El segundo largometraje de la realizadora franco-costarricense Valentina Maurel, titulado Siempre soy tu animal materno y presentado en la sección Un Certain Regard del 79.º Festival de Cannes, confirma su interés por las dinámicas familiares atravesadas por el deseo, la distancia emocional y la imposibilidad de comunicación efectiva. Tras varios años de estudios en Europa, Elsa regresa a Costa Rica para reencontrarse con su familia, un retorno que, lejos de operar como reconciliación, activa una lenta descomposición de los vínculos domésticos.
En la casa familiar, Elsa, interpretada por Daniela Marín Navarro, se encuentra con una configuración afectiva que ya no responde a los parámetros de estabilidad convencionales. Amalia, su hermana menor, interpretada por Mariangel Villegas, está en un estado de ensoñación progresiva atravesado por elementos religiosos, mágico-sensoriales y referencias esotéricas que la alejan de cualquier lectura puramente psicológica e introducen una forma de opacidad emocional que estructura el núcleo del film. Los padres, por su parte, aparecen absorbidos por trayectorias vitales paralelas y desconectadas. La madre, encarnada por Marina de Tavira, está absorta en la republicación de su poesía erótica juvenil, como si intentara reinstalar una versión anterior de su identidad. El padre, interpretado por Reinaldo Amién, circula entre relaciones paralelas y formas de evasión que refuerzan la sensación de desajuste general. Ninguno de los dos parece capaz de registrar la urgencia silenciosa que atraviesa a las hijas.
Maurel construye así un espacio familiar donde la proximidad física no implica ningún tipo de reconocimiento afectivo. La casa funciona como un sistema cerrado de ausencias simultáneas, en el que cada personaje habita su propio eje emocional sin llegar a tocar el de los otros. En este contexto, el regreso de Elsa no opera como elemento reparador, sino como catalizador de tensiones ya existentes, introduciendo una fricción específica: la de quien ha sido formada en Europa y regresa atravesada por códigos culturales y afectivos distintos, e incluso con una mirada de superioridad hacia Latinoamérica.
Es decir, la película sugiere, sin subrayarlo, una tensión de fondo entre centro y periferia, donde la experiencia europea no es neutral, sino que reorganiza la percepción del lugar de origen. Esa distancia se filtra en la forma en que Elsa observa, interpreta y a veces desajusta aquello que encuentra. De cualquier modo, Siempre soy tu animal materno evita cualquier resolución narrativa clara, optando por una acumulación de gestos mínimos y desplazamientos, escenas de convivencia mínima donde lo cotidiano adquiere una ligera densidad irreal.
El conjunto de las tres interpretaciones femeninas ha sido reconocido conjuntamente con el premio a la mejor interpretación femenina en Un Certain Regard, subrayando el carácter coral del film, porque no se trata de una única figura central, sino de un sistema de fuerzas femeninas en fricción, donde cada una encarna una forma distinta de habitar el colapso afectivo.
Siempre soy tu animal materno se sitúa así en una línea de cine íntimo y contenido, donde la disfunción familiar no se expone como ruptura espectacular, sino como persistencia estructural de lo no resuelto. El resultado es una película discreta en su forma, pero consistente en su observación de las grietas que atraviesan los vínculos más elementales. La película recuerda en ocasiones los sistemas familiares sensoriales de los trabajos de Lucrecia Martel, en los que el espacio doméstico nunca está aislado de las presiones externas, sino que se ve constantemente desestabilizado por acontecimientos que se resisten a una aclaración narrativa completa.
En términos de circulación, Luxbox, la agencia parisina especializada en distribución de cine de autor, está implicada en la gestión de derechos internacionales, aunque su distribución territorial aún se encuentra en fase de cierre tras el festival.
