Mirar el flamenco puede sentirse como un poema. Un poema fuerte y rítmico en el que las palabras se vuelven visibles. El zapateado se convierte en puntuación, las palmas marcan el pulso y un latido recorre el cuerpo hasta encender las venas. Las posturas dramáticas se disuelven en momentos de improvisación, dando la libertad de expresar lo que sea que necesite salir a la luz. Y aun así, el flamenco sigue siendo un poema a la vez personal y colectivo, lleno de dolor, alegría, comunidad y una forma compartida de mirar el mundo. Así es la esencia misma del flamenco. Y ese es exactamente el espíritu que dio forma a Ruido Jondo, el festival que celebró su segunda edición el pasado sábado en Barcelona.
Bajo la dirección del fundador y director creativo Jordi Latorre y del productor musical y videoartista Derek van den Bulcke, el festival presentó cinco actuaciones hipnóticas que fusionaban el flamenco tradicional con paisajes sonoros electrónicos. Si se nos permite decirlo, incluso con ruido, tal y como sugiere el propio nombre del festival. Baile, música, visuales en directo, sesiones de DJ y experimentos sonoros industriales y vanguardistas se unieron, con trece artistas locales dando forma a un mundo propio. Y, siendo sinceros, ¿qué podría haber encajado mejor que Fabra i Coats? El espacio cultural del carrer Sant Adrià, antigua gran fábrica textil de 1903, ya tiene de por sí su propia historia. Mientras la gente se reunía fuera frente a su vieja fachada de ladrillo, charlando, fumando y riendo, la gran sala de la primera planta se iba transformando poco a poco en un universo paralelo oscuro, alimentado por luces estroboscópicas, ritmos profundos y esa inconfundible vibración techno que sientes antes incluso de escucharla.
La jornada arrancó a las cuatro con un DJ set de Derek V Bulcke. Utilizó el flamenco casi como arcilla, esculpiendo ritmo, melodía y fluidez hasta convertirlos en algo nuevo. Su actuación marcó de inmediato el tono para el resto del festival, mientras la gente se dejaba llevar hacia el baile, algunos con una concentración casi en trance, otros simplemente entregándose a la experiencia. Tras Bulcke, la emergente física, compositora y productora musical Nara is Neus subió al escenario. Su música flota en algún lugar entre el ambient y el noise, entre el paisaje sonoro y el experimento, entre la oscuridad y la belleza de la imperfección. El live set que estrenó en Ruido Jondo se inspiraba en el cineasta andaluz José Val del Omar y mezclaba texturas de vanguardia electrónica con la espiritualidad y la memoria cultural del flamenco. Una conversación entre generaciones y un recordatorio de que el pasado no es un peso, sino una guía. Nara is Neus, el alias de Neus Abellán, por cierto, es sin duda alguien a quien merece la pena descubrir si aún no lo has hecho.
A las seis, el festival entró en su siguiente capa emocional con la pieza de danza Bordes y heridas del duende, llevada a escena por Carmen Muñoz, Elisabet Romagosa, Karen Mora y Pol Jiménez. La coreografía de Marc Oliveras Casas exploraba el cuerpo como un espacio sensible, emocional y vivo mediante un flamenco contemporáneo, música electrónica e intensos visuales en directo. Todo respiraba y vibraba al unísono. Los visuales oscilaban desde un único haz de luz blanca que esculpía siluetas abstractas, nubes de humo, hasta un torrente de sombras rojas y naranjas que seguían cada movimiento y cada golpe. A veces agresivos, a veces frágiles, los cuerpos y la fuerza de los bailarines se convirtieron en el mensaje en sí mismo. Los estilismos en nude y los zapatos de flamenco amplificaban la crudeza, sin dejar espacio para explicaciones, solo para la emoción.
Más tarde, la DJ palestina afincada en Barcelona Layaar Awad tomó los platos y ofreció una de las declaraciones más contundentes de la jornada. Con ambient techno deconstruido, melodías tradicionales y visuales en los que ciudades pacíficas, mezquitas y palmeras eran interrumpidas por humo, escenas de guerra y dolor, dejó clara su postura. Su set se convirtió en una declaración de solidaridad con el pueblo palestino y su resistencia, y en una confrontación directa con la violencia y la destrucción infligidas en los territorios ocupados por el Estado de Israel. De pronto, la celebración de las raíces españolas de Ruido Jondo se expandió hacia algo mayor, un recordatorio de que toda cultura merece el espacio para ser expresada, vivida y defendida.
Cuando Layaar Awad terminó, el público se fue concentrando alrededor de una extraña estructura metálica en el centro de la sala. Dos mesas de aspecto industrial, cubiertas de artilugios, máquinas, herramientas y cables. Todo el mundo se apretó para acercarse, porque con Lolo y Sosaku necesitas primera fila o te pierdes la mitad de la magia. Y eso aquí lo sabe todo el mundo. El dúo, formado por Leonardo Fernández y Sosaku Miyazaki, lleva años explorando la escultura como campo expandido, fusionando sus creaciones mecánicas con el sonido, el espacio y el público. Verles siempre es algo radical. Sus experimentos sonoros industriales llevan las cosas al límite y difuminan los lenguajes artísticos: instalación, mecánica, texturas, luz y música colisionan de formas que se sienten incómodamente vivas.
Para Ruido Jondo, crearon una nueva performance en colaboración con la cantante Renata Gelosi y el cantaor El Pirata, un colaborador habitual. En mitad de la pieza, Carmen Muñoz, una de las bailarinas de la obra anterior, saltó de pronto de entre el público con un mono de trabajo azul marino, zapateando, dando palmas y arrastrando al público aún más dentro de este mundo de expresión física. Una a una, las fronteras se disolvieron. Los gritos de Gelosi se fusionaron con los alaridos metálicos de las máquinas, los ritmos flamencos se aceleraron, las voces en castellano crecieron, la electricidad rugió. Hasta que todo se derrumbó. Una atmósfera única que acabó convirtiéndose en el gran momento de la noche.
Para cerrar el círculo y llevar la noche hacia su final, Derek V Bulcke volvió al escenario para un último set. De nuevo, utilizó melodías y beats para celebrar Ruido Jondo como un lugar donde la experimentación y la emoción conviven, donde la autoexpresión personal se convierte en viaje colectivo y en sueño compartido. Al fin y al cabo, el propio flamenco es una forma de resistencia, y quizá eso sea un recordatorio que a veces necesitamos. Sentir la fuerza en las venas. Sentir la poesía en el cuerpo. Mirar el mundo que nos rodea con una claridad más afilada. El año que viene, Ruido Jondo espera poder celebrar su tercera edición y, después de este fin de semana, ya sabemos que vamos a estar allí otra vez.
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