Abre en el corazón de Barcelona el Museu de l’art prohibit, el único museo del mundo que recoge obras que han estado censuradas, prohibidas, agredidas o retiradas de exhibición en algún momento de la historia. En él se expone una colección de cuarenta y dos piezas de artistas de todo el mundo, de las doscientas y pico que el responsable, Tatxo Benet, ha ido adquiriendo durante más de cinco años.
Ubicado en la casa modernista Garriga Nogués, no pretende ser convencional, sino que “es un espacio que recibe y amplifica voces, a la vez que genera relatos”, explica la directora, Rosa Rodrigo. Firmas como Andy Warhol, Zanele Muholi, Abel Azcona, Tania Bruguera, Andres Serrano, Amina Benbouchta, Ines Doujak y Robert Mapplethrorpe, entre otros, ocupan el espacio a modo de reflexión sobre la limitación de la libertad de expresión durante la historia.
La ciudad lleva meses expectante a la apertura, pues seguro que habréis visto los carteles rojos que han empapelado Barcelona. Una iniciativa tan excepcional no podía pasar desapercibida, pues es un retrato a la resistencia y una gran oportunidad para establecer diálogos con un arte que nunca antes ha podido expresarse. La mayoría de las obras son reconocidas por la población, pues todas han generado polémica y han sido cubiertas por la prensa por sus controversias. Hace más de una semana que sus puertas ya están abiertas y aún sigue dando que hablar. Todos los medios han asistido a la rueda de prensa de la presentación, incluso el presidente Torra no ha querido desaprovechar la ocasión para felicitar personalmente a Benet.
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El museo ha nacido casi sin querer. Tatxo Benet compró el conjunto fotográfico Presos políticos en la España contemporánea, de Santiago Sierra, y en menos de una hora, esta fue condenada y retirada. “Yo no iba a comprar una pieza de arte censurada, no tenía pensado empezar ninguna colección”, pero casi de manera anecdótica acabó interesándose y, finalmente, comprando muchas obras prohibidas. “Yo me imaginaba que esto ya existía”, pero cayó en que no había ningún archivo ni colección que las recogiera. Aunque esta obra sea el punto de partida del proyecto, Benet ha tenido que aclarar en varias ocasiones que no se encuentra en la colección, ya que la cedió hace tiempo al Museo de Lleida.
Con la palabra ‘prohibido’ en el nombre, el museo ya suena tentador. Encontramos pinturas, esculturas, grabados, fotografías, instalaciones y audiovisuales denunciados por motivos políticos, sociales, sexuales o religiosos. La gran mayoría son del siglo XX y XXI, pero también encontramos alguno de la Ilustración (XVIII), como quince de los Caprichos de Goya, que él mismo practicó la autocensura por caricaturizar los vicios del poder y el miedo a la Santa Inquisición. Las salas no están categorizadas por temas, ya que el discurso de la censura forma parte del cuerpo de las creaciones y de su contenido en sí. Tanto, que en las placas de explicación de las obras aparece un titular de prensa del motivo de su retirada de la exposición pública.
Unos dos mil metros de superficie expositiva repartidos en dos pisos crean un recorrido en el que todo va cobrando forma a medida que se avanza. Sin orden ni reglas, “que la gente entienda que las obras no son importantes en sí mismas, sino por la historia que llevan detrás”, argumenta Benet. Llegando al primer piso nos sorprende una enorme fotografía de Zanele Muholi (Sudáfrica, 1972) con el nombre de Lena London (2018). La artista es una activista de la libertad sexual, y con sus obras reivindica su condición de mujer, negra y lesbiana, y condena la violencia y la discriminación por la sexualidad. ¿Os sorprende que a día de hoy esto sea violentado? Pues hay más.
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En la primera planta encontramos, entre muchas otras, La civilización occidental y cristiana (2004), de León Ferrari, una obra condenada por el mismísimo Papa Francisco I (sí, el actual). Jesús crucificado con un avión militar de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos, en motivo de denuncia por la guerra de Vietnam, no gustó al alto cargo del cristianismo. En la misma línea, la icónica pieza del estadounidense Andrés Serrano, Piss Christ (1987), una fotografía en gran formato de un crucifijo sumergido en un recipiente lleno de pipí del propio artista, denunciada por blasfemia durante décadas. La carga sexual también es motivo de censura. El alcalde de Burdeos prohibió los autorretratos trans y pornográficos de Pierre Molinier, realizados entre 1960 y 1967, un seguido de capturas que se empalman con X Portfolio, de Robert Mapplethorpe, trece imágenes en blanco y negro de escenas sadomasoquistas publicadas en 1988.
En formato audiovisual nos ha sorprendido Nation State (2011), de la artista palestina Larissa Sansou, ya que su relato gana importancia en estos momentos porque propone, con cierta ironía, cómo acabar con la problemática en Palestina. El vídeo fue presentado al premio Elysée Lacoste y retirado de los finalistas por el mismo patrocinador. Cabe destacar la obra hecha con bloques de Lego de Ai WeiWei (China, 1957), un retrato de Florentine Filippo Strozzi (2016), figura histórica que fue perseguida por sus ideas. Al enterarse, la empresa no quiso vender al por mayor sus ‘ladrillos’ por el activismo político del artista. También es relevante mencionar Amén, de Abel Azcona, donde presenta una instalación en la que utiliza 242 hostias consagradas para escribir la palabra Pederastia, denunciado por la Asociación de Abogados Cristianos.
Parece que hasta los más míticos también sufren la censura. Andy Warhol con su serigrafía de Mao (1972) con un toque femenino no gustó al gobierno chino, pues no querían que los ciudadanos vieran al líder de la Revolución de esta manera. Y Picasso, con la Suite 347 (1968), una serie de grabados sobre la amante ‘Fornarina’ de Rafael, de temática erótica y con el voyeurismo que retrata a figuras religiosas y artistas reconocidos de ese momento. Curiosamente, fue condenado por un representante de la Iglesia Ortodoxa Rusa en la ciudad de Novosibirk.
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Las instalaciones que nos han llamado más la atención son Not Dressed for Conquering/HA O4 Transport (2010), de la austríaca Ines Doujack, y Silence Rouge et Bleu (2014), de la argelina Zoulikha Bouabdellah. La primera es una escultura de cemento formada por una carretilla en la que un pastor alemán está penetrando a Domitila Barrios, la activista boliviana conocida por su lucha pacífica contra las dictaduras de René Barrientos Ortuño y de Hugo Banzer Suárez. Pero no acaba aquí, pues cuando hemos visto la cara del rey emérito Juan Carlos I de rodillas participando en el trío a la vez que vomita ya nos ha explotado la cabeza. Fue censurada en el Bienal de Sao Paulo 2014 y más tarde por el MACBA por parte de los comisarios.
La segunda es la más singular del museo, pues a primera vista no se entiende el motivo por el que puede molestar a alguien. Treinta alfombras de oración islámica y treinta pares de tacones de aguja con pedrería ocupan casi una sala entera en motivo de reflexión de la mujer en la religión musulmana, una representación de lo árabe en contraste con lo europeo. Es un caso de autocensura, pues la artista decidió quitarla de una exposición por la tensión que había en esos momentos en Francia por los atentados Yihadistas en Charlie Hebdo (2015).
El espacio de la planta baja es más limitado, entonces no hay obras. Aun así queremos destacar Always Franco (2012), de Eugenio Merino, donde vemos al general(ísimo) con gafas de sol metido en una nevera, obra demandada por la Fundación Francisco Franco, y por último, la película Consumer Art (1971), de Natalia LL, donde simplemente aparece chupando un plátano, y fue retirada en 2019 del Museo Nacional de Varsovia por órdenes del director.
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Carles Guerra, el director artístico, reconoce que “Barcelona es un destino cultural, pero a la hora de la verdad, cuando analizas la oferta, le faltan ingredientes”. Es por eso que han querido crear un espacio muy completo, donde “la explicación de la obra tenga tanta relevancia como la pieza en sí misma”. Así que, como faceta innovadora, Rosa Rodrigo explica que “no queremos un museo mudo. Las creaciones se tienen que hablar, explicar por otras voces y crear múltiples canales de expresión”. Quieren facilitar el acceso al conocimiento, y para ello, han añadido herramientas digitales como una guía interactiva en formato app, que amplía la experiencia de los asistentes. La visita puede realizarse tanto “en cuarenta y cinco minutos como en tres horas”, dependiendo de la profundización que se le quiera dar.
No es necesario que una pieza sea completamente radical para ser retirada de la opinión pública. Solo hace falta que le moleste a cierta parte de la sociedad y que tenga una repercusión negativa. La censura nos hace entender la realidad social en la que vivimos, la intolerancia por ciertos temas y cómo funciona la libertad de expresión en el mundo. Si quieres profundizar en el significado que aporta la prohibición al arte, y además apoyas su propósito de resistencia, este es tu museo.
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