Miley Cyrus popularizó Wrecking Ball hace más de diez años, pero Samuel Salcedo también tiene una obra llamada así y es igual de interesante, o incluso más. Esta bola gigante de hierro, con una cara altamente expresiva (igual que el resto de sus obras), acaba de llegar al Moco Museum de Barcelona, donde el artista expone parte de su trabajo en conversación con otros artistas de la colección del museo.
Salcedo empezó en la pintura, una disciplina más arraigada a la tradición. Sin embargo, cuando exploró la tridimensionalidad, se sintió más cómodo y siguió ese camino que tantas alegrías le ha dado hasta día de hoy. “Con la escultura descubrí que los materiales ofrecían una infinidad de posibilidades para matizar lo que quería expresar”, comenta en esta entrevista que le hacemos justo después de presentar su exposición en Moco. Nos sentamos con él para desmitificar lo que significa ‘la vida de artista’, por qué muchas de sus esculturas cierran los ojos, y cómo superar aquellos momentos en los que dudas de ti mismo y de tu trabajo.
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Para conocerte un poco más como persona, no solo como artista, ¿qué te gusta hacer cuando no estás esculpiendo?
Uno suele tener una idea de lo que significa ser artista: una vida bohemia, con mucha vida social. En mi caso no es así, y creo que en muchos otros tampoco lo es. Ser artista es un trabajo que requiere mucha dedicación. Dedico tiempo y esfuerzo porque me gusta y porque estoy trabajando en algo que va más allá de un simple sustento; hay mucha emoción en lo que hago.
He simplificado bastante mi vida. Tengo una mujer y unos hijos, así que básicamente trabajo y paso tiempo en casa con ellos. De vez en cuando veo algún partido de fútbol, y cuando tengo la oportunidad de viajar, lo hago relacionado con mi obra o para visitar museos. En definitiva, llevo una vida bastante convencional, quizá no muy apasionante para algunos, pero intento que sea significativa.
La creación artística siempre está en constante movimiento, cambia con los años y a veces se transforma a algo completamente opuesto. ¿Consideras que tu trabajo ha evolucionado desde que estudiaste Bellas Artes hasta ahora?
Yo siempre me he dedicado a la figuración, que es el lenguaje con el que me siento más cómodo. Cuando ingresé a la facultad, la figuración no estaba muy de moda, pero tenía la certeza de que era lo que quería hacer y necesitaba explorar ese camino. No se trata de una figuración académica; mi enfoque es bastante irreverente, aunque he estudiado pintura formalmente y soy licenciado en esta disciplina.
Mis primeras exposiciones no comenzaron prácticamente hasta los 30 años, centradas en pintura o combinándola con escultura. Con el tiempo, mi trabajo ha cambiado mucho, en parte porque siempre he sido atrevido a la hora de explorar nuevos lenguajes. Muchas de las técnicas que utilizo las he desarrollado yo mismo, y nunca he tenido miedo de experimentar.
¿Qué te llevó a dar el salto de la pintura a la escultura?
Fue, en parte, por la idea de ir explorando y variando. La pintura es mucho más estricta que la escultura porque solo dispones de colores y un soporte. En cambio, con la escultura descubrí que los materiales ofrecían una infinidad de posibilidades para matizar lo que quería expresar. Me fui sintiendo cómodo con esta práctica. Antes de descubrir la escultura, no sabía que podía ser escultor; no fue un proceso rápido, sino gradual. A veces añoro la simplicidad de los colores y el bastidor, aunque actualmente tengo muchas ganas de seguir desarrollando todos estos lenguajes.
Tus obras se caracterizan, sobre todo, por la expresión humana. ¿Qué te llevó a hacer este tipo de escultura? ¿Qué te interesa del cuerpo y de las expresiones?
El lenguaje de un artista surge principalmente de la intuición, de la intuición sobre lo que quieres hacer. Muchas veces es más fácil identificar lo que no quieres hacer que lo que realmente deseas. Esa intuición guía el avance en tu trabajo. Además, el diálogo con quienes ven tu obra siempre ha sido importante para mí. Me interesa la manera en que las personas interpretan mi trabajo, y esas lecturas aportan al desarrollo de mi obra. Todo esto, claro, sin buscar aprobación, porque la aprobación es algo que se encuentra, no que se puede exigir.
Tengo una lectura de todo mi trabajo anterior y de lo que quiero hacer centrada principalmente en la persona: en la relación entre las personas y en cómo nos sentimos dentro del contexto en el que vivimos. También trabajo mucho con la memoria, algo que he desarrollado más intensamente recientemente. Me interesa la memoria de los materiales y la memoria de lo que somos como personas.
Muchas de mis esculturas funcionan como una especie de caparazón, y lo importante es lo que llevamos dentro. Este continente de pensamientos, historias y, para quien crea en ello, de alma, es uno de los referentes de mi trabajo. La memoria, en sus distintas formas, sigue siendo un elemento que voy explorando y desarrollando continuamente.
“Me interesa la memoria de los materiales y la memoria de lo que somos como personas.”
En tu trabajo conviven lo grotesco y lo poético. ¿Qué te atrae de esa tensión entre belleza e incomodidad?
Soy poético en cuanto a los materiales y a lo que intento expresar. A veces también exploro la idea de las máscaras, de las apariencias y de las caretas, vinculada a la intuición de relacionarnos con los demás y de cómo somos como personas. Me interesa mucho la cultura popular: máscaras, cabezudos, referencias que no pertenecen necesariamente al ‘gran arte’, pero que tienen un valor simbólico y expresivo. Mi proceso de trabajo, en cambio, es bastante convencional: trabajo con barro, modelo y transformo los materiales. Disfruto encontrando el significado de la escultura en el propio proceso. Al mismo tiempo, me gusta provocar un diálogo con el público, interpelarlo y generar una reacción, aunque sea de manera sutil.
¿Qué artistas, movimientos o experiencias consideras que han marcado tu trabajo y de qué manera?
Cuando empiezas a estudiar, no siempre tienes referentes claros, sobre todo antes, cuando solo los podías conocer a través de libros o exposiciones. Cada vez que descubrías un catálogo de un artista que te gustaba o veías una exposición de alguien desconocido era una pequeña revelación. Yo comencé con la pintura y venía de un mundo más ligado a la imaginería popular, al cómic y al cine, que eran mis principales influencias. Pienso, por ejemplo, en el cine de David Lynch o John Waters, obras muy populares y con un sentido irónico del arte que he ido incorporando a mi propio lenguaje.
Cuando empecé con la escultura, descubrí artistas internacionales como Antony Gormley, Georg Baselitz o Jaume Plensa, así como referentes más cercanos como Marcel·lí Antúnez o Tony Oursler. Son numerosas referencias que uno va sumando y que ayudan a desarrollar y enriquecer el propio lenguaje artístico.
¿Alguna vez te comparas con ellos?
No tiene mucho sentido compararse. En el trabajo de un artista, ¿a qué puedes aspirar? Tengo la suerte de hacer lo que me gusta y de poder mostrarlo en contextos como esta exposición. Compararme con alguien que está exponiendo, por ejemplo, en el MoMA, sería absurdo, porque significaría renunciar a lo que estoy haciendo ahora, que es maravilloso. Soy muy feliz con mi trabajo. En cuanto al lenguaje artístico, muchas veces es el contexto el que determina cómo eres como artista más que la obra en sí. No es lo mismo ser de Nueva York que ser de Plasencia; el entorno influye profundamente en la manera en que te desarrollas y en cómo se percibe tu trabajo.
Estudiaste en Manchester, ¿verdad?
Correcto, allí también descubrí el arte anglosajón, que es mucho más directo. Utilizan lenguajes más ligados a tendencias actuales, y eso también tiene su valor. En cambio, en la Europa continental, y especialmente en la tradición latina, solemos trabajar con la historia del arte: con referencias que se remontan incluso quinientos años atrás. El enfoque anglosajón es más inmediato y, hoy en día, con las facilidades para acceder a información y referencias, esa inmediatez se ha vuelto más común.
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Cada exposición tiene una narrativa. ¿Qué querías comunicar o provocar en el público con esta selección? ¿Te importa que el espectador entienda la obra o te conformas con que sienta algo?
No he modificado lo que quiero expresar con mi trabajo pero el espacio sí influye mucho en cómo se entiende. El contexto de las obras alrededor, el espacio físico, que en este caso es impresionante, y la colección del museo, que dialoga con la mía, ayudan a que el público comprenda mejor lo que quiero transmitir. Trabajo con mucho cariño; es un trabajo intenso, duro y complicado, pero tengo la vocación de hacerme entender. Además incluyo cierta irreverencia, que considero importante, y que aquí también creo que se aprecia.
Casi todas tus esculturas tienen los ojos cerrados. ¿Es por alguna razón?
Cuando las piezas son tan grandes, la mirada de la escultura te interpela. Son obras de gran tamaño, y eso puede provocar cierto desasosiego. Personalmente, a mí me inquietaría que una escultura tan grande me estuviera observando.
Tengo entendido que algunas llegan a pesar seiscientos kilos.
Algunas piezas sí, y manejo volúmenes y pesos importantes porque las piezas de hierro funcionan así y el proceso es, en cierto modo, incontrolable. Al mismo tiempo, mantengo la idea que comentaba sobre la superficie, la piel de la escultura, como un continente que guarda lo que hay en su interior. De esta manera, aunque la obra se comunique con el exterior, me gusta ‘cerrarla’, protegiendo lo que hablamos: la memoria, los recuerdos, los pensamientos y la vida que contiene.
Toda trayectoria larga tiene momentos de crisis. ¿Cómo gestionas los bloqueos o las épocas de duda?
No es algo ocasional, ocurre todos los días, varias veces incluso. Forma parte intrínseca de nuestro trabajo. Es difícil porque muchas veces estás solo y sin certezas, y según el momento las cosas pueden parecer bien o mal. Por eso es muy valioso tener la suerte, como en mi caso, de poder exponer, mostrar la obra y generar diálogo. En el taller, por sí solo, es muy fácil caer en el desasosiego, así que esta interacción con el público resulta fundamental. Es algo muy habitual en el proceso creativo.
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