Estrenada en la competición oficial del Festival de Cannes 2025, donde compitió por la Palma de Oro, Renoir, de Chie Hayakawa, llega a salas el 17 de abril como una de esas películas que se sienten más que se explican. Su protagonista es Fuki (Yui Suzuki), una niña de once años con una mirada tan curiosa como silenciosa, a través de la cual la película explora el duelo y la soledad desde un lugar delicado, melancólico, pero también luminoso.
Este es el segundo largometraje de la directora japonesa tras Plan 75 (2022), y bebe directamente de vivencias personales. En la película hay una necesidad muy clara de transformar ese dolor íntimo en algo compartido, en imágenes que consiguen quedarse contigo.
La historia se sitúa en el Tokio de finales de los años ochenta. Fuki vive atrapada entre dos ausencias: la de un padre con cáncer terminal y la de una madre emocionalmente distante, desbordada por el trabajo y por la presión de sostenerlo todo sola, sin el apoyo del padre. Mientras tanto, la vida sigue su transcurso, con una rutina mecánica: el colegio, las clases de inglés, las visitas al hospital. En esa simpleza es donde la película encuentra su fuerza. Fuki es una niña de pocas palabras, pero lo dice todo en sus gestos, en cómo mira y en cómo se mueve por el mundo.
La mezcla de aburrimiento, curiosidad y soledad la empuja a descubrir lo desconocido. Un día encuentra una tarjeta de citas y empieza a escuchar mensajes de desconocidos que buscan compañía, revelando la soledad que sienten todas esas personas. En ese intento de conectar con alguien, Fuki cruza una línea peligrosa cuando queda con un chico que acaba siendo un pederasta, creando una tensión inesperada que acaba, por unos instantes, con la tranquilidad del relato.
Antes de ver la película, me surgió una pregunta: ¿por qué Renoir? Como casi siempre, la respuesta estaba ahí. Fuki siente fascinación por el retrato de Irène Cahen d’Anvers, del pintor Pierre-Auguste Renoir, que acaba colgando en su habitación. Pese a ser un drama, la película está atravesada por la luz, apostando por una puesta en escena luminosa donde cada plano respira.
Renoir nos recuerda lo delicado que es el cine japonés contemporáneo, con un ritmo pausado, una mirada atenta a lo cotidiano y la belleza de cada plano, con la que no podemos sentir otra cosa que calma. Es en la sencillez donde la película encuentra su profundidad, dejando espacio para que el espectador conecte con lo más íntimo: lo simple, lo doloroso y, también, lo inevitable de la vida.





