Hay libros que no solo se leen sino que se sienten. Historias que obligan a detenerse, a volver atrás, a respirar hondo antes de seguir avanzando. Libros que, casi sin darte cuenta, empañan los ojos con lágrimas. El debut de Marta KayserLa fábrica de papel (Lumen), es una novela gráfica que nace de ese lugar, el de una herida que necesita ser nombrada y cuidada para poder transformarse. Tras la muerte de su padre, la autora decide embarcarse en un proceso creativo y vital, reorganizando el relato propio cuando todo aquello que lo sostenía se derrumba.
A medio camino entre la memoria y la reconstrucción, Kayser construye un relato que se sostiene tanto en la palabra como en la imagen para explorar el duelo, los vínculos familiares y la identidad. Cartas, fotografías y fragmentos ilustrados se unen para dar forma a una narrativa que busca convivir con lo que permanece y comprender quiénes fueron aquellos que hoy ya no están. En este recorrido, la autora, además de revisitar la figura de su padre, se enfrenta a su propia transformación: dejar de ser hija para buscar una identidad propia. Lo que comienza como un gesto íntimo acaba convirtiéndose en un espacio compartido donde el dolor encuentra una forma de luz. 
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Hola, Marta, hace cuestión de horas me estaba acabando de leer tu libro y me ha dejado muy tocada, en el mejor sentido. ¿Cómo te está tratando la vida desde su publicación?
Estoy recibiendo mucho cariño y gratitud. Siento haber cumplido no solo un hito personal, sino también la satisfacción de haber podido hacer algún aporte en lo colectivo; mucha gente me traslada que les ha resultado muy emotiva la lectura y que se sienten identificados en muchos puntos. A través de los testimonios de quienes han deseado compartir estas impresiones ha cobrado mucho más sentido todo este tiempo dedicado a la creación del libro.
Es tu primera novela gráfica y nace después de la pérdida de tu padre. ¿Crees que esto fue, en parte, lo que te impulsó a crear este proyecto?
Absolutamente. Cuando murió mi padre, algo cambió en mí de manera abrupta. Por un lado, recibía el mensaje de que la vida iba en serio, que no podía seguir actuando por inercia, que necesitaba que mereciera la pena; por otro, sentía la necesidad de ubicar su figura en un lugar que me acompañara sin doler, y por otro, estaba yo, que debía dejar de identificarme como hija para empezar a construir algo propio. Esta idea de narrarme desde una nueva situación vital y desde el anhelo de otra más allá dejaba al aire muchas preguntas que tenía que clarificar.
¿Te ha servido para sanar o para conectar más con él?
Para sanar, sin duda. Para estar más conectada con él, también. He podido experimentar en carne propia cómo la literatura puede ofrecernos una posibilidad extraordinaria para encontrar nuevos lugares emocionales desde donde vincularnos. Este libro, y especialmente el hecho de haberlo transitado en primera persona como una de las protagonistas, me ha permitido que el relato que iba construyendo pudiese ayudarme a llenar algunos vacíos. Me ha ayudado a nombrar y a colocarme en un rol y perspectiva distintos, incluso a tener un montón de conversaciones imaginarias con él que, sin formar parte evidente, sí han configurado la estructura invisible del relato.
Me he podido permitir tener un arco evolutivo a medida que iba transitando las preguntas y las motivaciones. Este libro se ha acabado convirtiendo en el camino de búsqueda de una identidad, una nueva manera de estar en el mundo más adulta en la que dejar de ser hija para ser simplemente un eslabón. Un eslabón que puede soltarse, pero que primero necesita entender la totalidad de la cadena.
Aprovecho para hacerte una pregunta más personal. En el libro mencionas que tu padre, antes de dejaros, te dijo “te quiero” y “moviola”. ¿Qué significado tiene esta última palabra?
Era la evidencia de una visión, la visualización de su propia película. Me di cuenta de que muy probablemente de eso que podía estar visualizando, yo apenas conocería un pequeño porcentaje: el de mis años compartidos con él siendo mi padre. Detrás de esa palabra estaba todo el relato que a mí me faltaba: su infancia, su juventud, sus anhelos o sus vergüenzas; en definitiva, todo lo que le hacía humano, imperfecto y vulnerable. Esta palabra para mí encarnaba un motor narrativo fundamental: la oportunidad de trabajar a nivel emocional mi vínculo con él en toda la complejidad que encarna cualquier relación. Al fin y al cabo, también la creación de personajes implica esto: un profundo ejercicio de empatía y honestidad con uno mismo y con los demás.
“He podido experimentar en carne propia cómo la literatura puede ofrecernos una posibilidad extraordinaria para encontrar nuevos lugares emocionales desde donde vincularnos.”
Tu padre pasaba los veranos leyendo y haciendo fotos. ¿Qué haces tú durante esos meses?
Leer y hacer fotografías son dos pasiones que comparto con él. Sin embargo, hace casi siete años que mis veranos van más en la línea de trabajar que de descansar o desconectar de verdad. Este verano me gustaría volver a sentir la libertad y el placer que recuerdo de los veranos de la infancia: olvidarme de obligaciones, aprender a posponer y a delegar y poder leer sin prisa ni culpa. Llevo tiempo obligándome a dejar de hacer del ocio algo utilitario, por ejemplo, dejar de leer ‘para’ alimentar mi propia creatividad y empezar a hacerlo simplemente por el placer que encuentro en ello. Ahora me gustaría preguntarle a mi padre cómo lo lograba él, que además tenía grandísimas responsabilidades laborales.
En general, lo que me permite desconectar más y que me encanta hacer en verano es pasear, siempre que la temperatura lo permita; ir a la deriva. Me encanta perderme por cualquier rincón y dejarme sorprender, decidir el rumbo sobre la marcha, con las manos libres y sin distracciones. Eso sí, siempre llevo un cuaderno y un bolígrafo en el bolso, no vaya a ser que me dé por inspirarme.
Eres arquitecta de profesión, pero en la historia vemos cómo ya no encuentras tu lugar dentro de ese mundo. ¿Crees que algún día volverás a él?
Sí es cierto que no he acabado de encontrar mi sitio, pero no me he rendido. Estoy enormemente agradecida por las oportunidades que he tenido hasta ahora, me han permitido construir un currículum excelente y ganar una visión muy transversal de la profesión, pero me duele sobremanera el inmovilismo que veo en el oficio, empezando por los colegios profesionales.
Aunque las motivaciones en el libro difieren un poco, en esencia, haber dejado de lado la profesión responde a la necesidad de albergar un compromiso mayor. Si esto pudiera darse, si encontrara la manera de ser parte activa de un cambio en las políticas urbanas y de vivienda, o si también pudiera recuperarse un rol del arquitecto más presente en la toma de decisiones que nos afectan a todos, seguramente volvería a ejercer de manera habitual. Pero me gustaría ejercer pudiendo cuidar los detalles y los tiempos.
Los tiempos de producción son realmente exiguos, es imposible que se pueda sostener algún tipo de compromiso con los demás si no le damos tiempo al descanso y a la maduración de las ideas. Es como querer ponerle la mascarilla de oxígeno al niño en un avión sin habérnosla puesto antes nosotros.
¿Qué hizo que no aceptaras el proyecto de arquitectura en el que Carlos insistía tanto?
Aquella situación forma parte de la ficción, pero me han servido experiencias conocidas para recrear la situación que vive mi personaje en la novela. Por entonces coordinaba un proyecto internacional de gran envergadura, era una rehabilitación integral de un edificio de unos treinta mil metros cuadrados. Aunque la política del proyecto y las motivaciones me parecían más que respetables, no daba abasto; hacía jornadas de trabajo realmente maratonianas, fines de semana incluidos. Empecé a darme cuenta de que en esta constante de ir de casa al trabajo y del trabajo a casa, no existía nunca un espacio en que pudiera plantearme cómo quería vivir mi vida. Si eso iba a ser lo que me esperaba para el resto, no podía ni quería sostenerlo. Más que renunciar a un proyecto, en aquel momento, renuncié a vivir agotada, en un estado de ansiedad permanente.
Cada persona tiene su forma de demostrar el amor, y en el caso de tu padre era a través de la cámara. ¿Cuál dirías que es la tuya?
Escuchar. Escuchar activamente. Creo que es la mejor manera en que sé decirle a alguien que no está solo. 
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Imagino que el proceso de crear este libro ha sido bonito y melancólico, pero también triste y difícil. ¿Qué te llevas de toda esta experiencia?
Orgullo, un orgullo enorme. Haber tenido el valor de ponerme en esos lugares aun sabiendo que dolían y haber conseguido transformarlos en una novela que, siento, es fundamentalmente luminosa, me hace creer no solo que soy capaz de crear relatos complejos y moverme por tanto en otros nichos profesionales, sino también que la creación es un canal poderosísimo para transmutar y además ofrecer herramientas. Ha sido un proceso de crecimiento personal tremendo.
A lo largo de la historia hay varios flashbacks que rompen la linealidad del relato. ¿Hay una clara intención detrás de esto?
No es excesivamente deliberada, pero me di cuenta de que me permitían enfatizar la idea de que el relato del pasado condicionaba el presente. Fue un mecanismo más, uno que me funcionó. Sentía que crear esa transición ayudaba a la construcción de la trama, cuyo desarrollo se asentaba fundamentalmente en recuerdos y testimonios sobre lo vivido. Por otro lado, me interesaba que el hilo narrativo, por encima de los personajes y su contexto histórico o temporal, lo sostuvieran las temáticas que se abordaban. Esto me permitía enfatizar la universalidad de las dificultades, las contradicciones o las motivaciones, con independencia del tiempo en que se sucedieran.
Combinas ilustración con fotografías y cartas familiares. ¿Cómo ha sido este proceso y qué técnicas has utilizado?
El proceso empezó con la recopilación del material procedente del archivo familiar. Todos estos documentos que mencionas eran el germen de la trama pero también quería que lo fueran de la narrativa visual, así que siempre tuve presente que deseaba ser fiel a esta estética. Las ilustraciones surgieron después; de hecho, yo no tenía una voz gráfica definida antes de embarcarme en este proyecto, la fui descubriendo sobre la marcha.
¿Y qué tal fue?
Fue un proceso de experimentación total. Primero empecé con grafito, era una manera de explorar un camino propio que a la vez recogía el testigo de aquellos dibujos académicos de mi bisabuelo hechos con esta misma técnica. Después escaneaba y hacía la postproducción con el ordenador superponiendo texturas. Siempre estuvieron presentes porque sabía que podían ser el vehículo necesario para empastar bien con una imagen que ya tenía clara: debía tener un carácter documental.
Poco a poco fui puliendo el estilo, encontrando las texturas adecuadas (con grano y contrastes sutiles), así como una paleta de color que no tuviera la intención de competir con la derivada del material principal. Una vez encontré la gráfica y la estética, pasé a generarlo todo directamente en digital y abandonar el papel. Esto me permitió agilizar y economizar un proceso que para mí empezaba a dilatarse demasiado y corría el riesgo de dejar de disfrutar. Al fin y al cabo, eran doscientas setenta y dos páginas, nada menos.
“A veces pasan estas cosas en la creación, las respuestas están ahí y basta levantar la vista y ampliar la mirada.”
Dices que eres muy exigente contigo misma. Después de este proyecto, ¿ha cambiado en algo esa autoexigencia? 
Sí, he trabajado mucho esta parte a lo largo del proceso. De hecho, tuve la voluntad de tomarme este proyecto como prueba para demostrarme que otra forma de emplearse en el trabajo era posible. Por un lado, no quería dejar de hacer un trabajo muy cuidado porque eso sería traicionarme a mí y al proyecto (me gustan las cosas muy bien hechas), pero por otro quería creer a toda costa que podía rebajar la exigencia algunos puntos sin sacrificar el resultado.
Hice algunas renuncias para lograrlo, por ejemplo, prescindir de algunas viñetas o explorar lenguajes gráficos más económicos, como ha podido ser el uso de fotografías, pero también tratar de situarme fuera para empezar a detectar en qué momento empezaba a ‘manosear’ el trabajo. Cuando aprendí a ver esto, todo fue mucho más sencillo y disfrutable.
Durante este viaje aparecen personas importantes como tu madre, tu tío Luís y Rafa, amigo de tu padre. ¿Qué has aprendido de cada uno de ellos?
De mi madre me quedo con la resiliencia, esa capacidad de las madres de tirar hacia adelante a pesar de lo que carguen, algo que además está muy presente en el resto de los personajes femeninos de la novela, independientemente de que mi visión sea la de una necesaria merma de la exigencia y permitirnos ser la vulnerabilidad y descargarnos.
De mi tío, su empaque y su optimismo. Lo he conocido así, aunque creo que también es muy típico de los montañeros, que afrontan la vida con una ligereza muy notoria y en todo lo que les sucede una oportunidad para avanzar. De Rafa me quedo con la ternura y con la necesidad de mantenerse fiel a uno mismo, por mucho que los roles de género hayan previsto actitudes más frías y menos empáticas para los hombres.
No he podido evitar emocionarme al leer las últimas páginas, en las que apareces de pequeña montando en bici mientras tu padre te sujeta, hasta que te deja ir y repite: “Vas sola”. 
Esta escena la visualicé como cierre incluso antes de dar con el resto de las situaciones que me iban a permitir responder a las cuestiones clave de la historia. Iba camino de encontrarme con una amiga, muy cerca del lugar donde solía montar en bici con mi padre, cuando vi unos abuelos que acompañaban a su nieto, que parecía empezar a dar sus primeros pasos en bicicleta con algo de dificultad en ocasiones y un poco de soltura en otras. Inmediatamente me vino mi imagen de niña y reviví esas escenas con mi padre.
A veces pasan estas cosas en la creación, las respuestas están ahí y basta levantar la vista y ampliar la mirada. Donde uno ve a un niño empezando a pedalear, otros podemos ver el cierre de un duelo. Tuve claro que esa imagen hablaba del final luminoso que necesitaba tener. Una situación pequeñita, un ambiente cercano. Según iba madurando la idea, me daba cuenta de la potencia del recurso. Tenía muy claro algo: no quería explicar el final, quería que fuese lo suficientemente universal como para que los lectores lo hicieran suyo.
En última instancia, el libro debía cumplir un pretexto: emprender un camino propio, quizá, bajo su mirada atenta. Y que en todo caso me permitiera redefinir mi rol, incluso el suyo. El trabajo como padre estaba hecho, después nos toca a los hijos volar. Esta escena fue también mi manera de volver a despedirme de él desde la gratitud. 
Para terminar, ¿qué crees que dirían o sentirían tu bisabuelo José, tu abuelo Jaime y tu padre Javier si leyeran el libro?
Creo que no dirían nada, que solo sonreirían. Porque también creo que nos hemos dicho todo a lo largo de este proceso cuando el libro era solo mío. Ahora que es algo compartido, solo queda que otros saquen sus propias conclusiones.
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