Tras una hora y treinta y seis minutos de carrera, Lewis Hamilton cruzaba la línea de meta y nosotros aplaudíamos al borde de la lipotimia abrasados por el sol. Dios, qué calor ayer en Montmeló. Y eso que cada vez que el sofoco apretaba, corríamos a resguardarnos bajo la sombra con una cerveza bien fría. Porque, sí, estamos en el Gran Premio de España de Fórmula 1, siguiendo la carrera desde el Jacqueline Pit Lane Lounge, una posición privilegiada no solo por las vistas panorámicas al circuito, sino porque aquí arriba, en el rooftop, el espectáculo empezaba antes de que los coches ocuparan la parrilla de salida.
Pero sobre el mediodía, inspeccionando el lounge para ver desde dónde podríamos ver mejor la salida, la única parrilla que por entonces nos interesaba era la de Casa Maca, sí, el restaurante de Ibiza, que andaba preparando ya todos sus bártulos para ofrecer al personal unas buenas raciones de chuletón a la brasa, butifarra y unas alcachofas asadas y servidas con piñones ciertamente deliciosas. Pero no estaban solos. El restaurante Jacqueline Barcelona (Enric Granados, 66), que es quien se encarga de esta área de hospitality en el Circuito de Barcelona-Catalunya se ha esmerado y mucho para que a los asistentes no les falte de nada. Hasta tuvimos un ronqueo de atún en directo (o despiece, para quienes desconozcan ese término, como yo misma hasta ayer) de la mano de Arrom, empresa especializada en la selección, corte y distribución de atún rojo de la más alta calidad, que luego se sirvió en forma de sushi y sashimi. Los helados los puso delaCream y el jamón, Carrasco. También hubo ostras, degustación de caviar y cócteles de tequila Patrón, bien de hielo para mitigar el calor un poco.
La salida sería a las tres. A eso de las dos y media, empezamos a movernos todos para ocupar las mejores posiciones desde donde ver la carrera. Ya había ajetreo abajo, en la pista. Las gradas empezaban a llenarse y podías ver desde donde estábamos cómo los abanicos no daban tregua. Treinta minutos que se hicieron eternos, hasta que por fin escuchamos el rugir atronador de los motores y, ¡zas!, todos pasaron en apenas unos segundos. Debo reconocer que nunca he sido muy fan de la Fórmula 1, aunque de pequeña recuerdo quedarme embobada más de una vez frente al televisor atrapada por la adrenalina de la velocidad. Pero desde luego no iba a desaprovechar una oportunidad así. Ver los coches en directo, tan cerca, sobre todo cuando salen de boxes, es una gozada, eso seguro. Pero, ¿qué haces durante ese minuto y pico en el que dan la vuelta al circuito y no pasa absolutamente nada frente a ti? Ni el aire pasaba el domingo. Vale, soy una impaciente. Así que estuve yendo del borde de la terraza, desde donde se veía el circuito, al interior para ver la tele, y de ahí a la barra a por otra cerveza fresquita, hasta que Hamilton cruzó la línea de meta pasadas las cuatro y media. Alegría y abrazos en la escudería Ferrari. No era para menos, después de llevar todo lo que va de año sin una sola victoria. Luego vino el momento podio, con la entrega de premios. George Russell y Lando Norris quedaron segundo y tercero, respectivamente. Y finalmente iniciamos el camino de vuelta, cada uno desde las distintas salidas del circuito, en una procesión lenta, mientras los más entusiastas, luciendo camisetas de sus equipos favoritos, todavía se demoraban por la zona esperando ver a alguno de sus ídolos. Montmeló se vaciaba poco a poco, todavía caliente, todavía ruidoso, como si la carrera tardara un rato más en terminar del todo.


































