De organizar fiestas autogestionadas en Caracas a pinchar en sitios como Boiler Room o festivales como el Embassa’t, la evolución de Phran es un arco que merece un caso de estudio. Sin embargo, el DJ y productor es fiel a su ADN y a sus raíces, eso sí, sin dejar nunca de evolucionar, aprender y explorar nuevos terrenos que le ayuden a crecer tanto artística como personalmente.
A finales de 2025 publicaba Xenia en Club Romántico, el reconocido sello de DJ Florentino, un EP que demuestra que la música electrónica es mucho más que techno o bass, con sonidos e influencias más complejas que van desde Latinoamérica hasta el Líbano, y colaboraciones que incluyen al propio Florentino, Chica Acosta, DJ Plead o DJ Sosa RD. Hoy nos sentamos con Fran para hablar de todo, desde la cultura underground venezolana hasta la escena actual barcelonesa.
Hola, Phran, es un gusto tenerte de vuelta por aquí. La última vez que hablamos contigo fue en 2018, cuando junto a Ylia erais People You May Know. Ha llovido muchísimo desde entonces. Cuéntanos, ¿en qué punto personal y profesional te encuentras ahora?
Hola, un gusto estar de vuelta por aquí. De aquel momento han pasado casi ocho años, con un cambio de década y una pandemia de por medio. Mucho ha cambiado, pero me siento afortunado porque sigo haciendo música, que es lo que más amo. Sigo viviendo en Barcelona y colaborando con mi querida y admirada Ylia en People You May Know, de hecho, estamos preparando un nuevo EP. Hoy en día edito música propia y colaboraciones en mi propio sello, Vimana, y también editamos música club de artistas latinoamericanos en Sonido ACA, que llevo junto a NAP (Daniel Rincón). Estoy realizando fiestas ocasionalmente bajo el nombre Xenia Club, y a su vez Xenia es el nombre de mi último EP, editado en Club Romántico. A nivel personal, siento que le he encontrado una misión mucho más profunda a todo esto de ser artista y hacer música. Me siento más cómodo con quien soy y con lo que hago, con más confianza en mi música y más soltura a la hora de colaborar con otros artistas.
Defines Xenia como un trabajo colaborativo, como un intercambio de experiencias y una conversación entre diferentes tipos de música. ¿Cómo ha sido el proceso de trabajar con diferentes artistas con diferentes orígenes e influencias musicales (Venezuela, Argentina, República Dominicana, España, Reino Unido)?
Cuando entendí que Xenia venía del griego y que su significado escondía el origen de la palabra “escena”, me gustó como título para el EP, pues sentí que representaba todo este proceso colaborativo en el que he estado inmerso de forma intuitiva y orgánica. Poder colaborar con gente tan diversa es maravilloso porque, a nivel sonoro, uno llega a lugares a los que no llegaría solo. Lo que sale de esos encuentros es algo distinto a la suma de sus partes. Eso me emociona. Con DJ Yirvin ya nos conocíamos de Caracas y habíamos colaborado en el pasado, cuando yo hacía música como Pacheko. Con Galanjah, de Buenos Aires, era mi primera colaboración, pero soy fan de Romance Layers y respeto mucho lo que está haciendo con sus fiestas Fusion Dance, así que fue muy divertido ver cómo encontrábamos un sonido combinando influencias tan distintas en A ver a ver. También fue mi primera vez colaborando con Bazofia, de Sevilla, a quien admiro mucho y con quien tengo muy buena relación, aunque viene de otras influencias, con todo el breakbeat y el flamenco andaluz a cuestas. Con DJ Sosa RD compartimos influencias caribeñas y otras músicas de todo tipo de forma constante, así que hacer un merengue como Diveana, con influencias del house y del IDM, fue algo totalmente natural (risas). Con DJ Florentino y DJ Plead fue un gran honor colaborar; aunque desde la distancia, su aporte le dio más carácter y peso al disco. Ambos tienen un sonido muy especial y es una pasada haber contado con los dos. Me siento muy agradecido.
El techno y el bass son los hilos conductores de Xenia, pero al mismo tiempo tu trabajo tiene raíces en otra parte del mundo y sus orígenes en América Latina. ¿Ha sido difícil encontrar el equilibrio entre el techno y las influencias latinas sin que uno predomine sobre el otro?
Buena pregunta. Antes de interesarme en el techno, una de mis influencias más importantes estando en Caracas fue la música del Reino Unido de los años 90 y 2000, todo eso que hoy llaman hardcore continuum: el jungle, el IDM, el UK garage, el dubstep y el UK bass en general. Todo eso lo absorbíamos por internet al tiempo que hacíamos nuestras propias fiestas en Caracas, llamadas Abstractor, a finales de los 2000 y principios de los 2010, donde ya convivían esas músicas que buscábamos fuera con la música tropical de nuestro entorno. Los estilos iban cambiando con las horas, todo durante una misma fiesta. Desde que me mudé a Barcelona a finales de 2011 fui absorbiendo más música de ‘máquinas’: techno, electro, acid, ambient, downtempo. Conocí otro tipo de DJs, otro tipo de fiestas y otras formas de pinchar, y todo eso se fue quedando en mi ADN sonoro. A estas alturas, integrar lo caribeño y lo ‘de máquinas’ es algo cada vez más natural para mí. Replantear cómo hacer música tropical partiendo de máquinas más que de samples ha sido un viaje de experimentación muy interesante, y lo sigue siendo. Me gusta apuntar a esa intersección entre lo caribeño y la música de máquinas de otras latitudes: cómo haría techno una persona del Caribe, o cómo se acercaría a lo caribeño alguien que viene del techno o del bass. En esos puntos de fricción entre estilos e influencias está lo interesante, para mí. Es un camino de experimentación infinito que me hace muy feliz transitar.
Para tu último tema utilizas una remezcla del DJ libanés afincado en Australia DJ Plead. ¿Qué tiene de especial?
El tema que remezcla DJ Plead se llama Zarbak II. Es un tema de 2010, de cuando vivía en Caracas, que hicimos junto a mi amigo Pocz como Pocz & Pacheko. La melodía está hecha, creo, con un feedback de guitarra eléctrica editado en pedacitos y con el pitch cambiado para lograr ese tipo de arpeggio tan particular. Es brutal tener a DJ Plead remezclando Zarbak II precisamente porque su música combina cosas como el bass music y ritmos rotos con percusiones orientales, y el diálogo de sus bases con esa melodía da un resultado muy potente y especial. Como si hubiese sido del destino que esto cayera en sus manos. Le ha dado una nueva vida al tema.
“Phran surge cuando empiezo a trabajar con sintetizadores y cajas de ritmo, con mesas de mezcla y pedales, más con las manos y menos con los ojos. Más corporal y menos mental.”
Te criaste en Venezuela en una época de efervescencia cultural musical: las minitecas, el sound system, el merengue house… Háblanos de este entorno.
Venezuela es donde crecí y es parte fundamental de mi identidad y de mi forma de entender la cultura. En los 90, el fenómeno de las minitecas (sound systems venezolanos) estaba en pleno apogeo y para mí era algo normal, algo que me gustaba mucho, pero sin consciencia de estar viviendo algo único. Algo que veía en fiestas, en mi colegio, en la calle. Al crecer y migrar, me di cuenta de que era un fenómeno específicamente venezolano, y con el tiempo he vuelto a él una y otra vez en forma de investigación y buscando inspiración. Con los años he ido conociendo a más protagonistas de esta historia, y así editamos el fanzine Logos of the Venezuelan Minitecas (en Klasse Wrecks) y más recientemente un podcast en forma de collage sonoro con entrevistas llamado Minitecas, breve historia de los sound systems venezolanos, junto a David Puente, que salió en la plataforma del festival Radical Sounds Latin America, de Berlín.
Entre todo esto, predomina la Changa Tuki, que algunos llaman Venezuelan ghetto music. ¿Cómo se lo explicarías a alguien que no está familiarizado con el término ni el género?
‘Changa’ es una palabra que empezó a usarse en Venezuela a principios de los 90, gracias a la explosión de la cultura minitequera, para referirse a la música electrónica de baile, en particular el house y el techno, pero también a todo lo que sonara a sintetizadores y bombo. No era tanto un género local todavía sino una forma en que los DJs de minitecas combinaban estilos electrónicos (house, techno, EBM, tribal, eurodance) y hacían bailar, a veces con ritmos tropicales, como el techno merengue y luego merengue house, y también hacía referencia a formas de baile y tribus urbanas como los waperó (bailarines de changa). A finales de los 90 y principios de los 2000, con la popularización de softwares accesibles para hacer música (Acid, Reaper, FL Studio, Ableton Live, etc.), algunos DJs provenientes de las minitecas comenzaron a producir sus propios temas y surgió una escena de productores locales con estilos propios: primero el llamado street house, que evolucionó en raptor house (con DJ Babatr, DJ Deep RH, DJ Yoiser), luego el hard fusion (de DJ Yirvin) y techno street (DJ El Mago de La Guaira), entre otros ‘subgéneros de changa’, por llamarlos de alguna forma. Del raptor house y el hard fusion surgió una escena de batallas de baile en matinés donde había música muy interesante, pero también algunos episodios de violencia que derivaron en una estigmatización de la escena bajo el nombre ‘tuki’, palabra que fue agregada a la changa de forma despectiva. De ahí lo de Changa Tuki, que no es lo mismo que changa a secas.
¿Qué pasó?
Hubo mucho clasismo e injusticia en eso, señalando a artistas y jóvenes como chivos expiatorios de un problema social mucho más complejo que poco tenía que ver con la música o los DJs. Hubo también una prohibición por parte de los políticos para hacer esos matinés o fiestas con jóvenes. Eso diluyó mucho la escena. Esta época de estigmatización habría sido entre 2007 y 2008. Años más tarde, con mi colectivo Abstractor, hacíamos fiestas combinando kuduro, techno, dubstep o baile funk, con temas de changa y otros ritmos tropicales. Entre 2009 y 2012 pudimos acercarnos, colaborar e intercambiar música con varios de sus creadores y quisimos rescatar el valor de esa música y el legado de esos productores más allá del absurdo estigma que arrastraban en ese momento. Estas historias están contadas de forma precaria en documentales autogestionados como ¿Quién quiere Tuki? (2012) y Vamos pal matiné (2017), intentos de documentar una escena que la prensa musical venezolana, casi inexistente, ignoró por completo. Por suerte esto está cambiando y productores como DJ Babatr están teniendo un reconocimiento internacional importante, aunque mayor fuera que dentro del propio país. Es bonito ver que su música de hace más de veinte años hoy se pincha en clubes de todo el mundo. Estoy muy contento de haber podido editar música de DJ Babatr, luego la de DJ Yirvin y próximamente la de El Mago de La Guaira en nuestro sello Sonido ACA.
Para los que nunca hemos visitado Venezuela, ¿cómo es la escena electrónica y underground de Caracas? De ahí no paran de salir artistas como Cardopusher/Safety Trance o Arca, también afincados en Barcelona.
Venezuela es un lugar increíble. Tenemos una mezcla de culturas impresionante, con influencias del Caribe, europeas, norteamericanas, y también indígenas y fuertes raíces africanas. Es un país con una costa muy extensa hacia el norte, lo que le da una cultura bastante caribeña, y sobre todo en las regiones costeras la influencia africana es muy potente. Toda la costa está repleta de pueblos de origen africano con una diversidad inmensa de tambores y ritmos que, tras siglos de evolución, han derivado en formas musicales propias muy especiales. Zonas como Barlovento, Bobures y la Costa Central tienen una riqueza musical impresionante que siento nos da algo muy único como venezolanos. También es un país con regiones muy diversas como los Llanos, el Amazonas o los Andes, así como ciudades muy mestizas culturalmente. A finales de los 90 y durante los 2000 no había mucha infraestructura ni oportunidades a nivel de industria. La Venezuela próspera del boom petrolero de los 50, 60 y 70 comenzó a desinflarse en los 80 tras la gran devaluación conocida como el Viernes Negro, y desde entonces el país entró en un ciclo de crisis económica, golpes de Estado, inflación e inestabilidad política en el que seguimos hasta hoy.
Sí, es terrible.
Lo que yo viví desde muy joven, a finales de los 90 hasta 2012 aproximadamente, cuando migré, fueron diversas escenas underground que sucedían en paralelo unas de otras. Por un lado, estaba la cultura de las minitecas o sound systems móviles, muy activos por todo el país. Por otro lado, yo vengo del punk y de una escena más alternativa, de bandas. En los 90 hubo una escena interesante con bandas y artistas del punk, el rock alternativo y nuevas influencias electrónicas que colindó con una escena rave de corta vida entre finales de los 90 y principios de los 2000. De ahí surgieron colectivos como Simpl3, Dikru, BSK y HNTE, y una escena electrónica alternativa y experimental de la cual tuve suerte de formar parte entre 2002 y 2012 más o menos.
“Mientras más tiempo paso lejos de casa, más venezolano me siento, y creo que eso nos pasa a muchos.”
Suena genial dentro de lo que cabe. ¿Cómo describirías esos tiempos?
En esos años conocí artistas que me han influenciado mucho desde entonces, como Cardopusher y Arca, entre otros. También formé parte de un colectivo propio llamado Abstractor junto a artistas como Pocz, Emmerson (Hidden Memory), Klvo, MPeach e Inkclear (Eron Odd), entre otros. Pero todo esto siempre se trató de colectivos que nos auto-organizábamos para montar fiestas. Nada de circuito de clubes o festivales, eso no existía. Pura autogestión. Gracias al éxodo de casi nueve millones de venezolanos, casi un tercio de la población, hoy personas de orígenes tan diversos nos estamos encontrando por el mundo y todas estas historias y escenas se han ido cruzando y dialogando en los últimos diez o quince años, lo cual nos da otra visión de quiénes somos.
Y ahora, ¿cómo lo llevas?
Mientras más tiempo paso lejos de casa, más venezolano me siento, y creo que eso nos pasa a muchos. Sé que, a pesar de la durísima crisis, hoy día sigue habiendo algunas minitecas activas y, en paralelo, hay toda una nueva escena de fiestas en espacios privados, con una nueva generación de artistas y colectivos haciendo cosas muy interesantes, tanto dentro del país como venezolanos por Latinoamérica, Europa y Estados Unidos. Pero dentro del país todavía no hay una infraestructura mínima de clubs o festivales, como la empieza a haber en países como Colombia o México. Venezuela todavía está pasando por un proceso muy complicado en todo sentido, y solo deseo que en el futuro las nuevas escenas que surgen dentro del país puedan florecer sin tantos obstáculos políticos y económicos, y sin vivir procesos migratorios tan traumáticos como el de los últimos años. Aun así, siempre hay gente haciendo cosas interesantes allá, desde la autogestión y el DIY.
Hablando de Barcelona, ¿cómo fue el impacto al llegar? ¿Qué recuerdos tienes de la escena electrónica de aquel entonces?
Llegué a Barcelona a finales de 2011. Para ese entonces hacía música bajo el nombre Pacheko. Recuerdo que el ambiente no era muy optimista por aquí, estábamos en plena crisis post-burbuja inmobiliaria; y llegaba la época de Rajoy, los recortes y todo esto. En ese sentido, la Barcelona a la que llegué definitivamente no estaba en sus mejores días, o al menos así lo sentía la gente de aquí. Sin embargo, en lo personal, viniendo de Venezuela, sí que fue duro migrar pero, a la vez, artísticamente, fue también muy inspirador y un proceso que siento me hizo más humilde y más fuerte. Tuve la suerte de llegar a Barna ya con algunos amigos de la música en esta ciudad, como por ejemplo Cardopusher o Nehuen, quienes habían migrado antes que yo desde Venezuela y Argentina. Gracias a una fiesta de dubstep y bass music llamada B.Low, pude tocar por primera vez en la ciudad.
¿Qué es lo que más valoraste?
Una de las experiencias que más valoré al llegar fue poder ir a tiendas de discos a comprar vinilos raros, a poder perderme en cubetas de diversos estilos, escuchar y descubrir músicas a las que jamás hubiese tenido acceso desde allá. Ese aspecto, diría que físico, por el formato, de poder tener acceso a tanta música distinta, me abrió mucho la cabeza musicalmente. Por otro lado, poder ver tantos artistas y DJs, tanto en clubes como en festivales, ha sido muy estimulante porque estando en Venezuela no tenía acceso a nada de esto en persona, solo por internet. La escena allá estaba constituida casi en su totalidad por talento local. Desde que yo recuerdo, eran pocos los artistas internacionales (que me interesaban) que pasaban por mi país, entonces en el sentido de acceso a otras culturas, de poder ver otras cosas, ha sido un proceso de aprendizaje sin parar. Por otro lado, en esos años en los que llegué pude tener acceso también al mundo de los cacharros para hacer música: poco a poco me fui comprando algunos sintetizadores sencillos como el Vermona Mono Lancet (para bajos) o drum machines como la MFB 522 o la TR-707, y así empezar a salir un poco del ordenador y hacer música con máquinas. Empecé a pensar la música como un productor de dub, pasar jams por un mixer y usar efectos. Ese viaje a lo analógico y a las máquinas me hizo pensar en un nuevo comienzo y fue cuando adopté el nombre Phran. Mi primer disco fruto de estos primeros jams con máquinas fue Bad Format y salió en Klasse Wrecks en 2015. Ahí empezó lo de Phran.
En el pasado utilizabas el nombre de DJ Phidias para promover estilos latinos en homenaje al DJ de radio de los 70 en Venezuela, DJ Phidias Danilo Escalona. ¿Por qué el cambio a Phran?
Antes de Phran, y antes de usar el nombre DJ Phidias, trabajé bajo el nombre Pacheko, cuando todavía estaba en Venezuela y durante mis primeros años en Barcelona. Como Pacheko, hice música tanto en solitario como con mi amigo Pocz, y editamos cosas en sellos como Senseless, Tigerbeat6 o Enchufada, y digamos que la mayoría de la música en esa época era hecha con ordenador, picando samples y armando beats en Ableton Live. Podría decirse que la música tenía en esa época al bass music como base, pero combinado con otros ritmos tropicales; changa, merengue, ese sonido pre-reggaetón de proyectos como The Noise, de Puerto Rico, también era una influencia fuerte. El cambio a Phran surge ya viviendo en Barcelona, cuando empiezo a trabajar con sintetizadores y cajas de ritmo, con mesas de mezcla y pedales, más con las manos y menos con los ojos. Más corporal y menos mental. En esta etapa me interesé por buscar un sonido más físico y un estilo más propio y atemporal, sin usar tanto la pantalla del ordenador. Cuando empecé Phran quise hacer un proyecto en donde me tomase más tiempo en sacar la música y en donde lo que sacase fuese más atemporal, con influencias nuevas pero que pudiese también ser de otra época. Esa ambigüedad o posibilidad de sonar como algo que no sabes si es de ahora o de hace unos años, más allá de modas pasajeras, es algo que deliberadamente estuve buscando desde el día uno. El proyecto DJ Phidias surgió un poco después, casi en paralelo, con la intención de no dejar la búsqueda caribeña y poder dar espacio a sonidos más tropicales o distendidos, a diferencia de Phran, con el que suelo estar pensando en hacer temas más electrónicos o pensados con las máquinas.
“Fue duro migrar pero, a la vez, artísticamente, fue también muy inspirador y un proceso que siento me hizo más humilde y más fuerte.”
Alguna vez has explicado que el nombre de Phran es un juego de palabras. ¿Cuál es el significado?
Jaja, así es. En mi país el “pran” (sin la h) es un personaje que existe particularmente en las cárceles. Entre los criminales en prisión, suele haber uno que pone orden o es el que directamente controla la prisión como tal. A ese personaje se le conocía como “el pran” de esa prisión. Cuando vivía en Caracas, era normal escuchar noticias sobre el “pran” de una prisión o de otra en la prensa, por ejemplo. Y pues llamándome Fran, me gustó el juego de palabras de escribir Fran con Ph, y tener esa doble interpretación de Fran vs. pran; pero realmente no soy, ni aspiro jamás a ser un “pran”, el nombre es algo distinto. Es Phran, es mi nombre con una Ph en lugar de la F, es mi proyecto, soy yo. El nombre al final tiene esa connotación doble, una especie de guiño entre venezolanos, pero creo que casi nadie fuera de Venezuela lo pilla.
Volviendo a tu llegada a Barcelona, ¿cuáles fueron las mayores diferencias entre las escenas de ambas ciudades?
Es difícil compararlas, no tienen nada que ver. Sobre todo, porque desde los 90 y sobre todo desde mediados de los 2000, Venezuela ha vivido un proceso histórico, económico y político muy inestable y disruptivo que ha generado una diáspora de un tercio de la población. Por lo tanto, la escena en Venezuela se ha caracterizado por la subsistencia, la migración hacia fuera, el underground, la autogestión y el DIY de la filosofía punk; así operábamos básicamente. Para poder tocar, casi siempre teníamos que organizar nuestros propios eventos, alquilar un sonido y montar algo desde cero, con artistas locales casi siempre, aunque logramos traer a algunos internacionales. Al llegar a Barcelona, y a Europa en general, me sorprendió lo preestablecidas que están muchas cosas: hay clubes míticos como el Apolo o el Razz que tienen décadas abriendo de forma continua. Hay festivales de electrónica con treinta años de historia. Hay una interconexión viva y permanente con Europa y el mundo, facilitada por lo permeables que son las fronteras y los espacios comunes europeos. Hay industria. Nada de eso hay allá. Casi todos los eventos en los que participé allá fueron autogestionados, organizados por nosotros mismos, cargando los sub bajos y llevando nuestros equipos para que la cosa pudiese sonar. Sin embargo, había algo especial en todo aquello, y es que la gente en general, cuando lo haces bien, lo valora y se siente una energía fuerte a nivel de público. También, siendo del Caribe, a la gente en Venezuela le gusta mucho bailar y eso se agradece cuando pinchas. Aquí en Europa, quizá al haber tanta oferta y tanto de todo, a veces no valoramos lo que tenemos, quizá a veces lo damos todo por sentado y no debería ser así, esto es algo muy especial. En general, siento que América del Sur sobre todo, cada evento tiene una energía muy especial, ya que casi nunca damos por sentado nada de esto. Cada evento lo valoramos mucho.
¿Cómo ha cambiado la escena electrónica desde que llegaste, tanto en términos de producción como de consumo?
Creo que el cambio más importante que he visto es el uso exacerbado del móvil que tenemos hoy en día, del cual todos somos parte, y me incluyo, por supuesto. Siento que hoy en día cuesta más estar ‘en el momento’ en un evento, teniendo el impulso permanente de revisar el móvil. Por eso quizá están poniéndose de moda más y más fiestas en las que no se puede usar o como mínimo no tomar fotos. En términos de producción o sonido como tal, una diferencia abismal es que cuando llegué sentí que no había demasiados espacios abiertos a la música de club latina o caribeña. Era raro contar con espacios para presentar estas propuestas. Como que las escenas consideradas más ‘serias’ entonces, como el house o el techno o el indie, no eran muy abiertas a contar con tantos ritmos o artistas que se acercaran tanto a lo tropical en esos eventos. Costaba mucho tocar, conseguir espacios. Creo que después de la pandemia todo ha cambiado mucho. Por un lado, la explosión del reggaetón, la escena urbana en España (muy vinculada a Latinoamérica) y, por otro lado, se han ido dando a conocer más y más artistas del underground latinoamericano, que han ido llegando con más y más migrantes, y ha surgido lo que hoy en día llaman Latin Club (que antes enmarcaban en algo llamado Global Bass). Todo esto ha supuesto una ola inmensa que ha traído un gran cambio, y así pues hoy en día es común ver a artistas y a colectivos latinos o tropicales haciendo fiestas constantemente y también en festivales, clubes, y todo tipo de lineups. Eso me parece positivo. Musicalmente hoy hay más diversidad y el público está más abierto. Siento que lo que hacemos tiene más aceptación y más espacio. También somos cada vez más y se están mezclando en Barna artistas y públicos migrantes de muchos lugares del globo, no solo de LATAM.
Estás afincado en Poblenou, probablemente uno de los barrios de moda de la ciudad. ¿Qué tiene que es un imán para la escena creativa?
Llegué al Poblenou en 2015, y sé que en años y décadas anteriores hubo una escena interesante de casas okupa, galpones y espacios para raves y fiestas underground, así como espacios alternativos como el Razz, la sala BeCool, La Nau, La Escocesa, Hangar o el mítico Puerto Hurraco. Hace unos años aprendí que algo así como el noventa por ciento del suelo del Poblenou está destinado a uso comercial y oficinas, con la visión urbanística que llaman 22@, lo que hace que conseguir vivienda en el barrio sea muy difícil. En respuesta a esto, lo que ha hecho mucha gente, sobre todo artistas, es coger galpones y oficinas y reaprovecharlos para crear estudios, talleres y espacios de música, arte y diseño. De ahí ha surgido una escena alternativa muy interesante que contrasta de frente con la gentrificación del 22@, cuya visión es traer grandes empresas tecnológicas y startups. Estas dos realidades conviven en el barrio y tienen sus zonas. Por la zona de Bogatell hay un ecosistema artístico interesante con talleres de sintetizadores modulares, estudios de música electrónica, sellos. Es una escena minoritaria frente a la ola gentrificadora, pero es una escena viva pese a contar con casi ningún apoyo estatal, más bien todo lo contrario. Algo similar está pasando en L’Hospitalet y Badalona, donde también están surgiendo espacios y naves artísticas, aunque los actuales gobiernos parecen más ocupados en atacar estos espacios que en resolver otros problemas más reales de la ciudad.
Cerraste el año pasado haciendo una gira por Latinoamérica: México, Colombia, Guatemala, Perú. ¿Qué acogida tuvo Xenia?
¡Gracias! La verdad, tener la oportunidad de editar Xenia en un sello como Club Romántico ha sido muy especial. DJ Florentino ha ido creando un catálogo muy interesante que es una especie de puente entre Latinoamérica y el Hardcore Continuum británico con toda su escena de bass music, y ahora también trabaja junto a mi querido amigo DJ Sosa RD, quien apoyó mucho el trabajo desde el sello, y ambos han sabido ayudarme a moldear un EP corto pero potente con el que siento que estoy mostrando un trabajo que me representa. Ha sido guay poder incluir en Xenia tanto temas nuevos (Dura, A ver a ver, Diveana) como temas viejos pero inéditos (como Un poquito, hecho hace más de diez años), así como versiones nuevas de temas como Zarbak II, que son de otra época, de cuando hacía lo de Pacheko. Poder editar un disco con dos versiones de Zarbak II a cargo de DJ Florentino y DJ Plead es algo que jamás hubiese imaginado. Como que todo esto de la música atemporal coge otro significado para mí cuando pasan cosas como esta de forma orgánica. Por otro lado, el Xenia Tour ha ido genial. Ya estoy de vuelta por Barna, muy contento luego de haber tocado en doce ciudades: Guadalajara, Aguascalientes, Toluca y Ciudad de México (México); Bogotá y Medellín (Colombia); el Lago Atitlán y Ciudad de Guatemala (Guatemala); Cuzco, Pisac y Lima (Perú), y Quito (Ecuador). Poder hacer un tour así, por mi querida Latinoamérica, ha sido muy especial. En Perú y Ecuador, por ejemplo, toqué por primera vez y amé ambos países. Creo que con Xenia mucha gente que no conocía mi trabajo ahora va descubriéndolo y pues quiero aprovechar esta oportunidad para seguir editando nueva música y tocando más. La acogida ha sido hermosa. A pesar de que el disco salió a finales de año, que es una fecha en la que salen muchos discos, el feedback ha sido muy positivo. Lo tomo con agradecimiento y como motivación para seguir trabajando.
¿Alguna gira o eventos en España?
Estoy organizando una nueva serie de eventos Xenia Club, en el 78|33, hicimos una en marzo y otra ahora en mayo. También toqué por Donosti, Sevilla, y el festival Embassa’t en Sabadell. Y se vienen más fechas. Estamos también trabajando en el Volumen 2 del disco Sonido Underground, un proyecto que tengo junto a mis amigos de Dengue Dengue Dengue, entre Berlín y Barcelona. Y también estoy muy enfocado en mi sello Vimana, donde estaremos editando nueva música de People You May Know (junto a Ylia); y en el sello Sonido ACA (que opero junto a Daniel Rincón - NAP), con el que estaremos editando próximamente un disco de El Mago de La Guaira, un mítico productor y DJ de la miniteca Sound Crazy de La Guaira (Venezuela), con temas de changa con un estilo que El Mago califica como techno street. Será un disco de temas inéditos creados entre finales de los 90 y principios de los 2000, muy divertidos y atemporales. Con uno de estos temas de El Mago, llamado Battery Mix, por cierto, cerré la sesión del Boiler Room que hicimos en Caracas en 2024.
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