
Nos interesan menos las disciplinas que las relaciones posibles entre los libros o la peculiaridad concreta de cada uno. Es una colección en movimiento y conectada por una forma concreta de mirar, como siempre decimos, y por eso cuando entras en la librería las categorías no están especialmente visibles. Categorizar es necesario en algunos contextos, claro, pero también puede ser una forma de encorsetar: te dice dónde empieza y dónde termina una cosa, qué puede relacionarse con qué y qué lugar se supone que debe ocupar cada libro. A nosotras nos interesa más el recorrido de un libro a otro, los libros que habitan en los márgenes y que te llevan a territorios inesperados. Como siempre decimos, entras buscando un fotolibro de los 70 y terminas llevándote un fanzine coreano de 2019. O los dos. Esa magia, y esa posibilidad de descubrimiento, son una parte fundamental de lo que hacemos.
Por otro lado, ‘Rare Books for Rare People’ surgió de una sensación muy familiar para nosotras, lejos del elitismo y la exclusividad. Tiene que ver con sentirse un poco fuera de contexto y con moverse entre comunidades sin terminar de pertenecer del todo a un único lugar. Y hay muchas personas que se reconocen en ese espacio. No creemos que la rareza convierta a nadie en mejor ni más interesante. Es simplemente una invitación y un guiño a todas esas personas con curiosidades particulares y con la sensación de no encajar del todo en un lugar concreto.
Fue entonces cuando nos dimos cuenta de que lo que más nos interesaba no era únicamente el resultado final, sino todo el trabajo invisible que había detrás: investigar, buscar referencias, rastrear, encontrar conexiones inesperadas entre ideas. Seguir pistas. Y así fue como abrimos Restory en 2020, en plena pandemia. Tenemos cierta habilidad para llegar cuando no toca :) Tuvimos que replantear parte de la idea inicial y de la selección para adaptarnos a un contexto completamente desconocido o desaparecer antes siquiera de empezar. Pero aquello también nos ayudó a definir mejor qué queríamos que fuese Restory. Pasados los primeros meses, el proyecto ya estaba en el camino que imaginábamos desde el principio.
Restory se ha sostenido también gracias a esa red de personas que han estado cerca de muchas maneras: abriendo puertas, dando consejos, compartiendo trabajo, acompañando decisiones, diseñando, fotografiando, pinchando, pensando con nosotras o simplemente apareciendo cuando hacía falta. Hemos tenido muchísima suerte y tenemos una comunidad increíble. En un proyecto así, muchas de las cosas importantes no se ven desde fuera. Hay apoyos que tampoco se ven, pero sin los que nada habría sido igual. Mantener vivo Restory ha tenido mucho que ver con aprender a moverse con poco, insistir mucho y tener la suerte de encontrarnos con personas que entienden el proyecto y deciden quedarse cerca.
Crecer, en nuestro caso, nunca ha significado necesariamente hacerse más grande sino encontrar formas de seguir, de adaptarnos, de no perder las ganas ni el sentido de lo que hacemos. Pero sí, ha sido duro y es duro muchas veces, no vamos a engañar a nadie.
Pero sentimos que había llegado el momento de empezar una nueva etapa. Patricia es gallega y era la hora de volver a casa. También influyeron cosas como nuestro espíritu nómada o la sensación de que Barcelona estaba cambiando muy deprisa. Seguimos queriendo muchísimo a la ciudad, pero cada vez nos costaba más reconocernos en algunas de sus dinámicas. Muchos de los espacios, proyectos y formas de vida que hicieron de Barcelona un lugar tan estimulante estaban desapareciendo o viéndose desplazados. Pero no fue una huida ni una ruptura. Más bien sentimos que era el momento de movernos y ver qué podía pasar en otro lugar.
Nos atraía la idea de desarrollar Restory en un contexto diferente, con otro ritmo y otra escala. A Coruña nos permitía seguir trabajando con algunas de las cosas que más nos interesan: archivos particulares, research para proyectos, colecciones personales, etc., con otra relación con el entorno y otra calidad de vida. No se trataba tanto de empezar de cero como de comprobar qué podía hacer Restory fuera del contexto en el que había nacido.
Trabajamos con fuentes muy diversas. Hay libros que aparecen porque los estábamos buscando y otros porque una conversación nos lleva a una fotografía, la fotografía a una persona, la persona a una colección y la colección a una historia que no sabíamos que existía. Gran parte de nuestro trabajo consiste en seguir ese tipo de conexiones, aunque no siempre sepamos adónde conducen. Pero no nos interesa la rareza como fetiche ni los libros raros de ‘culto’ por el simple hecho de serlo. Un libro puede ser raro y no decirnos nada, nos pasa mil veces. Lo que buscamos es que tenga algún tipo de resonancia: por su contenido, por su contexto, por cómo dialoga con otras cosas, por lo que puede activar en quien lo encuentra o por lo que representó o pudo representar en su momento.
A finales de los años sesenta decidió parodiar los catálogos de venta por correspondencia de Manufrance, que en aquella época estaban presentes en millones de hogares franceses. Conservó su estética, su lenguaje comercial y su aparente seriedad, pero sustituyó los productos por cientos de objetos absurdos, imposibles o completamente inútiles. Hay una cafetera para masoquistas, gafas para mirar hacia atrás, una bicicleta con ruedas cuadradas y todo tipo de inventos delirantes presentados con el mismo rigor que si estuviesen realmente a la venta y acompañados de unas ilustraciones preciosas.
Lo mejor es que algunos de aquellos objetos llegaron a fabricarse y varias piezas se produjeron de verdad para una exposición en el Louvre, demostrando que la frontera entre lo absurdo y lo real es mucho más difusa de lo que parece. También funcionaba como una crítica feroz a la sociedad de consumo: comprar, desechar, comprar, desechar. Siempre nos ha fascinado esa mezcla de crítica, humor, imaginación y obsesión. La idea de dedicar atención, talento y tiempo a algo aparentemente inútil, pero lleno de sentido.
Restory también tiene mucho que ver con mirar dos veces aquello que parece raro, absurdo, menor o fuera de lugar y descubrir que ahí puede haber una idea, una crítica, una historia o una forma completamente distinta de entender el mundo.

Cuando trabajas con publicaciones que han quedado fuera de circulación, entiendes que las ideas no desaparecen; a veces simplemente esperan otro contexto. Un catálogo antiguo, un fanzine o una revista minoritaria pueden decir más sobre el presente que muchas novedades recién publicadas.
Te obliga a convivir con la duda y, en consecuencia, a vivir con más humildad. Siempre aparece un libro que contradice una certeza, una historia que no conocías o una conexión inesperada. Descubrir lo desconocido no consiste tanto en encontrar respuestas como en resistirse a que otros decidan por ti cuáles son las preguntas importantes.
En realidad, muchas de estas publicaciones simplemente ofrecen otras formas de acercarse a la cultura y lo que las hace raras no son necesariamente esos atributos. Simplemente son peculiares por alguna razón, libros que siguieron un camino distinto, que tuvieron una tirada pequeña o aparecieron en el momento equivocado. Nuestro trabajo consiste en investigar, aprender cosas nuevas y equivocarnos antes de encontrar algo que tenga ‘sentido’. Seguimos descubriendo publicaciones, autoras e historias que no conocíamos casi cada semana. De otra forma, Restory sería aburridísimo.
Restory trata de que nadie sienta que tiene que demostrar nada para entrar, preguntar o llevarse un libro. Creemos que hay que acercarse a ellos desde la curiosidad, no desde la erudición. Nosotras hacemos una parte del trabajo: buscar mucho, seleccionar y ponerlo al alcance de la mano, pero el descubrimiento de verdad ocurre después, cuando alguien abre el libro y empieza a encontrar sus propias conexiones.
Y claro, hay otros: el primer libro que compramos para Restory, Women of Japan, de Christine Arnothy, con fotografías de Marc Riboud; Berliner Mauer 1990, de Pavel Síma; un Le Dernier Cri XL muy raro con portada de Charles Burns; Mando a distancia, de Barbara Kruger; Writing, de Jenny Holzer; y Catalogue d’objets introuvables, de Carelman, claro. Para nosotras, los libros tienen que circular. No somos de acumular ni de convertirlo todo en una reliquia intocable. Los que nos quedamos son los que traen una historia especial o los que han creado una historia con nosotras, como Sónar Book Photo Album 1994–2003. Tampoco venderemos nunca los libros que nos han regalado familia, amigas o artistas.
L’Esprit Nouveau fue una de las revistas más influyentes de la modernidad, fundada por Le Corbusier y Amédée Ozenfant. Lo que más nos interesa es que no entendía la arquitectura, el arte, el diseño o la literatura como disciplinas separadas, sino como partes de una misma conversación, algo que en su momento resultó muy novedoso. La revista se convirtió en el principal manifiesto del movimiento purista y en un espacio donde convivían ideas, imágenes y debates que ayudaron a definir buena parte de la cultura visual y arquitectónica de la época.
Las publicaciones contemporáneas permiten observar cómo evoluciona nuestra manera de representar el mundo. Hay discursos y formas de mirar que sencillamente no existían hace cincuenta años y por eso nos gusta que ambas convivan en las estanterías. Un fotolibro publicado el mes pasado puede dialogar perfectamente con una revista de hace un siglo. Y muchas veces esas conversaciones inesperadas son bastante más interesantes que las categorías con las que solemos ordenar la cultura y el entorno.
Desde el principio, y en cuanto se levantaron las restricciones de la pandemia, Restory empezó a mezclar los libros con cosas que quizá no son tan habituales en una librería: exposiciones, obras de teatro, conciertos, presentaciones, pinchadas, vermús y, últimamente, nuestro nuevo hit son las subastas de ‘cosas que jamás te comprarías salvo en Restory’. Desde un Madelman de los 80 hasta un póster de Heidi, un libro de Sylvester Stallone o un caniche de cerámica japonés.
Por Restory han pasado artistas y proyectos muy distintos entre sí. Algunas figuras ya consolidadas, como Franka o Jaume Pujagut en Barcelona y Vari Caramés en A Coruña, y otras con un talento enorme que llegaron a través de Next Gen Talent, una iniciativa autofinanciada que creamos en Barcelona para apoyar a artistas emergentes. Les ofrecíamos espacio, acompañamiento y visibilidad, y el cien por cien de las ventas iba destinado a las propias artistas. No importaba el currículum sino el momento en el que se encontraban y las ganas de enseñar algo que todavía estaba tomando forma o despegando. Por ahí pasaron Adrianna Jornet, Cía Pecado Tarambana, José A. Morales, Lorea, Rat Salad o Pau Vigilant, entre otras. Hasta nos han comparado alguna vez con el Chelsea Hotel, lo cual obviamente es una exageración, sobre todo porque no tenemos ni el tamaño, ni la historia, ni las drogas. Pero sí tenemos a las invitadas talentosas.
Toda esta parte está reunida bajo el nombre de The Resourcery —la recursería de Restory—, que se encarga de la búsqueda de libros difíciles de encontrar, diseño de bibliotecas, investigación para proyectos creativos, trabajo con archivos particulares, hallazgos especiales para eventos y conexiones culturales un poco improbables, entre otras cosas. Aunque no es exactamente algo nuevo, porque ya lo hacíamos antes de abrir Restory, ahora se está haciendo más visible. Este año, por ejemplo, tuvimos la oportunidad de participar en la programación de Galicia Design Week 2026 con ponentes, workshops y sesiones. Fue una experiencia brutal y nos permitió llevar esa forma de hacer a otros contextos, además de pensar la librería también como una herramienta para agitar nuestro entorno alrededor de la cultura visual, el diseño, los archivos y las publicaciones. Así que el futuro no va tanto de crecer en tamaño como de crecer en contexto.










