Hay libros que se leen de un tirón, en una sola noche en la que el tiempo se diluye y solo queda la necesidad de seguir. Despiece (Dos Bigotes, marzo 2026), de Vicente Ferrer, es uno de ellos. Una novela que parte de su infancia en el seno de una familia propietaria de una carnicería, desde donde reconstruye la memoria, el cuerpo y las huellas de una infancia atravesada por los abusos sexuales sufridos a manos de su profesor de gimnasia. Pero más allá de esa vivencia, Ferrer también se detiene en lo cotidiano: en la figura de sus padres y sus costumbres, en la relación con su hermana, en los pequeños rituales y tensiones de una casa cualquiera. En definitiva, en la vida de un chico normal.
La novela se articula, además, desde una doble mirada que sostiene toda su estructura: la del niño que va a la escuela y ayuda en la carnicería, y la del adulto que ya ha vivido el tiempo necesario para regresar a todo aquello. Entre ambas voces se construye un relato fragmentado y honesto, donde recordar no es reconstruir con precisión, sino intentar dar forma a aquello que el tiempo ha ido borrando.
No podría empezar esta entrevista sin decirte que Despiece me ha parecido una novela impresionante. No solo por ser tu debut, sino por la manera en que aborda algo tan complejo sin caer en el exceso o el morbo. A muchos escritores les cuesta tratar temas difíciles sin que se conviertan en una exposición casi voyeurista del dolor. En tu caso, hay una contención muy consciente. ¿Fue algo que tuviste presente desde el inicio o surgió de forma más intuitiva durante la escritura?
Me lo han dicho ya en alguna ocasión, esa ausencia de morbo o de exceso. Pero la verdad es que no fue algo que hiciera ni consciente ni inconscientemente. Es decir, yo sabía que iba a hablar del tema, que esos elementos iban a estar ahí, pero en realidad para mí el libro es la historia de una familia. Por detrás ocurre ese suceso dramático que le da tensión, incluso el clímax narrativo, pero no fue una decisión estética del tipo ‘voy a hacerlo elegante’ o ‘voy a evitar el morbo’.
Sí sabía que quería que hubiera tensión, que el lector sintiera una especie de incomodidad, pero al mismo tiempo que no fuera solo eso. Lo que sí era consciente era la voluntad de que fuera una historia poliédrica, que no fuera plana, que no fuera solo dolor o solo una mala experiencia, sino algo que te llevara por distintas emociones.
Sí sabía que quería que hubiera tensión, que el lector sintiera una especie de incomodidad, pero al mismo tiempo que no fuera solo eso. Lo que sí era consciente era la voluntad de que fuera una historia poliédrica, que no fuera plana, que no fuera solo dolor o solo una mala experiencia, sino algo que te llevara por distintas emociones.
Empiezas el capítulo trece con una frase que resuena especialmente: “Cuando lo insólito se convierte en hábito, los recuerdos acaban por confundirse entre sí. El paso del tiempo hace el resto. Hoy mi memoria es un cuerpo descuartizado”. A medida que pasa el tiempo, reconstruir la memoria, y más aún cuando está atravesada por el trauma, se vuelve especialmente complejo. Has comentado que recurriste a olores, espacios, objetos o personas para reconstruir ese pasado, pero ¿cómo fue enfrentarte a ese proceso desde lo emocional? ¿Qué implicó volver a esos lugares?
No fue un proceso traumático, la verdad. Fue más bien juguetón. No tengo una memoria especialmente buena, pero lo que ocurre es que hay una especie de introspección profunda que se va construyendo con el tiempo. No es que te sientes un día a recordar algo concreto, se trata más bien de una especie de sedimento: van cayendo recuerdos, sensaciones, fragmentos. Y de repente empiezas a tener memoria de cosas que no son solo hechos, sino sensaciones. Pueden ser olores, imágenes, sonidos, formas de hablar, y eso funciona como disparador. A partir de ahí entra la imaginación, que es muy importante en todo el proceso. Lo que se busca es crear un universo en el que el lector pueda entrar rápido y creerse todo. Es más un proceso meditativo, de habitar emocionalmente esos momentos durante mucho tiempo, que una reconstrucción exacta del pasado.
Imagino que mientras escribías hubo momentos de duda, de necesidad de tomar distancia, o incluso lo contrario: de no poder dejar de escribir. ¿Cómo viviste ese proceso? ¿Qué tipo de inquietudes o temores te acompañaban mientras construías el libro?
Los momentos en los que más necesitaba pausa o distancia eran los relacionados con la parte del adulto, sobre todo la parte final. Ahí sí que la distancia entre mí como persona y el texto era más complicada porque está mucho más cerca de mis emociones actuales, de cómo me siento ahora. Y eso hace más difícil separar lo que escribes de lo que sientes. En cambio, la parte de la infancia es distinta: han pasado veinticinco años, no soy ese niño, he hecho terapia, no recuerdo todo… hay más distancia natural. En general fui muy constante. Sabía que quería escribir el libro, tenía claro que lo iba a hacer. No hubo mucha duda en ese sentido.
Para ser tu primera novela, sorprende la solidez de la voz y la calidad literaria que atraviesa el texto. La forma en que consigues situar al lector dentro de tus vivencias, desde la mirada de un niño y la de un adulto, no es fácil de lograr. ¿Hay algún referente que haya influido en tu manera de escribir?
Sí, hay varias influencias claras. Una muy importante es El invencible verano de Liliana, de Cristina Rivera Garza, donde se narra un feminicidio a través de distintas fuentes: memoria, conversaciones, documentos, noticias, y con una escritura muy cuidada, muy literaria. También ¿Por qué volvías cada verano?, que trabaja el tema de los abusos desde la polifonía, desde diferentes voces narrativas. Y luego, en el estilo, autores como Leila Guerriero, Samantha Schweblin o Emmanuel Carrère han jugado un papel importante. Yo vengo del periodismo, así que me interesa mucho esa mezcla entre realidad y escritura literaria, contar algo real pero con una forma que te atrape, que te haga querer seguir leyendo.
La manera en que una persona narra una historia es, en muchos casos, incluso más importante que lo que se cuenta. ¿Crees que Despiece podría haberse contado desde otro tipo de narrador o de voz, o era esta la única forma posible de dar sentido a la historia?
Creo que sí podría haberse contado de otra manera, pero habría sido otra historia. Al principio incluso probé escribir con una voz de niño directamente, sin ese adulto que recuerda. Pero es muy difícil sostenerlo porque limita muchísimo el lenguaje, la complejidad y las herramientas narrativas. Para lo que quería contar –la familia, el paso del tiempo, la memoria, incluso la importancia de los documentos y las fotografías– necesitaba esa combinación entre el niño y el adulto. Esa estructura me parecía la más completa para lo que quería construir.
¿Hasta qué punto tu compañera y amiga Belén López y tu profesor de máster, Jorge Carrión, han formado parte del proceso de Despiece?
Belén, por ejemplo, me avisó de que probablemente me escribiría gente para contarme cosas personales, y así está siendo. Personas que han vivido experiencias similares, a veces muy íntimas. Y Jorge me acompañó también en el proceso con ideas y reflexiones que me ayudaron a pensar el libro. Por ejemplo, la idea de que la novela se expone, no se impone. No tanto como una intervención directa en el texto sino como un acompañamiento en cómo entender lo que estaba haciendo.
La idea de la carne atraviesa toda la novela. La relación entre la carnicería de tus padres y tu propio cuerpo genera un diálogo muy sugerente. ¿Cómo surgió esa conexión?
Cayó por su propio peso. En el momento uno no era consciente del todo, pero bastante rápido apareció. En mi casa se hablaba constantemente de carne, era el lenguaje cotidiano, tanto en la vida real como en la novela. Entonces, de forma bastante natural, apareció esa conexión.
Relatos como este pueden ser un apoyo para aquellos que han pasado o están pasando por vivencias similares. ¿Es una situación con la que sabías que podrías encontrarte?
Sí, ya me lo había advertido Belén, y efectivamente está pasando. Me escribe gente que ha vivido experiencias similares, incluso personas que no lo habían contado casi a nadie. Yo lo que intento es acompañar. Decirles que no están solos, que está bien hablarlo, que compartirlo suele ser una buena idea. No lo he escrito pensando simplemente en ayudar, pero sí entiendo ahora que estos relatos generan ese efecto. Y me parece genial, aunque mantengo cierta distancia emocional para poder gestionarlo.
Sé que aún ha pasado muy poco desde la publicación de Despiece, pero me interesa saber hacia dónde te gustaría llevar tu escritura a partir de aquí. Después de un libro tan personal, ¿qué te apetece explorar o construir como autor en el futuro?
Mi objetivo es seguir escribiendo, ese es el sueño. Ahora mismo estoy trabajando en una segunda novela que ocurre en Berlín. Pero también estoy muy abierto a lo que pueda pasar con la recepción de Despiece, a ver si surgen oportunidades o caminos distintos. Estoy en ese punto de seguir trabajando, pero también observar qué ocurre alrededor del libro.
Siempre se dice que las personas que han sufrido agresiones sexuales arrastran el recuerdo de esa vivencia durante toda su vida. En muchos casos, nuestros propios cerebros parecen difuminar los capítulos más oscuros, dejando lagunas como mecanismo de defensa. ¿Hasta qué punto crees que es así? ¿Dirías que el tiempo lo cura todo o más bien transforma la forma en que convivimos con esos recuerdos?
Estoy de acuerdo en que el tiempo no lo cura todo. Si no trabajas lo que te ha pasado, se queda dentro y puede hacer daño. Es importante hablarlo, compartirlo, ser honesto contigo mismo y con los demás. Eso ayuda a no quedarse atrapado en la vergüenza, el miedo o la culpa.
¿Qué tipo de lector crees que conecta especialmente con Despiece? No tanto en términos de perfil, sino de disposición: ¿hace falta cierta conexión con nuestro mundo interior o confías en que la novela pueda interpelar a cualquiera?
Yo lo escribí pensando en que lo pueda leer cualquiera. Hay una intención clara de que el lector entre en la historia y quiera seguirla. Sí que hay gente a la que le puede dar reparo por el tema, pero muchas veces es más la idea previa que lo que luego encuentran en la lectura.
¿De qué manera dirías que te ha transformado escribir este libro? ¿Has notado ese cambio en algún aspecto concreto de tu vida o de tu forma de entender lo que viviste?
La escritura en sí siempre transforma, pero no tanto por la historia como por el propio hecho de escribir. Lo más transformador está siendo la publicación: el contacto con los lectores, el apoyo, las conversaciones que se generan cuando el libro ya está en el mundo. Eso sí está teniendo un impacto en cómo se integra todo esto en mi vida.
Y para acabar, también estás haciendo un pequeño tour de presentaciones por diversos lugares de España. ¿Cómo está yendo todo? ¿Está siendo un recibimiento tal y como te lo esperabas?
La verdad es que está yendo muy bien. Son presentaciones todavía muy de entorno cercano: familia, amigos, amigos de amigos, primeros lectores. Es todo bastante inicial pero muy positivo. Para ser una primera novela hemos hecho varias ciudades, y lo estoy viviendo un poco como sembrar semillas y ver qué crece después
Vicente Ferrer está hoy firmando libros en la librería Finestres de 10h a 11h, en Crisi de 13h a 14h, en La Prole de 15h a 16h y en Antinous de 18h a 19h.

