Frente a una historia del arte cómoda celebrando la rectitud, Radical Women: Latin American Art, 1960–1985 irrumpió en el panorama museístico internacional en 2017 como una anomalía necesaria. Como afirmaron las curadoras de la exposición, Cecilia Fajardo-Hill y Andrea Giunta, el proyecto aspiraba a “escribir un nuevo capítulo en la historia del arte del siglo XX”, uno en el que el conflicto, el cuerpo y la experiencia situada ya no se esconden, sino que sostienen el relato. La exposición reunió prácticas desarrolladas entre las décadas de 1960 y 1985 por artistas latinoamericanas que vivieron y crearon  en contextos atravesados por dictaduras, censura, control social y una disputa constante por el espacio público. En ese marco, el arte dejó de pensarse como distancia o contemplación para convertirse en una forma de presencia y revelación: gestos, acciones y registros que implicaban el cuerpo y asumían la exposición y el riesgo como parte de su propia condición.
La muestra articuló una constelación de más de ciento veinte artistas cuyos cuerpos no buscaban reconciliarse con la norma, sino ponerla en tensión. Cuerpos marcados, públicos, sexuales, rituales, insistentes, visibles en los trabajos de Cecilia Vicuña, Graciela Carnevale, Anna Bella Geiger, Lenora de Barros o María Evelia Marmolejo, entre muchas otras. En Radical Women, el cuerpo no funciona como tema ni como metáfora, sino como eje y condición material de producción: aquello desde lo cual la obra se hace posible. Un recorrido no cronológico ni nacional, atento sobre todo a formas efímeras y corporales, propuso así una nueva forma de entender el arte latinoamericano hecho por mujeres: no como una sucesión de estilos, sino como un campo experimental de prácticas que nunca se acomodaron a los relatos dominantes; habitar el mundo, resistirlo, transformarlo.
¿Qué ocurre cuando esta historia construida desde el archivo y pensada para el espacio del museo se traduce al lenguaje del cine? Radical Women, el documental dirigido por Isabel De Luca e Isabel Nascimento Silva, que se acaba de proyectar en Dart festival, se atreve a curar la exposición en formato cinematográfico. La película sigue, en cierta medida, el eje conceptual de la exposición (el cuerpo político) pero se desplaza hacia un espacio de escucha. A través de un guion construido a partir de conversaciones entre las propias artistas, las obras se entrelazan con sus experiencias vitales y revelan un tejido de heridas compartidas. Heridas de una época en la que expresarse libremente en las artes como mujer no solo era invisible, sino políticamente conflictivo, arriesgado.
El montaje, deliberadamente fluido, permite que imágenes y voces se fundan sin jerarquías, como si la película se organizara siguiendo la misma estructura coral de la exposición original. No hay una protagonista ni un relato único. Las obras se miran entre sí, las palabras circulan y los cuerpos reaparecen desde distintos tiempos y contextos. En ese gesto, el film propone pensar el arte como una experiencia colectiva antes que como expresión individual de cada autora. Esa lógica encuentra su imagen más clara en una de las escenas más potentes de la película: las artistas brindando alrededor de una mesa. Por primera vez, sus cuerpos comparten tiempo, espacio y voz, produciendo un encuentro que la historia, fragmentaria y desigual, nunca permitió.
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