte tus fotografías nos transmiten una sensación de cercanía, identidad y hasta costumbrismo bajo una luz que lo envuelve todo. ¿De dónde nace la inspiración?
De la observación. La única manera de aprender es observando y estar atento a lo que ocurre. A veces es un sonido o la luz que entra en mi salón a las cuatro de la tarde. Pero lo que más me inspira supongo que son los seres humanos. Su comportamiento, sus movimientos, la manera en la que hablamos, nos tocamos el pelo o nos recolocamos las gafas. No sé, hay algo en los demás que me parece muy emocionante.

¿Qué mueve a Beatriz Janer en su día a día?
La posibilidad de contar historias. Allá donde sea. Nutrirme sobre todo viajando, conociendo a gente, que toda la energía se vaya renovando. Lo más importante es poder tener tiempo de observación, para investigar y descubrir nuevos caminos de aprendizaje.
¿Algún proyecto del que te sientas más orgullosa o con el que te sientas especialmente identificada?
Uno de los más especiales es la última exposición que he realizado, Hi Stranger, es lo más sincero que ha salido de mí. Ha sido todo un proceso a muchos niveles, sobre todo emocional. Es un hijo que se ha ido gestando durante siete años y que por fin ha salido a la luz.
Para terminar, ¿dónde te ves en un futuro próximo? ¿Algún proyecto en mente?
No quiero pensarlo demasiado, no es bueno centrarse tanto en el futuro. Desde luego trabajando y nutriéndome, formándome e investigando, no sé si en Barcelona o en otra ciudad. Tengo muchos proyectos empezados que en algún momento se tendrán que cerrar, pero ahora estoy muy centrada en una nueva serie de retratos con un formato muy especial. Estoy experimentando e investigando en ello y viendo las posibilidades que esta nueva manera de fotografiar puede darme.

Texto
Maria García Prades

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