Con la ayuda del Instituto de la Juventud, la sala Amadís de Madrid presenta, hasta el 9 de enero, Vacío ritual, rito pleno, una exposición comisariada por Elisa Andueza, que propone una reflexión contemporánea sobre el ritual no como símbolo cerrado, sino como proceso activo y experiencia compartida. Lejos de entender el rito únicamente como portador de significado, la muestra se apoya en la idea desarrollada por Frits Staal: el ritual se sostiene por sí mismo; no representa, no comunica, no explica. Simplemente ocurre.
Esta autosuficiencia resulta paradójica si se tiene en cuenta la complejidad formal y la carga histórica de estas prácticas, y conduce inevitablemente a las preguntas que plantea Andueza: ¿cómo algo tan complejo puede no significar algo?, ¿de verdad no significa nada? La respuesta en realidad es simple: el sentido, si aparece, lo hace al final del recorrido, cuando el conjunto se completa. Como explica Andueza, “en términos generales, no quiere decir que algo suceda porque una acción carente de significado tenga lugar, ya que el propio devenir de la historia resulta fruto de un choque de significados. Pero en el terreno ritual, esa contraposición de la nada hacia el todo alcanza unos resultados realmente significativos”.
Desde esta premisa, la exposición articula un recorrido en el que las obras funcionan como actos rituales en sí mismos. Los artistas participantes abordan distintas formas de ritualización, desde lo mágico y lo natural hasta lo corporal, lo funerario o lo meditativo, atendiendo tanto al proceso de creación como al resultado material. Cada pieza activa un tiempo propio, invitando al espectador a ralentizar la mirada y a implicarse de manera consciente en la experiencia.
Alicia Lehmann presenta una selección de su serie El martillo de las brujas, un archivo visual que revisita la figura histórica de la bruja desde una perspectiva contemporánea. A través del retrato, el paisaje y la representación de objetos rituales, la artista recupera gestos y saberes tradicionalmente marginados, activando una memoria colectiva que pervive más allá de la persecución histórica. Sus imágenes funcionan como actos de reconocimiento y restitución simbólica, donde lo mágico se presenta no como ficción, sino como práctica viva.

El trabajo de Alba Lorente Hernández se articula en torno a la idea de que el proceso es un rito. Sus piezas surgen de una metodología basada en la destrucción controlada de la materia, donde romper, estriar, superponer o borrar se convierten en acciones ritualizadas. Lejos de los cánones formales, su práctica enfatiza la repetición y el tiempo como elementos esenciales del acto creativo. La obra no se presenta como resultado definitivo, sino como huella de un proceso que podría prolongarse indefinidamente.
Victoria Maldonado introduce una dimensión ritual vinculada a lo funerario y lo monstruoso. Sus esculturas, realizadas a partir de estructuras textiles sumergidas en porcelana, evocan cuerpos disecados o reliquias de un tiempo suspendido. En estas piezas, el rito se manifiesta como tránsito: entre lo vivo y lo muerto, lo humano y lo híbrido, lo material y lo inmaterial. Su trabajo cuestiona las categorías normativas del cuerpo y propone una lectura ritual de la transformación y la pérdida.
La obra de Miguel Marina se aproxima al ritual desde una dimensión contemplativa. A través de formas, materiales orgánicos y procesos manuales, el artista construye un paisaje simbólico que remite al trance y al recogimiento. Sus piezas no buscan una narración lineal, sino que funcionan como fragmentos de una experiencia sensorial donde el hacer manual se convierte en un gesto ritual repetido, casi meditativo.
Por su parte, el dúo Moreno & Grau explora la ritualización del territorio y la relación entre cuerpo y naturaleza. En sus proyectos, el paisaje deja de ser un mero escenario para convertirse en un agente activo, con el agua como hilo conductor de su obra. A través de acciones, instalaciones y registros fotográficos, las artistas apelan a lo intuitivo y lo animal como formas de conocimiento, proponiendo una experiencia que se aleja de la representación y se acerca al acontecimiento ritual.

Vacío ritual, rito pleno se completa con la participación del público, cuya presencia atenta cierra el círculo del rito. En una realidad en la que vivimos con una hiperestimulación constante, esta exposición reivindica la concentración como acto esencial. El ritual, como el arte, no necesita explicarse para operar; sucede en el tiempo compartido, en el gesto repetido y en la experiencia que transforma el vacío en plenitud.
La exposición Vacío ritual, rito pleno se puede visitar hasta el 9 de enero de 2026 en la Sala Amadís, C. de José Ortega y Gasset, 71, Madrid.
