Pluto, asentado en antiguas naves industriales de la huerta sur de València, se ha convertido en un laboratorio vivo donde conviven agricultura, creación contemporánea y comunidad. Lo que empezó como un espacio abandonado tras el cierre de un desguace se transformó, gracias al trabajo de Carlos Sáez, Jose Martí y Rita Delgado, en un ecosistema creativo que reivindica el territorio, los ritmos de la tierra y la experimentación artística al margen de las dinámicas tradicionales del mercado. Hoy, Pluto funciona como un nodo cultural que acoge residencias, talleres, performances y proyectos de agroecología, uniendo a vecinos, artistas y colectivos en un mismo tejido.
Conversamos con Carlos, Jose y Rita sobre cómo surgió esta idea, qué significa crear desde la huerta y cómo se articula esta convivencia entre naturaleza, tecnología y comunidad en un espacio que no deja de reinventarse. Su mirada, profundamente ligada al territorio y a los procesos colaborativos, permite entender cómo Pluto ha logrado construir un modelo alternativo donde la creación se vive de forma más orgánica, más cercana y con un fuerte componente experimental. Así, su testimonio nos abre la puerta a comprender no solo el proyecto, sino también la sensibilidad que lo impulsa.
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Pluto es un proyecto innovador que busca poner en valor la huerta sur de València y entrelazarla con la creación artística. ¿Quién está detrás de esta iniciativa, y qué os animó a abrir este espacio?
Pluto lo arrancamos entre las tres: Rita Delgado, José Martí y Carlos Sáez, con la sensación de que en València faltaba un lugar donde mezclar creación, vida y territorio sin tener que encajar en ningún formato preexistente. La huerta sur nos atrajo justo por eso: es un espacio lleno de memoria pero también muy abierto, casi en fricción, donde todavía se pueden ensayar cosas que en el centro ya no caben.
¿Por qué decidisteis llamarlo así?
El nombre Pluto salió de una intuición parecida: si un planeta puede dejar de ser planeta porque cambian las reglas, ¿por qué no pensar un espacio cultural que también pueda cambiar todo el rato? Para nosotras, Pluto es eso: algo que se va reescribiendo mientras sucede. Nunca hemos querido fijarlo del todo, vamos escuchando lo que pide el lugar, el ritmo de la huerta y la comunidad que se ha ido formando alrededor.
Aunque seamos tres al frente, el proyecto es bastante horizontal. Pluto se sostiene gracias a una red enorme de personas (amistades, familia, artistas, vecinas) que se implican y lo transforman. Por eso siempre decimos que Pluto no es ‘nuestro’ en el sentido clásico, es un ecosistema vivo que existe porque mucha gente decide activarlo cada día. Ese es, para nosotras, el corazón del proyecto.
¿Qué necesidad o vacío queréis cubrir en la escena cultural valenciana?
Sentimos que es una forma de continuar un legado. En València ha habido proyectos pioneros, sobre todo en música y en prácticas artísticas más híbridas, que nos enseñaron a mirar la ciudad de otro modo. Pluto nace de ese impulso, de querer que esa energía no se extinga, sino que evolucione y siga generando nuevas formas de encuentro. Clubs de música que no son discotecas o galerías sin paredes blancas. Todas estas propuestas ‘fuera de pista’ generan una sensación de libertad tanto para el artista como para la audiencia. Es como si te liberaran de todo lo aprendido y te permitieran percibir de nuevo sin prejuicios.
En Pluto tratamos de plantear cada proyecto tomando referencias pero a la vez cuestionando lo anterior y experimentando. Además, al venir de tres backgrounds muy distintos pero coincidiendo en una misma escena cultural y musical de la ciudad, cada una aporta una mirada diferente y una serie de propuestas que no encontrábamos en otros lugares. Pluto surge de poner todo eso en común y construir un espacio que mezcla naturalezas, metodologías y sensibilidades diversas.
¿Cuál diríais que es el objetivo principal de Pluto?
Lo que nos mueve es aportar nuestro grano de arena para que València sea un lugar al que quieras venir (o del que no tengas que irte) por falta de input artístico. No buscamos solo generar cultura, sino ayudar a que se forme una escena alrededor: gente que se queda, que se mezcla, que encuentra un motivo para crear comunidad.
“El nombre Pluto salió de una intuición parecida: si un planeta puede dejar de ser planeta porque cambian las reglas, ¿por qué no pensar un espacio cultural que también pueda cambiar todo el rato?”
Concedéis la Beca Espacial, que describís como “una iniciativa que potencia y acelera el trabajo de artistas emergentes, ofreciéndoles recursos y apoyo para impulsar sus carreras y brindarles un espacio donde desarrollar su obra”. Cuéntanos un poco más al respecto.
La Beca Espacial fue el primer programa de residencias que creamos. El nombre viene de algo muy simple: al principio no teníamos recursos, solo espacio. La nave era enorme y nos sobraban metros, así que en vez de dejarlos vacíos decidimos ofrecérselos a artistas que pudieran transformarlos. Desde la primera generación vimos que aquello iba mucho más allá de lo que imaginábamos: las residentes trabajaron con una intensidad y un nivel de ambición que nos desbordó, y la primera edición de Miss Espacial, la exposición final, fue una sorpresa incluso para nosotras. Ese impulso nos permitió crecer. Llegó el apoyo de Carhartt WIP y la residencia se convirtió en un programa estable, con presupuesto de producción, comunicación y hasta ropa de trabajo para lxs participantes. Hoy ya es uno de los pilares de Pluto.
La beca está pensada sobre todo para fortalecer la escena local de València, porque sentimos que aquí todavía queda mucho por hacer y que hay talento increíble que solo necesita un contexto para desarrollarse. Aun así, siempre intentamos incluir algún perfil de fuera, alguien del ámbito español con quien podamos generar un vínculo. Creemos que esa mezcla ayuda a propulsar la ciudad y a abrirla a nuevas influencias.
¿Qué criterios seguís a la hora de seleccionar a lxs ganadorxs?
Valoramos especialmente a quienes tienen ganas de evolucionar su práctica: gente con ganas de probar cosas, de arriesgar y de relacionarse con el contexto. La beca no es un premio cerrado, es un espacio de trabajo compartido, así que buscamos perfiles abiertos a la convivencia, a la conversación y al cruce de disciplinas. Nos interesan artistas que quieran salir de su zona de confort, que estén en un momento de transición o de búsqueda, y que trabajen desde sensibilidades que a menudo no encuentran una plataforma porque van un paso por delante de lo que la industria está preparada para asumir. En el fondo, seleccionamos procesos vivos y personas que quieran construir algo más que una obra: una escena.
¿Qué papel juega la interdisciplinariedad (música, tecnología, performance, arquitectura, etc.) dentro del proyecto?
La interdisciplinariedad no es un departamento dentro de Pluto, es más bien parte de nuestro ADN. Pero no en el sentido clásico de juntar música con arte o arquitectura con tecnología, sino en el de borrar las fronteras que separan una cosa de la otra. Para nosotras, más que combinar disciplinas, se trata de desactivar los límites que suelen organizarlas. Esa filosofía no la aplicamos solo al arte, sino también al entorno y a la comunidad. Pluto ha crecido precisamente así: cambiando, adaptándose, dejando que el espacio y las personas indiquen nuevas direcciones en vez de asumir que las cosas tienen que funcionar como ‘siempre han funcionado’.
En Pluto la intersección está por todas partes: entre el equipo humano que lo conforma, entre la huerta y las prácticas contemporáneas, entre la exposición y la rave, entre un lenguaje muy nicho y otro más mainstream. Nos interesa ese terreno intermedio donde todo se contamina un poco, donde nada está fijo y donde las ideas pueden tomar formas que no existirían si cada disciplina se quedara en su cajón.
A lo largo del año organizáis diversas actividades. En los últimos meses habéis presentado Tensión, vuestra propuesta para el festival de artes escénicas Bucles, y Portal, donde se mostraron los proyectos realizados durante la segunda edición de la residencia artística. Contadnos un poco más de vuestra implicación en estos proyectos o en otros en los que estéis metidos.
Nuestra implicación en los proyectos de Pluto ahora mismo es total. Estamos metidas en todo: desde la curaduría inicial hasta la producción, pasando por el diseño de la imagen, la comunicación y la coordinación con artistas y técnicos. Pluto funciona porque hay una comunidad enorme alrededor, una especie de familia ampliada, que sostiene, complementa y potencia lo que hacemos. Sin ellas, nada de lo que imaginamos podría materializarse.
En Tensión, nuestra propuesta para el Festival Bucles, quisimos romper un poco con la idea clásica de programación escénica. Diseñamos un recorrido que mutaba de lo corporal a lo sonoro, de lo introspectivo a lo participativo. Manuel Rodríguez, Meritxell de Soto, Fitnesss y Krystalles construyeron un gradiente perfecto: empezaba en un territorio más contemplativo y acababa en una energía casi catártica. Para nosotras era importante mostrar que la escena contemporánea puede ser muchas cosas a la vez, no solo un formato rígido.
Portal, en cambio, tiene otra lógica. Es la residencia y presentación final de los proyectos de arquitectura y diseño que mejoran las infraestructuras de Pluto. Seleccionamos perfiles muy distintos entre sí, que se mueven entre lo funcional y lo totalmente experimental, pero siempre desde una mirada artística y un compromiso real con el espacio y con la huerta. Las piezas que salen de Portal no son solo ‘objetos’; son decisiones que afectan cómo habitamos el lugar y cómo se transforma con el tiempo.
Además de estos proyectos, estamos implicadas en muchas otras líneas, desde Miss Espacial hasta colaboraciones con artistas, talleres, conciertos, fiestas, publicaciones, pero todas comparten la misma lógica: activar un ecosistema que crece a partir de la mezcla, la experimentación y la escucha constante del entorno.
“Pluto es un ecosistema vivo que existe porque mucha gente decide activarlo cada día. Ese es, para nosotras, el corazón del proyecto.”
En ambas experiencias, la huerta tiene un papel esencial. ¿Qué aporta este lugar? ¿Qué significa trabajar con el entorno en este contexto? ¿Se trata de integrar materiales, formas, ritmos, etc. o más bien de adoptar una determinada actitud hacia el territorio?
La huerta es mucho más que un espacio físico: es un lugar que marca el ritmo y la manera en que hacemos las cosas. Las particularidades de València y la ubicación de Pluto hacen posible algo poco habitual, entrar en contacto con este entorno natural a muy poca distancia del núcleo urbano. No la usamos como un recurso sino como un entorno vivo que orienta cómo pensamos, cómo producimos y cómo nos relacionamos. En ella conviven cultivo, cuidado, experimentación y comunidad; es un espacio liminal que nos permite acercarnos a lo más-que-humano, trabajar con porosidad y dejar que el territorio influya en nuestras formas de mirar y de actuar.
Desde hace tres años cuidamos un espacio de tres mil quinientos metros cuadrados que recuperamos colectivamente junto a vecinas, artistas y personas agricultoras. Ese proceso ha dado lugar a una comunidad estable que sostiene el día a día y mantiene la huerta activa. A partir de ahí surgieron los encuentros estacionales de Huerta Abierta, cuatro veces al año, donde se comparten saberes agrícolas, prácticas regenerativas y formas de estar en el territorio, además de cocinar en común y celebrar juntas.
En paralelo, estamos desarrollando un formato de residencia que explore esta intersección entre agricultura, arte e investigación. La idea es que la huerta funcione como un punto de partida para metodologías que no nacen de la abstracción, sino del contacto directo con un lugar: observar cómo cambia, cómo responde y cómo genera preguntas que no surgirían en un estudio o en una sala de trabajo convencional. En este contexto, ‘trabajar con el entorno’ no es solo incorporar tierra, plantas o biomateriales. Es cultivar una actitud concreta hacia el territorio, una forma de estar que combina atención, respeto y experimentación, y que nos ayuda a producir desde un lugar situado, vivo y compartido.
València es una ciudad que está subiendo como la espuma. Siempre ha sido importante culturalmente, pero está ganando todavía más popularidad en años recientes. ¿Cómo veis que está cambiando para bien y para mal?
Crear Pluto nos ha cambiado por completo la forma de mirar València. Antes ya intuíamos que aquí había talento, pero el día a día en la huerta nos ha descubierto una escena mucho más amplia y generosa de lo que imaginábamos. La cantidad de gente que se ha acercado, que ha colaborado, que ha puesto tiempo y cariño… nos ha demostrado que la comunidad cultural valenciana, cuando se activa, responde con una fuerza impresionante.
También vemos una ciudad cada vez más abierta y más conectada: más mezcla de escenas, más curiosidad, más artistas que llegan de fuera y más gente local que decide quedarse porque aquí sí encuentran un ecosistema con posibilidades reales. La percepción externa de València está subiendo, pero lo interesante es cómo la propia ciudad se está reconociendo a sí misma. Al mismo tiempo, crear Pluto nos ha hecho muy conscientes de todo lo que todavía queda por hacer.
Como por ejemplo…
Hay muchísimo talento emergente que no siempre encuentra visibilidad, apoyo o estructura. Muchos proyectos culturales alternativos sobreviven en condiciones muy precarias, y a veces da la sensación de que la ciudad aún no termina de darse cuenta del valor que generan estas iniciativas. Esa falta de infraestructura estable es un reto enorme, pero también es lo que nos motiva: sentir que podemos sumar, que estamos aportando algo a un ecosistema que merece mucho más de lo que recibe.
En resumen, València está cambiando, y lo más emocionante es ver cómo ese cambio se construye desde abajo, desde proyectos pequeños, desde afectos, desde colaboraciones y desde una comunidad que, cuando se le da espacio, demuestra un potencial brutal.
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