El año pasado, Pillion emergió como uno de los kinks cinematográficos de los festivales de alta cuna. Curiosamente, la ópera prima de Harry Lighton llega a las salas españolas el 6 de marzo entre halagos por su guion y no tanto por vestir (o no) a Alexander Skarsgård con pantalones de cuero ajustados. A través de los ojos de Collin (Harry Melling), un aprendiz de sumiso, la película trata de ahondar, sin mucho éxito, en una relación de poder en la que se enfrentan amor y deseo.
Más allá de las difuntas sesiones golfas, el estilo de vida BDSM (Bondage-Disciplina, Dominación-Sumisión, Sadismo-Masoquismo) siempre ha encontrado la forma de sobrevivir y exhibirse fuera de los medios y salas de cine tradicionales. En este sentido, Pillion parte de un tema vigoroso: explorar una dinámica de dominancia y sumisión entre dos hombres, Ray y Collin. Pero, lejos de la realidad, la película se reduce a una comedia negra estridente que retrata la subcultura con burla y, a veces, ignorancia. Y es que Lighton va de fetiche en fetiche, tachándolos como una lista de Papá Noel, pero se olvida del pilar principal: el consentimiento.
Aunque parezcan sacados de un fanfic de Wattpad, los personajes estereotipados de Pillion salen de la adaptación de la transgresora novela corta de Adam Mars-Jones, Box Hill. En la película seguimos a Collin, un twink que vive con sus padres y está desesperado por encontrar una pareja que le saque de una vida de villancicos y charlas familiares. En plena Navidad, conocerá a Ray (Alexander Skarsgård), un motero de proporciones griegas tan misterioso como experimentado. Gracias al primogénito de la estirpe Skarsgård, a Collin se le abrirán las puertas del mundo BDSM.
Bajo la mirada de Harry Lighton, el de los juegos fetichistas es un terreno angosto, casi contractual, incompatible con la intimidad o el consenso. O esas parecen ser las lecciones que el personaje de Skarsgård, de físico hercúleo y actitudes dignas de un sociópata, le enseñará a Harry Melling. Un lugar donde las normas son los desnudos, el látex, las camisas de tirantes a lo Fassbinder y, sobre todo, los silencios. Eso sí, si uno es capaz de desviar la atención del sueco de casi dos metros nacido para conquistar los carteles y vallas publicitarias, a sus pies encontrará a un personaje vulnerable e interpretado por un Harry Melling de ojos tristes.
Pillion es una película indecisa. El director británico debuta con un largometraje que divaga en una maraña de géneros que, lejos de experimentar, se aferra a las fórmulas narrativas tradicionales. Cada vez que comenzamos a profundizar en el erotismo, la incomodidad o la psicología de los personajes, el chiste fácil nos obliga a salir de nuevo a la superficie. No es una de esas historias que se recrean en imágenes en las que uno pueda arrebatarse. Aun así, lo intenta. Pero ni sus bailes alrededor de la hoguera ni sus secuencias a cámara lenta en moto llegan a ser poéticas. Es un largometraje irremediablemente comercial y, a pesar de que le cueste asumirlo, eso no tiene nada de malo.
Como ha dicho el propio Lighton en varias entrevistas, antes de entrar en la película, Harry Melling y Alexander Skarsgård no se conocían de nada. Un acierto en favor de la incomodidad, pero un lastre en cuanto a todo lo demás. Aunque se vende y es percibida por su director de esta manera, en realidad Pillion no trata sobre una persona que descubre los claroscuros del BDSM junto a una pandilla de moteros gays. Más bien, el filme nos lanza una misma pregunta una y otra vez: ¿hasta dónde puede aguantar Collin la humillación constante? Es decir, esto no va de explorar las catacumbas emocionales y corporales del cuero sintético, las orgías y las alternativas relacionales, sino del abuso camuflado como deseo.
