Acoger el error, dar la bienvenida al desastre y observarlo con una mirada curiosa. En esta filosofía más compasiva e incluso lógica de la propia condición humana se basa el proceso creativo del artista Marcos Rico. Su última exposición, Nariz 1, Beso 0, en la galería Mecha de Santander hasta el 11 de octubre, es un pequeño homenaje a esta filosofía: el fallo es inevitable, pero no por ello significa que sea el final.
El caos es fuente de creación, y también lo son elementos que nos parecen cotidianos: el lienzo, la gente, el mundo e incluso nosotros mismo. Porque nuestra mirada se ha habituado a ellos, no vemos las contradicciones que podrían ofrecernos, ni las historias nuevas que podrían relatarnos, si tan solo decidiéramos darles la oportunidad.
Para el artista malagueño, el azar, el fallo, lo simple y lo absurdo poseen una belleza fundamental. Hoy hablamos con Marcos Rico para adentrarnos en su mundo creativo, y para que nos explique como traslada estos conceptos tan humanos a su práctica artística, donde cada gesto, cada trazo y cada accidente se transforman en algo nuevo por contar.
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Hola, Marcos, un placer hablar contigo. ¿Cómo estás hoy y desde dónde nos respondes?
Hola, Beatriz, el placer es mío. Te respondo desde Málaga, mi ciudad natal. Después de muchas vueltas, idas y venidas, he regresado a los orígenes. Desde aquí reparto mi tiempo entre mi práctica artística y el programa de doctorado en la Universidad de Málaga, lo que me permite trabajar desde otro lugar, conectando la investigación con lo que sucede en el estudio.
Cuando trabajas en una nueva serie, ¿empiezas desde una idea conceptual clara o dejas que los materiales y procesos te lleven a descubrir el rumbo?
Intento no partir de un concepto cerrado, sino establecer un diálogo con el propio proceso de creación. Para mí, pintar es empezar con una catástrofe: sin un pequeño desastre, no hay posibilidad de que aparezca algo nuevo. Por eso huyo de los temas fijos, siento que limitan lo que la obra pueda llegar a ser. Mis preocupaciones están siempre ahí, pero cambian y se transforman con el tiempo.
En tus trabajos hay un interés recurrente por lo cotidiano, lo mínimo y lo íntimo. ¿Por qué te atraen estos gestos o materiales aparentemente simples?
Más que hablar de lo cotidiano, diría que mi trabajo, en un primer momento, está atravesado por el azar. A veces es un color que aparece en un libro, la energía que tengo ese día o incluso un ataque de nervios que me hace coger un spray y empezar a manchar. A partir de ese caos inicial empiezo a desarrollar el cuadro.
Normalmente es un proceso largo: me cuesta darlo por terminado y suelo volver sobre él, pintando encima y dejando que asomen rastros de lo anterior. Con el tiempo, las capas se acumulan y la pintura genera costras, pieles superpuestas que guardan las huellas de todo lo que ha pasado por ahí.
“Existe una sobreconceptualización en el arte contemporáneo, una necesidad de dar una explicación lógica a todo. A veces siento que nos toman el pelo con tanta teoría y justificación.”
El título de tu última exposición, Nariz 1, Beso 0, parece sugerir un momento con el que muchos pueden identificarse: un beso fallido. ¿Podrías explicarnos mejor el concepto de la exposición y cómo surgió la idea central de este proyecto?
El título surgió al final del proceso, cuando tuve que tomar la decisión de ponerle un nombre. Nació a partir de un cuadro en el que aparecen dos ‘monstruitos’ que no pueden llegar a besarse porque tienen las narices muy grandes, algo así como un ‘beso fallido’. Me hace gracia pensar que la vida a veces es así: intentas avanzar, pero algo lo detiene, un gesto interrumpido. Me parece poético, violento e incluso absurdo.
Nariz 1, Beso 0 es también un homenaje a la famosa frase de Beckett, que constituye uno de los ejes centrales de mi tesis: “Ever tried. Ever failed. No matter. Try again. Fail again. Fail better”. Para Beckett, el fracaso no se supera ni se elimina, sino que se repite de manera productiva. Esta idea encaja perfectamente con mi forma de trabajar, donde el error no es un déficit, sino una fuente de creación.
¿Qué tipo de lectura o sensación te gustaría que el visitante se llevara después de recorrer la exposición?
No busco que quien vea mis trabajos se lleve una idea o concepto concretos, ni que salga con la sensación de haber entendido el ‘mensaje’ que quería transmitir. Creo que existe una sobreconceptualización en el arte contemporáneo, una necesidad de dar una explicación lógica a todo. A veces siento que nos toman el pelo con tanta teoría y justificación.
Yo prefiero que la experiencia sea más directa: que alguien se ría, se incomode o que simplemente se emocione. No hace falta envolver la pintura con un discurso solemne. Todo lo contrario: creo que lo simple, lo torpe o lo absurdo abren nuevos espacios para una lectura más libre.
Has trabajado con pintura, fotografía y vídeo. ¿Qué encuentras en cada medio que no te ofrecen los otros y cómo decides cuál utilizar en cada proyecto?
La fotografía fue mi primer amor; con ella aprendí a mirar y a fijarme en lo que normalmente pasa desapercibido. Pero tras mi paso por el Máster de Pintura de la UPV-EHU en 2021, esta disciplina centra todo mi interés. La pintura tiene algo que los otros medios no me dan: te discute, es lenta y caprichosa. No tienes un control Z para borrar; los errores mismos te sirven para avanzar y abrir nuevos caminos.
Mi acercamiento a la pintura supuso un cambio de dirección hacia un hacer más real e intenso. Creo que hubo un desplazamiento en mi manera de mirar y de interrogarme frente a lo que hago.
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¿Qué artistas, escritores o personas en general consideras referencias constantes en tu proceso creativo?
Leer a Deleuze supuso un giro radical en la forma en que afronto mi práctica. Otros pensadores que me han influido recientemente son Andrea Soto Calderón y Sianne Ngai. Philip Guston, Goya, Georg Baselitz y Rose Wylie son pintores que siempre rondan en mi cabeza; me interesa de todos ellos cómo se mueven entre la figuración y la abstracción. También me inspira la poesía de Chantal Maillard, Rimbaud, Federico García Lorca o Baudelaire. Y, en general, me inspiran mis amigos, mi familia, una combinación de colores que veo por la calle o una simple conversación con un desconocido.
¿Qué importancia le das al error o a lo inesperado en tu práctica?
El error y lo inesperado son imprescindibles en mi práctica. Muchas veces un cuadro empieza a tener sentido justo cuando algo sale ‘mal’: un trazo mal puesto, un color que no termina de encajar… En vez de corregirlo, me gusta escucharlo y ver hacia donde me dirige. Suelen ser procesos largos, por eso siempre trabajo en varios cuadros a la vez.
Para mí, la pintura no es la ejecución de un plan definido, sino una experiencia abierta donde la incertidumbre y el error tienen un papel constitutivo. Me interesa la idea de que la pintura sabe más que yo. A veces siento que está esperando pacientemente a que me equivoque para mostrarme por donde seguir. Lo inesperado me obliga a soltar el control y aceptar que el proceso es más rico que cualquier idea previa.
¿Qué lugar ocupa el humor en tu trabajo?
Me interesa el humor no como un tema, sino como una forma de mirar. Lo torpe, lo infantil, esos gestos que se tuercen: ahí aparece una risa que no es superficial, sino que señala algo más.
Henri Bergson decía que lo cómico surge cuando lo mecánico se incrusta en lo vivo, cuando algo se repite de forma automática y nos resulta extraño. Creo que esa idea encaja con mi práctica: muchas de mis pinturas parten de gestos rígidos, involuntarios, torpes o absurdos que, al insistir en ellos, acaban generando una especie de humor involuntario.
A veces, cuando algo extraño sucede en el cuadro, me sorprendo sonriendo. Es como si me dijera: tranquilo, por aquí pasa algo. Y en ese momento sé que, aunque no tenga claro a dónde voy, al menos no me estoy aburriendo.
“No hace falta envolver la pintura con un discurso solemne. Todo lo contrario: creo que lo simple, lo torpe o lo absurdo abren nuevos espacios para una lectura más libre.”
¿Hay algún proyecto pasado que consideres un punto de inflexión en tu carrera?
Sí, sin duda el proyecto Rahasia fue un punto de inflexión. Rahasia, que significa ‘secreto’ en indonesio, nació durante un viaje que hice en 2019 a Indonesia y Malasia, trabajando con la comunidad LGTBI musulmana. Fue un proyecto de fotografía y texto en el que contacté, a través de aplicaciones como Grindr o Tinder, con decenas de personas a las que retraté y entrevisté.
Con cada encuentro surgían historias atravesadas por la fe, la familia, la sexualidad, el miedo y también la esperanza. Ese trabajo me marcó profundamente porque entendí que la fotografía podía ser mucho más que una estética o un encargo editorial: podía ser un espacio de escucha, de vínculo y de resistencia.
El proyecto acaba de ganar la convocatoria BUP Award y el año que viene se publicará como fotolibro, lo cual me emociona porque siento que su alcance seguirá creciendo. Para mí fue decisivo porque supuso dejar atrás mi faceta como fotógrafo de moda y dar un salto hacia la práctica artística. Hasta entonces, mi trabajo estaba ligado a la superficie de la imagen, a lo inmediato; con Rahasia descubrí que quería ir más allá, abrirme a procesos más largos, más inciertos, que transformaran no solo mi mirada, sino también a la persona que soy.
Con la creciente presencia de lo virtual y las redes sociales, ¿cómo sientes la relación entre lo tangible y lo digital en tu obra?
No pienso en mi trabajo como una oposición entre lo tangible y lo digital, pero sí reconozco que vivimos en un mundo donde lo virtual está muy presente. Para mí, la pintura sigue siendo un espacio físico: de contacto con el material, de gestos que se sienten en la mano y en el cuerpo.
Sin embargo, la energía de lo digital (la forma en que nos relacionamos, vemos imágenes y nos comunicamos hoy) inevitablemente se cuela en mi trabajo: colores, referencias, atmósferas o incluso la rapidez con la que algo aparece y desaparece. Creo que esa tensión, esa mezcla entre la materialidad del cuadro y la influencia de lo digital, forma parte del diálogo que sostengo con la pintura y con el momento en que vivimos.
¿Qué dirección te gustaría explorar en tus próximos proyectos tras Nariz 1, Beso 0?
Me gustaría seguir desarrollando mi práctica pictórica. Tengo la sensación de que mi camino como pintor acaba de empezar y necesito tiempo para explorar, equivocarme y volver a empezar. No tengo una línea cerrada ni un plan fijo: prefiero mantenerme abierto a lo que surja en el proceso.
El doctorado me está ayudando a darle un marco conceptual a lo que hago en el estudio. Cuanto más investigo, más noto cómo esa reflexión influye en mi manera de pintar, casi como un diálogo constante entre teoría y práctica.
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