El arte abstracto no es para quien quiere entender, sino sentir. Su razón de ser no está en la forma ni en la técnica, sino en el vínculo íntimo que nace, casi sin darse cuenta, entre el que observa y lo observado. Por lo menos eso cree Sean Scully, quien, a veces tan sutil y otras desgarrador, captura sus recuerdos a través de pinturas, esculturas, fotografías e incluso papel. Líneas, franjas y bloques, sí. Dolor, ambición, deseo y amor, también. Es la manera de abrazar sus emociones y transformarlas en algo tangible lo que consigue que, aún sin haber vivido su historia, comprendas lo que quiere transmitir.
La Fundació Catalunya La Pedrera acoge, hasta el 6 de julio, la muestra más completa del artista dublinés hasta la fecha. Alrededor de sesenta obras invaden los rincones del emblemático edificio y ofrecen, durante un par de meses, un recorrido por sus más de seis décadas de producción artística. Marcado por la búsqueda de equilibrio, ahora reflexiona sobre su trayectoria profesional y las corrientes que lo han marcado.
“Es imposible escapar de la historia”, comenta durante la presentación, “y mi historia es una de trabajo en fábricas, duro y manual. Con quince años ya estaba en una fábrica. Esa memoria me acompaña siempre”. Un hombre sencillo, de humor ácido y caminar lento, que se pasea por el espacio como alguien que muestra su casa a unos invitados. Al menos lo sientes así. Mires donde mires, siempre hay una raya, una franja o un bloque que, con colores vibrantes (o la ausencia de ellos) logra captar tu atención.
Mientras recorres la sala y empiezas a entender su universo, parece que las obras te acarician con el peso de su historia. Javier Molins, el comisario que lo acompaña en todo momento, nos invita a dejarnos atravesar por la humanidad tan característica de las obras del artista. Mediante un diálogo abierto, centrado en el análisis de las piezas y su evolución, Scully nos habla de la esencia, repetición, silencio, ritmo y trazos que, partiendo de un patrón, consiguen generar diferentes sensaciones a lo largo de los años. “Mis obras siguen fórmulas muy simples, pero todas diferentes. El ritmo en la música contempla solo seis posibilidades, y sin embargo, siempre logra crear canciones distintas”.
Para el artista, sus obras no son más que espacios de descanso, donde la pausa y la contemplación cobran tanta importancia que incluso pueden ser comparadas con una devoción religiosa. Antes de hablar, se para delante y observa en silencio. Parece una muestra de respeto, un ritual. No lo niega: el tríptico, en su trabajo, es sagrado y parte de su ser. Al ver Ukbar o Shadow Line, entiendes lo que quiere decir. La abstracción implica un acercamiento al mundo espiritual: “No quiero golpear a nadie con un mensaje concreto, pero a partir de él se puede percibir un sentido, una luz y un orden desde la libertad”.
Es en el rincón que comparten Passenger Brown White y Ukbar donde Scully ve necesario compartir el significado de las ventanas en sus obras. No quiere asumir lo que el ojo ajeno ve, pero sí quiere explicar por qué es un símbolo esencial en su pintura: una ventana es un umbral, el espacio que sirve de nexo entre el exterior y el interior, donde todos buscamos si deseamos contemplar. Un abismo muy oscuro en Black Window Grey Land, lo que podría parecer un paisaje en Untitled(Net). Él no busca una opción correcta, nosotros no asumimos que deba existir.
Scully lo admite, el lugar en el que se encuentra influye directamente en su obra. Mientras que los viajes por Massachusetts le brindaron luz y Marruecos le aportó geometría y una paleta de colores más viva y amplia, confiesa que ningún lugar es tan emocional y sensual como Barcelona, donde vivió durante una etapa de su vida. “En Nueva York, el mundo del arte es más polémico, y en Londres, el sentido del espacio es poco y difícil de encontrar, es todo más cerrado. Aquí no, hay un gran sentido de la preservación de la cultura”. En Barcelona 10.3.98, podemos ver resquicios de esta libertad tanto en el trazo como en sus dos ventanas.
Al contemplar la sala, comprendes esa humanidad de la que habla el artista en sus trabajos. Una técnica analítica, sí, pero un resultado profundamente humano. Entonces todo encaja, no son solo franjas: es algo que va mucho más allá de lo que se puede definir con palabras.
La retrospectiva de Sean Scully se puede visitar hasta el 6 de junio en la Fundació Catalunya La Pedrera, Passeig de Gràcia 92, Barcelona.




