Con un gesto de autoficción, Eva Victor dirige, escribe e interpreta un debut genuino que invita a la reparación y la ternura, y que llega a los cines españoles el 27 de febrero. Merece, al igual que la protagonista, una escucha activa, una de esas que acompaña suavemente, de la que tiende la mano. Sorry, Baby, el largometraje producido por A24 y nominado en Sundance a mejor guion y a los Globos de Oro por mejor actriz principal, el largometraje producido por A24 invita a aferrarse a las bondades, a las más pequeñas, a las recién nacidas y aún por venir.
Como un ratón en una bolsa de cartón de Burger King. Algo asfixiante le pasa a Agnes. Queda clara esa impresión en las primeras secuencias de Sorry, Baby cuando su mejor amiga, Lydie (Naomi Ackie), la va a visitar desde Nueva York y le pregunta si se siente bien trabajando en el despacho de su antiguo profesor y tutor, Preston Decker (Louis Cancelmi). Es fácil deducir lo que Lydie quiere decir cuando más tarde, en una cena en la que se reúnen excompañeros de clase en la casa de madera de caoba de Natasha (Kelly McCormack), se lanza sobre la mesa la idea, con espinas incluidas, de que Agnes era “la favorita del profesor”. Lydie cambia de tema. Manos al encuentro bajo la mesa.
Pareciera que tras la oleada de cine feminista tras el movimiento #MeToo, de la que pocos filmes sobrevivieron a la denostación del público general o de la instrumentalización comercial baratera del sufrimiento de las víctimas, poco cine ha querido subrayar o poner sobre la mesa lo que Sorry, Baby hace con naturalidad. En un momento en el que el feminismo es o bien peludo o irritante en los foros populares, el debut de Eva Victor viene a alumbrar con un ejercicio sólido sobre una historia escrita, dirigida e interpretada por una mujer queer que no pretende ofrecer respuestas. Más bien alumbramiento natural, lento.
El alumbramiento: víctima de una agresión sexual por parte de su profesor, Agnes se nos presenta en una vida confinada a la espiral de asfixia, duda, sudores fríos, ataques de ansiedad y constante pánico, y en ese mismo instante, en convivencia, las pequeñas bondades. No hay una dramatización del carácter ‘víctima’, ni un antagonismo épico en el momento de la agresión. Recordando a las primeras películas indies del estudio A24, y con humor en estado de gracia, las briznas de bondad que ofrece Victor – junto a la bella amistad entre Agnes y Lydie – brillan en el fondo de un cauce neblinoso, demostrando en el acto que hay esperanza, sin caer en el optimismo de taza. Una esperanza que tiene nombre de Olga, el gato que Agnes se encuentra en la calle, incluso cuando obliga a la protagonista a matar a un ratón que le deja moribundo en la cama a medianoche.
Ese gesto violento de misericordia resulta ser una extraña catarsis, que refleja el carácter particular de la película, así como un símbolo de liberación y justicia. No hay un camino recto hacia la sanación, pero lo que sí entiende la propuesta de Victor es la carga de vergüenza que se les impone a las víctimas y cómo navegar en el mundo tras una violación puede suponer un constante naufragio. Aún quedan faros.